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Posts Tagged ‘Gonzalo’

banderita cubana ondeandoGanado tengo el pan: hágase el verso,-
Y en su comercio dulce se ejercite
La mano, que cual prófugo perdido
Entre oscuras malezas, o quien lleva
A rastra enorme peso, andaba ha poco
Sumas hilando y revolviendo cifras.
Bardo ¿consejo quieres? Pues descuelga
De la pálida espalda ensangrentada
El arpa dívea, acalla los sollozos
Que a tu garganta como mar en furia
Se agolparán, y en la madera rica
Taja plumillas de escritorio y echa
Las cuerdas rotas al movible viento.

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banderita cubana ondeandoCuando nací, sin sol, mi madre dijo:
—Flor de mi seno, Homagno generoso
De mí y del mundo copia suma,
Pez que en ave y corcel y hombre se torna,
Mira estas dos, que con dolor te brindo,
Insignias de la vida: ve y escoge.
Éste, es un yugo: quien lo acepta, goza:
Hace de manso buey, y como presta
Servicio a los señores, duerme en paja
Caliente, y tiene rica y ancha avena.
Ésta, oh misterio que de mí naciste
Cual la cumbre nació de la montaña
Ésta, que alumbra y mata, es una estrella:
Como que riega luz, los pecadores
Huyen de quien la lleva, y en la vida,
Cual un monstruo de crímenes cargado,
Todo el que lleva luz se queda solo.

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ERRATA1

Por Luis Toledo Sande

Para mis compañeros de trabajo
en la revista Casa de las Américas,
y Ángel Orlando Ferrer Ramón,
maestro de impresores.

De las criaturas que dan título a estas notas nunca se habrá dicho lo bastante. Vale comenzar apuntando que, así como se distingue entre error y horror, debería distinguirse entre erratas y horratas. Pero pospongamos por ahora el neologismo (¿lo será?): llámeseles como se les llame, por lo general ellas causan horror. De lo que es una errata dan pálida idea los diccionarios, incluido el de la Real Academia Española en su vigésima primera edición (aún no he podido consultar la vigésima segunda): «(Del pl[ural]. lat[ín]. errãta, cosas erradas.) f[emenino]. Equivocación material cometida en lo impreso o manuscrito.» A esta definición, sin embargo, le corresponde el acierto de no sumarse a la tendencia general de reducir el malhadado reino de las erratas únicamente a los textos impresos.

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Fusilamiento de ocho inocentes estudiantes de Medicina


Era la tarde del viernes 24 de noviembre y los alumnos del primer curso de Medicina esperaban en el Anfiteatro Anatómico la llegada de su profesor, doctor Pablo Valencia y García, quien a las 3:00 p.m. debía impartir una clase de Anatomía. El anfiteatro estaba ubicado en lo que hoy es la calle San Lázaro entre Aramburu y Hospital, muy próximo al cementerio de Espada que en aquella época no se había aún clausurado.


Al enterarse los estudiantes de que demoraría la llegada del profesor, por un examen que tenía en el edificio de la Universidad, situado entonces en la calle O’Reilly esquina a San Ignacio, se dispusieron varios a asistir a las prácticas de disección que explicaba el doctor Domingo Fernández Cubas. Algunos entraron en el cementerio y recorrieron sus patios, pues la entrada no estaba prohibida para nadie. Otros, al salir del anfiteatro, vieron el vehículo donde habían conducido cadáveres destinados a la sala de disección, montaron en él y pasearon por la plaza que se encontraba delante del cementerio. Los nombres de estos últimos eran Anacleto Bermúdez, Ángel Laborde, José de Marcos y Juan Pascual Rodríguez. Por otra parte, un joven estudiante de 16 años llamado Alonso Álvarez de la Campa, tomó una flor que estaba delante de las oficinas del cementerio.

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Francisco Gonzalo Marín (Pachín)
En el prólogo a Los poetas de la guerra José Martí sentenciaba: “El hombre es superior a las palabras. Recojamos el polvo de sus pensamientos, ya que no podemos recoger el de sus huesos, y abramos camino hasta el campo sagrado de sus tumbas, para doblar ante ellas la rodilla, y perdonar en su nombre a los que los olvidan, o no tienen valor para imitarlos”.

Tal parece que esto fue escrito para Francisco Gonzalo Marín (1863-1897) anticipadamente, para aquel romántico poeta y periodista boricua que devenido en soldado libertador ofrendó su vida por la independencia de Cuba y Puerto Rico. Marín no ha gozado con la posibilidad de otros y no se ha podido recoger el polvo de sus huesos, pues descansa en un lugar ignoto de la Isla de Turiguanó. Sin embargo, debemos recoger el polvo de sus pensamientos, como manda Martí, para conservar la memoria de este hombre que fuera “rebelde como un bravo a la injusticia y dócil como un niño a la patria”.

Cabe preguntarnos, ¿qué sabemos de este patriota? Intentemos una breve semblanza y demos algunos otros elementos al lector para que se forme un juicio claro acerca de esta atractiva personalidad del siglo XIX antillano.

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