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Posts Tagged ‘Conspiración de la Escalera’

Plácido

Por Carlos Alejandro Rodríguez Martínez

Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, integra la primera generación de poetas románticos cubanos. Según algunos historiadores de la literatura, fue el bardo más divulgado durante el siglo XIX.

Dicen que Plácido gustó por igual a públicos cultos y populares. José Lezama Lima afirmó una vez que el vate romántico unía la espontaneidad y el refinamiento. Lo cierto es que improvisaba con pasmosa facilidad. Y aunque algunos críticos literarios intentaron demeritarlo aludiendo que escribía poesía por encargo, gozó del elogio de sus contemporáneos.

El autor de “Plegaria a Dios” mantuvo un vínculo especial con la región central de Cuba. Entre 1840 y 1843 viajó dos veces a Santa Clara, donde se convirtió en asiduo colaborador del periódico El Eco de Villaclara. En ambas ocasiones visitó Sagua la Grande, y por las menciones en sus poemas algunos investigadores también suponen que estuvo en Manicaragua, Remedios, Guaracabulla y San Juan de los Yeras. (más…)

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Por Juan Carlos García Guridi
Ilustración: Henry Hidalgo Rodríguez

En la calle habanera de Bernaza, el 18 de marzo de 1809, nació Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido). Desde el mismo nacimiento su vida estuvo signada por el infortunio: Su madre lo abandona cuando todavía no había cumplido un mes, su padre muere 10 años más tarde, y la peor de todas las desgracias, su condición de mulato lo haría víctima de una sociedad marcada por los horrores de la esclavitud. Su desdicha fue tal que acusado de formar parte de la Conspiración de la Escalera, es condenado a muerte con diez acusados más cuando apenas contaba 35 años. Fue ejecutado a las 6 de la mañana del 28 de junio de 1844.
ter2-10-pl.jpgNo obstante, su don para la poesía lo hizo acreedor de la admiración de la inmensa mayoría de sus contemporáneos y le garantizó un sitial junto a los inmortales del parnaso cubano. Se destacó tanto en la escritura como en la oralidad. Sobre el papel dejó poemas que lo colocan entre lo más notable de la lírica cubana de su tiempo: A una ingrata, Muerte de Jesucristo, La Fatalidad, Jicotencal, La flor de la caña, La flor de la piña, La flor del café o Plegaria a Dios, texto este último del que se dice fue improvisado por Plácido en el momento en que era conducido al cadalso.
Acerca de sus habilidades como improvisador mucho se ha redundado alrededor de las décimas que resuelve a partir de los pies forzados la campanilla de qué o besar la cruz es pecado, así como entorno a otras célebres improvisaciones suyas. Sin embargo, hay un hecho poco conocido del que Lezama nos advierte en una conferencia que impartiera a mediados de la década de 1960. Plantea al respecto: Plácido que en Santa Clara se encuentra nada menos que con Poveda, que es otro de nuestros grandes poetas populares, un maravilloso repentista. Y continúa: Debe de haber sido una gran fiesta prodigiosa en la sitiería, en los bailongos, en los guitarreos de nuestros guajiros, el encuentro de Poveda con Plácido…
Y tal especulación nada tiene de invento, o por lo menos, está bastante cerca de la realidad. En marzo de 1843 Plácido va a Villa Clara por segunda vez (ya había estado en 1840). Visita Sagua la Grande (Poveda vive en Sagua), Remedios y Cienfuegos, y sufre incluso, denunciado por actividades conspirativas una prisión de seis meses en la cárcel de Trinidad, hasta que en noviembre de ese mismo año regresa a Matanzas.
Pero vayamos a Calcagno, contemporáneo de los dos, quien aún cuando sabemos que fue bastante riguroso con Martí (dijo del autor de los Versos Sencillos: es lástima que guste del estilo ampuloso que a menudo lo hace incomprensible.), tuvo muchísimos aciertos.
Calcagno dice de Plácido que ya en el año 1826 es conocido como improvisador fecundo y fácil; y a Poveda lo define como improvisador bien conocido en nuestros campos mucho antes que el Cucalambé [ o Fajardo, que fue imitador suyo:] se le llamaba “El Trovador Cubano”.
Y dice más adelante que: La mayor parte de sus décimas son amorosas, y con lo que Poveda quiso seguramente, complacer con su voz y su triple, además de animar sus versos y extender su nombradía, desde el Almendares hasta el remoto Cauto o el Cuyaguateje.
Mientras en sus estudios sobre Cantares de Cuba, Ramón de Palma no vacila en llamarlo “el más famoso trovador de nuestros campos”.
Como todo indica, existen razones suficientes para creer que la controversia ocurrió. De ser así, estamos sin dudas en presencia de la gran “controversia del siglo ¡XIX!”, del primer gran suceso repentístico insular; singular antecedente de la que poco más de un siglo después desarrollarían de forma brillante en el Círculo de Artesanos, de San Antonio de los Baños y en el Estadio Campo Armada, de Lawton, Jesús Orta Ruiz (El Indio Naborí) y Angelito Valiente.
Pero además de Poveda, Plácido tuvo otro “contrincante”, un matancero llamado José Jesús del Ocio, pardo que adquirió gran fama de repentista. Según Calcagno sólo publicó una poesía (titulada El Francés), y lo demás que hizo fue competir con Plácido para divertir en reuniones y banquetes, donde improvisaba cada uno su décima, empezando cada uno por el último verso de la de su competidor.
Todo esto ratifica que es Plácido un exponente imprescindible de la estrofa que él mismo bautizara como “soneto chiquito” en Mi casa, una de sus poesías festivas; denominación nada descabellada si tenemos en cuenta que con su simetría, proporción y musicalidad la décima no solo ha emulado con el soneto, sino que, a la vez que nos ha cautivado, ha resistido el embate del tiempo.

El Habanero

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