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Posts Tagged ‘César Cando Mendoza’

Tus dos pies. Óleo sobre tela. Francisco Jiménez Berbell.

Palpa y no palpa con talones de cristal
la cerámica repujada  de oro,
la amante.
Danzan sus pies antes de  tocar el catre
donde su amante la espera
cualquier miércoles por la tarde.

El ritual de desnudarla ha comenzado:
la blusa anaranjada,
el pantalón de palma de la amante
caen vencidos;
el resto delegan al deseo. (más…)

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Cuando los viejos se cansen de hablar, un joven
le dirá a un viejo: «Háblame de esa dama
que terco en su pasión nos cantaba el poeta
cuando ya su sangre debiera estar helada por los años». William Butler Yeats

…Y  Milagro creó tu nombre Evelyn.
Debió ser un día
imitado de tu piel
donde las abejas dejaron
su cerveza encendida,
el viejo tronco de  hormigas
su líquida  esencia en tu cabello,
y  el ocaso de hilo de tabaco
en tus ojos (más…)

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Los que dices que te amaron
nunca cantaron a tus manos
porque jamás sintieron
la primavera de tu tacto de legumbre,
ni  sus pechos tuvieron
la calidez de las palomas
de tus manos. (más…)

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César Cando me hecho partícipe de este poema suyo:

Amor mío.
Tu ausencia no ha conseguido vencerme.
Sólo ha hundido su bisturí en mis ojos
negándome el sueño
y la luz de tus cabellos.
A tientas toco las cosas
y ellas reconocen mi tacto
como viejas raíces del fondo oceánico.
No necesito cayado.
Me basta un ápice de tu sombra
para guiarme como un camello.
Y si acaso me olvidas,
-vana aventura la tuya- (más…)

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Este poema me lo envió el autor. Gracias, César.

TAUTOLOGÍA

Manos dibujando. M.C. Escher (Maurits Cornelis Escher)

Así en la paz como en la guerra, amémonos.
Lo mismo en el aroma de eucalipto que ha cocido por la noche la mañana,
que en la explosión de la flor de granadilla.
Amémonos.
Atrincherados en el campo de batalla,
con la intermitente bocanada de luz,
dejemos nuestra piel izada en los cañones.
Amémonos.
Así en el agua como en el fuego.
Así en el pan como en el hambre.
Porque la vida y la muerte,
unidas por amor
en duelo permanente,
son un río que sube y baja a un tiempo.
Amémonos.
Así en el aleteo de la paloma
que presiente la guerra de un tsunami,
como en la paz de un gusano de seda
que teje días en el canto de los gallos.
Amémonos.
Es, en buen romance, una tautología.

(De Cuaderno filosófico)

Más de César Cando Mendoza, poeta ecuatoriano, en VerbiClara:
https://verbiclara.wordpress.com/?s=%22C%C3%A9sar+Cando%22

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El poeta Raúl Arias, miembro del movimiento tzántico, viene mañana a Cuba.  Su coterráneo César Cando Mendoza lo presenta:

RAÚL ARIAS, EN CUBA

raul-arias.jpg

Caricatura: César Cando.

En cuatro días más, Raúl Arias (Quito, Ecuador, 1943) visitará Habana, por sus propios medios, y sin intermediarios.
Extensa labor cultural, la de Arias, lo mismo sentado a la mesa de un bar, departiendo un café con humo de tabaco que de pie declamando poemas en la tarima improvisada de un barrio popular.
Viejo lobo de la pluma, cuando su primera etapa de creación escribió en la revista Pucuna (Nº4, Quito, abril 1964) el cuento Mariposa Negra, una suerte de autobiografía temprana, con la huella de Poe, donde aún persiste la penosa orografía del principiante que coloca en la mariposa malagüera  el presagio de la muerte de su tío enfermo. Sin embargo, en Arias no deja de divisarse los brotes poéticos del modernismo tardío: “Una pelusa pequeñita cruzó delante de mí y me agarré a ella tenazmente por un instante. Desapareció,  y el cuarto de colores de mi cerebro siguió inventando el mundo”.  A riesgo de equivocarnos, el cuento conlleva  simbolismo: la mariposa encarna la desilusión de vivir. La generación de Pucuna eligió “Saltar por encima de los montes con una luz auténtica, de auténtica revolución: y con una pica sosteniendo muchas cabezas reducidas”, como dice el primer manifiesto de los Tzántzicos (Pucuna Nº 1)

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El ecuatoriano César Cando Mendoza continúa enviándome sus memorias del XI Festival de la Juventud y los Estudiantes. Gracias, César.

REMINISCENCIA DEL XI FESTIVAL DE LA JUVENTUD Y LOS ESTUDIANTES
EN EL PARQUE DE DON ELOY ALFARO

fmje-112.jpgCansado de caminar. Mi camisa ya no daba más, mis pies tampoco. Senté mis posaderas sobre una banca dura de un parquecito, en Infanta esquina a 25.
El sol pegaba de frente. Lejos, el malecón estaba recalentado, y no había posibilidades de brisa. Un “pollito” cruzó por mi camino: miré su cabello anochecido; los calzones cortos doblegaron mi cuello. Pronuncié casi gritando: “El caballo en la montaña y el barco en la mar”.
Miré el reloj: “las catorce” -articulé, seseando-. Recordé entonces por no sé qué mecanismo mental, la novela El Acoso, de Alejo Carpentier, y relacioné por un instante el contenido de ella con las pugnas de estudiantes universitarios de los años setenta, en la vieja casona de Loja, al sur de Ecuador, donde un grupo de aventureros de gatillo alegre acribillaron a Vicente Yaguachi, un joven socialista que aspiraba a la presidencia de la federación, auspiciado por el frente de izquierda universitario.
Abrí la mochila del festival, y escribí en el diario: “Aquí luchó denodadamente
Rafael Trejo; aquí derramó su sangre por la nueva Cuba, cuando el Directorio
Estudiantil de los años treinta. Nada ni nadie lo detuvo en la jornada heroica contra la dictadura presidida por Machado”. Cerré la libreta, y me recosté sobre la hierba seca.  En ese instante constaté que estaba casi al pie de un monumento, levantado sobre un pedestal pequeño. No me llamó la atención porque en Infanta hay algunos de ellos.

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