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Archive for 5/04/11

Por Narciso Fernández Ramírez

Hace años leí un libro que entonces me impactó mucho. Se llamaba El Acróbata y abordaba precisamente, con lujo de detalles, como los servicios de inteligencia occidentales; en particular la Agencia Central de Inteligencia (CIA), armaba a un intelectual disidente, a un líder opositor dentro de la desaparecida Unión Soviética.

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Raúl Capote es un verdadero patriota de la tierra del Benny Moré:
el agente Daniel de la Seguridad del Estado Cubano.


La persona escogida en el referido libro era un escritor. Un hombre  autosuficiente de apellido Vetrov, a quien le empezaron a atribuir condiciones literarias excepcionales, solo comparables con las de los grandes escritores de la literatura rusa, sobre todo de León Tolstoi.

Cada trabajo suyo era publicado a bombo y platillo por las agencias occidentales, y se llegó a crear incluso la Vetromanía. El tema recurrente de este «nuevo maestro y patriarca» de la literatura rusa era el período posterior a la II Guerra Mundial y los errores cometidos con los llamados campos de concentración estalinistas.

Ese tal Vetrov, matemático de profesión, ególatra y resentido, quedó tan bien fabricado que mereció el Premio Sajarov y fue propuesto hasta para el Nobel de Literatura.

Finalmente este falso líder quedó al descubierto, y sus creadores denunciados a nivel internacional. Su artífice principal, un veterano agente CIA, terminó suicidándose en un rapto de locura alcohólica y delirius tremens.

Esta noche de lunes, lo que acabamos de ver en el nuevo capítulo de Las Razones de Cuba, no puede tener una mayor similitud. Solo que la construcción del disidente cubano no forma parte de la ficción, sino que pertenece a los bien estructurados planes del gobierno de Estados Unidos contra Cuba.

Con el profesor de Historia de Cuba y escritor Raúl Capote quisieron hacer lo mismo: armar a un disidente. Crear un intelectual opuesto a la Revolución y a una persona manipulable a sus intereses.

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Por Alexis Schlachter

 

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No hace mucho le pregunté a un amigo cuáles son los cinco ríos más famosos del mundo, a lo cual me contestó de la siguiente manera:

Amazonas, Nilo, Danubio, Mississippi y Río de La Plata.

De inmediato le respondí que en los cuatro primeros estaba de acuerdo pero en el último ejemplo difería ya que el famoso Río de La Plata no es un río.

—¿Que no es un río? —me dijo sorprendido y agregó sonriente ante mi “error”—. El Río de La Plata es famoso, da nombre a una importantísima zona geográfica en Suramérica, lo asocio con las milongas, los tango de Gardel, en fin, que no entiendo una afirmación tan categóricamente negativa y contradictoria pues ese río aparece en todos los mapas…

Pero mi amigo, a pesar de su vehemencia, se equivocaba como tantas personas cuando imaginan que el Caspio es un mar o que la bahía de Hudson es una bahía… Sencillamente porque se les identificó de modo erróneo en la historia de sus descubrimientos como ríos, mares o bahías. Si acudimos al mapa, en las riberas de Argentina y Uruguay, el Océano Atlántico penetra en las costas que separan ambas naciones y se va estrechando hasta llegar a las desembocaduras de los ríos Uruguay y Paraná, los cuales vierten sus aguas en el Plata que, en realidad, geográficamente, es un estuario o lugar donde desembocan los ríos. Entonces los únicos, y verdaderos ríos son el Uruguay y el Paraná… pero no el supuesto Río de La Plata.

 

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Tiene una superficie de 36 000 km2 y fue descubierto por el navegante español Juan Díaz de Solís en el año 1516, quien murió a manos de los nativos del lugar.

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