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Posts Tagged ‘Concluso para sentencia’

Por Luis Machado Ordetx

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El poema resume una invitación, un viaje, un retorno a la tierra natal, como presagió Octavio Paz. La recurrencia es soplo de afinidad, de percepción exaltada y efusión sentimental en Concluso para sentencia, libro publicado por la Editorial Capiro (2010), perteneciente a la escritora villaclareña Iliana Águila Castillo.
La autora del poemario desarrolla el medio del verso libre para brindar una acumulación testimonial que transita desde la figurada imaginación hasta el instante que recrea el desenvolvimiento del hombre inserto en un fragmento de la realidad.
Ella, graduada en Letras por la Universidad Central de Las Villas, y con más de 25 años en el desempeño de asesorías literarias, describe, a partir de la confesión, el recuerdo próximo y la intimidad, un hallazgo por lo extraño en el latido de las tonalidades que ciñen las sensaciones contenidos en el murmullo de la gente.
De ese modo, y no de otro, se concibe el trazado del libro como una experiencia documentológica de supuestos delitos o infatigables querencias en medio de una fe particular que acecha al hombre en la revelación espiritual.    
Ahí plasmó la pasión por “Las Evidencias”; los “Presuntos Culpables”, y “Las Pruebas” finales exhibidas en torno a aquellos hechos devenidos en reflexión y argumento del contraste y la historia testimonial que recuenta desde la óptica de la poesía.
En la apertura del poemario, Águila Castillo expone que las mujeres “están bendecidas por el agua”, y al final del texto, rebusca la avidez inalterable de la existencia humana y su derecho a imaginar y procurar la esperanza sin límites de fronteras y tiempos.
Con sencillez expresiva, sin dejar de regodearse en el contoneo de los símbolos, los 40 poemas de Concluso para sentencia ofrecen un detenimiento contrastante que va desde el recreo al nada nostálgico universo familiar, el entorno citadino de una “Ciudad que regala a sus hijos / lo que le ha sido negado”, hasta adentrarse en los desafíos del aplatanamiento de un emigrante,  sin que por ello abjure forzosamente de la liturgia intrínseca por lo propio. Por eso dice con elegancia: “La vida se hace difícil para aquel que escribió mensajes / y el viento le devuelve sutilizas del idioma”. Hay una posibilidad, y la poetisa lo logra, por reconstruir escenarios despojados de la invención de un gesto falso y confesar tonalidades de la esencia humana: «les agradan las migajas, / así roban voluntad/ haciendo prevalecer la desdicha en sus víctimas.”
Descubre en lo observado la imagen precisa que denota una alegoría en el destierro del doblez de la palabra: Con esa particularidad el poemario  edifica un apego a la  servidumbre de la memoria mágica que se enfrenta a la soledad del hombre. En la búsqueda por los valores existenciales que la sustentan, resurge la comprensión de cuántas diferenciaciones y similitudes persisten en unos u otros semejantes.
Esa unidad de contrarios, del pasado que también es futuro, gravita en persistencia cuestionadora por el recuerdo, y en signo de querencia latiente, resucita un desahogo: “Alas tengo, / puedo volar sobre el olor a tierra / cuando cae la llovizna”, como el anunciante que luego del tropiezo retoña en otra vida.
Tal vez,  en palabras, en símbolos precisos, como gusta decir a la poetisa en ámbitos de opuestos: “Esta rueca que he llevado conmigo desde otrora / siendo vana me ha creado cicatrices”, y luego recalca en otros versos que “Esta muchacha seduce con su apariencia a la luna”. Hay un legado de inconfundibles apetitos hacia lo real y también a lo soñado, fundamento en que “He guardado mi cuaderno / para sacar a la luz los pasos que se me perdieron / y comenzar otra vez con un arma diferente”.
La poesía es creación, es equivalencia; acto de trasladar  sensaciones, y de involucrar la palabra con el ser que escribe; de ahí las revelaciones que logra Iliana Águila Castillo sin que impere el menor recato  por esconder las más o menos costumbres conmovedoras que dibuja en una “Oportunidad para obsequiar un ramillete de malvas”, y también en ciertos instantes en que “el diablo se acariciaba su glande, / [mientras] la noche y la niebla eran sus cómplices”.
Otros libros tiene la escritora en preparación; son versos negando a otros en cualidades, recursos expresivos y presunciones temáticas. Un revoloteo incesante cabalga en un fragmento, aunque sea diminuto, de la dialogante realidad en que se desenvuelve; por eso, ella desea en permanencia apresar un entorno  dispuesto “a sacar los demonios de tu cuerpo.”
Concluso para sentencia, primer poemario que entrega al lector gracias al sello editorial de Capiro, ostenta la ironía erguida; y la reflexión desborda por los cauces de su memoria. Esas dos cualidades  subyacen de un modo u otro en la reconstrucción de los escenarios que inundan los perímetros familiares, así como en las distancias geográficas. En todo el recurrido de de los versos hay un apego filial que se estrecha a un sujeto lírico en el cual “la nostalgia no tendrá en la casa / su refugio.”
Justo en el centro de esa óptica  descansa una realidad latiente y nuestra que, al breve paso, anda despojada de un andamiaje plano y horizontal, por que “Las letras escapan de un salto / cuando los dedos se agitan sobre el teclado” para alentarnos al disfrute y la comunión de sinceras palabras.

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