Por Leslie Díaz Monserrat
No sé de qué forma el escritor villaclareño Arístides Vega Chapú le inventó un trozo de mar a la ciudad de Santa Clara, y aunque carezca de olas, en uno de los costados del teatro La Caridad se erige, desde hace tiempo y para siempre, nuestra versión del malecón.
No tendrá la legendaria historia del muro habanero ni la sensual belleza del que moldea la Bahía de Cienfuegos, pero en esta Feria del Libro hemos aprendido a mirarlo diferente. Quizás porque la magia de la poesía llegó hasta ese espacio del centro de la ciudad y se convirtió en el escenario de Tardes en el Malecón, un programa sui géneris que le brindó a los transeúntes la posibilidad de intercambiar con importantes figuras de la literatura en el país.
«Pudiéramos preguntarnos dónde está el mar», comentaba Vega Chapú, el moderador de esta especie de tertulia, para quien lo fundamental de la vida trasciende las fronteras terrestres y azuza el deseo de conocer, desde el marco de la literatura, otras geografías.
Con unas sillas para los invitados bastaba, la brisa le ponía el toque romántico y ya estaba todo listo para recitar poesía, en una especie de confesión colectiva. No podía faltar la música, pero la traía el trovador Leonardo García, con su voz peculiarmente hermosa.
Así comenzaba todo, a las 5:00 de la tarde, con la naturalidad de las personas sencillas. El Premio Nacional de Literatura Pablo Armando Fernández empezó a nombrar sus poemas, a desgarrarlos con su voz. A su lectura se sumó el joven poeta y Premio «Calendario» en Poesía: Sergio García Zamora, quien confiesa que prefiere las noches para escribir, y acompañado por los quejidos lejanos del tren ha compuesto sus mejores versos.
«Disfruta ahora que eres joven», bromea Arístides, el cual asegura que ha tenido que mover con la edad sus horarios de creación. El autor del libro No hay que llorar sabe guiar las conversaciones con fluidez, y presenta a la pintora Zaida del Río.
Con su personalidad peculiar y la gracia de unas manos hechas para pintar mujeres pájaro, comienza su confesión. Habla sobre sus viajes por el mundo, desde la India hasta Japón, en donde encontró a Pablo Armando y le ayudó a moldear su pelo rebelde. «¿No es verdad, Pablo?», lo interrogaba antes de proseguir con un poema perteneciente a su libro Caleidoscopio. Después aseguró con versos que no le gustaría regresar a ese lugar de la geografía villaclareña que la vio nacer, el mismo sitio que extraña de cierta forma. También anunció su disco con el Septeto Habanero, que pronto saldrá al mercado.
Y así pasaron las tardes de Feria, entre versos, historias, confesiones y, al menos, durante ese tiempo que duraron las descargas juraría que le habían nacido miles de olas a nuestro malecón.







Cuando yo era un niño, estudiaba entonces en el Instituto Lincoln en la calle de Julio Jover, venir por Máximo Gómez era mi ruta escolar diaria. Nunca me imaginé que donde existió la entrada al bar del teatro la Caridad, tan bonita esta pequeña esplanada, se convertiría en un lugar de tertulias, literatura, y poesia. Que gran creatividad la del Villaclareño!
Qué vamos a hacer, Julio, si no nos tocó un malecón verdadero. Y no solo durante la feria ese espacio se mantiene lleno de juventud, que no es precisamente delante del antiguo bar del teatro, es al otro lado, por la calle Lorda.