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Archive for 25/10/10

(Poeta puertorriqueño)

Bandera de Puerto Rico

Vas a saber la muerte de un poeta
Del poeta infeliz que a Cuba vino
A romper las cadenas del esclavo;
De aquel que en tarde tenebrosa y fría
Cruzó por el Planeta
Con la noble actitud de un hombre bravo
Que emprende su camino
Sin doblegar la pensadora frente,
Do derramado había
El mismo Dios su inspiración potente;

Del poeta infeliz que ya no existe;
Que abandonado y triste,
Para mengua de infames compañeros,
¡En charca inmunda se postró rendido!
¡Charca tan grande cono el mar inmenso!
¡La ciénaga con todos sus horrores!…
Hedionda confusión de sumideros
¡Donde el reptil arrástrase escondido!…
Lugar maldito que sin duda pienso
Fue formado por viles opresores
En el crisol de refinadas penas;
Modelo que anhelante
Procurara con sangre de sus venas
¡Para el Infierno describir el Dante!
Palúdica mansión: nadie podría
Sin conocerte, presentir tu suelo…
¿Qué digo suelo?… si tan sólo vía
Al recorrer tu soledad sombría,
En las borrascas de la cruda guerra,
Barro que en vano endurecer quería
El sol ardiente del cubano cielo
Derramando calor sobre la tierra.

Espantosa mansión donde las aves
No saludan la espléndida mañana
Con los cánticos suaves
Que el corazón escucha conmovido;
Donde la palma cana,
Batida por el aire corrompido,
Entrañablemente zumba
Con el sordo crujido
Del ataúd caído
En el húmedo fondo de la tumba!…

Buscando el horizonte
Los angustiados ojos
Se dilatan por ver… La fiebre crece
De horrible realidad… Silencio todo!…
Ningún eco que aplaque los enojos;
Ninguna huella en el vetusto monte!…
Solamente al viajero se le ofrece
Agua gelatinosa, mucho lodo,
Cuando a pasar se lanza
Por aquellos lugares do parece
Que no ha pasado nunca la esperanza.

La ciénaga maldita;
Implantada en el suelo americano,
Con crueldad infinita
Cementerio tornóse del cubano:
Del cubano que fiero,
Desplegando la enseña independiente,
Sin temores rompió traidores yugos,
Logrando por el plomo y el acero,
De Oriente hasta Occidente,
Fustigar en el rostro a sus verdugos.

¡Cuánta escena de horrores
En los pasados días!…
¡Cuánta historia de luto en la campaña!
Cuánta viuda, Dios santo,
Que en lágrimas dijeron sus dolores…
Tan sólo al recordar las penas mías,
Huérfano triste que recorre el mundo,
Me asesina el quebranto de la torpe España
Mi risa dejo con rencor profundo.

¡Pobre Martín, el vate borinqueño
De porvenir risueño
Que conmigo cambió sus impresiones,
Envidio lo que acaso pensarías
Cuando los ojos con afán tendías
Por las vastas regiones
Donde pausadamente sucumbías!…

Yo quisiera saber lo que tu mente
En su vértigo alzaba
Ante lo horrible del postrer instante,
Teniendo frente a frente
Un mar ennegrecido sin orillas;
Un volcán que en el pecho te quemaba;
Un poema gigante
Escrito por el llanto en tus mejillas;
Y una muerte segura,
¡Tan segura Gonzalo como oscura!…

Oscura no: tu nombre en la memoria
Del bardo queda impreso…
El ocupa una página en la historia,
Y yo le brindo mil laurel de gloria
Con la lealtad de un niño,
Como pálida prueba que profesa
A tu nombre inmortal hondo cariño.

No pronuncie mi boda maldiciente
El fallo de traición sobre el menguado
Que al poeta infeliz abandonara:
Le quiero perdonar, pues sé de cierto
Que un anatema gravará su frente
El peso abrumador de su pecado:
Le quiero perdonar, porque en su cara
La saliva del muerto
Una mancha imborrable le ha dejado!

Virgen de mi tierra,
Entonando los cánticos mejores,
Acercaos al campo de la guerra
Y en la tumba del vate, dejad flores:
Y yo también, con pecho conmovido,
Dobladas las rodillas,
Del corazón escucharé el latido;
Y el llanto que recorre mis mejillas
Será para el hermano
Que al cruzar por el mísero Planeta
Enterró sus ensueños de poeta
En la hediondez de pútrido pantano.

Pedro Piñan [sic.] de Villegas

(*) Murió Francisco Gonzalo Marín, poeta puertorriqueño, al cruzar la trocha Júcaro Morón abandonado por sus compañeros en la Ciénaga. — Nota del poeta.

(Bellísima composición de un poeta cubano publicada en el citado diario La Democracia)

Tomado de:

LIMÓN DE ARCE, JOSÉ: Biografía de Francisco Gonzalo Marín (Dedicada a don Santiago Marín), 131 pp., Casa Paoli del Centro de Investigaciones Folklóricas de Puerto Rico, 2007.

Sobre Francisco González Marín Shaw:

Vida, pasión y muerte de Francisco González Marín (Pachín)

Vea también:

El Trapo. Poesía de Pachín Marín

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Pero allá tengo también,
y voy a encontrar ilesos,
laureles para mi sien,
hombres para Borinquén
y de mi hermano los huesos.

Francisco G. Marín

Siento vergüenza de que fueran cubanos quienes abandonaron a Francisco Gonzalo Marín Shaw (Pachín) en la ciénaga de Turiguanó, fuera por la razón que fuese. Ya había publicado sobre la vida de este poeta y periodista puertorriqueño (de Arecibo), devenido soldado libertador que ofrendó su vida por la independencia de Cuba y de Puerto Rico.

Gracias a mi blog me han contactado personas de diversos lugares y no podía faltar Puerto Rico en esa lista. Y el poeta y crítico Ernesto Álvarez me envió el libro Biografía de Francisco Gonzalo Marín (Dedicada a don Santiago Marín), del historiador y escritor arecibeño José Limón de Arce. Precisamente, este año se cumplen 100 años de la primera edición, en Arecibo, Puerto Rico.

Portada del libro Biografía de Francisco Gonzalo Marín, de José Limón de Arce

En la portada, xilografía realizada por Martín García Rivera. 

Razón tiene José Gabriel Quintas, historiador e investigador avileño, en su artículo «Vida, pasión y muerte de Francisco Gonzalo Marín» cuando dice:

«En el prólogo a Los poetas de la guerra José Martí sentenciaba: “El hombre es superior a las palabras. Recojamos el polvo de sus pensamientos, ya que no podemos recoger el de sus huesos, y abramos camino hasta el campo sagrado de sus tumbas, para doblar ante ellas la rodilla, y perdonar en su nombre a los que los olvidan, o no tienen valor para imitarlos”. Tal parece que esto fue escrito para Francisco Gonzalo Marín […]»

Son muchos los artículos que he leído en ese libro sobre la horrenda muerte de Francisco Gonzalo Marín, todos, con el mismo matiz de desprecio a quienes lo abandonaron a su suerte, enfermo, en medio de la ciénaga. Las páginas señaladas al final de cada cita se refieren al libro que aparece en la bibliografía:

“Es Pachín el propagandista de las causas de Cuba y Puerto Rico en la ciudad de Nueva York, a favor de estas dos islas, últimos reductos del imperialismo español en América; el mártir de la guerra de independencia de Cuba quien, para mayor burla del destino, no logró morir honrado por el plomo de una bala enemiga en pleno combate, como gloriosamente cayó Martí en el frente de batalla, sino abandonado por sus compañeros de armas en medio de las aguas infectas de la ciénaga de Turiguanó, colgando su hamaca de dos ramas de mangle, elevado entre las raíces innobles hundidas en el pantano, acechado por las voraces auras tiñosas, aves de rapiña dispuestas a alimentarse de los despojos de otras vidas, agredido por enjambres de crueles mosquitos formando nubes oscuras y asesinas, portadores de la fiebre amarilla —que años más tarde combatirá con éxito Carlos Finlay—, amenazado por la malaria que se contrae en la putridez del pantano, enemigos más peligrosos y mortales que los soldados españoles atrincherados tras la trocha alambrada en el camino entre Júcaro y Morón.” (Ernesto Álvarez, pp.11-12)

“Y se fue desde Oriente, donde estaba enfermo y triste, con el pleito fulgurante que había que resolver al otro lado de la Trocha, en las fraguas de cíclope del Camagüey, o asiento del gobierno cubano. Más, no quiso irse por otra senda que la deshonor y el combate y así, se unió a una expedición que iba en busca de cero sobre el hediondo vientre del reptil, de putrefacto piélago. Y lo dejaron solo, tan solamente con el pestífero aliento de la traición ajena.
“Cuando al mes volvieron a pasar por el sitio de la infamia, las furias-hombres de la expedición que sólo honran almuerzo, encontraron a éste, en esqueleto, en actitud del honor, con el arma invicta terciada sobre el pecho heroico… ¡Horror!, ¡callemos!, sí, ¡callemos!…” (Enrique Méndez Classen, p. 61)

“Ahora bien: De un modo u otro es lo seguro que atravesando la Ciénaga, en plena manigua cubana, abandonado por sus camaradas, agobiado por la soledad, con la nostalgia de la patria adorable en el corazón y el recuerdo de su familia, entre las que se hallaba su padre su hija, en el alma, devorado por el hambre y la sed, enloquecido por la fiebre, por único lecho la hamaca incómoda, por compañero único el fusil del soldado, cayó par no levantarse jamás le héroe arecibeño que un día, joven aún con la clarividencia del poeta, presintiendo un porvenir lleno de amarguras y dolores, dijo en una estrofa digna de Campoamor: Morir, decir adiós a los que quedan / Es ganar la mejor de las batallas!” (José Limón de Arce, p. 62)

“Fue un crimen… ¡Esperad! Ya veréis. […]

 

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