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Archive for 16/09/10

En el mes de septiembre escribió estos versos Antonio Guerrero, uno de los Cinco antiterroristas prisioneros injustamente en los Estados Unidos.

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Entre cuatro paredes.

CUATRO PAREDES

Cuatro paredes conforman el nido
donde nacen y nacen nuevos versos
cuatro paredes de un odio perverso
que no pueden frenar mi recorrido.

Cuatro paredes blancas que han querido
impedirme la luz y el universo
cuatro paredes que ya sin reverso
la fuerza del honor han demolido.

No importa el tiempo ni las condiciones
no importa el frío ni el silencio crudo,
cuando se tienen firmes convicciones

no hay imposibles para el optimismo
y ante el chantaje obsceno, vil y rudo
aprendemos a dar más de uno mismo

29 de septiembre de 1999

FOUR WALLS

Four walls configure the nest
where are birthed and born new verses,
four walls of a perverse hate
which cannot impede my path.

Four white walls that have desired
to deny me light and universe,
four walls which already, without reverse
the force of honor have demolished.

Never mind the time or the conditions,
never mind the cold or the raw silence,
when you have firm convictions

there are no impossibilities for optimism
and facing obscene blackmail, vile and rude,
we learn to give more of ourselves.

September 29, 1999

Otros poemas de Antonio Guerrero:

Madre mía/My mother

Fiel/faithful

Un lugar tranquilo

Regresaré

La firmeza de tu suelo/The firmess of your fround

El mundo de tu mano/The World of your hand

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Es magnífico saber que nuestra provincia de Villa Clara tenga evidentes resultados con respecto a la protección de la capa de ozono, ese escudo natural que protege al planeta Tierra. Las radiaciones ultravioletas atentan contra todos los seres vivos; es responsabilidad de los humanos evitar que aumente el agujero que ya existe en la capa de ozono. La noticia, a través de Dalia Reyes Perera:

EXHIBE VILLA CLARA RESULTADOS NOTORIOS EN EL DÍA MUNDIAL DE LA CAPA DE OZONO

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Villa Clara llega con importantes resultados al Día Mundial de la Capa de Ozono, fecha que se conmemora este 16 de septiembre, dio a conocer Alexander Santos Rodríguez, especialista de la Unidad de Gestión de la Ciencia, la Tecnología y el Medio Ambiente en el territorio.

El acto nacional por la efeméride se celebrará este jueves en La Habana, donde se le entregará el Reconocimiento Libre de Clorofluorcarbonos a un grupo de entidades de esta provincia. Ellos son las Empresas ASTRO, de Transporte y la Geominera del Centro, además de los Hoteles Sol Cayo Santa María, Meliá Cayo Santa María, Barceló Cayo Santa María en la cayería norte, junto a Villa La Granjita y Hostal Mascotte.
Además, se efectuará la premiación del concurso nacional: “Mi Cuba protege la Capa de Ozono”, donde este territorio fue uno de los más premiados.
Como una acción concreta, el especialista resaltó que en la provincia se realiza un censo de los equipos que contienen gases refrigerantes o sustancias agotadoras de esa llamada “sombrilla del planeta” para aplicar una estrategia posterior.
“Es preciso fomentar una conciencia entre directivos, trabajadores y toda la población, porque se trata de salvar esta gran casa de todos, que es la tierra”, puntualizó.
Más adelante agregó que “se ha demostrado que este proceso de agotamiento es reversible si eliminamos estas sustancias que agotan la capa de ozono, el agujero se ha mantenido estable. Cuba, con la creación hace 15 años de la Oficina Técnica de Ozono, ha avanzado en este empeño. A partir de un cronograma nacional para cumplir con ese propósito, este año se eliminó el uso de los cloro-fluoro carbonos y en el 2030 se establecen las bases para eliminar los hidrogeno-fluoro-carbonos”, resaltó.
La investigación científica ha puesto de manifiesto que cuanto más se demore en prohibir el uso de sustancias agotadoras de esta capa protectora, más tardará en repararse, y durante más tiempo estarán los seres vivos expuestos a un aumento de las radiaciones ultravioletas, con los consiguientes efectos negativos para la salud humana y la naturaleza, de ahí que todos los seres humanos tengamos la alta responsabilidad de salvar ese escudo natural.
El 16 de septiembre se celebra el Día Internacional de Protección de la Capa de Ozono, instituido en 1995 por las Naciones Unidas para sensibilizar sobre este problema a la opinión pública.

Tomado de CMHW

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A principios de agosto decíamos en una de estas CRÓNICAS que posiblemente el 2010 sentara un nuevo récord en el mundo en cuanto a alta temperatura se refiere, clara evidencia de un cambio climático que ya se siente, aunque todavía no es irreversible. Por supuesto que para conocer la realidad tendremos que esperar a que se termine el año, pero mientras tanto, nuevas evidencias se suman a esta presunción.
Sabemos que junto al aire, las aguas oceánicas también se calientan, y que ese alto contenido de calor del mar es el combustible que necesitan los ciclones tropicales para su desarrollo.
Este combustible ha estado tan abundante que podemos decir que, hasta la fecha, la actual Temporada de Huracanes, o ciclónica, 2010 ya pasará a la historia de los récords.
Al alcanzar “Julia” ayer la Categoría 4 en el lejano Atlántico durante algunas horas, ha sido catalogado para la historia como el primer huracán que alcanza tal intensidad tan al este, próximo a África. Al mismo tiempo, ha hecho a que el 2010 sea la segunda temporada en las estadísticas en que se alcanzan con dos huracanes categoría 4 simultáneos en el Atlántico, pues “Igor” siguió manteniendo su intensidad en Categoría 4, aunque la tendencia es a que se debilite en los próximos días al encontrar aguas más frías. La otra ocasión había ocurrido el 16 de septiembre de 1926, cuando durante 6 horas convivieron dos huracanes Categoría 4 en el Atlántico.
También el 2010 ha sido el año en que más temprano en la temporada se ha formado un huracán Categoría 4 en el Atlántico y la 5ta temporada en que se ha formado más temprano el onceno ciclón tropical, el que supera al promedio de 10 ciclones por temporada. También en el 2010 se ha registrado el tiempo más corto en que 4 huracanes Categoría 4 alcanzan esa condición. Este 2010 ha dado 4 huracanes Categoría 4 en los 20 días que se encuentran entre el 27 de agosto y el 15 de septiembre.
Si bien “Julia, como dijimos más arriba, es el huracán más intenso en formarse en el extremo oriental del Atlántico, “Earl” ha sido el cuarto huracán más fuerte de la historia en llegar a una muy alta latitud en ese océano.
En resumen, las altas temperaturas de la superficie del mar presentes en la actual temporada, de las que ya hablamos en una de las primeras CRÓNICAS en el mes de julio, han ocasionado ya varios huracanes intensos con características importantes para los registros históricos. Pero… la temporada no ha terminado. Queda por ver la segunda mitad de septiembre, en la que debe disminuir algo la actividad, y después octubre, el mes más temible para el Caribe occidental. Después vendrá noviembre, usualmente más benigno. Veamos que sucede.
Huracán “Julia”, el categoría 4 formado más al este en toda la historia conocida.
Huracán “Igor”, junto a “Julia”, hacen del 2010 la segunda temporada en los registros históricos en que hay dos categoría 4 en el Atlántico al mismo tiempo.

Huracán Julia, el Categoría 4 formado más al este en toda la historia conocida. 

Huracán Julia, el Categoría 4 formado más
al este en toda la historia conocida.

Huracán Igor, junto a Julia, hacen del 2010 la segunda temporada en los registros históricos en que hay dos categoría 4 en el Atlántico al mismo tiempo. 

Huracán Igor, junto a Julia, hacen del 2010 la segunda
temporada en los registros históricos en que hay dos
categoría 4 en el Atlántico al mismo tiempo.



Tomado de Cubadebate

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Ismael me envió este artículo suyo que publicó en su blog, y como fiel defensora de la lengua española, quiero que mis lectores lo conozcan. Es gratificante saber que nuestro idioma cada vez más ocupa un lugar superior.

ESTE IDIOMA QUE NO MUERE

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Por Ismael Valdivia

Con los niños hijos de hispanos que han emigrado a los Estados Unidos uno pierde la noción de cual es el tiempo correcto para empezar a hablar. Las famosas escalas para evaluar el desarrollo lingüístico en la edad pediátrica no funcionan, cuando se aprecian niños de dos y medio años que aún no pronuncian bien más allá de 10 palabras, pero que el resto de su desarrollo psicomotor es adecuado.
Cuando llegué a vivir aquí, no puede menos que establecer comparaciones. Pero observando bien cómo estos niños se encarrilan, pude apreciar que esto es otra consecuencia más del bravo impacto que ha dejado en los Estados Unidos, la migración masiva de personas que hablan el español.
Es una realidad que cualquiera puede palpar. Ya no hay que esperar al futuro donde las premoniciones estadísticas anunciaban una preponderancia de los latinos en este país. Si bien todavía se asegura que para el 2050, uno de cada cinco norteamericanos será hispano, hoy por hoy florecen sus negocios y mercados por todo el país y cada vez se va haciendo más frecuente escuchar nuestro idioma en cualquier sitio que uno asista.
Hay centros laborales que prohíben a sus trabajadores hablar otro idioma que no sea el inglés. Me parece lastimoso que recurran a eso. Que no se perfile el momento histórico con los tonos adecuados, y el temor aflore perjudicando, empañando la misma historia de una nación como esta. La realidad asombrosa es que cada día más la gente quiere ser bilingüe. Y es de la comidilla popular, que serlo es casi un título universitario.
¿Por qué? Porque los mismos empresarios necesitan en su atención al público, personas que hablen el español. Que ya saben que no pueden obviar la realidad que este idioma los circunda de forma creciente.
Y a mí me resulta interesante ver cómo los niños se trabucan en sus inicios para ajustar los vocablos correctamente en su lengua. Y los más aventajados, los incorporan en ambos idiomas al mismo tiempo. Hay padres que intentan que predomine el inglés aun a costa de que en el futuro no se comunique con otros familiares, pero de forma general, el inglés, va dejando de ser un hito. Hablar inglés ya no es la única forma de sobrevivir en los Estados Unidos.
Cada día me encuentro con descendientes de personas hispanas emigrantes, que hablan bien el español. Que no lo esconden, que se enorgullecen del logro. Y va siendo respetado que los hispanos conservemos nuestro idioma y costumbres. Que nos incorporemos como lo que somos, sin aplatanarnos. No es un avance fortuito, es el resultado de múltiples y consecutivas olas migratorias que no permiten que aquí, la cultura hispana muera. Una sola oleada se hubiera, de seguro, asentado, incorporado y olvidado, de sus raíces. Pero esto no pasa cuando constantemente va llegando una fuerza que la revitaliza.
De ahí que los niños nuestros se empinen con un poco de atraso en su comenzar a hablar. Como si, con su inteligencia natural, otearan el aire para decidirse, optar por lo más adecuado. Hay estadísticas que reflejan que en la población latina emigrante, sólo un 11 % de menores de 10 años predomina el inglés y que más de un 70 % es bilingüe. Un porcentaje enorme que se incorpora, jóvenes que van poniendo su lugar en esta tierra como hijos y nietos de personas que sólo han hablado este idioma que no muere.

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Mi amigo argentino Horacio Ricardo Silva me envió este cuento que disfruté muchísimo, por lo que quiero también que mis lectores tengan esa misma oportunidad. Una historia cargada de fantasía y amor por los animales que no podía desdeñar porque los adoro. ¡Gracias, Horacio!

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Dhalia con chicos en el lomo, 1942.
Foto tomada de una publicación y enviada por Horacio.

LUX AETERNUM(1)

A Meca, que vive en el Río de la Plata y en mí.
A Haroldo Conti, cuyos relatos acompañaron mi adolescencia.
La división de Mastozoología, ubicada en el primer piso del Museo Argentino de Ciencias Naturales en Parque Centenario, era un lugar frío e inhóspito, donde rara vez llegaban los visitantes.
Entre los restos sombríos y polvorientos se destacaba la figura de un elefante embalsamado, cuyos ojos vidriosos —igual que la Gioconda—  provocaban el efecto de seguirlo a uno con la mirada por todo el recinto. Un cartel indicaba su procedencia: “Familia: Elephantidae. Orden: Proboscidea. Elefante de la India. Elepheas maximus. Distribución: Asia meridional y oriental, Cochinchina, Siam e isla de Ceilán. Pertenecen estos restos al elefante ‘Dhalia’ que durante muchos años vivió en cautiverio en el Jardín Zoológico de Buenos Aires”.
Camilo, un pibe de trece años, era uno de los pocos que se llegaban hasta allí. Dejaba la fascinación por los dinosaurios a los chicos de la primaria, que se divertían comparando a la maestra con el homo neandhertalis, o pegando chicles en las vértebras del Tyrannosaurus Rex.
De tanto ir al museo, Camilo se había hecho dos amigos: Sergio, el bibliotecario, y Haroldo, un empleado de maestranza que había sido durante muchos años guardián del Zoológico Municipal.
Solía visitar al viejo en su covacha, una oficinita mugrienta donde guardaba sus utensilios de limpieza y contaba viejas historias del Zoo, mientras cebaba mate.
Contaba, por ejemplo, cuando el rinoceronte Archibaldo arremetió contra las rejas hasta romperse el cuerno, atormentado por su reciente viudez; o cómo el cuidador Antonio logró que la mona Bobby —que se había escapado para mirar una carrera de ciclismo que se corría en la avenida Sarmiento— regresara a su jaula, simulando que la defendía de otro guardián que aparentaba atacarla.
O recordaba al director Clemente Onelli, que una vez consiguió a una mujer con el coraje suficiente para amamantar a un monito huérfano, y otra vez se trajo caminando desde el puerto a la recién llegada jirafa Mimí, que no cabía dentro de ningún vehículo.
Pero el relato que más le gustaba oír era el de aquel muchachito que se hizo amigo de la mangosta canina; y que un día, harto quizá de verla encerrada en una jaula triste, roñosa y solitaria, la liberó para fugarse juntos a un lugar donde no hubiera barrotes, guardianes ni amargura. Aunque todo eso terminó mal —la policía los atrapó y encerró a ambos—, estas historias le encantaban a Camilo, que no decía nada cuando el viejo Haroldo las repetía, olvidando que las había contado decenas de veces.
Su otro amigo, Sergio, solía darle charla y algún material sobre los animales favoritos de Camilo. Y no eran pocas las veces que éste se quedaba allí, hasta que las sombras de la noche indicaban que había llegado la hora de cerrar.
La vida del chico se centraba alrededor de esas delicias. Lo demás era rutina; ir a la escuela (donde lo único que valía la pena eran las clases del maestro Mostazo, que leía cuentos de Horacio Quiroga), llegar a casa y hacer los deberes. Y luego, nuevamente la entrada a ese mundo muerto de grandes saurios y aves, que alguna vez crepitaron de vida y hoy amontonaban polvo, delante de unos visitantes que miraban todo con cara de aburridos.
Una tarde de invierno, en que la lluvia hacía más lóbrego el lugar, sintió un sobresalto al mirar el elefante: le pareció percibir un levísimo movimiento en la quijada del animal embalsamado.
Con el corazón en un salto, miró fijamente la imagen: no notó nada extraño.
Pensó que sería su imaginación, ya fértil de por sí, y le restó importancia al asunto. Sin embargo, la impresión no le abandonó.
Desde aquella vez que le pareció ver al elefante moverse, Camilo empezó a tener pesadillas.
Un día soñó que era un animal enorme, y que corría a toda velocidad por una selva como la de los cuentos de Quiroga, huyendo de los cazadores.
Otra noche se vio embarcado en una jaula, rumbo a un país desconocido. Y una tercera vez, soñó que quería escaparse, arremetiendo contra los  barrotes como el rinoceronte Archibaldo.
—Demasiadas lecturas de la selva —sentenció su madre, agregando que si seguía imaginando demasiado, le prohibiría ir al museo a escuchar las tonterías con que ese viejo loco le llenaba la cabeza. Camilo decidió no hablar más de esas cosas.
Una tarde en que Sergio se quedó a hacer horas extras, el muchacho no se dio cuenta de que ya se había hecho noche cerrada. “Mamá me va a matar”, pensó, y saludando apresuradamente, salió de la biblioteca.
En su camino por los pasillos ahora oscuros, donde la penumbra destacaba con sombríos relieves las siluetas inanimadas para siempre, al pasar por Mastozoología creyó ver algo que le heló la sangre.
Dhalia había cambiado de posición, y lo miraba fijamente a él. Empalidecido por el terror, su mente giró entonces en un torbellino.
Como en los sueños, Camilo era el elefante. Estaba en el zoológico, frente al templo hindú. Su instinto salvaje le advirtió el peligro que representaban unos policías apostados alrededor de la jaula, armados con fusiles, que le apuntaban desde distintas direcciones.
Su enorme masa muscular se puso en extrema tensión. Sus ojos calcularon rápidamente la distancia que había entre él, la reja y esos hombres, y tomó la decisión de intentar escapar. Los amenazó irguiendo la trompa hacia el cielo, mientras emitía un profundo y gutural barrito, y tras ese preámbulo emprendió una feroz carrera hacia los barrotes.
El impacto fue tan tremendo que logró romper uno en la embestida. Aún atontado por el golpe, su finísimo oído oyó una voz seca; sus ojos entrevieron los fogonazos, y su rugosa aunque sensible piel sintió las mordeduras del plomo en un estrépito de truenos.
La sangre tibia manaba de su frente, y un furor sobrenatural lo invadió; fue entonces cuando un ser angelical se interpuso entre él y sus fusiladores, y comenzó a limpiarle la herida con suma dulzura y suavidad.
En ese momento se despertó entre los brazos de Haroldo y Sergio, que llegaron corriendo al escuchar sus gritos.
—¡Camilo! ¡Camilo! ¿Estás bien? ¿Qué te pasó, muchacho? ¿Qué tenés? ¡Sergio, traé un poco de agua!
El muchacho temblaba y sudaba frío. Con sus ojillos de animal asustado miraba alternativamente a sus dos amigos, hasta que al final los reconoció. Recién entonces pudo intentar explicar, entre incoherencias, lo que había vivido.
El rostro de Haroldo se tornó profundamente sombrío; y, acariciando a Camilo con la ternura de un padre, le habló con una suavidad desconocida hasta entonces:
“Yo quería mucho a ese animal porque era su cuidador, cuando trabajaba en el zoológico. Dhalia era amigable por naturaleza, y juntos solíamos llevar a pasear a los chicos encima de su enorme lomo. Cuando lo mataron pedí el traslado, porque no podía soportar su ausencia; y me trajeron aquí, donde está él.
“En la tierra natal de Dhalia, la India, los elefantes son sagrados. Los hindúes creen en la reencarnación; que al morir, el espíritu reencarna en otro cuerpo, para enmendar los errores que cometió en vidas anteriores. Pero para poder reencarnar es preciso que su cuerpo sea cremado, es decir, purificado por el fuego.
“Yo me siento en deuda con él, porque no pude evitar su muerte. Y siempre pensé que debía hacer algo para que pudiera reencarnar, pero nunca me animé. Soy viejo, y demasiado débil, o quizá cobarde. Pero la pena que tengo, me acompañará para siempre”.
Camilo escuchaba todo con profunda atención. Ya no temblaba, y su mirada había perdido ese destello salvaje, para adquirir una expresión de reconcentrada calma.
Cuando regresó a su casa tuvo que soportar un tremendo escándalo por la hora de llegada y, como su madre había advertido, le prohibió volver al museo mientras sea m
enor de edad:
—Mientras seas chico jamás volverás a ver a ese viejo loco, que quizá sea un degenerado. ¡Vaya una a saber con qué propósito te entretuvo hasta estas horas de la noche!
Desde entonces, no hubo alegría para Camilo. Todo en él era reserva y circunspección, hasta el punto de que sus compañeros del colegio preferían estar lejos de él, a quien miraban como a un bicho raro.
Sin embargo, seguía imperturbable. Siempre pensaba, y pensaba. Y cuando por fin llegó a una conclusión, no miró hacia atrás.
Una tarde a la salida del colegio, llamó a su madre para avisarle que se quedaba a estudiar en casa de un compañero que ella conocía, y que tal vez podría quedarse a dormir si se hacía tarde.
Luego se fue a caminar por ahí, para hacer tiempo. Se entretuvo mirando comics y manga en los puestos de Parque Centenario, hasta un rato antes del cierre del museo.
Entró aprovechando la confusión provocada por la salida de un grupo escolar, excitado y bullicioso.
Una vez dentro, se escondió en un cuartito en desuso que Haroldo le había mostrado; y allí se durmió, mientras esperaba que se hiciera de noche.
Cuando despertó, aguzó el oído para percibir cualquier síntoma de movimiento: no oyó nada y, empujando la puerta despacito, se atrevió a salir. Ocultándose como pudo entre las vitrinas, llegó finalmente a la división de Mastozoología.
Saludó a Dhalia con una ternura infinita, hablándole de las mil cosas que estuvo pensando todo ese tiempo, mientras sacaba de su mochila un gran frasco lleno de kerosén. Comenzó empapando la cabeza y los costados del animal, y con gran esfuerzo consiguió arrojar el líquido sobre su lomo, que no medía menos de dos metros de altura. En la tarea, torpemente efectuada, quedó él mismo rociado con el combustible, muy a su pesar. “Ahora sí que mi vieja me mata; con este olor en la ropa, no sé cómo voy a convencerla de que estuve estudiando en lo de Carlos”, pensó.
Cuando se vació el frasco sacó una caja de fósforos que llevaba en el bolsillo de su campera. Con las manos algo temblorosas, la abrió y tomó uno; y en ese momento, un grito lo sobresaltó:
—¡¡Camilo!!—
Miró hacia el costado, y vio al viejo Haroldo que le hacía señas desesperadas para que se detuviese.
—¡Camilo, por Dios, no lo hagas!
El temblor desapareció de sus manos. Miró al viejo y recién ahí supo cuánto lo quería, y cuánto quería a esa nostalgia de tiempos antiguos que él no había vivido, pero que sentía como propios.
Entonces, ante la mirada desesperada del viejo, sonrió levemente y prendió el fósforo.
Al día siguiente, los diarios titularon: “NIÑO PIROMANIACO MUERE AL PRETENDER INCENDIAR MUSEO DE PARQUE CENTENARIO”. Las radios y canales de televisión dedicaron sus noticiosos a resaltar la falta de valores de la juventud y la inacción del gobierno para prevenir este tipo de atentados, reclamando mayor presencia policial en las calles y una eficaz vigilancia en los lugares de reunión de los jóvenes.
La única excepción fue la nota que publicó un viejo diario anarquista, que no leyó casi nadie, y en la que un memorioso investigador transcribía algunos párrafos de La Nación, edición del 20 de mayo de 1943:

SACRIFICÓSE  A ‘DHALIA’, EL ELEFANTE DEL ZOOLÓGICO

Dhalia, el único elefante macho que había en el Jardín Zoológico, tuvo que ser ultimado a tiros.
El hecho ocurrió ayer, entre las 14 y las 15. Un piquete de la Guardia de Seguridad disparó 36 balazos contra el animal enloquecido. Fue como una cacería dentro de la ciudad, en la pequeña y urbanizada selva de Palermo, alborotada por el guiriguay de los pájaros y los chillidos de los monos.
Después de recibir el primer impacto en la frente, de la cual empezó a manar abundante sangre, los presentes vieron con estupor cómo su joven compañera, de nombre Cango, se cruzó en la línea de fuego tras arrancar unas matas de pasto con las que se puso a limpiar la sangre de la herida.
El oficial, azorado, ordenó alto el fuego; pero ese instante mágico fue roto por el mismo Dhalia, quien resuelto a huir de la ejecución, intentó salir por el hueco abierto en la reja.
Sonó otra vez la voz de fuego, y las descargas se sucedieron sin solución de continuidad, por espacio de una hora; fue entonces cuando el soldado J. Durán, campeón de tiro de fusil, disparó el tiro de gracia haciendo blanco mortal en uno de los ojos.
Cuando Dhalia por fin cayó lo hizo con estilo, doblando las patas, arrodillándose sin tumbar el cuerpo, como esperando la muerte con dignidad. Y así quedó, como si estuviera en actitud de reposo, frente al pabellón indio, entre los rugidos de las fieras, la algarabía de los pájaros y el griterío de los monos, que saltaban y aplaudían en la jaula, pues había terminado la función: la cacería improvisada en la ciudad.

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Muchos años después, un joven elefante y su conductor atravesaban despreocupadamente las junglas del sudoeste de la India. A su paso, los sencillos pobladores de la aldea de Bhadravati, coincidían entre sonrisas al afirmar que nunca habían visto una amistad tan pura y simple, como la existente entre aquel hijo de Ganesh y el alegre cachorro de hombre que lo guiaba.
(1) Luz eterna, en latín.
(2) Las tres deidades más importantes para el hinduismo son Visnu y sus dos hijos, Brahma y Shiva. Este último tuvo con Parvati, su mujer, dos vástagos: Kartakaya y Ganesh. Debido a una confusión Shiva decapitó a Ganesh, quien protegía a su madre. El atribulado padre bajó a la Tierra, con la promesa de traer a su hijo la cabeza del primer ser que encontrara a su paso, que resultó ser un paquidermo. Su imagen se representa entonces como un hombre de gran barriga, cuatro brazos y cabeza de elefante; es el dios de la sabiduría y las letras, conocido también por su capacidad para remover obstáculos. Actualmente es la deidad más popular en la India y su hijos, los elefantes, son considerados sagrados por su origen divino.
Horacio Ricardo Silva, 17 de junio de 2005.

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