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Archive for 2/03/11

Por Carlos Vidales

A la hora en que esta crónica comienza, Luis Tejada era un muchacho nacido en Barbosa (Antioquia) en 1898, que llegó a la culta capital de la república en 1921, caminando desde Armenia en compañía de otro jovencito dos años menor y de nombre Adel López Gómez. Ambos, Tejada y López Gómez, iban a buscar fortuna como escritores, periodistas o cronistas.

Luis Tejada. Fotografía de Melitón Rodríguez, 1922.
Ambos tuvieron, como se verá, un gran éxito. López Gómez no encontró trabajo en la “Atenas Sudamericana” y se fue a Medellín, probablemente a pie, como había llegado. Allí se convirtió en uno de los mejores cronistas que ha tenido el país, como redactor de El Espectador, El Correo Liberal y la Revista Colombia. Más tarde, en 1929 y ya en triunfo, volvió a Bogotá y se integró a la redacción de El Espectador con su columna de crónicas “La hora al viento”. Murió en 1989, a los 89 años de edad, después de una vida de resonantes éxitos, pero nunca pudo volver a ver a su amigo Tejada porque éste había muerto el 16 de septiembre de 1924 en Girardot, víctima de la tuberculosis, dicen unos, o de la sífilis, diagnostican otros, o de alguna inmunodeficiencia, hereditaria o adquirida, que nadie conocía entonces pero que ya existía, pienso yo.

Mi padre, Luis Vidales, recordaba de este modo el arribo de Tejada a Bogotá:

Cuando Tejada vino a Bogotá, ya traía ese característico sello de vagabundaje que lo hacía pasar absorto, por la Calle Real, como si en vez de casas y gente hubiera allí palmeras, y en vez de Calle Real hubiese allí un camino real. Era un hombre rodeado de paisaje por todos los lados, y en sus ademanes y en su andar se sentía la presencia de parajes arbolados y rumorantes ríos. Ya por entonces Tejada tenía ese chaplinismo inconfundible de hombre que había pasado por muchos apuros y por muchos horizontes. Iba siempre con los pantalones de pasar el río. Cuando yo le conocí, ya era el expulsado de la Normal de Medellín, ya había sido polizón en los barcos del río Magdalena, ya había escrito sus “Gotas de Tinta” en algún periódico de la capital antioqueña, ya había estado de aventura y bronca por la Costa Atlántica y ya había visto la llamita fulgurante de los revólveres rastrillados en la oscuridad de la noche, de que habló después en una de sus crónicas. Ya estaba instalado en “El Espectador” de Bogotá, ya había descubierto el calor de los periódicos, que recomendó siempre como lecho insustituible para el abrigo nocturno, y ya había hecho el invento de los cigarros de hojas de eucaliptus, que elaboraba bajo los árboles del parque del Centenario, y que fumaba con delectante y ensoñadora actitud, sosteniendo que todo estaba en la naturaleza al alcance de la mano y que era absurdo creer que se necesitaba dinero para vivir. Ya era el filósofo y el teórico de todas las cosas habidas y por haber que fue la característica central de Tejada. (Luis Vidales: “Cómo nos hicimos comunistas”, Sábado, nov. 10 de 1945).

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El Che Jesucristo
fue hecho prisionero
después de concluir su sermón en la montaña
(con fondo de tableteo de ametralladoras)
por rangers bolivianos y judíos
comandados por jefes yankees-romanos.
Lo condenaron los escribas y fariseos revisionistas
cuyo portavoz fue Caifás Monje
mientras Poncio Barrientos trataba de lavarse las manos
hablando en inglés militar
sobre las espaldas del pueblo que mascaba hojas de coca
sin siquiera tener la alternativa de un Barrabás
(Judas Iscariote fue de los que desertaron de la guerrilla
y enseñaron el camino a los rangers)
Después le colocaron a Cristo Guevara
una corona de espinas y una túnica de loco
y le colgaron un rótulo del pescuezo en son de burla
INRI: Instigador Natural de la Rebelión de los Infelices
Luego lo hicieron cargar su cruz encima de su asma
y lo crucificaron con ráfagas de M-2
y le cortaron la cabeza y las manos
y quemaron todo lo demás para que la ceniza desapareciera con el viento
En vista de lo cual no le ha quedado al Che otro camino
que el de resucitar
y quedarse a la izquierda de los hombres
exigiéndoles que apresuren el paso
por los siglos de los siglos
Amén.

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