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Posts Tagged ‘hipoacusia’

Por Yandrey Lay Fabregat

«Sólo la palabra tiene límites, el silencio es infinito.»
Marcel Marceau

Memorial del silencio 

Foto: Crystian González Alfonso 

«Escuchar música por los reproductores de sonido una hora cada día a la semana podría causar problemas auditivos», advertía hace poco un centro de investigaciones europeo. El comunicado señaló, además, que en un quinquenio los daños producirán sordera permanente en los usuarios de la tecnología.
La noticia ha sembrado la alarma entre los más de 50 millones de europeos que a diario viven prendidos a los auriculares. Sin embargo, al parecer los mp3 afectan algo más que los tímpanos. También nublan el entendimiento.
En tiempos recientes he percibido con recelo cómo nuestras calles se repletan de peatones acoplados a los artilugios de última generación. Se citan los casos, crecientes, de transeúntes o conductores hechizados por la era digital. Unos encerrados en su caja de hierro con la música a todo volumen. Los otros, presos en un mundo de audífonos, timbres y vibradores.
Ya en el mundo se cuestionan las consecuencias negativas de esta práctica. En primer lugar sus efectos alienantes. Carl Kruger, senador por New York, ha propuesto multar con cien dólares a los transeúntes que circulen conectados. El político apoyó sus planteamientos en el aumento exponencial de las cifras de accidentalidad desde que dichos ingenios inundaron el mercado.
Semanas atrás, mientras me dirigía a la terminal de ómnibus, vi un ciego que intentaba cruzar la calle. Decenas de peatones, la mayor parte enchufados a un aparatito, pasaron por su lado sin prestarle ayuda. Sentí pena por ese hombre. Un amigo no vidente me dijo una vez que para ellos el silencio pesaba tanto como la oscuridad para el resto de las personas.
El politólogo Langdon Winner afirma que la tecnología modifica la imagen que tenemos de nosotros como individuos. También el papel que desempeñamos en la sociedad. A menudo estos fenómenos nos inundan de modo sutil. Nos percatamos de cuánto hemos perdido en el preciso momento en que no hay vuelta atrás.
Al vagar por mi pueblo he llegado a extrañar la voz humana. Cuadras y cuadras sin escuchar los “Buenos días”, un “¿Cómo anda la cosa?”, o el vulgar “Qué volá”. Dos o tres veces he protestado contra de los vecinos que nos aturden con la música alta o los gritos sin medida. Pero también rechazo el silencio que me aísla de la vida social.

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