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Archive for 5/03/11

Luego de leer este ensayo de José Martí sobre Cecilio Acosta (San Diego de los Altos, Miranda, Venezuela, 1-2-1918 – Caracas, 8-7-1881), importante escritor, periodista, exponente del humanismo durante la segunda mitad del siglo XIX venezolano e integrante de la generación intelectual de la Independencia y la República, no pude sustraerme a la tentación de publicarlo, por hermoso y poético, por la ternura que lo invade, por la admiración que sentía por ese erudito que tanto ayudó en la formación de las nuevas generaciones y que murió en la completa pobreza:

Los que le vieron en vida, le veneran; los que asistieron a su muerte, se estremecen. Su patria, como su hija, debe estar sin consuelo; grande ha sido la amargura de los extraños; grande ha de ser la suya. iY cuando él alzó el vuelo, tenía limpias las alas!

Al morir este pertinaz censor del despotismo que imperaba en Venezuela, Martí publicó en el segundo y último número (15-7-1881) de la Revista Venezolana este homenaje, que le valió que el presidente Antonio Guzmán Blanco lo obligara a abandonar el país, y sale para New York en julio de 1881. Entre 1907 y 1909 se publicaron 5 volúmenes de Obras, de Cecilio Acosta, con una introducción de José Martí; en 1940, sus Páginas escogidas, con un prólogo de José Martí, y en 1981, sus Obras completas.

Revista Venezolana
Número 1 de la Revista Venezolana.
Tomada de ENcontrARTE

 

CECILIO ACOSTA. POR JOSÉ MARTÍ

Cecilio Acosta. Ilustración de Francisco Maduro
Ilustración de Francisco Maduro.
Tomada de ENcontrARTE

Ya está hueca, y sin lumbre, aquella cabeza altiva, que fue cuna de tanta idea grandiosa; y mudos aquellos labios que hablaron lengua tan varonil y tan gallarda; y yerta, junto a la pared del ataúd, aquella mano que fue siempre sostén de pluma honrada, sierva de amor y al mal rebelde. Ha muerto un justo: Cecilio Acosta ha muerto. Llorarlo fuera poco. Estudiar sus virtudes e imitarlas es el único homenaje grato a las grandes naturalezas y digno de ellas. Trabajó en hacer hombres; se le dará gozo con serlo. ¡Qué desconsuelo ver morir, en lo más recio de la faena, a tan gran trabajador!
Sus manos, hechas a manejar los tiempos, eran capaces de crearlos.
Para él el Universo fue casa; su Patria, aposento; la Historia, madre; y los hombres hermanos, y sus dolores, cosas de familia que le piden llanto. El lo dio a mares. Todo el que posee en demasía una cualidad extraordinaria, lastima con tenerla a los que no la poseen; y se le tenía a mal que amase tanto. En cosas de cariño, su culpa era el exceso. Una frase suya da idea de su modo de querer: “oprimir a agasajos”. El, que pensaba como profeta, amaba como mujer. Quien se da a los hombres es devorado por ellos, y él se dio entero; pero es ley maravillosa de la naturaleza que sólo esté completo el que se da; y no se empieza a poseer la vida hasta que no vaciamos sin reparo y sin tasa, en bien de los demás, la nuestra. Negó muchas veces su defensa a los poderosos; no a los tristes. A sus ojos, el más débil era el más amable. Y el necesitado, era su dueño. Cuando tenía que dar, lo daba todo; y cuando nada ya tenía, daba amor y libros. iCuánta memoria famosa de altos cuerpos del Estado pasa como de otro y es memoria suya! iCuánta carta elegante, en latín fresco, al Pontífice de Roma, y son sus cartas! ¡Cuánto menudo artículo, regalo de los ojos, pan de mente, que aparecen como de manos de estudiantes, en los periódicos que éstos dan al viento, y son de aquel varón sufrido, que se los dictaba sonriendo, sin violencia ni cansancio, ocultándose para hacer el bien, y el mayor de los bienes, en la sombra! ¡Qué entendimiento de coloso! iqué pluma de oro y seda! y iqué alma de paloma!

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