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Posts etiquetados ‘gramática’

Foto: ©Archivo Efe/Alfredo Aldai

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Las formas clubes y clubs son adecuadas para formar el plural del término club, como señala la Nueva gramática de la lengua española en su apartado dedicado a los plurales de las voces de origen no castellano.

El Diccionario panhispánico de dudas explica que club es un anglicismo asentado en el español desde hace dos siglos y que desde el inicio su plural ha vacilado entre las formas clubs, que coincide con el plural inglés, y clubes, que sigue la regla tradicional que establecía el plural en -es para las palabras acabadas en consonante. (más…)

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Foto: ©Archivo Efe/Guido Montani

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El femenino de el cardenal puede ser tanto la cardenal como la cardenala, tal y como se desprende de la Nueva gramática de la lengua española.

Con motivo de las declaraciones del papa Francisco sobre la necesidad de que la mujer forme parte del gobierno de la Iglesia, se observa vacilación respecto al femenino de cardenal: «Proponen al papa que nombre una cardenal» o «Algunos allegados al papa aseguran que Francisco, con su modo de ser, estaría dispuesto a dar pasos para instaurar una nueva figura de “cardenala”». (más…)

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Foto: ©Archivo Efe/Sebastian Kahnert

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El verbo desvirtualizar, con el significado de‘conocer en persona a alguien con quien previamente se ha establecido una relación virtual’, está bien construido de acuerdo con las reglas de formación de palabras en español, por lo que su uso se considera adecuado. (más…)

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La Fundación del Español Urgente (Fundéu), constantemente publica recomendaciones muy oportunas. Hoy le muestro seis relacionadas con el uso del plural en determinados casos:

Decreto ley en plural es decretos leyes

La Fundación del Español Urgente recuerda que el plural de decreto ley es decretos leyes.
La Fundéu BBVA recuerda que la forma correcta de escribir decretos leyes es con iniciales minúsculas y sin guión, como en: «Los decretos leyes quedarían derogados si no son validados por el Parlament en treinta días» y «La farmacia española recibió antes del verano muy malas noticias en forma de dos decretos leyes».
Sin embargo, la Fundación del Español Urgente recuerda que cuando decreto ley va seguido de su nombre o del número del decreto, se debe escribir Decreto y Ley con inicial mayúscula y sin guión: «Decreto Ley 27/1998».

Las mejor vestidas, y no las mejores vestidas

Las palabras mejor y peor se mantienen invariables cuando se corresponden con bien y mal. (más…)

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El género inclusivo en español es el masculino es el título del artículo firmado por Cristian Fallas Alvarado y que tiene mucha vigencia, puesto que actualmente se ha tomado como norma —tomando como bandera evitar la discriminación del sexo femenino— decir: los niños y las niñas, los hombres y las mujeres, los doctores y las doctoras, o escribir: estimado(a)(s) compañero(a)(s), estimad@s compañer@s e infinitos ejemplos más. Recuero a una amiga que decía pues, entonces, el perro y la perra son el mejor amigo y amiga del hombre y la mujer, porque si nos llevamos por esta corriente, estaría bi9en dicho, ¿no?

EL GÉNERO INCLUSIVO EN ESPAÑOL ES EL MASCULINO

En varios sitios se habla mucho sobre el uso del lenguaje inclusivo, específicamente sobre su utilidad y justificación. Supuestamente, con ese uso se evita la discriminación de la que son objeto las mujeres en algunas ocasiones. Según esto, en una oración como “Se invitó a todos los abogados” se emplea un lenguaje exclusivo y se deja por fuera a las abogadas. Con respecto a este tema, se explican a continuación algunas consideraciones reduciendo a lo esencial la terminología gramatical.
La lengua española dispone de dos géneros principales: femenino y masculino (es común que las niñas usen faldas y que los niños usen pantalones), pero el segundo puede englobar también al primero, como en la oración “Los niños pequeños son muy indefensos”. En este último caso se hace referencia a mujeres y varones.
Quienes defienden el uso inclusivo arguyen que el género masculino es excluyente. Sin embargo, si esto se analiza detenidamente, se comprueba lo contrario. La oración “Los niños pequeños son muy indefensos” se refiere a mujeres y varones; en cambio, “Las niñas pequeñas son muy indefensas” solo puede referirse a mujeres y, por tanto, quedan excluidos los varones. Como se puede ver, el masculino es el género inclusivo, y el femenino, el exclusivo. De acuerdo con lo anterior, en gramática se habla de género marcado (femenino) y género no marcado (masculino).
Precisamente por tener el español un género no marcado (o inclusivo), que coincide con el masculino, es este el que se emplea de manera general para abarcar lo femenino junto con lo masculino, excepto en algunos pocos casos como brujos o monjes, que no abarcan a las brujas y a las monjas, respectivamente. Por esta razón se puede hablar de una reunión de padres de familia y no se excluye a las madres por emplearse el sustantivo padres; también se puede hablar de una asamblea de profesores y se entiende que se reunieron las mujeres docentes y los varones docentes. Igualmente, si se habla del cuidado de los gatos, no se excluye la posibilidad de cuidar gatas; ni se excluye a una filóloga cuando alguien dice que requiere la opinión de un filólogo. No parece útil, ni justificado, ni mucho menos necesario recurrir al desdoblamiento: una reunión de madres y padres de familia, una asamblea de profesoras y profesores, el cuidado de las gatas y los gatos, la opinión de una filóloga o un filólogo.
Hay casos en los que el desdoblamiento es prácticamente imposible, como en “Ella y él están casados” o “Es normal equivocarse: somos humanos”. En el primer caso se emplea casados porque se hace referencia al femenino (ella) junto con el masculino (él), y en el segundo se emplea humanos porque se requiere el género no marcado para abarcar a mujeres y varones. Lo mismo ocurre si alguien dice “Todos nosotros estamos equivocados”. El género no marcado representa la concordancia por defecto (nótese, por ejemplo, la concordancia de los adjetivos con las oraciones que funcionan como sujeto: “Es necesario dormir unas ocho horas”). No se espera que nadie, para evitar una supuesta discriminación, recurra a circunloquios como estos, que hasta pueden cambiar un poco la interpretación: “Ella está casada con él”, y “él está casado con ella”; “Es normal equivocarse: somos humanas y humanos” o “Todas nosotras y todos nosotros estamos equivocadas y equivocados”.
Se han utilizado algunas fórmulas coordinadas, como las costarricenses y los costarricenses, e incluso se han coordinado solamente los artículos definidos, que, por ser elementos átonos, no aceptan originalmente tal tipo de enlace: las y los costarricenses. No obstante, esta «solución» tampoco es regular ni coherente; por ello se encuentran ejemplos en los que el desdoblamiento es parcial, como en “Las y los costarricenses serán convocados”. En este caso se usa convocados en vez de “Las y los costarricenses serán convocadas y convocados2, lo cual demuestra la imposibilidad de su empleo general.
Además de las fórmulas citadas, se han empleado otros recursos aún menos justificados, como los paréntesis: estimado(a)(s) compañero(a)(s), los cuales imposibilitan la lectura; o la arroba, que ni siquiera es una letra, sino un símbolo, por lo cual tampoco podría leerse:
estimad@s compañer@s.
Como se puede comprobar, el uso del género no marcado permite cumplir con el principio básico de economía y, además, se gana mucho desde el punto de vista estilístico sin caer en ningún tipo de discriminación. Consecuentemente, se evita una gran cantidad de repeticiones que cansan al lector o al oyente y que casi nunca aportan nada relevante.
De todos modos, siempre debe tenerse en cuenta que la discriminación es un hecho primordialmente social. Si en un centro educativo, por ejemplo, se convoca a una reunión de profesores y no se admite la presencia de alguna mujer docente, es evidente que el problema no es lingüístico. La lengua no discrimina. Por lo tanto, conviene dejar claro que, en la vida cotidiana, las mujeres no son discriminadas porque el género no marcado coincida con el masculino, ni tampoco este aspecto lingüístico promueve la discriminación.
Algo parecido ocurre con la oposición de número: singular y plural. El primero puede emplearse con el valor del segundo. También tendría, pues, un valor genérico, incluso si se emplea el artículo definido. Si se habla de la importancia de la mujer en la sociedad, no se habla de una mujer específica y se excluye a todas las demás, sino que el singular la mujer abarca a todas las mujeres. Tampoco hay discriminación al decir El gato es un animal doméstico. El singular de género no marcado el gato abarca a las hembras y los machos. Lo mismo ocurre con el conocidísimo uso de hombre en casos como “Se dice que el hombre es superior al animal”, donde equivale a los hombres y, además, engloba a mujeres y varones. Muy distinta es la interpretación de hombre en la oración “El hombre debe apoyar a la mujer”, en la cual es evidente el uso de hombre como sinónimo de varón. En estos casos, el contexto aclara la interpretación. De igual forma, en la recomendación “Alimente a su hijo con leche materna”, se entiende que su hijo puede referirse a una mujer o a un varón, pero también puede referirse a varios hijos.
Hay construcciones gramaticales que también se emplean con este valor genérico o inespecífico, como “Aquí hay que estar callado”; “Es muy peligroso conducir ebrio” o “Cuando se está acompañado, la tristeza se sobrelleva mejor”. En las tres construcciones se emplean formas no marcadas: callado, ebrio y acompañado, y en ningún caso se podría pensar que se excluye a las mujeres. Se entiende perfectamente la referencia general a cualquier persona. Aplicar tal razonamiento estaría tan poco justificado como pensar que se excluye a la primera persona o a la segunda al decir Aquí hay que callarse o Cuando se está demasiado satisfecho consigo mismo, se puede caer en el conformismo.
Lo anterior puede relacionarse con dos palabras que sirven para excluir o incluir grupos: los adverbios solamente y también. El primero sirve para excluir elementos de otros posibles, y el segundo sirve para incluir elementos junto con otros. En Comimos solamente arroz se excluyen otros alimentos posibles, como frijoles, carne, verduras, etc.; en Comimos también arroz se incluye el arroz en el conjunto de alimentos que comimos (se supone que comimos otros más, como frijoles, carne, verduras, etc.).
Nótese la interpretación de esos adverbios en estas dos oraciones: En este colegio solamente se admiten filósofos; En este colegio también se admiten filósofos. En la primera oración se excluye a los médicos, abogados, contadores, etc.; y en la otra se incluye a los filósofos en un grupo más amplio, que puede abarcar médicos, abogados, contad
ores, etc. En ningún caso los adverbios mencionados motivan la oposición femenino/masculino: filósofas/filósofos. Si alguien dice “En este colegio solamente se admiten filósofos”, no se espera la pregunta ¿No se admiten filósofas?; en cambio, sí es posible que alguien pregunte ¿No se admiten ni médicos ni abogados? Los grupos posibles incluidos o excluidos mediante tales adverbios están relacionados con las profesiones, no con las mujeres y los varones. De nuevo, el usuario de la lengua no considera que haya discriminación de las mujeres en estos casos porque, ciertamente, no hay tal discriminación.
Ahora bien, puede decirse que, en caso de que sea verdaderamente relevante la oposición femenino/masculino, es totalmente aceptable el desdoblamiento, como en Tengo hermanos y hermanas, pero también se pueden usar otras soluciones, como elementos explicativos del tipo hombres y mujeres, el uso de colectivos (alumnado, profesorado, etc.) y otras semejantes si con ello se evita alguna ambigüedad o simplemente se logra mayor claridad por falta de elementos extralingüísticos o contextuales: Nuestros funcionarios, tanto hombres como mujeres, usan el mismo tipo de uniforme. Excepto en estos pocos casos, el desdoblamiento resulta innecesario e injustificado.
Finalmente, cabe agregar que en las secciones 2.1-2.2 de la Nueva gramática de la lengua española se apoya el análisis explicado en este artículo, y también coinciden en ello los párrafos relativos al género gramatical incluidos en la versión manual y la próxima versión básica de esa obra.

Tomado de Cubaperiodistas

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Por Miguel Barnet

Dicen que nuestra lengua “nació” en el territorio de la antigua Hispania en el siglo XI, al menos de esa fecha datan las glosas [Glosas Emilianenses] que se encontraron en el Monasterio de San Millán de la Cogolla en La Rioja. El castellano o español, como el francés, el italiano, el gallego, el portugués, el catalán, el rumano, son lenguas romances que surgieron de la mezcla del latín hablado por los conquistadores romanos y las lenguas que hablaban las poblaciones autóctonas de los territorios ocupados, como el árabe.

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Glosas Emilianenses

En 1492, unos pocos meses antes del Descubrimiento de América por Cristóbal Colón, Elio Antonio de Lebrija publicó la primera gramática de la lengua castellana, que fue también la primera de las gramáticas de una lengua romance. Todavía nuestros abuelos ordeñaban vacas en Galicia y Asturias, cultivaban espinacas en tierras catalanas o recogían aceitunas en Andalucía.

La lengua española que arribó a América, no fue la lengua que se hablaba en la Corte de Toledo o Madrid, sino la lengua hablada en su inmensa mayoría por andaluces y canarios de orígenes humildes.

Del Caribe, que fue a las primeras tierras a las que llegó el castellano y se mezcló con las lenguas de los indoantillanos, se extendió hacia el resto de América para fusionarse con otras lenguas y culturas indoamericanas. Poco tiempo después, con la llegada de los africanos, inmigrantes involuntarios que fueron cazados en sus países de origen, trasladados por la fuerza y encadenados para explotarlos como esclavos, entraría en contacto con nuevas culturas y lenguas, para convertirse definitivamente en español, como le llamamos en Cuba y en casi todos los países de América. Su estructura gramatical, es decir, su morfología y sintaxis, su ortografía, se mantuvo y ha mantenido sin grandes cambios, pero su léxico se ha enriquecido notablemente.

Hoy, el español es la segunda lengua más hablada en el mundo con casi 500 millones de hablantes, precedida por el chino mandarín. Es lengua oficial y nacional de 21 países en Europa, América, África y Oceanía y también la lengua internacional de varios organismos internacionales. A pesar de todo eso, en los últimos años ha dejado de ser una de las lenguas oficiales de importantes organismos internacionales, los cuales escudándose en “problemas económicos” han ido reduciendo el número de las lenguas oficiales y de trabajo en sus reuniones a dos: el inglés y el francés, y en no pocas ocasiones a una sola, el inglés. No porque unas lenguas sean mejores o peores que otras o más ricas, pues todas las lenguas son potencialmente aptas para expresarlo todo, sino porque la decisión de que una lengua sea nacional o internacional no es una decisión lingüística, sino eminentemente política y muchas veces depende del poder económico de los países que las hablan.

A qué viene todo esto. Pues a que en las últimas semanas, sobre todo, a partir del inicio de la transmisión de la controvertida telenovela Aquí estamos, las cuestiones del lenguaje y de cómo hablamos los cubanos, el uso de la lengua en los medios de difusión están en la picota pública. La forma de hablar de los personajes que aparecen en la pantalla, en su inmensa mayoría jóvenes, pero también adultos, ha sido motivo de fuertes debates en reuniones de la Asociación de Cine, Radio y TV de la UNEAC. Locutores, actores, actrices, directores, funcionarios del ICRT, escritores, periodistas, pedagogos, sociólogos, lingüistas, participan en los debates, y es que, sin duda, se trata de un asunto muy sensible para nuestra sociedad. La misma que dio acceso a la educación y a la cultura a todos sus ciudadanos.

Nos comemos las eses, otras veces las decimos donde no van, cambiamos la r por la l, no pronunciamos la d entre vocales, es “complicao”, ni al final de palabra, “¿verdá?”. Todo ahora es normal, y el vale peninsular, ha sustituido al okey norteamericano que tanto ha durado. Y qué decir de las muletillas que nos taladran el oído como más menos, o sea, ¿me entiendes? ¿me explico?, ¿no?, ¿verdá?, entre otras. Las formas de vestir, o de no vestir, para asistir a lugares públicos, centros culturales, incluso educacionales; el uso y abuso de las llamadas malas palabras y los gestos chabacanos y estridentes se propagan y son expresión de problemas de conducta social que se expresan a través del lenguaje. Recordemos que la lengua no es solo gramática, es también identidad, cultura; es conducta.

Sin embargo, a pesar de todo, lo que más nos preocupa es la pobreza léxica que observamos en muchos de nuestros jóvenes y adultos. Es decir la escasez de vocabulario. La reiteración de las mismas palabras porque no se conocen otras, y la mala dicción.

Nuestra variante cubana de la lengua española es un ajiaco donde se han mezclado, entre otras, lo español, lo indoantillano, y lo africano de origen yoruba, bantú o carabalí, para hablar de solo tres fuentes lingüísticas africanas, ante las cuales también debemos asumir una posición objetiva, no vergonzante, ni discriminatoria. El vocablo “chévere”, cubanísimo, se usa hoy en muchísimos países de América, adonde llegó a través de la música cubana, sin embargo, en Cuba ya casi no se usa. Asere y ecobio, también de raíces africanas, se han extendido como formas de tratamiento, sobre todo la primera, entre nuestros jóvenes a partir de los años sesenta del pasado siglo. Su uso hoy es habitual en el vocabulario del cubano y no necesariamente del cubano marginal. Son aportes de otras lenguas que se han incorporado al español de Cuba y que forman parte de nuestra cultura. Palabras originadas en sistemas religiosos o sociedades de fraternidad y ayuda mutua como la Sociedad Abakuá, pero que han adquirido un nuevo valor semántico, según quienes la emplean y la intención con que lo hacen.

Entre todos hemos ido elaborando este rico ajiaco en un largo proceso de cocción que nos identifica como comunidad lingüística cubana. No estamos defendiendo el uso o abuso de palabras vernáculas, porque “lo cubano” no es solamente lo popular, lo pintoresco, lo vulgar; esa es una concepción no solo muy estrecha, sino errada. Lo cubano es también lo culto, lo más elaborado. Tampoco aspiramos a una oralidad de pretenciosa facundia. Sino a un equilibrio que dignifique nuestra manera de hablar, de expresarnos. El mundo de las palabras crea el mundo de los valores y de las cosas. Y es el espejo donde obligatoriamente nos miramos a diario y también desde donde nos miran.

La cornucopia nacional tiene un emblema: LA LENGUA QUE HABLAMOS. ¿Dónde radica la cuestión? En mi opinión está en la educación elemental cuyo cetro lo lleva sobre todo la figura del Maestro y la enseñanza de la lengua materna por la importante función que esta cumple, tanto para el desarrollo mental del ciudadano como para su formación integral en cualquier campo de la ciencia, de la técnica y de la cultura.

La jerga de los jóvenes es propia de la edad y no de la cultura, porque los hablantes a medida que maduran abandonan el lenguaje juvenil característico en todas las sociedades y lenguas del mundo.

Celebro la voluntad del Ministerio de Educación de brindar una mayor atención en nuestras escuelas a la enseñanza de la ortografía, pero a la vez abogo por que acometamos con rigor el de la enseñanza del léxico y el de la redacción. La gramática y la ortografía se pueden aprender en 7 u 8 años de enseñanza, pero el léxico se aprende durante toda la vida, porque cada día surgen nuevas palabras. Nuestros jóvenes hablan con lo que han aprendido en el hogar, en el barrio y, por supuesto, en la escuela. Y también con lo que no han aprendido. Por eso, no los culpemos. Ellos son el resultado de nuestras flaquezas. El que se sienta culpable que rectifique, el que no, que tire la primera piedra.

(Fuente: Granma)

Tomado de Cubaperiodistas

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Rosalina Romero, mi colega de Panamá, me ha alertado sobre este artículo que todos los hispanohablantes debieran leer y estudiar: 

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LA LENGUA ESPAÑOLA NO ES SEXISTA

Por Francisco Rodríguez Adrados. De la Real Academia Española

En vez de cultivar rencores gratuitos y demoler nuestra lengua, que a veces admite evolución, cuando la sociedad la favorece, podrían estudiar gramática
 
Es tal la algarabía y confusión sobre los mil aspectos de nuestros desencuentros políticos que casi no merece ya la pena de escribir sobre ellos: mil factores incontrolables decidirán al fin. Las verdades más evidentes se repiten mil veces y es como si no se hubieran dicho. ¡Hay tantos factores de pasión, de interés, de simple ignorancia! Esperamos que esto pase, la Historia nos muestra los grandes cambios, la fecundidad de lo humano. Pero es duro saber y no poder, aquello que decía el persa Heródoto.
Pensaba yo en esto y recorría los grandes temas olvidados entre tanta hojarasca pasajera, esperamos. Entre muchos, ese griterío que está en la base de algunas de las desgracias de la lengua española, manipulada tantas veces por grupos mínimos pero provistos de grandes altavoces. Sufre su léxico, sufre su gramática, también nosotros somos, así, manipulados. Nos hacemos, sin quererlo, cómplices de grupos que cambian el sentido de la «nación» o de lo «militar» o el «matrimonio».
Claro que hay esperanza. La lengua es resistente. O, simplemente, la inercia nos lleva a seguir hablando como siempre, es más cómodo decir «los alumnos» que «el alumnado» o «los alumnos y las alumnas». Algunas ventajas tiene nuestra lengua. Y ciertas pretendidas correcciones no se aceptan; «matrimonio» en el nuevo sentido, por ejemplo. Otras sólo hacen reír, recuerden aquello de la miembra.
Aunque algunos deterioros se van haciendo generales, se infiltran en el BOE y hasta en nuestra manera de hablar. Parece que ya es inevitable entender el «género» como sexo: en español o era simplemente una «clase, tipo» o era el género gramatical, que sólo muy parcialmente implica sexo. Es algo copiado malamante del lenguaje de las feministas americanas, su gender no entraba en conflicto, no era cosa de gramática, el inglés no tienen género gramatical.
Bien, en este periódico, hace pocos días, se publicaba una especie de diálogo (¿con quién?) que afirmaba que, a juicio del Gobierno, el idioma español es sexista, porque contiene rastros de desigualdad. «Igualdad», otra palabra desgraciada, parece que ahora se manifiesta sobre todo en la Ley del Aborto. Ese inefable Ministerio va a publicar, se nos dice, una guía para eliminar todo resto de «desigualdad» en el lenguaje. Y se nos dice que Sanidad ha cambiado el término «recién nacido», que es masculino, por «criatura», que es femenino, «válido para niños y niñas». Curioso.
Sabemos que no hay peor sordo que el que no quiere oír, pero nos resistimos al dominio de la sinrazón.
Miren Vds., los autores (y autoras) de esos inventos ignoran que la lengua es cosa compleja, arrastra desde milenios cosas mil. No sólo el español, casi todas las lenguas indoeuropeas, desde hace 3.000 años, tienen las consabidas irregularidades en el género (salvo las que no llegaron a tenerlo, como el hetita, o lo perdieron, como el inglés o el búlgaro). No son lenguas construidas con tiralíneas ni marcan siempre el sexo, ni lo hacen, si lo hacen, con las mismas formas.
Pero tienen también regularidades y constancias. El masculino y el femenino son rasgos gramaticales que marcan a veces, respectivamente, el sexo del macho y la hembra, mil otras no, el «sillón» y la «silla» no son macho ni hembra. Y las marcas formales no nos regulares: el «guardia», el «poeta», el «psicópata» son masculinos e indican ese sexo aunque terminen en «a», la «mano», la «libido», la «foto» femeninos y con «o», pero sin sexo. Como el «miembro». Todo esto tiene razones históricas, no interesan ahora, para nosotros son simplemente hechos. 
Y ahora vienen las grandes piedras de escándalo de las feministas: palabras que aceptan los géneros y los dos sexos, «el, la juez», «el, la estudiante». Por supuesto, puede haber evolución y difundirse «la profesora», «la ministra».
Pero, sobre todo, lo que las subleva es que el género masculino puede usarse como neutro ¡y el femenino también, «la criatura», pero parece que esto lo toleran! Pues es así y yo podría explicar la causa. Históricamente el masculino es un resto de la época en que no había femenino, éste es la innovación, el antiguo léxico se escindió en dos usos, el sexual masculino y el no sexual o neutro. Con inconvenientes y ventajas.
Decimos que la vecina ha tenido un niño, no sabemos o no nos interesa si es niño o niña. El oso tiene tales o cuales características, también la osa mientras no se diga lo contrario. Decimos «los funcionarios» y mil otros nombres neutros para hombres y mujeres, no tenemos que machaconear con «los funcionarios y funcionarias». Y, cuando queremos, añadimos el «todos y todas». Al menos, no tenemos que llamar, como en alemán, a la señorita en neutro (porque la palabra era, en el origen, un diminutivo).
Así son el español y casi todas las lenguas de Europa. Indican y no indican el sexo y si lo marcan, lo hacen de modos diversos. No son sexistas, en cuanto que mil veces no  indican del sexo. Quienes son sexistas son quienes se empeñan en meterlo siempre, hasta en la sopa. Trabajo les doy: tendrían que rehacer la mitad de la lengua española. Y de tantas otras.
En vez de cultivar rencores gratuitos y demoler nuestra lengua, que a veces admite evolución, cuando la sociedad la favorece, podrían estudiar un poco de gramática. Les recomiendo, por ejemplo, la nueva de nuestra Academia.

Tomado de La Razón

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