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Archive for 3/10/09

Cuba llora la muerte de un eminente poeta, fundador del Grupo Orígenes, Premio Nacional de Literatura 1988 y Premio Juan Rulfo 2002, y con una fecunda labor de investigación y estudio de la obra de nuestro Héroe Nacional, José Martí.
Recibió, entre otros premios, el Nacional de Literatura 1988, el Juan Rulfo 2002, el título de Oficial de Artes y Letras de Francia y la medalla de la Academia de Ciencias de Cuba. Esta entrevista que publico se la hizo mi coplega Luis Machado Ordetx hace algún tiempo.

VITIER, VESTIMENTAS DE POESÍA

Por Luis Machado Ordetx

Un venerable cubano acaba de fallecer en La Habana, justo cuando cumplió 88 años.— Queda para los lectores el testimonio de un intelectual que penetró en la hondura histórica del más universal de todos los cubanos, nuestro Apóstol.

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El destacado intelectual Vitier Bolaños junto a su esposa, la poetisa
y ensayista Fina García Marruz. Los méritos forjados por ambos en la
cultura cubana y universal los sitúan como ejemplos de compromiso
social con su tiempo.
(Foto: Tomada de Cubadebate.cu)
 

El poeta, en toda su dimensión, es de esos hombres que tienen un ángel inagotable; un agua  viva, de enorme manantial, fresco y pletórico que anuncia con la palabra el contrapunto y la imagen tonal diseñada por Lezama Lima, para decantar el «árbol como sombra de la hoguera petrificada», y también  hurtar y penetrar en la cubanía.
A la par, él —como el mismísimo árbol—, constituye atributos de las querencias y el firmamento telúrico de una voz inequívoca en tiempo y espacio. Cintio Vitier Bolaños [Cayo Hueso, 1921-La Habana, 2009], es todo eso y mucho más, y desde que se dio a la palabra escrita en aquellos primeros balbuceos poéticos, allá por el año 1939, se revistió de intelectual para distinguir y fomentar lo cubano; definiendo, además, un verso y una prosa con cargas de originalidad histórica en las cuales subyace  un fundamento estético y moral de inalterables rumbos.
Estuvo por vez primera en Santa Clara, casi a principios de la década de los años 50 y, para no olvidar la vieja costumbre de un aula de la Universidad Central de Las Villas, regresó recientemente a su «otra casa», como también denominó a ese centro docente, con el propósito de hablar sobre «La infinitud cualitativa de la vocación esencial del cubano por su integridad: vivir en lo libre», momento en que sostuve un diálogo rápido que validó todo el entendimiento que antes tenía sobre su vida.
El instante sirvió, en definitiva, para acumular la naturaleza en torno a una concepción que avala la probidad científica y humana coronada por su memoria integradora. Y, para no perder ese insustituible encuentro que siempre propicia una «cercanía hechizada», al estilo de Lezama Lima, gustoso —aunque algunos alegaban su rotundez e inaccesibilidad para todo cuestionario, dado entre otras razones por la brevedad de la estancia— él accedió al interrogatorio, sin interesarse a priori en los temas, sino en la urgencia en revelarlos todos a la altura diáfana de su luminosidad.
Al auscultar un «relámpago» de su itinerario villaclareño, detenido en ciertos atisbos de lo insospechado, recibí las rápidas respuestas que certificaron una impronta de vitalidad y cubanía; al tiempo que el otro ofreció las gracias por las constantes provocaciones. Aquí está, como lo sustentó, el fraterno diálogo.
—¿Qué significa ser distinguido con el título de Doctor Honoris Causa en la Universidad, donde usted fungió como maestro de la primera generación de profesionales formada por la Revolución?
—Un inmenso honor que solo puedo merecer en la medida en que haya sido digno de la espiritualidad cubana de mi padre.
—Lo cubano en la poesía es un libro que nació tras una petición universitaria y editó por vez primera la casa de estudios de aquí. ¿Cómo lo percibe ahora cuando el encuentro con lo pasado es firmeza para la Patria?
—Recuerdo aquellas sesiones de Lo cubano en la poesía (1) en el Lyceum femenino de La Habana, que entonces presidía Vicentina Antuña, entre noviembre y diciembre de 1957, como el convivo más emocionante de toda mi vida. La patria se nos revelaba dolorosa y gozosamente en medio de la sangrienta lucha de aquellos días. Sin saberlo nos estábamos preparando para un triunfo que todavía parecía imposible. Hoy siento que aquel libro, rápidamente publicado en el 58, gracias a Samuel Feijóo, era mi despedida del mundo anterior a la Revolución. Y fue también, en cuanto a testimonio de la raíz poética de nuestra historia, mi umbral hacia ella.

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