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Posts Tagged ‘Alcalde’

Por Carmen Esquivel*

Severiano de Heredia

París (PL) “Severiano de Heredia: ese mulato cubano que París hizo alcalde y la República ministro“, es el título más reciente del escritor francés Paul Estrade, a través del cual su autor nos adentra en la vida de un hombre singular y casi desconocido.

Estrade, historiador y profesor de la Universidad de París Saint-Denis, ha escrito numerosos libros sobre latinoamericanos ilustres que dejaron su huella en Francia, entre ellos el patriota cubano José Martí y el puertorriqueño Ramón Emeterio Betances.

Hace varios años, estudiando a Betances, quien fue amigo de Martí, descubrió que él creó aquí una asociación de franceses solidarios con Cuba y que en esa organización había un exministro llamado Severiano de Heredia.

“Este es el punto de partida de mi interés por De Heredia, hace ya casi cuatro décadas”, dijo Estrade en una entrevista con Prensa Latina. (más…)

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Gertrudis Gómez de AvellanedaLa ilustre poetisa cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda (Tula) murió el 1º. de febrero de 1873. Ayer se conmemoró un año más del triste suceso. Había nacido en Puerto Príncipe, hoy Camagüey, Cuba, el 23 de marzo de 1814. Por eso escogí para hoy lo que se conoce como su autobiografía.

Este texto, conocido como la autobiografía de Gertrudis Gómez de Avellaneda, es en realidad la primera de las numerosas cartas dirigidas a Ignacio de Cepeda y Alcalde, epistolario que abarcó desde esta primera confesión, firmada en Sevilla, el 23 de julio de 1839, hasta la última que se conserva, fechada en Madrid, el 26 de marzo de 1854. Solo refiere los primeros veinticinco años de su vida, pero resulta un capítulo esclarecedor de lo que será después su vida.

Confesión

23 de julio, a la una de la noche. En Sevilla, año de 1839.

Amigo mío:

La confesión, que la supersticiosa y tímida conciencia arranca a un alma arrepentida a los pies de un ministro del cielo, no fue nunca más sincera, más franca, que la que yo estoy dispuesta a hacer a usted. Después de leer este cuadernillo me conocerá usted tan bien o acaso mejor que a sí mismo. Pero exijo dos cosas. Primera: que el fuego devore este papel inmediatamente que sea leído. Segunda: que nadie más que usted en el mundo tenga noticias de que ha existido.

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