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Posts Tagged ‘adjetivos’

 

Semana-Santa-Sevilla-Raúl-Caro

Foto: ©Archivo Efe/Raúl Caro

Con motivo de la celebración de la Semana Santa, se recuerda en qué casos hay que emplear las mayúsculas y en cuáles las minúsculas en las expresiones y los términos relacionados:

Tal como indica la Ortografía, los sustantivos y adjetivos que forman parte del nombre de los períodos litúrgicos o religiosos se escriben con inicial mayúscula: la Cuaresma, la Semana Santa, la Pascua.

También se escriben con mayúscula las denominaciones Viernes de Dolores, Domingo de Ramos, Jueves Santo, Viernes Santo… (más…)

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Como me han hecho esta pregunta a través del blog, me motivé a publicarlo para que todos los que lo visiten se esclarezcan, pues uno de los objetivos de VerbiClara es defender nuestra lengua española.

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Impreso e imprimido son los dos participios del verbo imprimir. El participio regular es impreso y el irregular, impreso.

En el Diccionario panhispánico de dudas, de la Real Academia Española, aparece una explicación muy clara al respecto que copio textualmente:

Dobles participios: imprimido/impreso, freído/frito, proveído/provisto
 
Los únicos verbos que en la lengua actual presentan dos participios, uno regular y otro irregular, son imprimir (imprimido/impreso), freír (freído/frito) y proveer (proveído/provisto), con sus respectivos derivados. Los dos participios pueden utilizarse indistintamente en la formación de los tiempos compuestos y de la pasiva perifrástica, aunque la preferencia por una u otra forma varíe en cada caso (véase el Diccionario panhispánico de dudas, s/v imprimir, freír, proveer):
 
Hemos imprimido veinte ejemplares / Habían impreso las copias en papel fotográfico.
  Nos hemos proveído de todo lo necesario / Se había provisto de víveres abundantes.
  Las empanadillas han de ser freídas dos horas antes / Nunca había frito un huevo.
 
 No debe asimilarse el caso de estos participios verbales irregulares con el del nutrido grupo de adjetivos procedentes de participios latinos, como abstracto (del latín abstractus, participio de abstrahere), atento (del lat. attentus, part. de attendere), confuso (del lat. confusus, part. de confundere), correcto (del lat. correctus, part. de corrigere), contracto (del lat. contractus, part. de contrahere), tinto (del lat. tinctus, part. de tingere), etc. Algunas de estas formas pueden haber funcionado como participios verbales en épocas pasadas del idioma, pero hoy funcionan solamente como adjetivos y, por lo tanto, no se usan en la formación de los tiempos compuestos ni de la voz pasiva de los verbos correspondientes (no se dice *Han contracto matrimonio o *Son correctos por el profesor, sino Han contraído matrimonio o Son corregidos por el profesor). Por lo tanto, la consideración de estos verbos como «verbos con doble participio» carece de justificación gramatical.

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Julio César LondoñoPor Julio César Londoño

Cuando hacemos la lista de los grandes inventos, siempre están allí la rueda, la brújula, el papel, la imprenta, los plásticos, el avión, la televisión, el computador y el celular, entre otros cachivaches ilustres; pero con frecuencia olvidamos al papá de todos los ingenios, el lenguaje.

Nadie sabe cómo sucedió. Nadie es capaz siquiera de imaginar cómo pasó la especie del gruñido al suspiro, a la interjección, al gesto, y de aquí a la sonrisa, al silbo, al nombre, la plegaria y la canción.

Algunos sabios despistados creen que el hombre inventó el lenguaje gracias a su portentosa inteligencia. En realidad fue al revés: el lenguaje nos hizo inteligentes. A esta conclusión llegó Jaques Monod al notar que la aparición del sistema nervioso central de la especie es muy posterior a la invención del lenguaje. El don del lenguaje nos modificó de manera muy íntima. La luz de la palabra clarificó nuestro pensamiento, suavizó nuestra rudeza. Tal vez por esto es que las Escrituras rezan: al principio fue el verbo.

Los lenguajes no son puramente lógicos, porque no son aparatos arbitrarios y axiomáticos, como la matemática. Los hacen las generaciones y el largo tiempo, por eso encierran lógica y paradojas: “corta” es una palabra corta, pero “larga” no es una palabra larga; “separado” se escribe todo junto, pero “todo junto” se escribe separado; moon, observó Borges, es casi simétrica, como la luna; rimbombante es convenientemente ampulosa, pero “tomate” no se parece al tomate. “Agua” tiene la simplicidad de ese elemento, pero hubiera sido preferible un fonema más líquido que la G, la L: lío en vez de río. El nombre del río Mississippi está lleno de meandros. “Sinuoso” se parece a lo que nombra. “Prepotente” no necesita explicación.

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Palabras compuestasHace unos días me preguntaron sobre las palabras compuestas. Estas palabras tienen sus reglas:

Si no están separadas por guion, la segunda lleva tilde si le correspondiese, pero la primera, jamás, por ejemplo, decimoséptimo (décimo + séptimo), tiovivo (tío + vivo), extremaunción (extrema + unción), asimismo (así + mismo), baloncesto (balón + cesto), traspiés (tras + pies). Pero en el caso de que haya que marcar el hiato de vocal abierta átona y cerrada tónica hay que poner acento ortográfico: vendehúmos (vende + humos), reírme (reír + me), oídla (oíd – la).
En el caso de adverbios terminados en el sufijo –mente, entonces sí mantienen la tilde: comúnmente, ágilmente, rápidamente, últimamente.

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AdjetivosUna de las tres palabras que sirven como título a este escrito constituye claramente un neologismo. Puede que a la cuestión de los neologismos pueda dedicarle un análisis futuro porque, a ciencia cierta, debemos evitarlos en la radio tanto desde el punto de vista noticioso como en sus otras funciones. Lo cierto es que me pareció necesario usar el término para explicarme mejor; esto, contra toda paradoja que pueda parecer.

Quienes escribimos para la radio todos los días, corremos riesgos en cuestiones de redacción. Uno de ellos consiste en el abuso de los adjetivos. En ocasiones no abusamos de ellos, pero resulta radialmente poco recomendable su empleo; incluso sin que al hacerlo se transgredan preceptos académicos de nuestro idioma.

Todos los redactores, escritores y guionistas experimentamos un poco el controlable afán por ofrecer hasta el menor detalle de las ideas que deseamos difundir. Ese interés implica abundar en aspectos superfluos del tema que, lejos de ilustrar, confunden al radioescucha o al lector, cuando redactamos para internet.

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Estilo
Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos.

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