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Posts Tagged ‘Ana María Luján’

Mi amiga Ana María Luján me ha enviado estos cuentecillos de Jorge Timossiquien desdichadamente nos abandonó físicamente desde ayer. Ellos eran amigos desde 1964. También Timossi era amigo del colombiano Carlos Vidales, quien ha sentido mucho su pérdida.

felipe4.jpgQuino (Joaquín Salvador Lavado), humorista argentino, se inspiró en Timossi cuando creó a su personaje Felipito.

De cuentos tenía publicados Cuentecillos y otras alteraciones y Raros textos y otros decires.

De Cuentecillos y otras alteraciones:

cuentecillos.JPG
La rana


Había una vez una rana que comenzó a dar grandes saltos en la orilla de su estanque, croando sin cesar: “Fukuyama, éste es el fin de la historia”, “Fukuyama, éste es el fin de la historia”, hasta que con un último impulso espectacular se zambulló para siempre en el agua, singular comportamiento ante el cual un sapo comentó que una de las mejores máximas de Herodoto era aquella que enseñaba que la vida siempre termina por darnos la razón, y un coro de libélulas y mosconcitos cantó, en honor del batracio difunto, el consabido colorín, colorado, este cuento todavía no se ha acabado.

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El libro Patriotas cubanos VIII, de Ana María Luján, de Santa Clara, fue presentado enla Feria Internacional del Libro 2011. Estas fueron las palabras de la licenciada Mayra Beatriz Martínez:

patriotas-cubanos_grande.JPG

No creo contarme —imagino que tendría que agregar “lamentablemente”— entre quienes “llevan un niño dentro” y que, por ello, consideran que pueden conectarse aún con un mundo que, inevitablemente, se nos va volviendo lejano. No: mi apreciación necesariamente es bien adulta, y creo que sería quedarnos presos de la añoranza pensar que aún podemos tener un nene por cualquier sitio de nosotros agazapado. En tal sentido, entre Peter Pan y su coprotagonista, escojo a la Wendy que renunció al país del Nunca Jamás para vivir la realidad, con la satisfacción de haber aprendido gozosamente a “ser grande” —y es un desenlace cuya trascendencia poco se tiene en cuenta al referirnos a la magna obra de Barrie.
Así es como me coloco ante Patriotas cubanos VIII, de Ana María Luján: no evito la mirada adulta, el juicio, nada edulcorado o paternal —o maternal—, que podría ejercer ante cualquier libro, dedicado a cualquier otro receptor, de cualquier otro género. Es decir, primero parto de declarar mi consideración de que no estamos ante un divertimento ocasional de la autora, ante un producto menor: estamos ante literatura de investigación responsablemente hecha.
Es un libro que se suma a una serie que comenzó a aparecer en el 2004 y que se inserta en un mundo de jóvenes que sabemos obnubilados por esa fantasía heroica o épica que nos llega de todas partes del planeta y por los más diversos medios.
¿Qué pueden hacer estos “patriotas” —y entiéndase que los enfoco como personajes— contra los espectaculares guerreros de los mangas, contra los discípulos del mágico plantel Howard; incluso, contra los más sagaces y valientes habitantes de la Tierra Media entre otros muchísimos más?

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Así ha llamado Ana María Luján, periodista y escritora de la Editora Abril, a este sentido y hermosísimo homenaje a sus maestras de la ciudad natal: Santa Clara. Gracias, Ana María, por permitirme publicarlo en mi blog.

De ella está presente en esta Feria Internacional del Libro el título Patriotas cubanos (VIII), que tanto enriquecerá el acervo cultural y patriótico de nuestros niños y adolescentes.

Aquí están:

MIS PRIMERAS LECTURAS

Por Ana María Luján

ana-maria-lujan-2.JPGAhora que la Feria del Libro XX se inicia y llegará a mi Santa Clara natal en breve, recuerdo cuánto aprendí en mis primeras lecturas en casa y en la vieja escuela pública No. 3, de San Cristóbal y Villuendas. Antaño, decir escuela pública equivalía a pobre, pero esta era rica en su acogida tras sonar la campana la gentil directora Dolores Gutiérrez Manso, a quien con profundo respeto todos llamábamos la Señorita Lolita.
Mi mamá, Juanita O´Farril Jiménez, había sido alumna de esta escuela, reconocida entre las mejores de la ciudad, y aunque nos quedaba bastante lejos, mi hermana
Marina Esther y yo asistíamos puntualmente con nuestro porrón de agua y quizás un centavo para la galleta de la merienda, ya que la destinada a las escuelas era robada impunemente por el gobierno de turno.
El primer libro que leímos en casa fue El canastillo de flores, ganado por nuestra madre en un concurso de ortografía y ella siempre nos procuraba el momento para que lo leyéramos. No se tocaba sin su permiso. Era la joya de la familia.  La historia del librito, editado en España, era apasionante: una muchacha trabajaba en casa de unos señores y era envidiada por otra empleada. Un día, desapareció un anillo de brillantes, la protagonista fue acusada y despedida.  Pasó algún tiempo, y al derribarse un árbol del jardín, se encontró el anillo ¡en el nido de la urraca! La joven fue reivindicada y triunfó el bien sobre el mal.
En la escuela había pocos libros: los de lectura de Luis Pérez Espinós y algunos llevados por las propias maestras, cuyo sueldo tan exiguo no les permitía mayores dispendios. La maestra de tercer grado, Ana Celestina Romero, se nos antojaba
Marta Abreu, pues peinaba un moño similar a la patrona de la ciudad, cuya estatua saludábamos en silencio al pasar por el Parque Vidal. Con ella y con María Dolores Pérez, la maestra de cuarto grado, empezamos a conocer a Martí, a los patriotas de las tres guerras y hasta a las silenciosas figuras de la historia de nuestra ciudad: Carolina Rodríguez, las maestras Nicolasa y Dámasa Jova, el Padre Chao.

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