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Es el nombre de un género que comprende las veintiocho especies de plantas vivaces de raíz tuberosa de la familia de las compositæ, oriundas de América Central y de México. (más…)

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Mi amigo argentino Horacio Ricardo Silva me envió este cuento que disfruté muchísimo, por lo que quiero también que mis lectores tengan esa misma oportunidad. Una historia cargada de fantasía y amor por los animales que no podía desdeñar porque los adoro. ¡Gracias, Horacio!

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Dhalia con chicos en el lomo, 1942.
Foto tomada de una publicación y enviada por Horacio.

LUX AETERNUM(1)

A Meca, que vive en el Río de la Plata y en mí.
A Haroldo Conti, cuyos relatos acompañaron mi adolescencia.
La división de Mastozoología, ubicada en el primer piso del Museo Argentino de Ciencias Naturales en Parque Centenario, era un lugar frío e inhóspito, donde rara vez llegaban los visitantes.
Entre los restos sombríos y polvorientos se destacaba la figura de un elefante embalsamado, cuyos ojos vidriosos —igual que la Gioconda—  provocaban el efecto de seguirlo a uno con la mirada por todo el recinto. Un cartel indicaba su procedencia: “Familia: Elephantidae. Orden: Proboscidea. Elefante de la India. Elepheas maximus. Distribución: Asia meridional y oriental, Cochinchina, Siam e isla de Ceilán. Pertenecen estos restos al elefante ‘Dhalia’ que durante muchos años vivió en cautiverio en el Jardín Zoológico de Buenos Aires”.
Camilo, un pibe de trece años, era uno de los pocos que se llegaban hasta allí. Dejaba la fascinación por los dinosaurios a los chicos de la primaria, que se divertían comparando a la maestra con el homo neandhertalis, o pegando chicles en las vértebras del Tyrannosaurus Rex.
De tanto ir al museo, Camilo se había hecho dos amigos: Sergio, el bibliotecario, y Haroldo, un empleado de maestranza que había sido durante muchos años guardián del Zoológico Municipal.
Solía visitar al viejo en su covacha, una oficinita mugrienta donde guardaba sus utensilios de limpieza y contaba viejas historias del Zoo, mientras cebaba mate.
Contaba, por ejemplo, cuando el rinoceronte Archibaldo arremetió contra las rejas hasta romperse el cuerno, atormentado por su reciente viudez; o cómo el cuidador Antonio logró que la mona Bobby —que se había escapado para mirar una carrera de ciclismo que se corría en la avenida Sarmiento— regresara a su jaula, simulando que la defendía de otro guardián que aparentaba atacarla.
O recordaba al director Clemente Onelli, que una vez consiguió a una mujer con el coraje suficiente para amamantar a un monito huérfano, y otra vez se trajo caminando desde el puerto a la recién llegada jirafa Mimí, que no cabía dentro de ningún vehículo.
Pero el relato que más le gustaba oír era el de aquel muchachito que se hizo amigo de la mangosta canina; y que un día, harto quizá de verla encerrada en una jaula triste, roñosa y solitaria, la liberó para fugarse juntos a un lugar donde no hubiera barrotes, guardianes ni amargura. Aunque todo eso terminó mal —la policía los atrapó y encerró a ambos—, estas historias le encantaban a Camilo, que no decía nada cuando el viejo Haroldo las repetía, olvidando que las había contado decenas de veces.
Su otro amigo, Sergio, solía darle charla y algún material sobre los animales favoritos de Camilo. Y no eran pocas las veces que éste se quedaba allí, hasta que las sombras de la noche indicaban que había llegado la hora de cerrar.
La vida del chico se centraba alrededor de esas delicias. Lo demás era rutina; ir a la escuela (donde lo único que valía la pena eran las clases del maestro Mostazo, que leía cuentos de Horacio Quiroga), llegar a casa y hacer los deberes. Y luego, nuevamente la entrada a ese mundo muerto de grandes saurios y aves, que alguna vez crepitaron de vida y hoy amontonaban polvo, delante de unos visitantes que miraban todo con cara de aburridos.
Una tarde de invierno, en que la lluvia hacía más lóbrego el lugar, sintió un sobresalto al mirar el elefante: le pareció percibir un levísimo movimiento en la quijada del animal embalsamado.
Con el corazón en un salto, miró fijamente la imagen: no notó nada extraño.
Pensó que sería su imaginación, ya fértil de por sí, y le restó importancia al asunto. Sin embargo, la impresión no le abandonó.
Desde aquella vez que le pareció ver al elefante moverse, Camilo empezó a tener pesadillas.
Un día soñó que era un animal enorme, y que corría a toda velocidad por una selva como la de los cuentos de Quiroga, huyendo de los cazadores.
Otra noche se vio embarcado en una jaula, rumbo a un país desconocido. Y una tercera vez, soñó que quería escaparse, arremetiendo contra los  barrotes como el rinoceronte Archibaldo.
—Demasiadas lecturas de la selva —sentenció su madre, agregando que si seguía imaginando demasiado, le prohibiría ir al museo a escuchar las tonterías con que ese viejo loco le llenaba la cabeza. Camilo decidió no hablar más de esas cosas.
Una tarde en que Sergio se quedó a hacer horas extras, el muchacho no se dio cuenta de que ya se había hecho noche cerrada. “Mamá me va a matar”, pensó, y saludando apresuradamente, salió de la biblioteca.
En su camino por los pasillos ahora oscuros, donde la penumbra destacaba con sombríos relieves las siluetas inanimadas para siempre, al pasar por Mastozoología creyó ver algo que le heló la sangre.
Dhalia había cambiado de posición, y lo miraba fijamente a él. Empalidecido por el terror, su mente giró entonces en un torbellino.
Como en los sueños, Camilo era el elefante. Estaba en el zoológico, frente al templo hindú. Su instinto salvaje le advirtió el peligro que representaban unos policías apostados alrededor de la jaula, armados con fusiles, que le apuntaban desde distintas direcciones.
Su enorme masa muscular se puso en extrema tensión. Sus ojos calcularon rápidamente la distancia que había entre él, la reja y esos hombres, y tomó la decisión de intentar escapar. Los amenazó irguiendo la trompa hacia el cielo, mientras emitía un profundo y gutural barrito, y tras ese preámbulo emprendió una feroz carrera hacia los barrotes.
El impacto fue tan tremendo que logró romper uno en la embestida. Aún atontado por el golpe, su finísimo oído oyó una voz seca; sus ojos entrevieron los fogonazos, y su rugosa aunque sensible piel sintió las mordeduras del plomo en un estrépito de truenos.
La sangre tibia manaba de su frente, y un furor sobrenatural lo invadió; fue entonces cuando un ser angelical se interpuso entre él y sus fusiladores, y comenzó a limpiarle la herida con suma dulzura y suavidad.
En ese momento se despertó entre los brazos de Haroldo y Sergio, que llegaron corriendo al escuchar sus gritos.
—¡Camilo! ¡Camilo! ¿Estás bien? ¿Qué te pasó, muchacho? ¿Qué tenés? ¡Sergio, traé un poco de agua!
El muchacho temblaba y sudaba frío. Con sus ojillos de animal asustado miraba alternativamente a sus dos amigos, hasta que al final los reconoció. Recién entonces pudo intentar explicar, entre incoherencias, lo que había vivido.
El rostro de Haroldo se tornó profundamente sombrío; y, acariciando a Camilo con la ternura de un padre, le habló con una suavidad desconocida hasta entonces:
“Yo quería mucho a ese animal porque era su cuidador, cuando trabajaba en el zoológico. Dhalia era amigable por naturaleza, y juntos solíamos llevar a pasear a los chicos encima de su enorme lomo. Cuando lo mataron pedí el traslado, porque no podía soportar su ausencia; y me trajeron aquí, donde está él.
“En la tierra natal de Dhalia, la India, los elefantes son sagrados. Los hindúes creen en la reencarnación; que al morir, el espíritu reencarna en otro cuerpo, para enmendar los errores que cometió en vidas anteriores. Pero para poder reencarnar es preciso que su cuerpo sea cremado, es decir, purificado por el fuego.
“Yo me siento en deuda con él, porque no pude evitar su muerte. Y siempre pensé que debía hacer algo para que pudiera reencarnar, pero nunca me animé. Soy viejo, y demasiado débil, o quizá cobarde. Pero la pena que tengo, me acompañará para siempre”.
Camilo escuchaba todo con profunda atención. Ya no temblaba, y su mirada había perdido ese destello salvaje, para adquirir una expresión de reconcentrada calma.
Cuando regresó a su casa tuvo que soportar un tremendo escándalo por la hora de llegada y, como su madre había advertido, le prohibió volver al museo mientras sea m
enor de edad:
—Mientras seas chico jamás volverás a ver a ese viejo loco, que quizá sea un degenerado. ¡Vaya una a saber con qué propósito te entretuvo hasta estas horas de la noche!
Desde entonces, no hubo alegría para Camilo. Todo en él era reserva y circunspección, hasta el punto de que sus compañeros del colegio preferían estar lejos de él, a quien miraban como a un bicho raro.
Sin embargo, seguía imperturbable. Siempre pensaba, y pensaba. Y cuando por fin llegó a una conclusión, no miró hacia atrás.
Una tarde a la salida del colegio, llamó a su madre para avisarle que se quedaba a estudiar en casa de un compañero que ella conocía, y que tal vez podría quedarse a dormir si se hacía tarde.
Luego se fue a caminar por ahí, para hacer tiempo. Se entretuvo mirando comics y manga en los puestos de Parque Centenario, hasta un rato antes del cierre del museo.
Entró aprovechando la confusión provocada por la salida de un grupo escolar, excitado y bullicioso.
Una vez dentro, se escondió en un cuartito en desuso que Haroldo le había mostrado; y allí se durmió, mientras esperaba que se hiciera de noche.
Cuando despertó, aguzó el oído para percibir cualquier síntoma de movimiento: no oyó nada y, empujando la puerta despacito, se atrevió a salir. Ocultándose como pudo entre las vitrinas, llegó finalmente a la división de Mastozoología.
Saludó a Dhalia con una ternura infinita, hablándole de las mil cosas que estuvo pensando todo ese tiempo, mientras sacaba de su mochila un gran frasco lleno de kerosén. Comenzó empapando la cabeza y los costados del animal, y con gran esfuerzo consiguió arrojar el líquido sobre su lomo, que no medía menos de dos metros de altura. En la tarea, torpemente efectuada, quedó él mismo rociado con el combustible, muy a su pesar. “Ahora sí que mi vieja me mata; con este olor en la ropa, no sé cómo voy a convencerla de que estuve estudiando en lo de Carlos”, pensó.
Cuando se vació el frasco sacó una caja de fósforos que llevaba en el bolsillo de su campera. Con las manos algo temblorosas, la abrió y tomó uno; y en ese momento, un grito lo sobresaltó:
—¡¡Camilo!!—
Miró hacia el costado, y vio al viejo Haroldo que le hacía señas desesperadas para que se detuviese.
—¡Camilo, por Dios, no lo hagas!
El temblor desapareció de sus manos. Miró al viejo y recién ahí supo cuánto lo quería, y cuánto quería a esa nostalgia de tiempos antiguos que él no había vivido, pero que sentía como propios.
Entonces, ante la mirada desesperada del viejo, sonrió levemente y prendió el fósforo.
Al día siguiente, los diarios titularon: “NIÑO PIROMANIACO MUERE AL PRETENDER INCENDIAR MUSEO DE PARQUE CENTENARIO”. Las radios y canales de televisión dedicaron sus noticiosos a resaltar la falta de valores de la juventud y la inacción del gobierno para prevenir este tipo de atentados, reclamando mayor presencia policial en las calles y una eficaz vigilancia en los lugares de reunión de los jóvenes.
La única excepción fue la nota que publicó un viejo diario anarquista, que no leyó casi nadie, y en la que un memorioso investigador transcribía algunos párrafos de La Nación, edición del 20 de mayo de 1943:

SACRIFICÓSE  A ‘DHALIA’, EL ELEFANTE DEL ZOOLÓGICO

Dhalia, el único elefante macho que había en el Jardín Zoológico, tuvo que ser ultimado a tiros.
El hecho ocurrió ayer, entre las 14 y las 15. Un piquete de la Guardia de Seguridad disparó 36 balazos contra el animal enloquecido. Fue como una cacería dentro de la ciudad, en la pequeña y urbanizada selva de Palermo, alborotada por el guiriguay de los pájaros y los chillidos de los monos.
Después de recibir el primer impacto en la frente, de la cual empezó a manar abundante sangre, los presentes vieron con estupor cómo su joven compañera, de nombre Cango, se cruzó en la línea de fuego tras arrancar unas matas de pasto con las que se puso a limpiar la sangre de la herida.
El oficial, azorado, ordenó alto el fuego; pero ese instante mágico fue roto por el mismo Dhalia, quien resuelto a huir de la ejecución, intentó salir por el hueco abierto en la reja.
Sonó otra vez la voz de fuego, y las descargas se sucedieron sin solución de continuidad, por espacio de una hora; fue entonces cuando el soldado J. Durán, campeón de tiro de fusil, disparó el tiro de gracia haciendo blanco mortal en uno de los ojos.
Cuando Dhalia por fin cayó lo hizo con estilo, doblando las patas, arrodillándose sin tumbar el cuerpo, como esperando la muerte con dignidad. Y así quedó, como si estuviera en actitud de reposo, frente al pabellón indio, entre los rugidos de las fieras, la algarabía de los pájaros y el griterío de los monos, que saltaban y aplaudían en la jaula, pues había terminado la función: la cacería improvisada en la ciudad.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Muchos años después, un joven elefante y su conductor atravesaban despreocupadamente las junglas del sudoeste de la India. A su paso, los sencillos pobladores de la aldea de Bhadravati, coincidían entre sonrisas al afirmar que nunca habían visto una amistad tan pura y simple, como la existente entre aquel hijo de Ganesh y el alegre cachorro de hombre que lo guiaba.
(1) Luz eterna, en latín.
(2) Las tres deidades más importantes para el hinduismo son Visnu y sus dos hijos, Brahma y Shiva. Este último tuvo con Parvati, su mujer, dos vástagos: Kartakaya y Ganesh. Debido a una confusión Shiva decapitó a Ganesh, quien protegía a su madre. El atribulado padre bajó a la Tierra, con la promesa de traer a su hijo la cabeza del primer ser que encontrara a su paso, que resultó ser un paquidermo. Su imagen se representa entonces como un hombre de gran barriga, cuatro brazos y cabeza de elefante; es el dios de la sabiduría y las letras, conocido también por su capacidad para remover obstáculos. Actualmente es la deidad más popular en la India y su hijos, los elefantes, son considerados sagrados por su origen divino.
Horacio Ricardo Silva, 17 de junio de 2005.

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Portada de Tardos soles que miroAsí se llama el libro del poeta Alpidio Alonso Grau —de Casa Editora Abril, La Habana, 2007—, al cual Noel Castillo dedicó el siguiente artículo en el número 27 de la revista villaclareña Umbral, que dirige Pedro Llanes:

PARADERO DE DALIA: de la tierra al sobresalto

Noel Castillo

Vuelve a enseñarle
el pecho a mi sombra
y no dejes que se agote en lo oscuro.

René Coyra

Hace unos años, cuando yo –por afán lúdrico y actitud irreverente- elaboraba los escalafones de la poesía villaclareña, Alpidio Alonso, ingenuo y cándido, me agradeció sorprendido el que siempre, sin excepción, lo colocara entre los diez primeros escaños de aquel movedizo listado. Si yo tuviera la misma energía de aquellas tardes, si me apresara aún el deseo de epatar o molestar, de arremeter contra los encasillamientos cimentados por el poder literario y el egotismo, volvería a hacer lo mismo. Para demostrarlo y hacer converger esos dos terrenos aparentemente marcados por fronteras (subjetividad valorativa y objetividad estadística, estratificación, pirámide a veces inalcanzable), que en verdad se difuminan en los criterios valorativos de la comunidad interpretativa, mostraría todos y cada uno de los textos que conforman Tardes soles que miro.

Contrariamente a lo que algunos piensen, el alejamiento del autor de los círculos de figuración literaria durante los últimos años, le ha hecho bien a su poética. Incontaminado, sin los estallidos teatrales que exhibieron los líderes de su promoción literaria, sin intentar sentar cátedra, estilo o escuela, Alpidio Alonso demuestra en esta antología su fidelidad a sí mismo, a su estro lírico, a los motivantes de los cuales arranca su deslumbramiento iniciático. De la misma manera que Feijóo al cual alude en muchos de los textos, el autor no puede dejar de evitar el detectar constantemente claves comunicativas en el paisaje, en esos pequeños momentos que hoja a hoja, rama a rama vertebran el árbol de sus soledades.

Yo soy el árbol
que me levanto
desde la tierra
a mi sobresalto
.

(Romancillo)

Leer sus más reconocidos textos, rumiados a lo largo de dos décadas, en forma de libro se me antoja otro viaje a la semilla. De tal modo el poema último, donde un hombre asaeteado por la nostalgia, desciende del tren en el apeadero de un pueblo ya para él fantasmagórico, no sabe a patético final sino a inicio de lo inanimado, entrada en el terreno atemporal del figurar poético, pago a la diferencia del ser sensible. Dicho espíritu recorre el cuaderno, así lo advierto: tres de los versos me otorgan la clave como lector.

Yo era una vez el mar y su balada.
Sí. Y el alba.
Hace tiempo.

(Canción del mar)

Esto es: alta potencialidad del yo, raigalidad sin estridencias, nupcias nada místicas con la naturaleza, en el mejor sabor de los románticos del XIX. Inasibilidad del sujeto lírico, que se torna modoso en sus giros conversacionales, pero a la vez contundencia desde la modestia, juegos de planos temporales, escritura desde la atemporalidad poética.

Hace tiempo conozco al autor, no importa que se trastoque en el mar o la balada, que acepte o no las posturas a que lo someta la consecución de un texto (ardua tarea de estos días), su escritura me convence por encima de modismos o los patrones impuestos por premios y publicaciones. Ora en las formas clásicas, ora en verso blanco, ya en los poemas minimals, ya en los de aliento enfático hermoseados por el tono ético, incluso en los que pretenden descentrar la anécdota para tornarla motivante esencial y trascendente, Alpidio Alonso confirma la valía de sus cuotas líricas.

El viejito que vende
junto a la gran pared
los gallitos de alambre
y plumas de colores puede
-y esto es el colmo de la gloria-
depositar en nuestro corazón
las prendas de su ingenio
y hacernos creer, con todas las de la ley,
que en verdad asistimos
a la ceremonia de los soberanos.

(Instantánea)

Ciertamente, como señala el editor en la nota de contraportada, el autor se debate entre un pasado inmenso y un presente diminuto. Pero recordemos que asistimos a un viaje otro hacia la raíz seminal. El autor transita pues desde la pequeñez de este tiempo, de esta abulia que embota los sentidos, hacia la inmensidad de un pasado que no es solo la tradición poética insular, sino también la amalgama de afectos de la infancia, las figuras imaginadas en el paisaje, la luminosidad que ciega el ojo siempre niño del autor.

Quien oye del pájaro el grito,
huye del árbol rojo.
Del árbol rojo
sube a la nada el pájaro
por una escalera de sangre.

(Libro del viento)

Queda al lector confirmar o no la valía de este viaje a la raíz del árbol, tornarse partícipe de tan sincero acto escritural, asombrarse por su diversidad de tonos y formas, para nada desestabilizadora del todo pretendido. El autor, conciente de la despersonalización a que nos somete el acto creativo, de las muchas pérdidas que provoca en el ser, de cierta forma agradecerá nuestra condición de escrutadores, nuestra mirada alerta.

Debo mis alegrías a ese reto.
Si lo encuentro, rendida mi tarea,
habrá empezado entonces el olvido.

Noel Castillo, (Perea,1968): Licenciado en Letras por la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas. Poeta, narrador y crítico. La Editorial Sed de Belleza publicó en 2006 su poemario Skating.

Alpidio Alonso Grau (Dalia, Venegas, Santi Spíritus, 1963). Ingeniero eléctrico. Poeta, editor y crítico. Es miembro de la UNEAC. Ha publicado los poemarios: La casa es como un árbol (1995), Alucinaciones en el jardín de Ana (1995), El árbol en los ojos (1998) y Ciudades del viento (2000). Poemas suyos se incluyen en diversas antologías de poesía cubana. Ha colaborado en prestigiosas publicaciones de Cuba, España, México y Honduras. Ha dirigido proyectos de promoción cultural como la editorial Sed de Belleza y a revista Dédalo, además de fundar hojas literarias y espacios radiales dedicados a la literatura.

Tomado de Sentado en el Aire

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