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Voltus V

Por Laura Lyanet Blanco Betancourt

No hay un paquete audiovisual semanal sin, al menos, diez GB de animes, esos dibujos animados de origen japonés con personajes de ojos grandes y vestuarios extravagantes. Un alquilador de discos «que se respete» tampoco excluye de su colección los DVD de Naruto, One piece, Death Note, por solo citar algunos ejemplos. Ninguna de estas series resulta exclusiva al público infantil. Las hay de todos los colores y para todos los gustos, con temas que comprenden desde el existencialismo filosófico o el discurso político contemporáneo hasta historias de una marcada carga erótica.

Gozan de tanta aceptación que, incluso, han cambiado la percepción de los receptores respecto al país de origen. Para muchos, Japón dejó de ser la tierra de los samuráis de Akira Kurosawa y se convirtió en una especie de Anime-landia.

LA HISTORIA

La mayoría de las series animadas japonesas provienen del manga o historieta, una modalidad gráfica muy difundida en ese país. En 1989 casi el 40 % de las publicaciones impresas en Japón pertenecían al cómic, que le transfirió al anime la característica de un singular fenómeno de masas.

En Cuba, las películas resultaron los primeros muñes nipones en transmitirse. Voltus V, El pájaro de fuego, Cyborg 009 y otros largometrajes llegaron a los cines con el doblaje de prestigiosos actores locales como Rudy Mora, Frank González y Pedrito Silva.

La televisión nacional optó por abrirse a los muñequitos seriados japoneses en la segunda mitad de la década de los 80. Por esa época entusiasmaron al público facturas como Mazinger Z, Los Caballeros del Zodiaco y La Princesa Caballero.

Sobre estos dibujos, el escritor cubano Leonardo Gala Echemendía escribió en un artículo publicado en la revista La Jiribilla:

«Alejados tanto del realismo socialista subyacente en los ‘‘muñequitos rusos’’, como del happy end a ultranza de los ‘‘muñequitos americanos’’ de antes de la época revolucionaria que se exhibían por entonces, estos animados llamaban la atención por sus personajes de apariencias generalmente occidentales, por el buen trabajo de doblaje de actores nacionales, y por la forma en que podían encontrar un momento para transmitir valores positivos a los más pequeños, como la solidaridad con los más débiles y los más viejos, el trabajo en grupo, la perseverancia y el premio al esfuerzo».

Justo cuando más «animado» estaba el público cubano, llegó el período especial e impuso en la televisión el tedioso método de la reposición. Volvieron a la pantalla chica las series asiáticas pasadas, aunque también se estrenaron otras como Ángel, la niña de las flores, Capitán Futuro y Los Gatos Samuráis.

Esa etapa, que coincidió con la explosión global de los dibujos animados nipones, permitió identificar rasgos físicos, vestuarios, encuadres, movimientos y argumentos comunes a todos. Reforzó la percepción del anime en calidad de estética de diseño, más que de producción audiovisual en sí.

CONCEPCIÓN ESTÉTICA

Las series animadas japonesas se dibujaban a mano. Aunque algunos realizadores todavía emplean esta técnica, la mayoría prefiere la comodidad y dinámica digitales.

Entre las características que tipifican al anime como línea estética aparecen, en primer lugar, sus personajes de rostros hexagonales, ojos grandes de colores tan inusuales como rojo o morado, cabellos de variadísimas formas y tonalidades, y cuerpos generalmente esculturales.

Sus estados de ánimo se representan con expresiones exageradas, en ambientes estáticos que potencian la atención hacia el protagonista de la escena. Tales rasgos se perfilan mejor en los animes de más reciente factura: Yu-Gi-Oh!, Doraemon, Bleach y Hunter X Hunter.

Resultan distintivas, además, las historias fantásticas, con preferencias por la robótica y la mitología asiática. Comunes también son los animales mutantes y personas con poderes mentales.

Los argumentos de las series suscitan los más disímiles comentarios. Para Claudia Martínez, estudiante de preuniversitario, «las historias se vuelven monótonas o repetitivas, con el amor y la venganza como principales incentivos. De poco vale un producto visualmente atractivo si no comunica nada nuevo en sus centenares de capítulos», y ejemplifica con Astro Boy, Full Metal Alchemist o K-on.

Ernesto Andújar, joven universitario, critica los contenidos violentos de los animes, y los iguala a «la clásica película estadounidense de acción, con escenas eróticas y toques de humor, solo que hecha por japoneses y como un dibujo animado».

Yandrey Lay Fabregat, periodista, no deja de reconocer el tono simplista de algunas series. No obstante, reconoce el fuerte contenido emocional de otras entregas, la constante referencia a valores como la solidaridad, la honradez, el espíritu de sacrificio, y el profundo debate psicosociológico y filosófico incluido en la construcción de personajes y tramas.

Varios padres entrevistados también consideran este tipo de productos como más complementarios para sus hijos pequeños, pues los entretienen y, a la vez, los educan en el respeto a las personas mayores, la amistad, el esfuerzo por alcanzar sus metas.

UNA MIRADA CUBANA

Unos mejores, otros peores, los animes ya se han ganado un puesto entre las preferencias del público cubano. Varios críticos han reconocido su influencia en creaciones nacionales como Nené traviesa o Yeyín y el cazador androide. Incluso, no ha faltado quien identifique las facciones y modas de los personajes manga con los hábitos de la «tribu urbana» de los emos.

Más allá de cualquier estereotipo, su aceptación tiene respaldo en la parrilla de la televisión y en los pendrives y computadoras de los experimentados receptores. Internet sirve de soporte a publicaciones digitales cubanas de ciencia ficción como Qubit, Disparo en Red y Onírica, que promocionan obras nacionales dentro de la línea del manga y el anime. También jóvenes realizadores del Icaic reinterpretan la estética del animado japonés en proyectos independientes, con el objetivo de ganar mercado en el escenario internacional.

En Villa Clara, poco a poco, se abre paso el proyecto Tsunami Todoketai (Ola de buena suerte), integrado por un profesor universitario y dos estudiantes de Arquitectura. Su objetivo: promover la cultura japonesa, y sus historietas y audiovisuales como expresiones más representativas entre el público adolescente y juvenil del territorio.

Orlando Miguel Martínez, uno de los miembros, opina que estas manifestaciones son útiles para «fomentar el conocimiento sobre un país y el acercamiento a las creaciones nacionales de ficción, tanto en la literatura como en los dibujos animados, siempre desde una perspectiva autóctona». Comenta, además, la necesidad de ampliar los eventos relacionados con el anime y el manga en el país.

«En nuestra provincia, la Asociación Hermanos Saíz nos ha ofrecido un apoyo invaluable, pero no hay una orientación coherente al respecto entre todas las instituciones culturales cubanas y los medios de comunicación. Desde la Vitrina de Valonia, biblioteca habanera especializada en historietas, se impulsan concursos e intercambios acerca del tema, aunque el programa aún está muy centralizado.

«La televisión, por ejemplo, exhibe los productos más comerciales y, por lo general, de menos calidad entre todas las series niponas. Eso origina opiniones negativas del público hacia el anime, pero basadas en el consumo de una serie específica».

Los niños no resultan el único segmento de público concebido por las grandes industrias del anime y el manga. Sus producciones abarcan amplias y variadísimas audiencias, cuestión a veces descuidada en la cartelera televisiva, al transmitir series juveniles en un horario y programación previstos para infantes.

La exposición inadecuada o el desconocimiento no pueden conducirnos al rechazo de un fenómeno cultural de tanta repercusión mundial. La técnica, aconsejan los consumidores más avezados, radica en saber seleccionar las propuestas de mayor calidad entre tanta abundancia. Captar el mejor discurso, ese que nos aleje de la crítica injustificada y nos acerque al fantástico e instructivo mundo del animado japonés y su concepción estética.

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Visitando Cubasí encontré un artículo con un tema muy debatido: los muñequitos rusos. En los comentarios había detractores, pero muy pocos, la mayoría los recuerda con una mezcla de alegría y nostalgia. Como aprecio los materiales que aboguen por la educación de los niños, y este es el caso, y la mayoría fueron impresos en libros, aprovecho que la Feria Internacional está dedicada a Rusia, para proponerles a mis lectores:

HOMENAJE A LOS MUÑEQUITOS RUSOS

Por Lester Vila Pereira

LA PASTORA Y EL DESHOLLINADOR

Recuerdo que cuando era niño, sentarme a las seis de la tarde frente al KRIM 218 de mi casa era un rito inviolable. Uno llegaba de la escuela y se olvidaba de las tareas del día, de cualquier responsabilidad, porque por delante, en la pantalla de televisor ruso, teníamos una hora de dibujos animados o, lo que es lo mismo, de muñequitos. Aquella era prácticamente la única ración de animados que nos tocaba al día y por eso teníamos que aprovecharla. Vivíamos la época, aún no lejana, en la que la televisión nacional contaba solamente con dos canales, el seis y el dos, y todas sus realizaciones resultaban tan empíricas que tal parecía que en la TV cubana se reinventaba el arte televisivo día tras día. Éramos aliados de los países del campo socialista y estos, a cambio de toneladas de azúcar, nos inundaban —en el buen sentido de la palabra— con una producción variopinta de cualquier cosa: lo mismo nos llegaba una fábrica de conservas, que perfumes, juguetes infantiles, libros, diseños de edificios, botones, muebles, etc.; y, por supuesto, los dibujos animados para los niños no se quedaron fuera de esta colaboración.

MUCHOS DE ESOS FILMES VENÍAN AVALADOS POR IMPORTANTES PREMIOS INTERNACIONALES

Muñequitos rusos fue la forma en que los cubanos acuñamos a toda la producción animada exhibida para los niños en los años del 70 y 80 del siglo XX, procedente de varios países del área socialista, no solamente de la Unión Soviética. Había muñequitos de todos los tipos y para todas edades y parecía no existir un concepto de selección etaria a la hora de armar las cuñas animadas. Allí se mezclaban peliculitas pensadas para niños de preescolar con verdaderas obras del arte de la animación europea, concebidas para todos los públicos y que por su corta duración también eran exhibidas en estos espacios. Muchas de esas películas animadas venían avaladas por premios ganados en festivales internacionales.

ME LAS PAGARÁS

Había “muñequitos rusos” de Checoslovaquia, Rumanía, de la Alemania Democrática, dedicados en su mayoría a niños de corta edad. Ahí estaba la serie del conejo de largas orejas de tela cuadriculada, que volaba a la ciudad para resolver entuertos  divisados con su catalejo desde la chimenea de su edificio. O las aventuras de Rosita, una extraterrestre de pelo alborotado que dormía desnuda sobre una nube galáctica, cuyas aventuras en la tierra terminaban, invariablemente, con el regalo de una rosa. Koleko y Mur, los polacos Volka y Lolka y el perro Rex siempre estaban metidos en problemas diferentes que no siempre lograban vencer. De la Unión Soviética era los episodios del cocodrilo Gueena y Shuburaska, un tierno animalito de especie indefinible, convertido hasta hoy en uno de los iconos infantiles de más permanencia de Eurasia. También soviéticos, ¡Me las pagarás! o ¡No escaparás! , pero más conocida aquí como ¡Deja que yo te coja!, fue una serie animada tan conocida en el mundo que hizo rico a su creador. La pareja rusa del lobo y la liebre, otro ícono de esa sociedad, le debía mucho a la tradición de animados americanos de gags, como los cortos de Donald, Pluto o Tribilín de la Disney, o los de Bugs Bunny y el Pato Lucas de la Warner Bros.

LOLEK Y BOLEK

Ladrones de colores en el que dos tubos de pinturas se disputaban el amor de un tercero, femenino y dulce. Uno de los pretendientes, el villano color negro, raptaba a la doncella, y con sus secuaces ennegrecía a la juguetería en la que vivían todos. Los colores y los juguetes se unían y luego de una agitada batalla lograban vencer al enemigo. Por la causa justa y común, la pareja protagónica se sacrificaba para terminar de colorear el mundo de todos.

LA FANTASÍA MANABA LIMPIA, DESDE SUS ECOS ANCESTRALES

Las películas que versionaban leyendas populares o cuentos de hadas estaban entre las mejores. Los niños de esos años tuvieron la oportunidad casi diaria de asistir a versiones fílmicas, de atendibles valores estéticos, de historias de arraigada ascendencia popular. La necesidad de mantener vivos a los auténticos cuentos de hadas, imprescindibles para desarrollar el sentido poético en los niños, tuvo en estos dibujos buenos embajadores. En ellos la fantasía manaba limpia desde sus ecos ancestrales, lejos del mundo pseudofabuloso, de fantasía forzada y mal entendida, que persiste en productos de chatura pequeño burguesa como la saga de las Barbies, en los que la fantasía se distorsiona de manera consciente.

EL ANTÍLOPE DORADO

Pulgarcita, La princesa Rana, Plumita de oro, El antílope dorado, los realizadores sortearon el riesgo que entraña el mundo de las hadas, y cuidaron que la historia fuera el eje mismo de las películas, y no la justificación para desarrollar un concepto estético que sustituyera a la belleza por lo “lindísimo”, por el embellecimiento ramplón y engañoso. En la versión de 27 minutos de La pastora y el deshollinador, desde cierta abstracción, se recreaba un mundo decadentista reconocible, realista, con elementos del teatro de siluetas, con ecos de la comedia del arte y el melodrama teatral, a partir de una historia de Andersen sobre el amor, la libertad y la frivolidad. En El maestro de la Malaquita, basado en una leyenda de los Urales, una campesina trataba de recuperar a su novio, un joven alfarero secuestrado por la reina de la montaña. Los valores de la animación, de los efectos visuales, la música, hicieron de este corto una pequeña joya del cine de dibujos animados.
Muchos de estos muñequitos nos conmovían, eran tristes hasta las lágrimas, y por eso los rechazamos en su momento. Después de crecidos, luego de haber vivido nos dimos cuenta que, muchas veces, esa tristeza era señal de la vibración emocional que causaban en nuestro subconsciente infantil, la suma de todos los valores artísticos y humanos expuestos en aquellos materiales, valores que quedarían en nosotros como un sedimento vital. La calidad de las animaciones, los evidentes referentes culturales, el uso del color, de los efectos ópticos, fotográficos, dotaban a estos muñequitos de una depurada calidad artística que, de alguna forma, afinó nuestro gusto estético, cinematográfico; las bandas sonoras de estas peliculitas, apoyadas en el abundante y melancólico melodismo de esas tierras, se fijó en la mentes de muchos y lograron que, muchos años después, más de uno sienta una indefinible nostalgia cuando escucha una pieza de Glazunov, Shaicovsky o Jachaturián.

PROFESAMOS POR LOS MUÑEQUITOS RUSOS UNA AÑORANZA COMPLEJA

Aún así, ahora profesamos por los muñequitos rusos una añoranza compleja, un extraño sentimiento debatido entre un amor profundo y un odio infantil, fuerte y directo. Además de sus virtudes, algunos de ellos también eran defectuosos, lentos, rústicos y aburridos, y llegaban a ser realmente insoportables para nosotros. A casi todos los mirábamos con hastío porque, por una pobre labor de programación, nos bombardearon con los mismos filmes durante años, y no tuvimos opción. Pero, por eso, ahora están presentes cuando miramos a nuestra infancia; ahora son parte inseparable de nuestra memoria. Hoy los muñequitos rusos no valen solo por sí mismos, sino porque con ellos regresan a nosotros todos los recuerdos perdidos, nuestros patios de juegos o las casa donde vivimos; ellos traen los sustos, las alegrías y lágrimas de aquella época; nos regresan de nuevo a nuestros padres como eran por entonces, y a los almuerzos que nos hacían nuestras abuelas. Cuando volvemos a ver un muñequito ruso casi se despierta en nosotros el sentimiento de paz que nos embargaba los sábados por las mañanas, lo más cercano a la felicidad, emoción que nunca será recuperada.

LA PRINCESA RANA

Realmente, el tiempo ha pasado volando. Los niños cubanos que en los años 70 y 80 nos sentábamos frente a los televisores para ver los muñequitos rusos hoy tenemos más de 30 años y nos va quedando menos inocencia. Ahora con los soportes analógicos, todo es rescatado, cualquier cosa parece posible. En un mundo diferente, las películas de animación del antiguo campo socialista se han ido convirtiendo en obras peculiares para los coleccionistas de occidente, y han saltado de sus gastados celuloides a los flamantes archivos digitales. Ante esta realidad, muchos de nosotros hemos corrido a buscar y acopiar todos los viejos dibujos, como si la posesión material de estos recuerdos de papel y color, nos ofreciera la mágica posibilidad de recuperar la infancia que se marchó para siempre.

 

Para descargar muñequitos rusos en:

http://www.taringa.net/posts/animaciones/5681642/MegaPost-de-Munequitos-Rusos-_Dibujos-Animados-Sovieticos_.html

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