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ORIGEN DE LA PALABRA BIBLIA

Vista actual de la ciudad de Byblos, conocida hoy por su nombre árabe Jubail.

Egipcios, griegos y romanos escribían en rollos de papiro, un soporte de escritura que se exportaba desde el puerto fenicio Byblos, donde hoy está la ciudad libanesa de Jebail.

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Vergüenza… Vergüenza
la justicia no existe…
refugiados durmiendo entre las tumbas de mármol…
niños acurrucándose entre las tumbas heladas de Mitilini…

Ay qué vergüenza… qué vergüenza… dropi… dropi…
El campamento de refugiados en Moira arde… arde y se consume completamente…
Ay por qué tanta maldad…

Por qué tanta injusticia… ningún refugiado deja su casa… su tierra voluntariamente…
Ay malditas guerras desatadas en todas partes…
Ay qué vergüenza, qué vergüenza…
Y el mundo guarda silencio…
“Ay niño de pies descalzos
duerme… duerme… sin zozobra”
Ay qué vergüenza, ay qué vergüenza.


Jaime Svart. Atenas, Grecia, 2020

Fosfano, mejor que fosfina

Foto: ©Archivo Efe/EFE/EPA/ESO/M. Kornmesser/L. Calçada & NASA/JPL/Caltech

Foto: ©Archivo Efe/EFE/EPA/ESO/M. Kornmesser/L. Calçada & NASA/JPL/Caltech

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El nombre recomendado actualmente para la sustancia química que se ha detectado en Venus es fosfano, no fosfina.

En las noticias sobre este hallazgo astronómico es frecuente encontrar la forma hoy desaconsejada, como se puede comprobar en los siguientes ejemplos: «La fosfina, la molécula pestilente y tóxica que podría ser una huella de vida en Venus» o «En nuestro planeta, la fosfina se asocia con la vida porque se encuentra en los microbios».

Los nombres de los compuestos químicos tienen validez internacional y están regulados por la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada (IUPAC), así como por las entidades correspondientes en diversos países, que reajustan las normas básicas a la morfología y la ortografía de cada lengua. 

En el caso concreto de este compuesto del fósforo, la Real Sociedad Española de Química precisa, en un documento que resume las normas de la IUPAC del 2005, que el nombre adecuado es fosfano y señala de modo explícito que la denominación fosfina y otras similares «no se deben utilizar». Otro posible nombre, que en textos no especializados resulta menos conveniente, es trihidruro de fósforo.

Estas normas se aplican a otros muchos nombres químicos, como por ejemplo dióxido de carbono, que reemplazó al hoy desechado anhídrido carbónico.

Por ello, en los ejemplos anteriores lo adecuado habría sido «El fosfano, la molécula pestilente y tóxica que podría ser una huella de vida en Venus» y «En nuestro planeta, el fosfano se asocia con la vida porque se encuentra en los microbios».

De Recomendaciones de Fundéu (Fundación del Español Urgente)

Cuando el paciente no es consciente de que lo aqueja una dolencia.

Imagine el lector que un día se despierta por la mañana y le da los buenos días a su pareja, pero ella (o él) le responde en una lengua completamente desconocida. Cuando se sientan a desayunar, su cónyuge no solo no entiende lo que usted habla, sino que, además, se sigue expresando en aquella lengua desconocida que usted escuchó al despertar. Usted se asusta, despierta a su hijo y este también le habla en el mismo idioma de su pareja y, como él (o ella), no entiende lo que usted habla.

Usted está aterrorizado, como si estuviera en medio de una novela kafkiana o de ciencia ficción. Sin embargo, esta tragedia la viven todos los días decenas o tal vez cientos de personas en todo el mundo que acaban de sufrir un derrame cerebral o un infarto en la zona llamada “de Wernicke”, situada, en  el 89% de las personas, en el hemisferio izquierdo del cerebro. Estas personas fueron acometidas súbitamente por una afasia de Wernicke, o sea, la pérdida, generalmente definitiva, de un área cerebral indispensable para el lenguaje, pero en las primeras horas o a veces días no se dan cuenta de lo que les ocurre, lo que les causa una angustia intensa. Además de afasia, o pérdida del lenguaje, estos pacientes padecen de anosognosia, una palabra de la jerga médica que significa ‘falta de conciencia, por parte de un paciente, de que está sufriendo una dolencia’.

El vocablo está formado por el prefijo privativo griego α- seguido por νόσος (nósos) ‘enfermedad’ y luego por γνώσις (gnosis) ‘conocimiento’, o sea, juntando todo, ´falta de conocimiento (o conciencia) de una enfermedad’.

De La palabra del día, por Ricardo Soca

Foto: ©Pixabay/TheDigitalWay

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La interjección sanseacabó, usada coloquialmente para dar por terminado un asunto, se escribe preferentemente en una sola palabra, mejor que san se acabó.

En los medios de comunicación pueden verse frases como «Que venga la auditoría, que haga su trabajo y san se acabó, porque no hay nada ilícito», «Multaza de trescientas libras y ¡san se acabó!» o «De Castro fue enfático en su mensaje: “Bueno, no hagamos elecciones, quédese usted aquí, monten una dictadura y san se acabó”».

El Diccionario de la lengua española recoge sanseacabó como la grafía preferible. Además, aunque tanto esta obra como el Diccionario panhispánico de dudas dan validez a la variante san se acabó, sin guiones intermedios (san-se-acabó) y hoy minoritaria, la Ortografía de la lengua española, de posterior publicación, da un paso más allá y considera incluso «desaconsejable, por su poco empleo, san se acabó».

Así pues, en los ejemplos iniciales habría sido mejor escribir «Que venga la auditoría, que haga su trabajo y sanseacabó, porque no hay nada ilícito», «Multaza de trescientas libras y ¡sanseacabó!» y «De Castro fue enfático en su mensaje: “Bueno, no hagamos elecciones, quédese usted aquí, monten una dictadura y sanseacabó”».

De Recomendaciones de Fundéu (Fundación del Español Urgente)

Foto: ©Archivo Efe/Toni Albir

Foto: ©Archivo Efe/Toni Albir

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El término okupa, empleado para referirse a la ‘persona o al movimiento que propugna la ocupación de viviendas o locales deshabitados’, aparece recogido en el Diccionario de la lengua española y, tal como en él se indica, no necesita comillas ni cursiva.

No obstante, es frecuente encontrar en los medios de comunicación frases como «Los “okupas” que se fueron de veraneo a Ibiza denuncian al propietario por cambiar la cerradura», «Los “okupas” intranquilizan a las comunidades por vacíos legales» o «Los “okupas” hacen negocio con la covid-19».

Debido a que el uso de okupa y de términos derivados —como okupar, okupación— está ya muy asentado en países como España, la Argentina y Chile, no es necesario aplicarles ningún resalte, y así se recoge en la Ortografía de la Real Academia Española.

Por tanto, en los ejemplos anteriores lo apropiado habría sido escribir «Los okupas que se fueron de veraneo a Ibiza denuncian al propietario por cambiar la cerradura», «Los okupas hacen negocio con la covid-19» y «Los okupas intranquilizan a las comunidades por vacíos legales».

De Recomendaciones de Fundéu (Fundación del Español Urgente)

Nombre de una planta herbácea, de la familia de las compuestas, y también de su flor, que tiene pétalos blancos y es amarilla en el centro. La palabra llegó al español a través del latín margarita, esta procedente del griego clásico μαργαρίτης (margarites), que significaba ‘perla’ en esa lengua.

Entre los romanos, la mujer que negociaba perlas era llamada margaritaria, mientras que los joyeros eran margaritarius. Asimismo, Plinio denominó margaritifer a las colonias de ostras donde se encontraban perlas.

En la Edad Media, la flor amarilla y blanca era llamada perla, mientras que el nombre margarita se usó en cierta época para designar la formación nacarada de las ostras.

No es de extrañar, pues, que la isla de Margarita, situada frente a la costa de Venezuela, fuera bautizada con ese nombre por ser un venero de perlas que, durante mucho tiempo, pareció inagotable, como contó el poeta y escritor venezolano Aníbal Nazca (1928-2001):

Desde los días de la Conquista y hasta no hace mucho, la Isla de Margarita fue uno de los lugares que producía más y mejores perlas en el mundo. Por eso los españoles la bautizaron con ese nombre: Margarita, que significa precisamente perla.

En latín medieval, la flor se llamó también solis oculus ‘ojo del sol’, expresión que fue traducida como daeges eage ‘ojo del día’ en la antigua lengua anglosajona. En inglés, daeges eage sobrevivió como day’s eye, que dio lugar al nombre actual de la margarita en esa lengua: daisy.

De La palabra del día, por Ricardo Soca