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Archive for 10/01/12

Por Jorge Oller Oller

Aquel martes 28 de diciembre de 1954, La Habana amaneció tranquila a pesar del imperante clima rebelde contra la tiranía de Fulgencio Batista. Sin embargo, en la confluencia de las avenidas de Rancho Boyeros y Vía Blanca, precisamente en los terrenos donde construían la Ciudad Deportiva, llegaban hombres, mujeres y niños de todas partes de la ciudad. Poco después estaba obstruido el tráfico, los  chóferes y pasajeros abandonaban los vehículos en que viajaban y se unían a los curiosos que a distancia, miraban un extraño objeto que parecía ser un disco volador, que eran muy “vistos” en el cielo, pero ninguno había descendido aún a tierra. Este parecía ser el primero.

El artefacto, era como un plato aparentemente metálico, parecía tener unos doce metros de diámetro y cuatro de altura. Alrededor de su circunferencia se destacaban seis pequeñas escotillas donde resplandecían unas lucecitas intermitentes. Coronaba el aparato una cabina transparente del cual emergía un periscopio que oteaba el horizonte.

La radio difundió la noticia. Llegaron los reporteros, fotógrafos y camarógrafos de los distintos medios de comunicación. En aquella planicie se congregaron casi veinte mil curiosos y, entre ellos, decenas de vendedores que aprovecharon la oportunidad  para ganar algún dinero ofreciendo refrescos, pan con timba, maní y otras chuchearías  que satisfacían las glotonerías de los espectadores más comelones y sedientos.

El Ministro de Gobernación de Batista, Ramón Hermida, ordenó a la policía actuar y se unieron también algunos miembros del ejército y la marina. A las diez de la mañana más de setenta uniformados armados de ametralladoras y fusiles rodearon el artefacto. Los bomberos apoyaban la acción con su famosa bomba “Cuba” y un carro  escalera.

Narciso Báez, del diario Prensa Libre, fue uno de los primeros reporteros gráficos en llegar y palpo la tensión que allí reinaba. Muchas personas asiduas a los libros y películas de ciencia ficción estaban sugestionadas porque algunos argumentos se basaban precisamente en platillos voladores tripulados por sanguinarios y crueles “marcianos” que invadían la Tierra : Casualmente ese mes, se había estrenado con gran éxito la película “El día que paralizaron la Tierra”   y, aunque fuera fantasía, todo el que la vio estaba aterrado.

Y más aterrados quedaron cuando los más osados se acercaron al platillo y éste comenzó a emitir extraños sonidos muy estridentes, agudos y horribles. La avanzadilla retrocedió rápidamente y los ruidos cesaron.  Algún guasón  de imaginación fácil dijo “haber visto”, por un instante, a un grotesco rostro de piel verde asomarse por la cúpula acristalada. Eso corrió de boca en boca y causó pánico, gritos y plegarias al cielo suplicando el amparo divino. Y esa histeria  preocupaba al fotógrafo Báez porque pensaba que pudiera darse el caso de que alguno de los agentes del orden,  previendo algún peligro, pudiera aplicar la frase de  “disparar primero y preguntar después”, o se escapara un tiro, lo que provocaría, en ambos casos, una reacción en cadena del resto de los militares y acribillarían aquel “platillo”, si éste no tuviera, como en las películas,  defensas desconocidas que pudieran provocar una masacre. Por suerte nada de eso ocurrió. (más…)

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Por Yandrey Lay Fabregat*
Caricatura de Martirena **

Un amigo mío que viajó a las selvas del Orinoco vio indios, ataviados con plumas y lanzas, que llevaban un celular colgado del taparrabo y observó asombrado cómo se fotografiaban unos a otros con el objetivo de circular sus imágenes por el mundo.

Los aborígenes autóctonos, según mi amigo, solo conocían dos frases en español. La primera era «Me duele aquí» y la segunda, «Tengo hambre». Parece un chiste, sostiene mi esposa mientras mira por encima del hombro lo que escribo aquí, pero de ninguna manera lo es. Hay países donde no importa que usted tenga la boca llena de telarañas si en cambio puede acceder al don de la ubicuidad, otorgado por la omnipresente telefonía móvil.

En algunas culturas, sin exceptuar a Cuba, la posesión de un celular es tanto el último grito de la moda como un conferidor de estatus. Carecer del fetiche tecnológico pudiera excluirte de determinados círculos. Por eso algunas personas, principalmente jóvenes, prefieren pedir el teléfono prestado a un amigo, usar uno sin línea o incluso colgarse a la cintura uno de juguete.

Los que tienen uno y lo usan, categoría aparte en esta historia, se dividen a su vez entre aquellos que «hablan de verdad» por el celular, los que pueden darse el lujo de mandar un mensaje de texto (SMS) y los que tienen que conformarse con que les marquen para después llamar por un teléfono fijo. (más…)

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