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Posts Tagged ‘Guaracabulla’

guaracabuya

¡Qué dulce debe ser
vivir aquí en Guaracabulla
junto al guajiro que a los trenes viene
con esa ingenua transparencia suya!

Las lomas azuladas en la tarde,
noche que con los astros se encocuya,
mansa quietud del pueblecito aislado.
¡Sueño sin bulla! (más…)

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Plácido

Por Carlos Alejandro Rodríguez Martínez

Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, integra la primera generación de poetas románticos cubanos. Según algunos historiadores de la literatura, fue el bardo más divulgado durante el siglo XIX.

Dicen que Plácido gustó por igual a públicos cultos y populares. José Lezama Lima afirmó una vez que el vate romántico unía la espontaneidad y el refinamiento. Lo cierto es que improvisaba con pasmosa facilidad. Y aunque algunos críticos literarios intentaron demeritarlo aludiendo que escribía poesía por encargo, gozó del elogio de sus contemporáneos.

El autor de «Plegaria a Dios» mantuvo un vínculo especial con la región central de Cuba. Entre 1840 y 1843 viajó dos veces a Santa Clara, donde se convirtió en asiduo colaborador del periódico El Eco de Villaclara. En ambas ocasiones visitó Sagua la Grande, y por las menciones en sus poemas algunos investigadores también suponen que estuvo en Manicaragua, Remedios, Guaracabulla y San Juan de los Yeras. (más…)

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Por Carlos Alejandro Rodríguez Martínez
Descreo de la tesis del fin de la historia sostenida por Francis Fukuyama. Aunque ciertamente cayó el fascismo y fracasaron los ideales comunistas de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), aún concedo esperanzas al progreso y a las ideologías alternativas. 
Yo asisto al fin de otra historia que poco —o nada— tiene que ver con la posmodernidad ni con los sucesos mundiales. Esta historia resulta más íntima, acaso mínima. (más…)

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Recién hace una semana falleció uno de los más significativos pintores populares cubanos.— Continuador natural, desde su autodidactismo, de las enseñanzas feijoseanas.— Perdurabilidad artística.

Por Luis Machado Ordetx
Fotos: Ramón Barreras Valdés y Francisnet Díaz Rondón

«Trabajo, como una oscura raíz, para que arriba haya una flor.»
Libreta de Pasajero, Samuel Feijóo

Premio

Cuando recibió el Premio Ser Fiel (a la izquierda), otorgado por el Centro Provincial del Libro y la Literatura, institución que lo reconoció como continuador de la obra poética y cultural de Samuel Feijóo.

Irradió lo cubano con un inconfundible espanto a todo miedo escénico; tal vez porque se percibía en su timidez como sabedor del universo guajiro, poblado hasta con limitaciones físicas.
En última instancia, creyó convertirse en dueño de una plenitud respiradora del oxígeno campestre, del gorjeo de las aves, de todas las tonalidades de la floresta; del cotorreo de los coterráneos y de la lira de actos salpicados por un lento hablar, casi imperceptible en medio de un típico portalón de Guaracabulla, en diálogo silente con un anónimo taburete.
A Pedro Alberto Osés Díaz [Guaracabulla, 1954-Ídem, 2009], no lo borran tan urgente de la memoria; y aunque se apagó de un tirón el pasado sábado, el recuerdo lo ofrece como un sencillo gladiador del tiempo frente a los avatares de la existencia, de la incomprensión y hasta de la envidia, por ser quien era en esas altitudes conquistadas a fuerza de constancia en el andar.
Feijóo, allá en 1975, lo «descubrió» hacia la plenitud artística y la universalidad, entre las polvorientas calles de la céntrica localidad cubana —sitio en el cual confluye una mítica ceiba que marca idéntica distancia entre el este y el oeste de la Isla—, y le regaló a aquel muchacho los primeros pinceles, temperas, óleos, cartulinas y consejos sabios, muy sabios, para que pintara sin que importara a los demás, «despojado de influencias perniciosas de otros», decía.

Una década

Una década atrás, próximo a residir en su casa-taller, instalación de exposición y promoción artística en Guaracabulla.

SIGNOS SOBRE LA MARCHA

Así, se convirtió en el benjamín del movimiento plástico de Las Villas, del denominado Grupo Signos, hurgador, según el criterio feijoseano, de «la naturaleza cubana, sus mitos y sus regocijos; del goce creador criollo y su abundancia ornamental, formativa, esencial»; como aquel que expresa la belleza en atributo a lo auténtico, a lo humilde o de alejamiento hacia lo fingido o poco auténtico.

Fue el único de ese movimiento que, desde el instante de abrir los ojos hasta apagarlos, permaneció incólume —pero jamás tullido— en el natal Guaracabulla; de ahí el murmullo perpetuo por lo fantástico desde sus primeras piezas y la plenitud de la perfección estilística conseguida dentro de las conceptualizaciones de la pintura popular; sea el encontronazo con el art brut, el surrealismo o el primitivismo espontáneo.
En esas «guardarrayas», el pintor villaclareño subyugó la espiritualidad, ensanchó su lirismo campesino, hizo versos, animó guateques,  halló los cauces de la flora y la fauna —por extensión rural, cubana— y penetró en el universo de la fertilidad, los misterios de los alados, el colorido despampanante de las florestas, los diabólicos seres que anidan en estancias asombrosas y cotidianas y el recreo de la muerte, y también la pleitesía inagotable por la vida.
Son algunos de los misterios del soberano pintor popular de Guaracabulla; un creador que con su arte ofreció un sentido misionero por contribuir en los impulsos espirituales de mejoramiento humano; dicha que recogió en técnicas y materiales que van desde el empleo del óleo, el acrílico, la tempera o la tinta, hasta la cartulina, el lienzo, la tela o sencillas hojas de papel virgen; a veces obsequios, como las que entregaron Feijóo, Aida Ida Morales u otros artistas, y algunas adquiridas después con el humilde peculio familiar o sacadas de cuantías monetarias conseguidas por su insobornable intelecto.

Felicidad

Felicidad (1997), pieza en la cual escribió: «El se siente muy feliz / aunque ustedes no lo crean / y digan que cosa fea / El esta asiendo aquí / El se siente tan feliz / en este bello paisaje / amirando el paraje / disfruta este lugar / y el no lo ba a cambiar / por otro aunque sea mejor/ pues en este encuentra / El sabor de una puerca genial» (sic).

¡NO IGNORES!

Una parte de la antropología rural, principalmente de Placetas, subyace en la magia espontánea que legó a la posteridad; divino aquel que conserve algunos cuadros obsequiados por el artista. Tengo parte de sus regalos, y pertenecen a momentos en que lo entrevisté para Vanguardia, publicación que no distinguió espacios ni páginas para reconocer al versátil y talentoso hombre. Por fortuna, protejo tres con beneplácito: Oruga silvestre (tempera/cartulina), Felicidad No 41 (acrílico/tela) y Pariendo No 650 (acrílico/tela), rarezas en el colorido de las flores y los animales; del «placentero» acto fisiológico del hombre o del desgarramiento fértil y misterioso que brota con la fertilidad femenina.

Contó muchas veces, en aquellos diálogos interminables que sostuvimos décadas atrás, cómo al iniciarse en los consejos y adoctrinamientos de Feijóo se regocijó de la pintura con crayolas, del negro deslumbrar con el carbón vegetal que procesaban los campesinos de la zona, y en simples cartulinas u hojas de papel escolar ubicó en el espacio los más inconfundibles animales de la fauna silvestre; todo lo guardaba con absoluto celo; incluso, los amplios reconocimientos recibidos en exposiciones y certámenes nacionales o extranjeros que atestiguaban la policromía polisémica surgida a partir de la espontaneidad nativa de los humanos.

Su discapacidad física al caminar, también evidente en el hablar pausado a causa de dificultades respiratorias, no melló la originalidad; justipreció la carencia de símbolos de frivolidad en el trato familiar y en la recreación del ambiente campesino, por eso rastreó en los mitos, las supersticiones y la fantasía de los velorios —actos maniqueos de sufrimiento e intercambio amistoso—, y recreó con peculiaridad los comadreos inusuales, captados en la mirada a las esencias del rostro de perfil.

Estudio

Estudios fantasmagóricos, casi delirantes en surrealismo; detalle de la concepción particular sobre la fertilidad.

INUSUALES VIRTUDES

Osés Díaz perteneció a una legión sin precedentes, émulo en el trato y en el arte de Alberto Anido Pacheco y del nada irreverente Noel Guzmán Bofill Rojas; todos, representantes de la pintura popular cubana contemporánea. Cada uno, lógico, con su peculiar aforo en afirmar el color, los tópicos, el estilo y las particularidades de una estética espontánea.

En sus cuadros subyace una característica peculiar en parte de la obra artística posterior a los años de la década de los 80: la descripción escrita, en décima muy propia, del sentido pictórico de todo lo que plasmó; no importa que la caligrafía y ortografía fueran pésimas, ya que lo trascendente y valedero se emparienta con el firmamento telúrico del alma popular.

Con la pérdida irreparable de Pedro Osés Díaz, la plástica se sumerge en luto, principalmente aquella referida a la vertiente popular, y también la promoción cultural en Guaracabulla —territorio de su notoriedad— siente un lastre con la despedida del escritor, del animador de guateques y canturías; del músico ingenuo, y del artista versátil de siempre; ese a quien muchos sin equivocaciones de ningún tipo denominaron Pintor del Pueblo, así en gracia divina.
En la Exposición Art Inventif a Cuba, de Lausana, Suiza, —colección de 38 piezas que Feijóo llevó en 1986 a esa ciudad europea—, Osés Díaz encontró una inmensa realización artística, y desde entonces el entusiasmo por pintar no se apagó; como Jacques Moratain, hizo un «Totum bene vivere» (Vivirlo todo bien) en defensa de derroteros que convergieron en torno a la ruralidad percibida por el sentido de palabras y líneas.

OSÉS, EL MISIONERO

Múltiples fueron los galardones que consiguió, desde la más absoluta naturalidad del que nada pide y exige, mientras se aferra a la tierra, el aire y a la gente desprovista de cotilleos; por eso jamás abandonó el terruño, y aunque Europa e Hispanoamérica lo conocieron sin que asomara el rostro del artista, en cada catálogo o juicio de otros, surgió la pleitesía del guajiro villaclareño escondido en esa ceiba centenaria —centro de calenturas y mitologías campestres o urbanas—, territorio en el cual comulgó con sencillez disparatada de asombroso misionero.

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