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Archive for 24/01/11

César Cando, desde Ecuador, me ha enviado este cuento. Por la humanidad y actualidad que tiene se lo propongo:

LA SANDÍA

Naturaleza muerta con duraznos


Rodó la sandía por el graderío del mercado; al chocar se dividió. Una baba sanguinolenta manchó el piso. Rosendo recogió los pedazos, y atribuyó este suceso dominical al prejuicio que lo encadenaba desde muchacho.
—Soy salado —dijo.
Regresó al depósito de sandías, y vio que su hijo Fidel no estaba. Gritó fuerte el nombre del niño hasta llamar la atención de la gente del andén. Corrió por doquier, preguntó desesperadamente, sin éxito. El niño había desaparecido, en menos de lo que la sandía cayó por el graderío.
Rosendo tuvo ataque de histeria. Ya no gritaba el nombre de su hijo, pedía auxilio por doquier. Sin advertir dejó la sandía destrozada sobre la mesa de un restaurante, y deliraba en el centro de la playa de estacionamiento.
Una mujer sesentona se ocupó de él, y sugirió que acuda a la primera estación de policía ubicada a tres cuadras del mercado. Rosendo no la escuchó. Temblaba.
Caminó diez pasos, y sintió que le faltaba aire. Tenía los labios secos y la saliva espesa. Un hombre con camisa blanca le dijo al oído: “Vaya a la cruz roja, en la
Alameda. Ahí depositan a los niños extraviados.” Rosendo seguía preso de pánico.
Pensaba dificultosamente en el rostro de Fidel: los ojos grandes, el cabello claro y
el saco rojo con rayas negras que tejió la madre.
El patrullero llegó. Bajaron dos policías. La gente curioseaba.
—¿Dónde lo extravió? —dijo, el gordo con gafas oscuras.
—En las sandías —contestó Rosendo—. En el puesto de sandías —insistió, con las manos aún en la cara.

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