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Archive for 18/10/10

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Según dicen ya tiene usted otro amante.
Lástima que la prisa nunca sea elegante.
Yo sé que no es frecuente que una mujer hermosa,
se resigne a ser viuda, sin haber sido esposa.

Y me parece injusto discutirle el derecho
de compartir sus penas sus goces y su lecho
pero el amor señora cuando llega el olvido
también tiene el derecho de un final distinguido.

Perdón… Si es que la hiere mi reproche… Perdón
aunque sé que la herida no es en el corazón
Y para perdonarme… Piense si hay más despecho
que en lo que yo le digo, que en lo que usted ha hecho.

Pues sepa que una dama con la espalda desnuda
sin luto en una fiesta, puede ser una viuda.
Pero no como tantas de un difunto señor
sino para ella sola, viuda de un gran amor.

Y nuestro amor recuerdo, fue un amor diferente
al menos al principio, ya no, naturalmente.

Usted será el crepúsculo a la orilla del mar,
que según quien lo mire será hermoso o vulgar.
Usted será la flor que según quien la corta,
es algo que no muere o algo que no importa.

O acaso cierta noche de amor y de locura
yo vivía un ensueño y… y usted una aventura.
Si… usted juró cien veces ser para siempre mía
yo besaba sus labios pero no lo creía.

Usted sabe y perdóneme que en ese juramento
influye demasiado la dirección del viento.
Por eso no me extraña que ya tenga otro amante
a quien quizás le jure lo mismo en este instante.

Y como usted señora ya aprendió a ser infiel
a mí así de repente me da pena por él.

Sí es cierto… alguna noche su puerta estuvo abierta
y yo en otra ventana me olvidé de su puerta
O una tarde de lluvia se iluminó mi vida
mirándome en los ojos de una desconocida.

Y también es posible que mi amor indolente
desdeñara su vaso bebiendo en la corriente.
Sin embargo señora… Yo con sed o sin sed
nunca pensaba en otra… si la besaba a usted.

Perdóneme de nuevo si le digo estas cosas
pero ni los rosales dan solamente rosas.
Y no digo estas cosas por usted ni por mí
sino por… por los amores que terminan así.

Pero vea señora… qué diferencia había
entre usted que lloraba… y yo que sonreía.
Pues nuestro amor concluye con finales diversos
usted besando a otro… Yo escribiendo estos versos.

José Ángel Buesa, conocido por el “poeta enamorado”, por el título de uno de sus libros de poemas, nació en Cruces, Cienfuegos, el 2 de septiembre de 1910, y murió en Santo Domingo, República Dominicana, el 14 de agosto de 1982. A pesar de haber escrito novelas, su popularidad tanto en Cuba como en Hispanoamérica se la debe a su poesía. Fue un romántico empedernido, al decir de la poetisa matancera Carilda Oliver Labra.

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El “poeta enamorado”, como le llamaban a José Ángel Buesa, por el título de uno de sus libros de poemas, hubiera cumplido cien años el pasado. Nació en Cruces, Cienfuegos, el 2 de septiembre de 1910, y murió en Santo Domingo, República Dominicana, el 14 de agosto de 1982. A pesar de haber escrito novelas, su popularidad tanto en Cuba como en Hispanoamérica se la debe a su poesía. Juventud Rebelde publicó ayer, domingo 17 de octubre, esta entrevista de Jaisy Izquierdo (jaisy@juventudrebelde.cu) con Carilda Oliver Labra, en la que la poetisa matancera evoca a  este poeta romántico cubano.

EL BUESA DESCONOCIDO

La poetisa Carilda Oliver Labra evoca sus recuerdos del popular bardo cubano José Ángel Buesa, de quien en septiembre pasado se conmemoró el centenario de su natalicio

El pasado septiembre, José Ángel Buesa cumplió cien años. Y entre críticas y suspiros, el tiempo no ha podido apagar su lumbre de poeta. La poetisa cubana Carilda Oliver Labra, Premio Nacional de Literatura 1997, quien se alegra de haber sido amiga del popular bardo, nos lo devuelve preservado por sus memorias, de donde emerge un Buesa de carne y hueso, que quizá nos resulte desconocido a la vuelta de diez décadas.
«Corría el año 1948 cuando vino a mi casa en un Buick rojo. Un amigo suyo le había leído Elegía a Mercedes, poema que le hice a mi abuela y que en aquel momento estaba casi acabado de escribir. A Buesa le llamó la atención por provenir de mí, una muchacha de provincia, más bien de municipio, como solía bromear. Cuando apareció, imagine mi sorpresa, pues entonces era el poeta más famoso de Cuba. Pero lo que le daba cierto aire especial ante mis ojos es que era adorado por los jóvenes, y sus libros todo el mundo los conocía de memoria, sobre todo aquellos versos que lo hicieron célebre y que no son los mejores ni mucho menos.
«Buesa era alto y atlético, pero no con esta forma que tienen los gimnastas de músculos machacados por el exceso, sino más bien frescos. Tenía una voz grave, muy cómplice. No era nada orgulloso ni altanero, sino correcto y educado. En los 15 años que duró nuestra amistad pude notar que no se trataba del hombre insinuante y seductor, como en ocasiones lo tildaban sus contemporáneos sin haberlo conocido realmente. También pude comprobar que era muy envidiado y hasta acosado.
«El primer día que vino a mi casa tuvimos que interrumpir varias veces la conversación porque diferentes vecinas tocaban a la puerta preguntando por él. En cierta ocasión, antes de marcharse, prendió un cigarro cuando se disponía a montar en su auto. Una muchacha preciosa dio, apurada, unos pasitos hacia él y le pidió, como si lo conociera de toda la vida, un cigarrillo. “No, ese no, el que usted trae en su boca”, le dijo la joven. Y él, perplejo, me miró, y muy serio se lo entregó, acto que la joven agradeció con un suspiro: “¡Así tengo su boca en la mía!”. Después de este amago femenino Buesa cambió su horario de visitas y parqueaba el carro muy lejos de casa».
—¿En qué consistieron esas visitas literarias?
—Él encontró como una especie de sede alejada de la capital, donde podía hablar de sus motivaciones vitales y confrontar su obra con literatos jóvenes. Muchas veces nos reuníamos en la residencia del poeta Agustín Acosta. Íbamos acompañados de mi futuro esposo, Hugo Ania Mercier, que era hombre de letras y abogado.
«Buesa me ayudó mucho en el plano literario. Yo estaba cursando Derecho y solo había adquirido pocas nociones de Literatura Preceptiva en el Bachillerato. Con él estudié Gramática para luego gozar del ardid de olvidarla un poco. Aprendí fonética, prosodia, sintaxis y semántica. Él sabía todo acerca de retórica, métrica, ritmo y rima del verso. Era un hombre instruido, que leía a Shakespeare, a Whitman, a Víctor Hugo y a Rimbaud en sus idiomas originales, y además de poeta fue dramaturgo, periodista, narrador, traductor y guionista de programas de radio. Buesa me hizo amar la Lengua».
—Es conocido que también la ayudó a publicar un libro.

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Frecuentemente los correctores nos encontramos ante múltiples errores que cometen los periodistas, y la mayoría de las veces nos cuesta trabajo hacerles comprender. Estos que señala Alexis Schlachter se reiteran en la prensa escrita, radial y televisiva tanto cubana como extranjera. Espero que esta explicación tan detallada y científica convenza a todos los que yerran. Los que velamos por el buen decir (y escribir), le agradecemos a Schlachter su preocupación por enseñarnos día a día.

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ERRORES Y SILENCIOS GEOGRÁFICOS MÁS FRECUENTES EN LA PRENSA CUBANA

-¿Problema sólo de los periodistas del patio?
-Los que señalaremos no son equivocaciones exclusivas de los profesionales de la información de nuestro archipiélago caribeño pues tales errores se multiplican en colegas de las cuatro esquinas del planeta. Y los silencios también. Seamos justos y precisos…
-De acuerdo. Adelante, amigo de Cubaperiodistas…
-Comenzaré por una palabrita que acabo de decir: nuestro archipiélago refiriéndome a Cuba, al país en toda su extensión… pero en los medios de comunicación del patio esa idea se traduce masivamente como la mayor de las Antillas, refiriéndose equivocadamente al estado cubano como isla (la mayor isla de las Antillas) cuando, en realidad nuestra nación -en su integridad- es un conjunto de islas mayores y menores junto a cayos pequeños. Léase el artículo 11 de la Constitución de la República y, también, cualquier diccionario geográfico de Cuba.
-Usted se refirió ampliamente a ese asunto en una reciente sección de Geografía polémica. Pero continúe, por favor…
-El término norteamericano, resulta común en nuestra prensa lo mismo en una noticia sobre soldados de Estados Unidos de América en Afganistán que para referirse a cualquier equipo deportivo nacional de la patria de Abraham Lincoln. Aclaro que norteamericano es una palabra geográfica y no política. Quiero dejar bien sentado esto. Porque norteamericano, geográficamente equivale a cualquier ciudadano que habite en Norteamérica o América del Norte, a saber, canadienses, groenlandeses y mexicanos. Y americano es, geográficamente, el ciudadano que viva en América. Americanos, pues, somos los cubanos, brasileños, haitianos, colombianos, venezolanos, chilenos, argentinos… y también los habitantes de EUA; dicho esto sin margen para “un caso excepcional” como cuando el 11 de septiembre de 2001 la CNN puso un curioso letrero de fondo mientras pasaba imágenes de la destrucción de las Torres Gemelas. Decía el mensaje textualmente: América under attack (América bajo ataque) una forma muy sutil de equiparar sicológicamente al país llamado Estados Unidos de América con todo un continente.
-Entonces, ¿qué término utilizaría usted para referirse correctamente al ciudadano de Estados Unidos de América?
-Estadounidense. La misma palabra que se utiliza en sus pasaportes. Cualquier diccionario puede confirmar esto, mi amigo. Y, a propósito… existen geopolíticamente en América dos Estados Unidos: uno, el más conocido, es Estados Unidos de América…
-¿Y el otro…?
-Estados Unidos Mexicanos, nombre oficial de la nación azteca… pero olvidado por la prensa mundial. Le aclaro que los mexicanos no pueden utilizar como sinónimo o gentilicio estadounidenses porque, históricamente, los norteamericanos de USA se adelantaron.
-¡Interesante! No sabía eso…
-Continúo. Sobre el supuesto Viejo Continente para referirse en la prensa a Europa ya hablé en otra sección de Geografía Polémica. Ni Europa es continente, sino parte de Eurasia, ni es más vieja esa zona que el resto de las tierras emergidas de nuestro planeta.

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Leyendo este artículo me enteré el porqué del estribillo: Pican, no pican, los tamalitos que vende Olga, Olga. La primera vez que oí hablar de fondas fue a través de los cuentos mi padrastro, que siempre tenía qué contar de su niñez y juventud. Durante esta lectura a cualquiera se le hace agua la boca. Y qué decir de las partes jocosas. Seguro que disfrutará saber de las fondas:

LAS FONDAS

Por Ciro Bianchi Ross

Tamales 

Tamales.

Hace mucho tiempo que quería escribir sobre la fonda cubana, aquel establecimiento gastronómico donde, mal que bien, se comía por unos pocos centavos y que existió hasta la llamada ofensiva revolucionaria de marzo de 1968. Comercio pequeño, popular, que en el escalafón culinario estaba por encima de la fonda de chinos y por debajo del más modesto de los restaurantes. Un local generalmente abierto a la calle, con un mobiliario heterogéneo y manteles manchados de grasa y en los que, a diferencia de otras casas de comida, las mesas no eran exclusivas y ningún vestuario desentonaba.
Las fondas mantuvieron viva la tradición de la cocina cubana y no pocos grandes chef se iniciaron en estas. Platos habituales de la fonda cubana eran la carne asada y el pargo frito, con su carne blanca y fina, y el picadillo a la habanera, donde el timbal de arroz se corona con un huevo frito y se orla con una cadeneta de melosos platanitos orinegros. Muy recordadas son las célebres «completas» que se ofrecían, como aquella que en un solo plato incluía arroz blanco, frijoles negros y picadillo, con el añadido de dos platanitos de fruta, u otra, más cara, que sustituía el picadillo de la propuesta anterior por una generosa rueda de boliche de res asado y mechado con tiras de entreverado de cerdo.
Si no había dinero para tanto, bastaba al cliente ordenar un sopón al que podía añadirse aceite a discreción, pues las aceiteras de cristal, panzudas y de bocas estrechas, estaban siempre, al igual que las azucareras, al alcance de la mano del comensal.
No había, en lo esencial, diferencias entre la oferta de la fonda cubana y la de los chinos. Ambas trabajaban la línea de la cocina criolla e incluían en su menú no pocos platos de la cocina española e internacional. Lo que se conoce como comida china, y que incluye platos de la cocina de cuatro regiones de ese gran país asiático, no entraba en la carta de las fondas cubanas ni aun en aquellas regenteadas por chinos. Muy recurrida eran en unas y otras toda la gama de los arroces amarillos, las llamadas ensaladas de estación, las viandas fritas o hervidas y los potajes. La pata y panza. Toda la carne de res se identificaba en las fondas como de palomilla, cuando en verdad, la mayor parte de las veces, se trataba de cañada o boliche, y no quedaban fuera platos como el caldo gallego y la fabada asturiana.
El origen de las fondas en Cuba se pierde en la noche de los tiempos. Vienen desde los comienzos de la colonización, cuando se impuso la necesidad de alimentar y dar alojamiento a marineros y viajeros que tocaban los puertos cubanos. Es la fonda española que deriva hacia la fonda criolla. Sí puede precisarse el origen de las fondas de chinos. Lo hace el narrador Leonardo Padura en un reportaje que publicó hace muchos años en estas mismas páginas.
Dice Padura que en 1858, Cheng Leng, un asiático que tenía fama de sagaz y malicioso y portaba documentos a favor de Luis Pérez, abrió una pequeña casa de comidas en Zanja esquina a Rayo. Su ejemplo fue seguido por Lan Si Ye, nombrado Abraham Scull, quien inauguró también en la calle Zanja un puesto de frituras, chicharrones y frutas. Poco después en la calle Monte abrió sus puertas la bodega de Chin Pan (Pedro Pla Tan), el tercer comerciante chino registrado en la historia de la Isla.
A partir de entonces, dice Padura, en los alrededores de las calles Dragones, San Nicolás y Rayo comenzaron a asentarse una serie de chinos vendedores ambulantes de viandas, frutas, verduras, carne, prendas, quincallería y loza… Había nacido el barrio chino de La Habana. 

Para familias

Las fondas por lo general estaban provistas de ventiladores de techo, que no alejaban el calor, pero espantaban las moscas, que eran también comensales ávidos de esos lugares. Las de chinos contaban con reservados para familias; espacios que se aislaban del salón mediante un biombo. Ya fuera una fonda cubana o de chinos, su propietario, al solicitar la licencia que le permitiría operar, la declaraba como «figón», esto es, un establecimiento comercial, taberna o fonda, de ínfima categoría. De esa manera abonaba al fisco la menor cantidad de dinero.
Claro que una fonda por lo general nacía y moría en sí misma. Pocas veces lograba el propietario allegar el dinero que le permitiera ampliar su negocio y crecer. O le faltaba empuje para hacerlo.
No a todos. En 1945, José Sobrino y su esposa Elvira abrieron una pequeña barra con comida en la calle Egido esquina a Acosta, en La Habana Vieja, y lo bautizaron con el nombre de Puerto de Sagua. Pese a su relativamente privilegiada ubicación —frente al Gobierno provincial y cerca de la Estación Central de Ferrocarriles— el local tenía mala sombra. Quebraban todos los comercios que allí se instalaban.
A Sobrino y su esposa, sin embargo, les fue bien, y tres meses después adquirían una casa vecina y la convirtieron en fonda especializada en cocina marinera. Como las cosas seguían yendo cada vez mejor, el matrimonio decidió ampliar aún más su negocio y adquirieron los comercios menores que se encontraban a su alrededor. Con la ampliación del local, Puerto de Sagua se hizo más atractivo y acogedor y, lógicamente, aumentó su clientela. El progreso continuó sin interrupciones. En 1953, el bar-restaurante estrenaba nuevo mobiliario y nueva decoración y se climatizaban sus salones. Un restaurante especializado en mariscos que capitalizaba en su beneficio los años de experiencia de José y Elvira Sobrino en Isabela de Sagua.
Ellos en 1922 abrieron un hotel en esa localidad de la región central de la Isla. La existencia transcurría allí plácida y rutinaria hasta que el 9 de diciembre de 1944 un incendio arrasó el edificio, perdiéndose en pocas horas el esfuerzo de muchos años. Para hacer más angustiosa la tragedia, el inmueble no estaba asegurado. El espíritu de lucha se sobrepuso a la desgracia y en los planes de José y Elvira se alzó la idea de venir a La Habana y abrir un restaurante especializado en mariscos, aunque para ello tuvieran que transitar por el oscuro peldaño de la fonda cubana.
Puerto de Sagua sigue siendo un acreditado restaurante. La Bodeguita del Medio comenzó también como una fonda, y ya sabemos en qué se convirtió. Antes de que la Bodeguita fuera la Bodeguita, en la trastienda, Armenia, la esposa de Martínez, el propietario, cocinaba el almuerzo para dos o tres clientes.

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Puerto de Sagua, antes y ahora.

¡Pican, no pican!

No se puede hablar de la gastronomía popular cubana si no se mencionan las fritas, las frituras, los tamales sin y con picante, los batidos de fruta, el sándwich, los chicharrones, el guarapo y el café con leche. 

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