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Archive for 24/05/10

El 29 de diciembre de 2009 publiqué que el poeta y narrador villaclareño Ernesto Peña se había agenciado el premio de narrativa Alejo Carpentier, que auspician la Fundación Alejo Carpentier y Editorial Letras Cubanas, con su obra “La Biblia perdida”. Ahora Juventud Rebelde, en su suplemento El Tintero, nos ofrece un fragmento de esa novela:

UNA BIBLIA PERDIDA (FRAGMENTOS)

libro-pasando-hojas.gifEl fragmento que presentamos a los lectores de El Tintero pertenece a la novela La Biblia Perdida, ganadora del Premio Alejo Carpentier 2009 y en proceso de edición por Mónica Olivera en la editorial Letras Cubanas, del Instituto Cubano del Libro

Los ladridos de los perros se escuchaban a lo lejos, como en una pesadilla de la que no acababa de despertar. Todos los músculos de las piernas de Francisco se tensaron aún más y sus zancadas se hicieron más largas. Sudores de fiebre y miedo le bañaban el torso, le atolondraban la sesera.
Cuando dejó de oír los perros se detuvo y reconoció la herida otra vez. Un rasguño de bala, pero que se pudriría si no lo curaba a tiempo.
Soltó el puño del machete y se arrodilló. A seguidas se dejó caer de espaldas sobre la hierba. Por unos segundos los pedazos de cielo y huecos de luz diseminados entre las frondas lo embelesaron. Pensó en Soledad y su hijito recién nacido; pero esa voz de brujo que no se le salía de la cabeza le susurró que estaban muertos, que los contramayorales habían violado y torturado a la Soledad y descuartizado a su hijo.
Los ojos de Francisco se anegaron y una argolla invisible le oprimió la garganta. Era nada. Y ahora era nada de nada. Una bestia aterrada que huye de los perros.
Se incorporó y exprimió la sangre vieja de la herida. No obstante el dolor carnal, no podía dejar de llorar su suerte. Al cabo de un rato se sintió aliviado, el cuerpo flojo como una caña chupada. Llevaba dos días y noches sin dormir, corriendo sin detenerse excepto para masticar algo y beber agua. Los matojos y las púas le tenían los tobillos desollados, pero lo que más le atormentaba eran las voces que surgían en su cabeza. «Francisco se dejó engatusar por el negro francés» «Francisco mató amos y quemó ingenio», «La Soledad y el niño van a pagar por la villanía de Francisco».
Se echó de espaldas una vez más. Pese a los latidos en las sienes y la herida, los ojos empezaron a cerrársele. En ocasiones se despabilaba y corroboraba que la tira de cuero mantenía el machete atado a su muñeca, y que el cuchillo de monte estaba en su sitio. Un instante después volvía a amodorrarse.
«Francisco va a quedarse dormido».
Se incorporó de súbito. El frío del monte le punzaba el cuello y las costillas. Había dormido toda la tarde y la noche y ahora los pájaros y ranas mañaneras comenzaban su concierto del alba. Por un momento no supo dónde estaba. Veía puntitos luminosos ante sí y dentro de la cabeza atronaba un tambor insufrible. «Estoy muerto», se dijo, hasta que escuchó el gruñido.
Los dos perros se acercaban con sigilo, los pelos erizados y los colmillos sobresalientes. Cuando Francisco se puso en pie el más adelantado de los animales le saltó al cuello. Un tajo relámpago encontró al animal en el aire y le sacó el alma tras un fugaz alarido. El segundo perro tuvo mejor suerte. Aferró a Francisco por encima de la clavícula, justo en el sitio de la herida de bala. Hombre y fiera rodaron por el suelo. Francisco atinó a aguantar por la oreja la cabeza del animal que se retorcía sin cesar. Si esa boca se le hundía en las venas del cuello, todo habría terminado.
Una cuchillada veloz alcanzó al perro en un costado pero este no cedió en su afán. Después de la cuarta cuchillada las mandíbulas del animal se ablandaron. Francisco cayó de rodillas, temblequeante. Varias hilachas de sangre le bañaban el pecho y la espalda. Mientras intentaba cubrir las mordeduras con una mano trémula, las piernas se le convertían en dos trozos de roca. Tres hombres surgieron de la maleza, resollando. Francisco intentó blandir el machete pero todas sus fuerzas le habían abandonado. Respirar. Solo le quedaba respirar.
—Este es el último —dijo uno de los contramayorales después de recuperar el aliento.
El mayoral Antonio de Orihuela se acercó sin prisa y colocó el cañón del fusil contra la cabeza del negro cimarrón. A través del arma sintió el respirar grueso del fugitivo que se desangraba. Los cadáveres de sus últimos perros le conferían una gracia violenta al lugar. Entonces cierta morbosa satisfacción invadió al mayoral dejando al descubierto sus dientes manchados. Miró a sus hombres y rió sin embozo.
—El último —dijo, y soltó un salivazo negro de tabaco antes de apretar el gatillo.

Capítulo 2

Llegaría la época en que un rey negro igualaría a todos los reyes, se dijo Aponte. No como Henri Christophe, rey de una isla. Sería como Alejandro el Grande, o el preste Galawdewos. O como Napoleón. El rey de un imperio. El imperio más grande de la Tierra… pero sin esclavos de ninguna raza.

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