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Archive for 8/06/10

Mi amiga y poetisa Mariana Enriqueta Pérez Pérez me ha enviado esta invitación para su tertulia “La décima es un árbol”, en el Museo de Artes Decorativas de Santa Clara. Esta vez dedicada a Chanito Isidrón:

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Enlace a tema relacionado con Chanito Isidrón:

Chanito Isidrón, decimista y narrador

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Pidiendo por ti, querida amiga


¡Piedad, Señor, del que gime de noche por ese frío que incesante labra los sentidos y aullar se escucha en el silencio, en sus entrañas, los desesperantes dolores y nostalgias del herido!
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El gremio humano diseñaste en pareja para que la piel del que te amara no envejeciera cansada de silencios y buscando cobijos por marginado. ¿Por qué entonces vivir silente bostezando en el pasado y durmiendo en el letargo abrumador y callado del solitario, majadero gruñón de multitudes? ¿Por qué buscar en vano en el nicho donde vegetas, una silueta viva sin hallarla? ¿Por qué no hay nadie para quién arreglarme y componerme los domingos? ¿Con quién ir a misa o junto a quién ver en las tardes el sol tiñendo caprichoso el crepúsculo y besando la tarde de soslayo?
 
Busco esa mano que me falta porque andar sola la mía no sabe, no quiere… Busco mi pareja y no envejecen mis adentros esperándole, no caduca mi sonrisa pensándole…
 
¡Quiero amor! ¡Quiero amar y que me quieran!…  No quiero caricias ni engaños limosneros, no quiero citas fijadas a descuido, no quiero huir, ni abusar, ni saber de ultrajes, ni de cinismos…
 
Quiero encontrar a un ser humano, que sufra por el dolor ajeno y se conduela de lo que extraño, ¡alguien que se respete a sí mismo y tanto!… que me dé a plenitud lo que tiene y le sobre y se haga mi mejor confidente y mi cómplice sin meditarlo.
 
Que se deje amar sin tabúes ni melindres para que la misericordia de Dios sea derramada  a nuestro paso; que al verme cansada, se canse e igual al verme feliz se sienta realizado.
 
Busco a alguien a quien no le pese saludarme y su cuerpo cubrir pueda mi figura y mis espantos, que borde mi vida con pespuntes de abundancia en todo y sin miseria de alma viva orgulloso y cautivo de mis yo y mis adentros y se deje amar con desenfado.
 
Que cifre en mi piel bellos recuerdos, que entibie mis locuras con sus alivios y me ahogue con su aliento a cada paso, que sea artífice de mis horas de siesta y que sepa con la noche quebrada hacer milagros.
 
Busco a un ser que sepa que yo existo, que prefiera y le guste vivir acompañado; para un día volar juntos a las tinieblas cuando nos toque irnos separados; que cuando yo no esté ¡ya no viva! y que pueda vivir complacido demostrándomelo.
 
Quiero hallar a alguien que me llame “amiga”, que me llame “niña” o que me llame “amparo”, pero alguien con quien contar pueda yo en mis lloros, en los días de lluvia o de regalos, que su riqueza de hombre sea tan grande que comprar el universo mismo pueda tan sólo por saberse amado y sea  feliz por tenerme a su lado.
 
Alguien que colegie conmigo sus planes y sus sueños y no me oculte su tarjeta de banco, alguien que se sienta solidario y al correr a mí sepa cuando lo esté necesitando.
 
Ha de ser alguien que quiera a los míos porque me quiera, alguien que me desee aunque yo no haya llegado, que teja con mi pelo su fragancia y beba con disfrute el amor que a manos llenas le he obsequiado, flexor de mis impulsos y fantasías, que no me vea enemiga y que ame mis palabras y mis labios!
 
Alguien que no tema ni se enoje con la luz de mis miradas y le plazca cuando me vea mirándolo, que me tome de las manos suavemente y me demuestre de que, complacido, me estará amando.
 
La malquerida, así me llamo cuando sola y triste bebo mis lágrimas y me trago el llanto… cuando el insomnio arrebata mi frescura, porque entre días se me acaba la paciencia, cuando mi corazón me exige su otro lado.
 
¿Acaso estaré reclamando un imposible o será que estoy pidiendo demasiado?
 
No lo sé, pero persistente y optimista seguiré mi camino buscándolo para darle el amor que a mí me sobra y complacerme un día por haberle encontrado.
 
Nunca es tarde si la dicha llega y mucho menos cuando es de amor que se está hablando.
 
Quiero encontrar a un hombre extraordinario que mi Dios para mí haya diseñado, alguien simple a quien no cejaré en buscarle porque lo necesito para tenerlo a mi vera, no quiero envejecer entre recuerdos, quiero sentir un cuerpo a mi costado, que me regale los más dulces “buenos días” y me acurruque en las noches con su  encanto.
 
Querubín de mis buenas noticias, escudero de mis temores, de mis miedos, ¡mi mejor amado!
 
No quiero vivir sola, ¡no lo merezco!, no merece una rosa un cruel guillotinado.

Mis pétalos se caen como en derrumbe, pero yo seguiré perenne en mi gesta hasta lograrlo.
 
Reverencias hago al tiempo, ¡mi enemigo!… porque a un buen hombre quiero encontrar para adorarlo. Un buen hombre encontré y le he querido, pero él no me quiere y con creces así lo ha demostrado, por eso me he trazado otro camino que escrito y en mi destino está cifrado, acepto haber perdido y ante él claudico, pero vivir quiero en otros prados junto a alguien que sepa que yo existo y que la vida por ser tan bella y corta merece que yo vuelva a reintentarlo.
 
Gracias por escucharme, mi buen amigo, y excúseme si estoy siendo egoísta o, simplemente, por haberle importunado. 
                                                                                          
La Bode  22.4.10

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Por Ciro Bianchi Ross 
digital@juventudrebelde.cu

El origen de la guayabera. Caricatura de LAZ. 

El origen de la guayabera.
Caricatura de LAZ.

Circula en estos días con profusión, gracias al correo electrónico, una nota con una historia de la guayabera. Está tan bien escrita y apoyada, aparentemente, en datos tan sólidos, que los muchos amigos y lectores de aquí y de allá que me la remiten, no se percatan de sus errores e inexactitudes. Se alude en ella al remoto y oscuro origen de la guayabera en Sancti Spíritus, en 1709, y a la presencia de esa prenda en la manigua durante nuestras guerras por la independencia. Hace referencia a la guayabera del mayor general Calixto García y para rematar repite aquellos versos en los que el Cucalambé llama «guerrera mambisa» a la guayabera. Aunque ya abordé este tema antes, quiero retomarlo ahora a fin de poner, hasta donde es posible, claridad en el asunto.
Lo del Cucalambé cae por su propio peso. No pudo hablar de guerrera mambisa alguna un poeta que desapareció en 1862, seis años antes de que Céspedes diera inicio a la Guerra Grande. Nada hay de cierto, por otra parte, en la pretendida guayabera de Calixto. Su guerrera, que usaba por fuera del pantalón, lucía cuatro bolsillos, pero uno de estos, el superior derecho, era interior y más largo que el de la izquierda. La versión que ubica el origen de la guayabera en Sancti Spíritus, en 1709, no parece pasar de ser una mera propaganda comercial. La echó andar con fuerza en los años 50 del siglo pasado una sastrería espirituana, La Casa Vázquez, propiedad de Valeriano Vázquez, que se proclamaba «el rey de la guayabera de las mil alforcitas», establecimiento sito entonces en la calle Máximo Gómez, 21, de esa ciudad, aunque el anuncio reconoce como autor de la versión a un hoy olvidado Pedro Carballo Bernal, quien la incluiría en su libro Tradiciones antillanas, que este escribidor no sabe si se llegó a publicar.

La leyenda

Se dice que en 1709 arribó a la villa de Sancti Spíritus un matrimonio conformado por los andaluces José Pérez Rodríguez y Encarnación Núñez García. Un buen día el matrimonio recibió una pieza de tela de lino o hilo que le llegó desde España y José pidió a Encarnación que le confeccionase con esta camisa suelta, de mangas largas, para usar por fuera del pantalón y con bolsillos grandes. La mujer acometió el encargo y a los pocos meses aquellas camisas se popularizaron en la comarca.
Este suceso tiene varios detractores. Aseguran que en dicha fecha las disposiciones de la Real Compañía de Comercio que regían entre la metrópoli y la colonia, prohibían tales envíos y que, por otra parte, tampoco había comunicación entre España y Sancti Spíritus. Esa prohibición resulta a la larga poco significativa, a mi juicio, pues los andaluces pudieron haber obtenido su paquete de tela por la vía del contrabando, tan en boga entonces. Lo que sí resulta inconcebible es que un hecho meramente doméstico quedara registrado en la historia, y con tanto lujo de detalles: fecha, nombre de los protagonistas, diseño de la ropa… como para que los historiadores del futuro pudieran proclamar, sin sombra de duda, que ahí nació la guayabera. Es una historia tan perfecta que no deja más alternativa que la de dudar de su veracidad. Pero marca el inicio de la leyenda de la guayabera o fija la entrada de esta en la leyenda.
Nuestros guajiros del siglo XIX no la usaron. La literatura de la época los describe cubiertos con camisas azules o «de listado», que usaban generalmente por fuera del pantalón. Constantes de su ajuar cotidiano eran el sombrero de yarey, el machete, los zapatos de vaqueta y un pañuelito atado al cuello para enjugar el sudor. Esteban Pichardo no recoge la palabra guayabera en su Diccionario provincial casi razonado de voces cubanas (1875) y hasta donde sé tampoco lo hace Manuel Martínez Moles en su vocabulario del espirituano. Aparecerá, sí, en Leonela, novela de Nicolás Heredia publicada en 1893, pero que cuenta una historia anterior al estallido, en 1868, de la Guerra de los Diez Años. Desconozco si hay en la literatura menciones a la guayabera anteriores a esta de Heredia, pero es la más antigua que logré localizar, y que nos dice que no era en ese tiempo camisa de ciudad, pero tampoco de campesino pobre.
Para este, lo usual en ese entonces era la chamarreta, una prenda con faldillas y mangas estrechas. Y fue la chamarreta y no la guayabera la que se vistió para luchar contra España. En la Guerra Grande, el Ejército Libertador careció de uniforme. El mambí se vestía como podía, con las ropas de la ciudad o del campo a su alcance. Ya en 1895, al inicio de la Guerra de Independencia, Martí alude a la chamarreta en su Diario. Charito Bolaños cosió para los libertadores durante toda la Guerra de Independencia. Los generales Alberto Nodarse, Mayía Rodríguez y García Menocal se vestían con lo que esa patriota les enviaba. Jamás, precisaba Charito, remitió una guayabera a la manigua; solo chamarretas. María Elena Molinet, hija de un general de la Independencia, investigó este asunto desde dentro, pues fue la directora de vestuario de películas como Baraguá y La primera carga al machete, y acopió más de 120 fotos de mambises en la manigua. Ninguno viste de guayabera. Manuel Serafín Pichardo escribió a comienzos de la República el soneto Soy cubano, que gozó de una popularidad enorme y que todavía en los años 50 se incluía en los libros de Lectura de nuestra enseñanza primaria. Dice en su estrofa inicial: Visto calzón de dril y chamarreta / que con el cinto del machete entallo. / En la guerra volaba mi caballo / al sentir mi zapato de vaqueta.

A partir de la camisa

Resulta muy difícil enmarcar el surgimiento y evolución de la ropa popular tradicional. En lo que atañe a la guayabera, ninguna otra región cubana discute la paternidad de la prenda a la villa del Yayabo. Se llamó yayabera a esa guayabera primitiva y desde allí invadió las zonas vecinas. Fue trochana en Ciego de Ávila; camagüeyana, en Camagüey…

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