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Posts Tagged ‘César Cando’

Conversación con el duende Raúl Arias a propósito de representar al Ecuador en la Feria Internacional del Libro en Cuba

César Cando Mendoza

I

Aquella tarde platicamos a la mesa de un bar. Dotados de júbilo por acogernos a ese derecho invocado  por los romanos, replicado por los occidentales y festejado a nuestro modo, el vino empezó a circular a dos manos, en tanto el tema apareció a flor de labio.

—¿De vuelta a Cuba? —le dije mirando sus espejuelos que en vano ocultan unos ojos pequeños, limpios y filosóficos, en ese orden.
—¿Cómo que de vuelta? Nunca me he alejado de Cuba. Siempre estoy con ella, en las buenas y en las malas.
—¿Tu interés de contactar con los cubanos comenzó por las noticias del Asalto al Cuartel Moncada?
—No. Fíjate que en ningún número de la revista Pucuna hay un comentario ni mucho menos relacionado con ese asalto al cielo. La desinformación cundía entre nosotros. Sólo después, con motivo de las venturas, aventuras y desventuras del caballero andante, más conocido como Che, salimos a las calles a protestar por el crimen de uno de los más grandes libertadores. La masacre que sufrió el Che y sus compañeros, en Bolivia, nos movió a releer los diarios. Y volver sobre la revista Bohemia de la época.
—¿Te refieres a un pasaje del reportaje venido a relato, en el que aludes a la oficina casi vacía, donde te esperaba un oficial del F2 de la DAS colombiana para interrogarte? (más…)

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Camilo Cienfuegos. Escultura monumental del artista de la plástica cubana Enrique Ávila.

Se cumplen 52 años de la desaparición física de Camilo Cienfuegos. Los niños llevan flores a los ríos y al mar, donde lo perdimos en un accidente del avión que lo transportaba. César Cando me envió este poema que pongo a disposición de mis lectores:

RETRATO DE CAMILO CIENFUEGOS

Nada más que su barba antillana,
nada más que su fusil bolivariano,
nada más que su estatura americana,
para hacer lo que Bolívar quería del cubano.

Nada más que su habano caribeño,
nada más que humo en su rostro espartano,
nada más que su cubano sueño,
para encender el corazón latinoamericano.

Nada más que de Cuba un soldado amado,
nada más que un hombre campesino-obrero
guiado por  Martí y Fidel en la alta Sierra.

Nada más que un Camilo con fusil al hombro,
nada más que un verso de Nicolás multiplicado
para construir con firmeza el socialismo  en la tierra.
César Cando Mendoza

Quito, tarde en el Panecillo

1997

Más poemas y artículos de César Cando:

https://verbiclara.wordpress.com/?s=%22c%C3%A9sar+cando%22

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El poeta César Cando me ha enviado este poema dedicado a Roberto Sosa, poeta hondureño fallecido recientemente. Gracias, César.

CUANDO MUERE EL POETA

Roberto Sosa

Homenaje al poeta Roberto Sosa

Solfea el río
en la melena del sauce distraído;
baja en jolgorio
bailando en los panes de piedra.

Declama el mar
de rodillas en la playa.

Ríe inclinado el sol
en las hojas de tabaco.

Cuando muere el poeta,
los pobres flamean
de este a oeste
al compás de un himno
de peces somnolientos.

…Y los pájaros
en saeta
cruzan borroneando un verso
en la piel del mediodía.

…Y el viento
es un trompo ahuecado
en la mano de un niño.

Cuando muere el poeta
la lluvia es un campanario
conversando
con un Dios dormido.


Vea además: ROBERTO SOSA: VIVO EN UN PAISAJE DONDE EL TIEMPO NO EXISTE. LUIS MANUEL PÉREZ BOITEL

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César Cando, desde Ecuador, me ha enviado este cuento. Por la humanidad y actualidad que tiene se lo propongo:

LA SANDÍA

Naturaleza muerta con duraznos


Rodó la sandía por el graderío del mercado; al chocar se dividió. Una baba sanguinolenta manchó el piso. Rosendo recogió los pedazos, y atribuyó este suceso dominical al prejuicio que lo encadenaba desde muchacho.
—Soy salado —dijo.
Regresó al depósito de sandías, y vio que su hijo Fidel no estaba. Gritó fuerte el nombre del niño hasta llamar la atención de la gente del andén. Corrió por doquier, preguntó desesperadamente, sin éxito. El niño había desaparecido, en menos de lo que la sandía cayó por el graderío.
Rosendo tuvo ataque de histeria. Ya no gritaba el nombre de su hijo, pedía auxilio por doquier. Sin advertir dejó la sandía destrozada sobre la mesa de un restaurante, y deliraba en el centro de la playa de estacionamiento.
Una mujer sesentona se ocupó de él, y sugirió que acuda a la primera estación de policía ubicada a tres cuadras del mercado. Rosendo no la escuchó. Temblaba.
Caminó diez pasos, y sintió que le faltaba aire. Tenía los labios secos y la saliva espesa. Un hombre con camisa blanca le dijo al oído: “Vaya a la cruz roja, en la
Alameda. Ahí depositan a los niños extraviados.” Rosendo seguía preso de pánico.
Pensaba dificultosamente en el rostro de Fidel: los ojos grandes, el cabello claro y
el saco rojo con rayas negras que tejió la madre.
El patrullero llegó. Bajaron dos policías. La gente curioseaba.
—¿Dónde lo extravió? —dijo, el gordo con gafas oscuras.
—En las sandías —contestó Rosendo—. En el puesto de sandías —insistió, con las manos aún en la cara.

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