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Cuba. El próximo primero de diciembre abre en Cayo Santa María, al norte de la central provincia de Villa Clara, el hotel número 25 que gestiona Sol Meliá en este país: el Meliá Buenavista All Inclusive Royal Service & Spa, un resort de muy alto nivel que sumará 105 habitaciones a ese destino.

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Con esta incorporación, Sol Meliá Cuba tendrá mil 688 habitaciones en Cayo Santa María, un islote de 13 kilómetros cuadrados, que se ha hecho famoso por sus playas de increíbles arenas blancas y sus hoteles de confort superior. Está unido a la isla grande de Cuba por una autovía de 48 km sobre el mar, premiada internacionalmente por su calidad técnica, valores funcionales y sociales, al respetar los méritos ecológicos de la Bahía de Buenavista, Reserva de la Biosfera por su diversidad biológica y de ecosistemas.
Propiedad del Grupo de Turismo Gaviota, Meliá Buenavista es un Todo Incluido de categoría Cinco Estrellas, diseñado solo para adultos desde los 18 años.
Abarca 2 mil 500 metros cuadrados; en una zona virgen y ecológica, de ancha franja de arena blanca, mar turquesa, exuberante vegetación y variada fauna endémica.
Resalta por contar con Servicio Real en todo el hotel, único con estas características en Sol Meliá Cuba.

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Cuba
El bloqueo impuesto por Estados Unidos, el abandono de la antigua URSS y una política de racionamiento que asfixiaba al pueblo de Cuba marcó un período “especial”. Ahora el presidente Obama de los Estados Unidos manda una señal que parece cambiar el rumbo de la política ¿hacia dónde? El autor de este relato, que forma parte del libro A lo lejos volaba una gaviota, libro publicado en España, Cuba y México, evoca esas dramáticas circunstancias:

POR UNA BICICLETA

En la niñez las bicicletas le fueron extrañas. A diferencia de otros niños nunca ansió el azotar del viento durante el descenso por una empinada cuesta o el placer del pedaleo en loca carrera.

Aquellas emociones no le interesaron, quizá por ser demasiado enfermizo, quizá porque en su primera experiencia con la bicicleta, impuesta por el padre, cayó a tierra y al levantarse la nariz le sangraba y la pierna se le había quebrado, como una débil rama.

Desde entonces, la lectura, los discos y la televisión se convirtieron en sus mejores acompañantes. Las bicicletas y sus fuertes sensaciones quedaron para sus compañeritos a quienes no envidió, al contrario, compadeció por estar expuestos a sorpresivos e imprevisibles peligros.

De adulto no tuvo necesidad de ellas. En una urbe de modernos autos, puntuales ómnibus y eficientes teléfonos, el vehículo de dos ruedas era algo tan lejano y obsoleto como el caballo para el piloto de un avión. Era, simplemente, un pasatiempo de niños y jóvenes. Además, ¿quién se atrevería a recorrer en ella los veinte kilómetros que separaban su casa del trabajo? Quizá un deportista de musculosas pantorrillas, brazos de hierro y pulmones como fuelles. No él, hombre sedentario de magras piernas y pronunciado abdomen.

No las necesitó hasta aquel año 1990. Él jamás supuso que fuera posible, pero lo fue. Los volcanes comenzaron a humear y a expulsar, oleada tras oleada, ríos de lava y piedra, los vientos hundieron todos los barcos y los muros se resquebrajaron como cáscaras de huevo. Sentado en la apacibilidad de su hogar, frente a un viejo televisor, él supo de tales prodigios que, sin embargo, no destruyeron su propio mundo.


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Cuba

El bloqueo impuesto por Estados Unidos, el abandono de la antigua URSS y una política de racionamiento que asfixiaba al pueblo de Cuba marcó un período “especial”. Ahora el presidente Obama de los Estados Unidos manda una señal que parece cambiar el rumbo de la política ¿hacia dónde? El autor de este relato, que forma parte del libro A lo lejos volaba una gaviota, libro publicado en España, Cuba y México, evoca esas dramáticas circunstancias:

COMPRAR EL RON O LEER A BAJTÍN

Ah, el ron. Maravilloso estimulante, capaz de producir las más locas alegrías y las más insanas tragedias, anfitrión social por excelencia, propiciador de amistades nocturnas, silencioso confidente, el hijo más alegre de la caña de azúcar.

Ninguna de esas virtudes fue ponderada por ella, aquella mañana del 10 de junio de 1992, al entrar en la biblioteca donde él preparaba, con laboriosidad de hormiga, su próxima conferencia para la cual debía desentrañar el duodécimo capítulo de cierto libro de Mijail Bajtín, autor de difícil comprensión.

-El ron -dijo Marta sin alzar su dulce voz, como si estuviera deseándole buenos días a un vecino.

-¿El ron? -los ojos de él no se apartaron del renglón leído.

-Acaba de llegar. Dicen que no trajeron suficiente para todos.

Por supuesto, ella se refería a las dos únicas botellas que les entregaban una vez al mes a cada familia por el cupón de racionamiento.

-¿Y? -respondió él y sus ojos penetraron, como un navegante al llegar a puerto seguro, en el último párrafo de la página. Mientras tanto, sus dedos, armados con una pluma, hacían navegar palabras sobre una blanca hoja de papel.

-La vecina dice que no hay muchas personas comprando -el tono de ella era melancólico.

Por primera vez, él apartó la cabeza de Bajtín y su mirada recorrió lentamente, desde la cabeza a los pies, el cuerpo de su esposa.

Mucho ha adelgazado Marta en el último año, quizás diez kilogramos, pensó. De una mujer de formas sensuales y opulentas se ha convertido en un cuerpo rectilíneo y monocorde, aunque él no ha quedado atrás y ya son dos las tallas recogidas en la cintura del pantalón.

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