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Centroamérica, no Centro América

La forma adecuada del nombre de la parte del continente que incluye a los países ubicados en el istmo centroamericano es Centroamérica (o América Central) y no Centro América ni Centro-América.
Sin embargo, en algunas informaciones se ha detectado el uso de la forma Centro América en vez de Centroamérica: «La desnutrición infantil en Centro América es del 19 %» «Se intensifica la guerra contra el crimen en Centro América» o «Adquirían la cocaína en Centro América».
Tal como lo señala el Diccionario panhispánico de dudas, el término Centroamérica se escribe en una sola palabra puesto que el primer término se comporta en este caso como un prefijo. (más…)

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balon.gifLa Fundación de Español Urgente BBVA ha recogido algunos de los errores más comunes al escribir sobre fútbol. La Fundéu destaca principalmente el uso inapropiado de expresiones españolas y el abuso de extranjerismos. Lo ha recopilado todo en una lista de 16 consejos.

1. Stage. Fundéu explica que es más adecuado escribir “concentración de pretemporada” o “etapa de preparación” en lugar de “stage”.

2. Los onces iniciales. Se dice “el once inicial” y “los onces iniciales”, pero no “los once iniciales”. Debe haber concordancia de número entre los cardinales y el sustantivo.

3. Mediapunta. Es una sola palabra compuesta cuando se refiere al jugador, pero se debe escribir separado si se refiere a la posición.

4. Córner.  Lleva tilde en la o y su plural es “córneres”.

5. Penalti. La pena máxima se escribe así, terminada en i latina. Su plural es “penaltis” y no es correcto escribir “penalty”, ni “penalties” o “penaltis”.

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En mis 14 años de correctora del periódico Vanguardia, de Villa Clara y radicado en Santa Clara, he tenido no pocas discusiones con algunos periodistas en cuanto a la forma de expresarse en sus trabajos. Por eso cuando leí este artículo de María Luisa García Moreno en el sitio de Cubaperiodistas, no dudé en publicarlo en VerbiClara. Es una forma más de salvar nuestra lengua española, tan rica y cosmopolita.
EL CASTELLANO SIN PUJOS NI REMILGOS

Retrato al óleo de José Martí, del pintor sueco Herman Norman (1891)

Quien como periodista supo crear una prosa florida y galana, fue también capaz de reflexionar acerca del uso de nuestro idioma en la prensa de su tiempo y esas sabias reflexiones pueden hallarse en “El castellano en América”, artículo periodístico de nuestro José Martí, que hasta hoy no parece recogido en sus Obras completas, aunque fue publicado en La Nación, de Montevideo, el 23 de julio de 1889.
A pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, “El castellano en América” constituye un texto pleno de vigencia, un llamado a la utilización de toda la riqueza semántica y expresiva de un idioma que se extiende por medio mundo.
Narra en él Martí, la anécdota “de cierto director de diario”, quien “cada vez que le llegaba un aspirante con deseos de escribir en su periódico, le mostraba una pizarra” llena de vulgarismos y muletillas: probar el aspirante que era capaz de escribir sin utilizarlas era la prueba de admisión. Y, de inmediato, la valoración martiana: “Algo así pasa con muchos periódicos de nuestros países; llenos de noble juventud y excelente intención, pero donde se habla una jerga corriente, y desluce con modismos bárbaros y acepciones inauditas un párrafo bello o una idea feliz”. Triste es decir que la situación no ha cambiado mucho desde entonces y que los diferentes medios de prensa de nuestro país —y del resto de los países hispanohablantes, supongo— están plagados de vulgarismos y errores.
Es cierto que la premura con que se hace un diario o la inmediatez de la radio y la televisión, generan esos errores. Es cierto que por cada error hay decenas de páginas o elocuciones limpias y hermosas… Es cierto también que errar es humano; pero nada de eso justifica la tendencia al disparate. A los comunicadores nos toca, por la enorme fuerza que tienen los medios comunicativos, decir con Martí:
“Y la lengua que se habla debe hablarse como lo manda la razón, y como sea la lengua, por lo mismo que se pone uno la ropa a su medida, y no a la del vecino, con el pretexto de que todo es ropa. Ni cuando se escriba una carta se la llena de borrones, porque como quiera es carta. Ni el que ostenta un jarrón en su juguetero, lo tiene de loza burda y mal cocida, cuando lo puede tener de fino Sevres. Pues, porque se llevan zapatos, ¿hay razón para poner la gala en llevarlos rotos?”.
Y añade nuestro Apóstol:
“Se ha de hablar el castellano sin pujos ni remilgos […] ni novelerías innecesarias, que ponen al español pintarrajeado y tornadizo, como un maniquí de sastrería. El que se atreva con sus elegancias —continúa el Maestro— háblelo con ellas, que no es pecado hacerse los pantalones en lo de Pool —sastre famoso—, en vez de comprarlos hechos a molde, rodilleros y bolsudos, en el Bon Marché —famosa tienda de París, cuyo nombre significa ‘barato’—; ni una mujer es menos bella y virtuosa porque le corte un traje Félix que porque se lo ponga hecho una infelicidad la madama de la esquina.
”Pero no se ha de poner el español, so pretexto de elegancias, entretelado y lleno de capas lo mismo que las cebollas; ni, so pretexto de libertad, se le ha de dejar como payaso de feria, lleno de sobrepuestos y remiendos en colorín que no sea suyo, usando las voces fuera de su sentido, o traduciendo malamente del francés e inglés lo que de sobra hay modo de decir con pureza en español o inventando verbajos que corren a la larga entre la gente inculta […]”.
Y he aquí, que el texto martiano enuncia tres importantes ideas: la primera, relacionada con la elegancia del lenguaje… ¿por qué, para ponerse a tono con quienes le rodean, ha de expresarse con vulgarismos y chabacanerías quien es capaz de la más refinada elegancia? ¿Por qué alguien debe aparentar menos cultura de la que tiene…? Siempre recuerdo las palabras de otro grande de las letras, el poeta español Antonio Machado: “Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra”. Y ¿por qué —pregunto yo— con el pretexto de escribir para el pueblo, de ser popular, ha de irse hacia abajo?
La segunda, relacionada con las traducciones… ¿se ha fijado usted la fuerza que tiene el criterio de respetar la ortografía o redacción de una cita? Yo no lo comparto. Creo que todo lo que puede arreglarse, ha de arreglarse, y que eso no implica falta de respeto ni mucho menos. ¿Por qué continuar divulgando una mala traducción o un error? O ¿por qué usar de otro idioma lo que el nuestro tiene en abundancia?
La tercera se refiere a “los verbajos” de la gente inculta. ¿Se ha percatado usted de esas frases que repiten los humoristas, que son tan habituales en la música bailable…? Con todo el respeto que merecen las muchas excepciones que existen tanto entre nuestros humoristas como entre nuestros músicos, es este un tema donde hay mucha, pero mucha tela por donde cortar. Soy de las que creen que hay ejemplos que no son precisamente cultura y que nuestros medios de comunicación debían velar con mucho más cuidado por estas cuestiones.
El interesante artículo de Martí, continúa así:
“Cada asunto requiere su estilo, y todos concisión y música, que son las dos hermosuras del lenguaje. En lo ligero, por ejemplo, está bien el donaire, que huelga en la historia, donde cada sentencia ha de ser breve y definitiva como un juicio. El orador, que marcará a los bribones con su palabra candente como se marca a las bestias en la tribuna política, moderará la voz en una reunión de damas y les hablará como si les echase a los pies flores.
”El periodista que en una hora desocupada deja correr la pluma a vagar, suelta por entre margaritas y ojos de poetas, la embrazará con lanza, y montará en el caballo de ojos de fuego cuando le ofende una verdad querida el periodista enemigo, o como maza la dejará caer sobre los tapaculpas del tirano”.
Con certeras y plásticas palabras, Martí explica que es necesario ajustarse al contexto y que debe notarse la diferencia de intención entre un texto histórico —o científico, podría añadirse— y un texto poético. Pero, sobre todo, hace un llamado a la sencillez, a la precisión y a la elegancia del lenguaje:
“[…] El modo de limpiar el lenguaje, y armar guerra mortal contra el hipérbaton que lo tortura, no es poner una barbarie en vez de otra, ni reemplazar las muletillas, volteretas y contorsiones académicas con voces foráneas que sin mucho rebuscar pueden decirse en castellano puro, o con verbalismos de jerigonza, usados y defendidos por los que creen que para ser obreros en piedras finas no hay como no aprender jamás a lapidario.
”La ignorancia crea esa jerga, y la indulgencia la acepta y perpetúa […]”.
Resulta lamentable que este texto no esté precisamente entre lo más conocido de la obra del Maestro, cuando su mensaje resulta tan importante para todos los hispanohablantes. Es muy posible que no podamos averiguar quiénes eran los sastres o modistos famosos que menciona en sus imágenes, pero eso no oscurece el texto, porque sus ideas esenciales están claras, para ayer y para hoy.
“Acicalarse en exceso es malo, pero vestir con elegancia no. El lenguaje ha de ir como el cuerpo, esbelto y libre; pero no se le ha de poner encima palabra que no le pertenezca, como no se pone sombrero de copa una flor, ni un cubano se deja la pierna desnuda como un escocés, ni al traje limpio y bien cortado se le echa de propósito una mancha.
”Háblese sin manchas”.
“El idioma nacional —como reza un antiquísimo proverbio ruso— es una bandera que la Patria sigue”, es identidad y es esencia. Protegerlo, respetarlo, embellecerlo es nuestra tarea. Ese es el mensaje martiano.

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Mi colega Yandrey Lay Fabregat, periodista muy joven pero muy talentoso también, nos lleva de la manomano por esos caminos tormentosos y laberínticos que sufrimos los cubanos cuando tratamos de hacer un trámite de la vivienda: papeleo, peloteo, demoras, errores, ineficiencia y, por supuesto, pérdida del precioso tiempo: 

EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

No pierdas tu tiempo, no se
lo hagas perder a los demás.

Caricatura de Martirena 

Caricatura de Martirena 

Corren los años sesenta. José Lezama Lima, el gran escritor cubano, concurre a una asamblea en su centro de trabajo. Se discute sobre las impuntualidades. Pasadas unas cuantas horas, los asistentes reiteran los mismos puntos. Lezama se levanta y comienza a disertar sobre la concepción del tiempo en los filósofos antiguos. Al final, termina describiendo la colección de relojes de Federico de Prusia.
Un amigo me contó la anécdota. La recuerdo cada vez que alguien me hace perder el tiempo, un entretenimiento de moda por estos días. La gente gasta su vida en colas, guardias, reuniones, esperando el transporte que no llega. Pero en ningún lugar la tortura es mayor que al gestionar un trámite de la vivienda.
El papeleo puede durar años. Para consultar a un funcionario debes esperar horas o asistir a las oficinas varias ocasiones antes de acertar con la persona adecuada. Los que han pasado por eso te aconsejan marcar la cola temprano en la mañana y llevar «algo» en la mano. El funcionario puede llegar tarde y atender dos o tres casos de los muchos que se presentan. 
Incluso, si logras recibir pronto los documentos, aún las cosas pueden ir mal. Con frecuencia padecen faltas de ortografía, omisión de palabras, equivocaciones en los planos. Entonces el doliente tiene que recorrer oficina por oficina hasta eliminar errores y horrores.
Los retrasos cuestan más que dinero. El trámite en la vivienda es el primer paso para efectuar otros. La demora puede hacer que pierdas los recursos para construir tu casa o que se venzan los papeles de la notaría. No es raro reiniciar el proceso dos o tres veces hasta dar con una combinación ganadora.
Time is money, reza un viejo proverbio anglosajón. A veces la relación funciona a la inversa y usted tiene que hacer un «regalo modesto» para ahorrarse meses o años de espera. Y también el desgaste en las suelas de los zapatos por tanto correteo en vano.
Hace cuatro años se le dio bastante divulgación al intento de simplificar los trámites en Vivienda. Estos se redujeron de 46 a 19. En total se eliminaron 9 pasos y 18 fueron asumidos por los propios funcionarios. Además, se crearon las oficinas de trámites, donde los solicitantes pueden acceder al inversionista, al arquitecto de la comunidad.
No todo sucedió como estaba previsto. Las oficinas no brindan todos los servicios que estaban planificados inicialmente. Los horarios extendidos nunca pasaron de ser un proyecto. Los funcionarios tuvieron que abandonarlos, al comprobar que la gente seguía acudiendo en horario laboral. En ocasiones la costumbre puede más que la razón.
Las dependencias de Vivienda carecen, en primer lugar, de muchas condiciones necesarias para enfrentar una tarea de esta envergadura. Su fuerza laboral es muy inestable. Algunos de los que entran a trabajar no poseen los conocimientos imprescindibles y tienen que aprender sobre la marcha.
Casi ningún abogado quiere que lo ubiquen allí. La asesoría jurídica es uno de los puestos clave del mecanismo. Algunas veces un técnico tiene que ocupar la plaza reservada a un graduado de educación superior. Muchos de sus adiestrados piden la liberación al terminar el servicio social.
El salario de un jurídico de la Vivienda ronda los 415 pesos, muy por debajo de otros profesionales. Es quizás el peor pagado de los oficios que puede ejercer un licenciado en Derecho. Además, no existe ninguna clase de estimulación.
Los defectos de formación empeoran con los años. Tan grande es la cantidad de trámites cursados que los trabajadores no tienen oportunidad ni tiempo para superarse. Tampoco existe un mecanismo que penalice las pifias reiteradas en la documentación. Como la fuerza laboral resulta tan inestable, se achacan los errores a los anteriores técnicos.
Máximo Gómez afirmaba que «el cubano cuando no llega, se pasa». Con frecuencia las faltas se deben a un exceso de celo. Los funcionarios tienen tanta documentación atrasada que, al tratar de agilizarla, se equivocan de nuevo. Ahora mismo existen trámites pendientes del 2007 y 2008.
De nada vale aconsejar «Apresúrate despacio» o dar un escándalo en las instancias correspondientes. Las medidas deben ser más contundentes. Con frecuencia los agraviados acuden a quejarse a las Oficinas del Derecho del Ciudadano en Fiscalía. Es la manera más rápida de intentar una refutación del tiempo perdido.
Contra la velocidad en los trámites conspiran, además, ciertas dificultades organizativas. A veces el técnico no encuentra a las personas necesarias para llevar su función a buen término. O en las oficinas faltan el papel, la corriente eléctrica o la tecnología imprescindible.
La ineficiencia ha pasado de excepción a regla. Los funcionarios de la Vivienda también necesitan asistir a turnos médicos, comprar en la bodega y hacer colas en las rebajas. Casi siempre en horario laboral.
Hará falta mucho esfuerzo para corregir esos males. Deberíamos empezar ahora mismo. Intentar, por ejemplo, un gigantesco ejercicio de voluntad. Pensar que las horas son un tesoro inmenso y que cada segundo perdido en vano no regresa jamás. Si todo sale bien, si nos llegamos a creer la metáfora, podremos ahorrar el tiempo que nos queda. Y a lo mejor, también, multiplicar los panes y los peces.

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Comandante en Jefe Fidel CastroEn el juego que concluyó hoy casi a las 3 de la madrugada entre los equipos de Japón y Cuba, fuimos inobjetablemente vencidos.

Los organizadores del Clásico decidieron que los tres países que ocupan los primeros lugares en el béisbol mundial se enfrentaran entre sí en San Diego, al incluir arbitrariamente a Cuba en el grupo asiático, a pesar de lo caribeños que somos.

Dudo, sin embargo, que algún equipo de Occidente pueda derrotar a Japón y a Corea en el grupo de competidores que jugarán en Los Ángeles los próximos 3 días. Solo uno de los dos países asiáticos con su calidad, decidirá quién ocupará el primero y segundo lugares del Clásico.

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En tarjetas de Navidad o quizás para hacer la lista del mercado, pero ¿en qué otras ocasiones utilizamos un bolígrafo para poner en papel nuestros deseos o necesidades? Al parecer, las oportunidades en las cuales escribimos a mano cada vez son más escasas.

La enseñanza de la caligrafía ha cambiado con el paso de los años.

La enseñanza de la caligrafía ha cambiado con el paso de los años.

Quizás de aquí a un siglo, nuestra escritura a mano será legible sólo por expertos.

Según la escritora Kitty Burns Florey, el arte de escribir a mano va en descenso de una forma tan rápida que una escritura corrida y común podría convertirse en algo tan difícil de leer como un manuscrito medieval.

“Cuando tus tataranietos encuentren una antigua carta en el ático de la casa tendrán que llevarla a un especialista, a un señor mayor en la biblioteca que tendrá que descifrar lo que está escrito”, comenta Florey, autora del libro “Caligrafía y garabatos: auge y caída de la escritura a mano”, recién publicado.

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Errata

Hay erratas que ponen en aprietos a cualquiera, y hay veces que la culpa no es de quien escribe, sino de los que revisan o los que editan, aunque también hay quien comete sus errores en esta lengua tan rica como lo es la española,  no siempre los correctores somos los culpables. Celima Bernal nos cuenta sus experiencias:

Nada puede ser más desagradable para un escritor que encontrar una errata en alguno de sus trabajos. En mi caso, he descubierto centenares, algunas «de campeonato»: «bibijagüa», «tí», «Jeréz», tildes y signos de menos o de más; le, donde debía ir les, personajes que cambian de nombre… en fin, ¿para qué angustiarme recordándolas? Lo peor es que nadie les quita a los lectores la idea de que fue nuestra la culpa, de que cometimos los dislates por desconocimiento o por falta de cuidado.

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