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Germán.

Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Eran cerca de las dos de la mañana;  estaba esperándote en los pasillos de Maternidad, en el Policlínico Bancario, cuando llegaste en brazos de una enfermera.

A la luz pálida y amarilla de los focos, te vi por primera vez. Tu rostro estaba arrugado, como el de todo recién nacido, y te daba el aspecto de un anciano gnomo. Y en ese momento abriste tus ojos, muy azules, de un azul profundo como el océano; y me miraste de una manera que jamás olvidaré, como si fuera una mirada surgida desde las más antiguas profundidades de los tiempos.

Un leve escalofrío recorrió mi espalda; y comprendí desde entonces que, en     éste o en cualquier otro plano de la existencia universal, mi esencia estaría ligada a la tuya, por los tiempos de los tiempos, y más allá del no-tiempo.

Feliz cumple, hijo. Con amor,

Horacio

Mi amigo Horacio Ricardo Silva es historiador, escritor y periodista argentino.

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Facundo Cabral.

A todos nos ha conmovido e indignado el vil asesinato de Facundo Cabral, argentino y uno de los más importantes compositores y cantantes latinoamericanos de música popular.

Siboney del Rey, colaboradora habitual de VerbiClara, me ha enviado un mensaje y una poesía:

Camarada de luchas y de bellos sueños:

No puedo estar tranquila, mientras que en una sociedad tan convulsionada por la violencia y los falsos valores, que arropan a nuestros pueblos, se sigan matando seres humanos que hacen la patria con un poema, con la mística, con el amor inmenso, con valentía… que se transforma en  vida y esperanza, hecha pueblo…

Comparto contigo, este poema que me sacude el alma, tras la muerte de Facundo Cabral. Tu dolor y el mío, nos une.

LA MUERTE DE FACUNDO CABRAL SE REPITE TODOS LOS DÍAS

Hoy mataron al hombre,
al poeta,
al cantor,
al soñador…

Hoy mataron a Facundo Cabral,
como matar cualquier ser humano
que defiende las causas justas
de un pueblo humilde y sincero.

Hoy mataron a Facundo Cabral
y siguen matando a miles de ellos:
Al Facundo que defiende  el derecho a
la tierra.
Al Facundo que clama paz cuando estalla la guerra.
Al Facundo que queda atrapado en balas a manos del hampa,
y cuando le arrebatan la vida,
al llevar el sustento a su hogar.
Al Facundo que muere de negligencia médica.
Al Facundo que muere a manos de los narcos, sicarios y paramilitares.
A la Facunda que le niegan la vida del ser que lleva en su vientre.
A la Facunda hecha líder,
heroína,
guerrera de bellos sueños…
y un cuerpo policial represor le arranca la vida,
al silenciarle su voz.
Al Facundo con discapacidad,
al Facundo indígena,
al Facundo afrodescendiente,
al Facundo hambriento,
al Facundo desempleado,
al Facundo indigente,
al Facundo presidiario,
al Facundo analfabeta,

al Facundo sin protección…
¡También los matan porque la sociedad los excluye!

¡Mientras que las muertes de miles de Facundos Cabrales,
existan todos los días,
reinará la impunidad!

Si queremos acabar con ese mal
Que venga Dios a hacer justicia
y haga una verdadera revolución de amor,
de solidaridad,
de bendiciones,
de alegrías,
de paz…
Llegue a nuestros pueblos a devolverles la vida y la esperanza.

Así construimos la patria que todo Facundo o Facunda
que ama y defiende la vida,
anhela siempre.

SIBONEY DEL REY

sinfronteras_al@yahoo.com
http://elrincondesiboney.blogspot.com

Caracas, madrugada del 12 de julio de 2011

 

Más de Siboney del Rey:

 http://es.wordpress.com/tag/siboney-del-rey/

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Mis pies hoy fuerte pisan, lejos quedan las palizas,
lisas son las sendas que atraviesan mis sonrisas.
Quizás esas trizas concibieron las premisas
de esta insurrección que en el enigma estigmatiza.

Doble D: Estás viva

Te siento, a pesar de que no te veo,
lucen feos los trofeos desde que llegó Morfeo
con su sucia realidad y sus pastillas,
pude ver la astucia de los que ocupan la silla
y deciden quienes mueren, quienes viven
y reciben el billete de esta realidad alterna.
Enferman, estrujan nuestros cuellos y acongojan.
¡Yo me aferré a la hoja y tomé la cápsula roja!

Vivir de tu mano fue un regalo,
inhalo el mismo aire que ayudó a esquivar los palos.
Fuimos uno por ser y hacer del otro un hermano,
siempre hicimos frente a los tiempos malos.

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El letrista argentino nos presenta “Una voz en el olvido”, el adelanto de su próximo álbum.

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Daniel Devita, mejor conocido como Doble D, es un compositor e intérprete argentino, que combinando sus raíces musicales y culturales, presenta un material vanguardista, innovador, cargado de mensaje y compromiso. Para la realización de este álbum, el compositor bonaerense reunió a destacados músicos del heavy metal nacional y algunas personalidades del subterráneo porteño, con el objetivo de plasmar de una manera contundente, tanto en lo musical como en lo lírico, cada propuesta de esta placa.

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Próximos al inminente lanzamiento, Doble D nos presenta Una voz en el olvido, corte en el cual sus letras se funden en una poderosa interpretación junto a Sebastián Lucero (quinto mejor bajista del under argentino revista Bajista), Emanuel Víctor (uno de los más técnicos y veloces guitarristas del heavy nacional) y Gustavo Arroyo (productor y líder de Unanima). La canción se estructura en un homenaje a las 30.000 víctimas del último golpe militar y propone un mensaje a las generaciones actuales, desafiándolas y exigiéndoles un despertar.
Una canción dura, que introduce e invita a formar parte de una historia que es nuestra historia, rememorando uno de los temas de la mítica banda Malón, el muestreo se despliega enfocado en la narrativa, hasta que el final irrumpe con la violencia y la carga emotiva de esos años de horror con un solo memorable y una energía única. El Tano Romano (Hermética, Malón, Razones Concientes) se expresó sobre el estreno con palabras de elogio, destacando el contenido social y autoral, contento de ser de inspiración para la obra.

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Mi amigo argentino Horacio Ricardo Silva me envió este cuento que disfruté muchísimo, por lo que quiero también que mis lectores tengan esa misma oportunidad. Una historia cargada de fantasía y amor por los animales que no podía desdeñar porque los adoro. ¡Gracias, Horacio!

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Dhalia con chicos en el lomo, 1942.
Foto tomada de una publicación y enviada por Horacio.

LUX AETERNUM(1)

A Meca, que vive en el Río de la Plata y en mí.
A Haroldo Conti, cuyos relatos acompañaron mi adolescencia.
La división de Mastozoología, ubicada en el primer piso del Museo Argentino de Ciencias Naturales en Parque Centenario, era un lugar frío e inhóspito, donde rara vez llegaban los visitantes.
Entre los restos sombríos y polvorientos se destacaba la figura de un elefante embalsamado, cuyos ojos vidriosos —igual que la Gioconda—  provocaban el efecto de seguirlo a uno con la mirada por todo el recinto. Un cartel indicaba su procedencia: “Familia: Elephantidae. Orden: Proboscidea. Elefante de la India. Elepheas maximus. Distribución: Asia meridional y oriental, Cochinchina, Siam e isla de Ceilán. Pertenecen estos restos al elefante ‘Dhalia’ que durante muchos años vivió en cautiverio en el Jardín Zoológico de Buenos Aires”.
Camilo, un pibe de trece años, era uno de los pocos que se llegaban hasta allí. Dejaba la fascinación por los dinosaurios a los chicos de la primaria, que se divertían comparando a la maestra con el homo neandhertalis, o pegando chicles en las vértebras del Tyrannosaurus Rex.
De tanto ir al museo, Camilo se había hecho dos amigos: Sergio, el bibliotecario, y Haroldo, un empleado de maestranza que había sido durante muchos años guardián del Zoológico Municipal.
Solía visitar al viejo en su covacha, una oficinita mugrienta donde guardaba sus utensilios de limpieza y contaba viejas historias del Zoo, mientras cebaba mate.
Contaba, por ejemplo, cuando el rinoceronte Archibaldo arremetió contra las rejas hasta romperse el cuerno, atormentado por su reciente viudez; o cómo el cuidador Antonio logró que la mona Bobby —que se había escapado para mirar una carrera de ciclismo que se corría en la avenida Sarmiento— regresara a su jaula, simulando que la defendía de otro guardián que aparentaba atacarla.
O recordaba al director Clemente Onelli, que una vez consiguió a una mujer con el coraje suficiente para amamantar a un monito huérfano, y otra vez se trajo caminando desde el puerto a la recién llegada jirafa Mimí, que no cabía dentro de ningún vehículo.
Pero el relato que más le gustaba oír era el de aquel muchachito que se hizo amigo de la mangosta canina; y que un día, harto quizá de verla encerrada en una jaula triste, roñosa y solitaria, la liberó para fugarse juntos a un lugar donde no hubiera barrotes, guardianes ni amargura. Aunque todo eso terminó mal —la policía los atrapó y encerró a ambos—, estas historias le encantaban a Camilo, que no decía nada cuando el viejo Haroldo las repetía, olvidando que las había contado decenas de veces.
Su otro amigo, Sergio, solía darle charla y algún material sobre los animales favoritos de Camilo. Y no eran pocas las veces que éste se quedaba allí, hasta que las sombras de la noche indicaban que había llegado la hora de cerrar.
La vida del chico se centraba alrededor de esas delicias. Lo demás era rutina; ir a la escuela (donde lo único que valía la pena eran las clases del maestro Mostazo, que leía cuentos de Horacio Quiroga), llegar a casa y hacer los deberes. Y luego, nuevamente la entrada a ese mundo muerto de grandes saurios y aves, que alguna vez crepitaron de vida y hoy amontonaban polvo, delante de unos visitantes que miraban todo con cara de aburridos.
Una tarde de invierno, en que la lluvia hacía más lóbrego el lugar, sintió un sobresalto al mirar el elefante: le pareció percibir un levísimo movimiento en la quijada del animal embalsamado.
Con el corazón en un salto, miró fijamente la imagen: no notó nada extraño.
Pensó que sería su imaginación, ya fértil de por sí, y le restó importancia al asunto. Sin embargo, la impresión no le abandonó.
Desde aquella vez que le pareció ver al elefante moverse, Camilo empezó a tener pesadillas.
Un día soñó que era un animal enorme, y que corría a toda velocidad por una selva como la de los cuentos de Quiroga, huyendo de los cazadores.
Otra noche se vio embarcado en una jaula, rumbo a un país desconocido. Y una tercera vez, soñó que quería escaparse, arremetiendo contra los  barrotes como el rinoceronte Archibaldo.
—Demasiadas lecturas de la selva —sentenció su madre, agregando que si seguía imaginando demasiado, le prohibiría ir al museo a escuchar las tonterías con que ese viejo loco le llenaba la cabeza. Camilo decidió no hablar más de esas cosas.
Una tarde en que Sergio se quedó a hacer horas extras, el muchacho no se dio cuenta de que ya se había hecho noche cerrada. “Mamá me va a matar”, pensó, y saludando apresuradamente, salió de la biblioteca.
En su camino por los pasillos ahora oscuros, donde la penumbra destacaba con sombríos relieves las siluetas inanimadas para siempre, al pasar por Mastozoología creyó ver algo que le heló la sangre.
Dhalia había cambiado de posición, y lo miraba fijamente a él. Empalidecido por el terror, su mente giró entonces en un torbellino.
Como en los sueños, Camilo era el elefante. Estaba en el zoológico, frente al templo hindú. Su instinto salvaje le advirtió el peligro que representaban unos policías apostados alrededor de la jaula, armados con fusiles, que le apuntaban desde distintas direcciones.
Su enorme masa muscular se puso en extrema tensión. Sus ojos calcularon rápidamente la distancia que había entre él, la reja y esos hombres, y tomó la decisión de intentar escapar. Los amenazó irguiendo la trompa hacia el cielo, mientras emitía un profundo y gutural barrito, y tras ese preámbulo emprendió una feroz carrera hacia los barrotes.
El impacto fue tan tremendo que logró romper uno en la embestida. Aún atontado por el golpe, su finísimo oído oyó una voz seca; sus ojos entrevieron los fogonazos, y su rugosa aunque sensible piel sintió las mordeduras del plomo en un estrépito de truenos.
La sangre tibia manaba de su frente, y un furor sobrenatural lo invadió; fue entonces cuando un ser angelical se interpuso entre él y sus fusiladores, y comenzó a limpiarle la herida con suma dulzura y suavidad.
En ese momento se despertó entre los brazos de Haroldo y Sergio, que llegaron corriendo al escuchar sus gritos.
—¡Camilo! ¡Camilo! ¿Estás bien? ¿Qué te pasó, muchacho? ¿Qué tenés? ¡Sergio, traé un poco de agua!
El muchacho temblaba y sudaba frío. Con sus ojillos de animal asustado miraba alternativamente a sus dos amigos, hasta que al final los reconoció. Recién entonces pudo intentar explicar, entre incoherencias, lo que había vivido.
El rostro de Haroldo se tornó profundamente sombrío; y, acariciando a Camilo con la ternura de un padre, le habló con una suavidad desconocida hasta entonces:
“Yo quería mucho a ese animal porque era su cuidador, cuando trabajaba en el zoológico. Dhalia era amigable por naturaleza, y juntos solíamos llevar a pasear a los chicos encima de su enorme lomo. Cuando lo mataron pedí el traslado, porque no podía soportar su ausencia; y me trajeron aquí, donde está él.
“En la tierra natal de Dhalia, la India, los elefantes son sagrados. Los hindúes creen en la reencarnación; que al morir, el espíritu reencarna en otro cuerpo, para enmendar los errores que cometió en vidas anteriores. Pero para poder reencarnar es preciso que su cuerpo sea cremado, es decir, purificado por el fuego.
“Yo me siento en deuda con él, porque no pude evitar su muerte. Y siempre pensé que debía hacer algo para que pudiera reencarnar, pero nunca me animé. Soy viejo, y demasiado débil, o quizá cobarde. Pero la pena que tengo, me acompañará para siempre”.
Camilo escuchaba todo con profunda atención. Ya no temblaba, y su mirada había perdido ese destello salvaje, para adquirir una expresión de reconcentrada calma.
Cuando regresó a su casa tuvo que soportar un tremendo escándalo por la hora de llegada y, como su madre había advertido, le prohibió volver al museo mientras sea m
enor de edad:
—Mientras seas chico jamás volverás a ver a ese viejo loco, que quizá sea un degenerado. ¡Vaya una a saber con qué propósito te entretuvo hasta estas horas de la noche!
Desde entonces, no hubo alegría para Camilo. Todo en él era reserva y circunspección, hasta el punto de que sus compañeros del colegio preferían estar lejos de él, a quien miraban como a un bicho raro.
Sin embargo, seguía imperturbable. Siempre pensaba, y pensaba. Y cuando por fin llegó a una conclusión, no miró hacia atrás.
Una tarde a la salida del colegio, llamó a su madre para avisarle que se quedaba a estudiar en casa de un compañero que ella conocía, y que tal vez podría quedarse a dormir si se hacía tarde.
Luego se fue a caminar por ahí, para hacer tiempo. Se entretuvo mirando comics y manga en los puestos de Parque Centenario, hasta un rato antes del cierre del museo.
Entró aprovechando la confusión provocada por la salida de un grupo escolar, excitado y bullicioso.
Una vez dentro, se escondió en un cuartito en desuso que Haroldo le había mostrado; y allí se durmió, mientras esperaba que se hiciera de noche.
Cuando despertó, aguzó el oído para percibir cualquier síntoma de movimiento: no oyó nada y, empujando la puerta despacito, se atrevió a salir. Ocultándose como pudo entre las vitrinas, llegó finalmente a la división de Mastozoología.
Saludó a Dhalia con una ternura infinita, hablándole de las mil cosas que estuvo pensando todo ese tiempo, mientras sacaba de su mochila un gran frasco lleno de kerosén. Comenzó empapando la cabeza y los costados del animal, y con gran esfuerzo consiguió arrojar el líquido sobre su lomo, que no medía menos de dos metros de altura. En la tarea, torpemente efectuada, quedó él mismo rociado con el combustible, muy a su pesar. “Ahora sí que mi vieja me mata; con este olor en la ropa, no sé cómo voy a convencerla de que estuve estudiando en lo de Carlos”, pensó.
Cuando se vació el frasco sacó una caja de fósforos que llevaba en el bolsillo de su campera. Con las manos algo temblorosas, la abrió y tomó uno; y en ese momento, un grito lo sobresaltó:
—¡¡Camilo!!—
Miró hacia el costado, y vio al viejo Haroldo que le hacía señas desesperadas para que se detuviese.
—¡Camilo, por Dios, no lo hagas!
El temblor desapareció de sus manos. Miró al viejo y recién ahí supo cuánto lo quería, y cuánto quería a esa nostalgia de tiempos antiguos que él no había vivido, pero que sentía como propios.
Entonces, ante la mirada desesperada del viejo, sonrió levemente y prendió el fósforo.
Al día siguiente, los diarios titularon: “NIÑO PIROMANIACO MUERE AL PRETENDER INCENDIAR MUSEO DE PARQUE CENTENARIO”. Las radios y canales de televisión dedicaron sus noticiosos a resaltar la falta de valores de la juventud y la inacción del gobierno para prevenir este tipo de atentados, reclamando mayor presencia policial en las calles y una eficaz vigilancia en los lugares de reunión de los jóvenes.
La única excepción fue la nota que publicó un viejo diario anarquista, que no leyó casi nadie, y en la que un memorioso investigador transcribía algunos párrafos de La Nación, edición del 20 de mayo de 1943:

SACRIFICÓSE  A ‘DHALIA’, EL ELEFANTE DEL ZOOLÓGICO

Dhalia, el único elefante macho que había en el Jardín Zoológico, tuvo que ser ultimado a tiros.
El hecho ocurrió ayer, entre las 14 y las 15. Un piquete de la Guardia de Seguridad disparó 36 balazos contra el animal enloquecido. Fue como una cacería dentro de la ciudad, en la pequeña y urbanizada selva de Palermo, alborotada por el guiriguay de los pájaros y los chillidos de los monos.
Después de recibir el primer impacto en la frente, de la cual empezó a manar abundante sangre, los presentes vieron con estupor cómo su joven compañera, de nombre Cango, se cruzó en la línea de fuego tras arrancar unas matas de pasto con las que se puso a limpiar la sangre de la herida.
El oficial, azorado, ordenó alto el fuego; pero ese instante mágico fue roto por el mismo Dhalia, quien resuelto a huir de la ejecución, intentó salir por el hueco abierto en la reja.
Sonó otra vez la voz de fuego, y las descargas se sucedieron sin solución de continuidad, por espacio de una hora; fue entonces cuando el soldado J. Durán, campeón de tiro de fusil, disparó el tiro de gracia haciendo blanco mortal en uno de los ojos.
Cuando Dhalia por fin cayó lo hizo con estilo, doblando las patas, arrodillándose sin tumbar el cuerpo, como esperando la muerte con dignidad. Y así quedó, como si estuviera en actitud de reposo, frente al pabellón indio, entre los rugidos de las fieras, la algarabía de los pájaros y el griterío de los monos, que saltaban y aplaudían en la jaula, pues había terminado la función: la cacería improvisada en la ciudad.

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Muchos años después, un joven elefante y su conductor atravesaban despreocupadamente las junglas del sudoeste de la India. A su paso, los sencillos pobladores de la aldea de Bhadravati, coincidían entre sonrisas al afirmar que nunca habían visto una amistad tan pura y simple, como la existente entre aquel hijo de Ganesh y el alegre cachorro de hombre que lo guiaba.
(1) Luz eterna, en latín.
(2) Las tres deidades más importantes para el hinduismo son Visnu y sus dos hijos, Brahma y Shiva. Este último tuvo con Parvati, su mujer, dos vástagos: Kartakaya y Ganesh. Debido a una confusión Shiva decapitó a Ganesh, quien protegía a su madre. El atribulado padre bajó a la Tierra, con la promesa de traer a su hijo la cabeza del primer ser que encontrara a su paso, que resultó ser un paquidermo. Su imagen se representa entonces como un hombre de gran barriga, cuatro brazos y cabeza de elefante; es el dios de la sabiduría y las letras, conocido también por su capacidad para remover obstáculos. Actualmente es la deidad más popular en la India y su hijos, los elefantes, son considerados sagrados por su origen divino.
Horacio Ricardo Silva, 17 de junio de 2005.

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Padre e hijo. Juan Carlos Castagnino

Padre e hijo. Juan Carlos Castagnino,
pintor, arquitecto y dibujante argentino.

En Cuba este domingo 21 de junio celebraremos el Día de los Padres. En otros países también se celebra el tercer domingo de junio. Les deseo un día muy feliz a todos los padres y les dedico este poema de Juan de Dios Peza:

MI PADRE

Yo tengo en el hogar un soberano
único a quien venera el alma mía;
es su corona de cabello cano,
la honra es su ley y la virtud su guía.

En lentas horas de miseria y duelo,
lleno de firme y varonil constancia,
guarda la fe con que me habló del cielo
en las horas primeras de mi infancia.

La amarga proscripción y la tristeza
en su alma abrieron incurable herida;
es un anciano, y lleva en su cabeza
el polvo del camino de la vida.

Ve del mundo las fieras tempestades,
de la suerte las horas desgraciadas,
y pasa, como Cristo el Tiberíades,
de pie sobre las horas encrespadas.

(más…)

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Roberto Daniel Giusti, fotógrafo argentino, utiliza la técnica del pixelismo fotográfico. Me pidió que le enviara alguna foto si quería que la transformara y le envié esta, me encantan los tigres:

Tigre

Y me la retornó gentilmente con este fascinante cambio:

Tigre pixelado

Las magníficas fotos de Roberto Daniel Giusti (Paraná, Entre Ríos, Argentina) con esta técnica pueden ser admiradas en:

Giustihttp://robertogiustigiusti.blogspot.com/

Artistas de la Tierra

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