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Archive for 3/10/11

Por Luis  Machado Ordetx

La memoria literaria, periodística y diplomática de Manuel Serafín Pichardo y Peralta (1863-1937) anda perdida. Apenas se conoce su vasta obra artística y cultural. De nada valió que encarnara al escritor cubano con mayores reconocimientos en Santa Clara durante el pasado siglo. Un solo episodio histórico encajó en aquel revuelo propagandístico, de congregación y de coincidencia patriótica y de pueblo.
Todo sucedió entre el domingo 14 y el lunes 15 de julio de 1907, aniversario 218 de la fundación de la ciudad. Una comitiva de intelectuales residentes en La Habana, Cienfuegos, Sagua la Grande, Caibarién y Remedios vino a tributar honores al poeta radicado desde la juventud en la capital cubana.
Las páginas de periódicos, y también de publicaciones literarias e ilustradas, se hicieron eco de aquel acontecimiento, casi olvidado en nuestros días. Por fortuna, al menos en estudios literarios, todavía se inmortaliza su profético y nostálgico Canto a Villaclara, el más resonado de los escritos poéticos de Pichardo.

Amplio reportaje aparecido en El Fígaro. Las imágenes y fotograbados de Santa Coloma perpetúan la más vasta de las cortesías que tributó la ciudad a un escritor cubano. (Archivo del autor. Fotocopia: Ramón Barreras Valdés)

 

Amplio reportaje aparecido en El Fígaro. Las imágenes y fotograbados de Santa Coloma perpetúan la más vasta de las cortesías que tributó la ciudad a un escritor cubano. (Archivo del autor. Fotocopia: Ramón Barreras Valdés)
El texto está integrado por 33 estrofas, con seis versos alejandrinos cada una, y cuenta con una numeración en romano. Está precedido de un pórtico tomado de Dante, y constituye un exuberante diálogo con la nostalgia; el reencuentro con el Capiro, con el murmullo del Bélico y sus patriotas. También anuncia la necesidad de retomar a Cuba que «se desgarra con su propio puñal!». Fue concebido en el despecho del escritor durante los primeros días de julio, cuando se desempeñaba como director-fundador de la revista  El Fígaro, con sede en La Habana. (más…)

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Me encantan los aninales, los amo, y esta noticia que acabo de recibir me ha entristecido mucho. Bonafide, el entrañable perrito de Horacio Ricardo Silva, fue atropellado por una camioneta. Se ha ido. Lo siento muchísimo, Horacio, lo sabes, por eso no puedo dejar de publicar lo que volcaste en esa hojita:

BONAFIDE

Era de esperarse. Tarde o temprano, tenía que ocurrir. A veces, el precio de la libertad se paga con la vida.
Bonafide era un perro curtido en la calle, de complexión algo superior a mediana, y poderosa músculatura. Era un perro bravo; pero sólo para con sus congéneres. Si bien le gustaba perseguir autos, motos y bicicletas, nunca atacó a un ser humano.
Llegó a fines de enero, hace nueve meses. Se adaptó a su nuevo hogar con extraoridaria rapidez; pronto encontró todos los recovecos del alambrado que habilitaban la libre fuga, y el tranquilo reingreso a la finca.
Se hizo querer. Era cariñoso, y estaba en permamente búsqueda de mimos. Solía plantarse al lado mío, mientras trabajaba en la computadora; y si no le acariciaba, me daba unos buenos empujones en el brazo con la trompa, para reclamar lo que le correspondía por derecho. Uno de esos empujones hizo, una vez, volar el contenido de mi vaso de vino rosado, cuando lo dirigía a mis labios.


Pero así como era conmigo y con las personas, no lo era con otros perros; y menos si se trataba de la conquista de una dama en celo. Lo he visto batirse con seis congéneres al mismo tiempo; giraba a una velocidad espasmódica mientras amenazaba con toda su potencia, para no dar la espalda a los enemigos que buscaban el punto débil. Una sola vez volvió lastimado de una pelea, y otra vez con un prolijo tajo en la pierna, que dejaba la carne al aire, producto del corte con alguna chapa; en ambas ocasiones intervino la cirugía.
Cada vez que iba a la estación a tomar el tren, Bonafide me seguía moviendo la cola a toda potencia. Costaba bastante engañarlo para que no se subiera a la formación, pero con diversas artimañas podía desorientarlo. Cuando el tren partía, él regresaba solo a casa.
Desde su llegada, había vuelto a plantearse el agudo problema filosófico, respecto de qué debía priorizar: su libertad, o su seguridad. La decisión era mía, y mía la responsabilidad por sus consecuencias.


Al no estar dentro de mis posibilidades asegurar los cien metros perimetrales de alambrado para evitar que salga del terreno, la alternativa era mantenerlo encadenado a un árbol. Después de las dos cirugías, tomé esta última decisión; pero me sentí muy desgraciado en esos días. Ambos nos sentimos muy desgraciados; al fracasar sus primeros intentos de liberarse de la cadena, quedó en un estado abúlico, indiferente a todo. Partía el alma ver a un animal tan joven y tan lleno de vitalidad en ese estado. Y peor aún cuando pasaba una damisela en celo; lloraba, gemía, pugnaba por liberarse, en un vano intento por dar satisfacción al instinto natural de preservación de la raza.
A los pocos días comencé a soltarlo de noche, con el prudente cálculo de la menor circulación callejera de vehículos, bichos y personas. Era impresionante la velocidad con que salía corriendo sin parar, atravesando limpiamente el agujero del alambrado, para ganar la calle y perderse en la lejanía.
Al día siguiente volvía, y cada vez costaba más engatusarlo para echarle nuevamente la cadena al cuello; ni comidas, ni mimos, ni amenazas, podían desafiar la astucia adquirida con la experiencia. Y un buen día, ya no lo encadené más. Lo dejé ir y venir a sus anchas. Pensaba en qué preferiría que me hicieran a mí, si me dieran a elegir: la jaula dorada y segura o el libre vagabundeo, y ganó esta última opción.
Pero yo sabía que un día, lejano quizá, cuando sus reflejos ya no fueran los de antes, o su cuerpo no se moviera con la vitalidad de la juventud, pasaría una desgracia. Sabía que una noche como la de anoche, alguien iba a llamar a mi puerta, para decirme que mi perro yacía tirado en la zanja, al borde del camino. Que parecía que lo había atropellado una camioneta.
Anoche, aún convaleciente de una gripe, me abrigué y salí a ver en el lugar que me indicaron, a doscientos metros de mi casa, en la diagonal Rosas y Ascasubi, frente a un almacén. Necesitaba comprobarlo; pero realmente no quería ver su cuerpo destrozado. Y, al amparo de la oscuridad, me las arreglé para no encontrarlo.
Pero esta mañana a las siete, hace una hora, mi necesidad renació con más fuerza, y volví. Allí estaba. Panza arriba, los ojos cerrados, sin señal alguna visible del accidente. Me despedí de él como pude, encendí un cigarrillo, y regresé caminando a paso lento, por la calle que tantas veces recorriéramos juntos en mis idas a la estación del tren.
Yo no sé si él me reprocharía por no haberlo cuidado mejor. Tampoco sé si, por el contrario, me hubiera agradecido por hacerle disfrutar en plena libertad cada momento de su vida.
Siento profundamente su muerte, pero no puedo llorarla. La vida en un mayor contacto con la naturaleza me ha enseñado que “todo corre hacia ahora”; lo único que importan es el tiempo presente, el instante actual. Todo es pasajero. Las personas, los afectos, los trabajos, van y vienen constantemente, se reciclan los unos a los otros; y no es menos cierto, que uno mismo también va y viene de la vida de los otros. La muerte es parte de la vida, en el reciclar cotidiano de la naturaleza, y llega indefectiblemente.
Adiós, viejo amigo. Extrañaré tus trompazos cuando me sirva un vaso de vino rosado, sentado frente a esta herramienta de trabajo, con la cual expreso mi dolor por tu ausencia. Sé que, en algún momento, nos encontraremos en alguna parte.

Horacio Silva, 2 de octubre de 2011.

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El jurado del Premio Nacional de Poesía Digdora Alonso, compuesto por el poeta y traductor Juan Luis Milián, el editor y poeta René González Coyra y el artista de la plástica y poeta Rolando Estévez Jordán, presidente del evento que cada año rinde homenaje a la poetisa matancera, otorgó Mención Especial al cuaderno La quema del pavorreal, de Luis Yuseff, por el atinado uso del idioma y el estilo traslúcido y  preciso. Mientras que el  Premio de Poesía Digdora Alonso recaía en los cuadernos Día mambí, de Sergio García Zamora, por la limpieza y exactitud de unos versos que se desencadenan con frescura, al tiempo que establecen un acertado paralelo entre el Diario de campaña de Martí y la actual realidad de la isla, y en el cuaderno Ventana Tropical, de Karell Bofill Bahamonde, por la contemporaneidad de un lenguaje que sabe engarzar con joven maestría forma y fondo, y la profundidad conceptual de una inquietud poética cubana y universal.

El poeta premiado Sergio García Zamora, con sus padres, en su casa de Esperanza.

Los premiados recibieron de manos de Adolfo Valhuerdi los diplomas únicos realizados especialmente para ellos por el presidente del evento, y la publicación de sus textos se efectuará en septiembre del 2012, en las celebraciones por un aniversario más del nacimiento de la autora de Bajo el hongo, por el sello editorial Vigía. En tal fecha la jornada arribará a su sexta ocasión. (más…)

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Mis sinceras felicitaciones a Hilda Cárdenas Conyedo, a quien todos agradecemos sus noticias culturales acompañadas de esa manera tan especial de comunicarse. Arístides Vega Chapú le ha dedicado unas palabras imprescindibles y merecidas:

SINCERO ELOGIO A UNA FIGURA INDISPENSABLE

El próximo y ya cercano martes 4 de octubre, a las doce y treinta del día, se le entregará a la periodista, locutora, guionista de radio y televisión y promotora cultural Hilda Cárdenas Conyedo la Distinción Utilidad de la virtud. Máxima distinción que se otorga a colectivos, instituciones y personalidades por su destacada y sostenida labor en la preservación y defensa del legado martiano.

Esta entrega se realizará en el edificio que ocupa los estudios del
telecentro villaclareño, TeleCubanacán, en la ciudad escolar Abel Santamaría.

Como a ella no le agrada que la nombre como “la voz y la imagen de la cultura en Villa Clara” y estas palabras intentan dejar constancia de mi cariño y respeto por su labor, no voy a decírselo esta vez. Pero intentaré demostrar aquí que es válida mi apreciación.

La conocí cuando estudiaba Filología, en la Universidad Central de Las
Villas. Era entonces la novia de quien años después se convirtió en uno de los escritores más leídos en Cuba. (más…)

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El  5 de marzo de 2011  publiqué el ensayo “Cecilio Acosta”, que José Martí divulgó en el segundo y último número de la Revista Venezolana, el 15 de julio de 1881, a raíz de la muerte de este importante escritor, periodista, exponente del humanismo durante la segunda mitad del siglo XIX venezolano e integrante de la generación intelectual de la Independencia y la República.

Por mediación de mi amiga y poeta Siboney del Rey, de Venezuela, pude contactar con María Esperanza Márquez (Documentalista Bancaria), quien fraternal y desinteresadamente me envió los pdf de partes de las Obras completas de Cecilio Acosta, que a su vez le facilitó Elsy Rangel, de la Biblioteca Nacional de Venezuela, que incluyeron como prólogo aquel ensayo, así como este retrato:

Índice de las Obras completas de Cecilio Acosta donde parece el prólogo de José Martí y primera página del prólogo.

Portada y contraportada del tomo I de las Obras completas de Cecilio Acosta que atesora la Biblioteca Nacional de Venezuela.

VEA: Cecilio Acosta, por José Martí

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