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Posts Tagged ‘Horacio Silva’

Susana le cobró un especial afecto a Candela desde la primera vez que llegó a su clase, al verla tan sumergida en su exasperada desolación.

Por Horacio Ricardo Silva*

Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)

Hoy: Una gotita de felicidad

Era una linda mañana, aquella de marzo de 1980, en que Candela salió a la vereda de su casa enfundada en un flamante delantal blanco. La acompañaba su abuela en esta aventura intrigante y misteriosa de final incierto y aleatorio: el primer día de clases de su vida.

Cuando llegó el momento, temido y deseado, de desprenderse de la abuela para ir a la formación, se sintió más desolada que nunca. A su alrededor había un montón de chicos de rostros desconocidos; algunos sollozantes, otros con expresión de nada, los menos con un aire de estar de vuelta de la vida. (más…)

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Horacio Silva y Roberto Arismendi, protagonista y productor, respectivamente, de Un tren llamado Soberanía, explicaron cómo se llevará a cabo la película y el por qué de la temática.

“La iniciativa surgió de la fundación Suelo Argentino, que convocó a Roberto (Arismendi), con la intención de reivindicar las raíces históricas del progreso en Santa Cruz. Por supuesto, el ferrocarril que traía el carbón desde Río Turbio hasta Río Gallegos será un punto clave de la película”, comentó Silva. (más…)

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Una fábula acerca de la tolerancia, de Federico Mare.

Mi amigo Horacio Silva me relata los antecedentes de esta fábula:

El cuentito de los tunduques es de un gran amigo mío, Federico Mare. Él profesa ateísmo, y en las escuelas públicas de Mendoza aún hay crucifijos en las paredes, se celebran las Vírgenes, y esas cosas. Fede tiene una hija de 9 años que es muy vivaz e inteligente, y que en la escuela dice ante las autoridades y compañeritos lo que piensa de esos símbolos. El resultado es que los compañeritos se burlan de ella y la discriminan. Pero ella tiene una maestra que es muy sensible y se preocupa por ella, tratando de inculcar en la clase el respeto a las diferencias. Fue así como le pidió a Federico, en carácter de escritor y padre de la niña, que escribiera ese cuento.

LOS TRES TUNDUQUES AMIGOS

Hace mucho tiempo, en el valle de Uspallata, antes de que los huarpes se establecieran en él, vivían a la sombra de un algarrobal inmenso tres pequeños tunduques: Xumec, Llahuec y Tamari. Eran grandes amigos, y todos los días, cuando el sol comenzaba a esconderse por detrás de las montañas, salían de su madriguera y se reunían a orillas de un arroyo de aguas cristalinas a jugar y conversar. Cuando estaban juntos, el tiempo volaba como el viento; y cuando se hallaban separados, las horas transcurrían con la lentitud del caracol. Eran los animalitos más felices de todo el bosque, pues mucho era lo que se querían y nadie se divertía tanto como ellos. Hacía bastante tiempo que se conocían, y nunca habían tenido desacuerdos ni discusiones. Les gustaban los mismos juegos, las mismas aventuras, los mismos temas de conversación, las mismas historias de fantasía…

Pero una tarde, mientras merendaban al costado del arroyo, comenzaron a hablar de lo que cada uno creía acerca del valle en el que vivían, y de las plantas y animales que había en él. (más…)

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Un análisis del libro de Horacio Silva que aborda la Semana trágica de 1919, a cargo de Carlos Godoy:

(más…)

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Tomado de Casa del Pueblo

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Quiroga en su taller.

El escritor e historiador bonaerense Horacio Silva adelantó a EDICIÓN su nuevo proyecto: una investigación sobre Horacio Quiroga.— “La leyenda lo pinta como un ser huraño y obsesionado con la muerte trágica; pero como en su nutrida correspondencia encuentro a una persona completamente distinta, llena de optimismo y amor por la vida, incluso poco antes de su voluntaria muerte, intentaré determinar qué clase de hombre fue en realidad”, asegura.

Por Sergio Álvez

El mito universal dice que Horacio Quiroga era una persona oscura, pesimista y argel. Ezequiel Martínez Estrada, autor del libro “El hermano Quiroga y cartas de Horacio Quiroga a Martínez Estrada”, quien supo cultivar una amistad con el cuentista uruguayo, llegó a escribir: “No creo que en la vida de Quiroga, como tampoco en la mía, haya habido un ser que llenara (mejor dicho: colmara) la necesidad indiscutiblemente instintiva de estar con otro ser sin dejar de estar con uno mismo y solo.”

La leyenda también habla de un hombre lunático y huraño. “Yo soy bastante fuerte y el amor a la naturaleza me sostiene más todavía; pero soy también muy sentimental y tengo más necesidad de cariño -íntimo- que de comida. A mi lado, mi mujer es cariñosa a la par que cualquiera, pero no vive conmigo, aunque viva a mi lado”, llegó a declarar Quiroga en una de sus cartas recuperadas. (más…)

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En enero de 2009 publiqué un trabajo sobre la Casa de Rodolfo Walsh: San Vicente: Casa de Rodolfo Walsh es patrimonio histórico. En aquella ocasión el historiador Horacio Silva me dejó un comentario al respecto que derivó en amistad. Ahora Horacio me envió el enlace a este trabajo que con gusto presento a mis lectores:

EL REFUGIO DE UN TAL NORBERTO FREYRE

Rodolfo Walsh

La casa que Rodolfo Walsh compró con el nombre bajo el que escribió Operación Masacre.

Sólo vivió tres meses en San Vicente. Allí redactó la célebre Carta Abierta a la Junta Militar. El Ejército acribilló esa morada una madrugada de marzo de 1977, lo que no impidió que luego la ocupara la familia de un policía. Los impuestos aún llegan a nombre de Freyre. El Concejo Deliberante local quiere declarar la casa “patrimonio cultural, histórico y arquitectónico”.

Por Patricia Serrano

La casa está en un barrio olvidado de San Vicente. En el barrio El Fortín la plaza más cercana está a más de 10 cuadras y para llegar al Hospital hay que atravesar todo el pueblo. El único servicio básico que todos comparten es la luz. Cuando Norberto Freyre vivió en esa casa ni siquiera había luz.

Por tres meses, Freyre fue otro vecino del barrio. Compró la casa con el mismo documento que había utilizado para escribir “Operación Masacre”, cuando por primera vez sintió la urgencia de una identidad falsa. Más de 15 años después ese documento permitió a Rodolfo Walsh ser Norberto Freyre otra vez, en San Vicente.

Ahora la última casa de Walsh está ocupada hace más de 20 años y la Municipalidad busca convertirla en un espacio de Memoria.

Que el último refugio de Walsh esté ocupado por una familia con muchos niños no resulta paradójico. Que esa casa esté ligada a un policía bonaerense quizá si. Y que esa familia no quiera enterarse de la historia de fuego cruzado y el secuestro de sus últimas palabras escritas, también. La caída de la casa Freyre todavía no fue contada.

En papeles de la Agencia de Recaudación de la Provincia de Buenos Aires (ARBA) aún es Norberto Freyre su único dueño y deudor.

La ocupante. María Salas lava ropa en el patio de su casa. Detrás, los altísimos eucaliptos no se mueven. Es verano y en la casi media hectárea de los cuatro terrenos sólo unos pocos metros están ocupados por la casa de ladrillos rojos, de techo bajo.
Si fuera invierno y lloviera, María tendría que caminar más de diez cuadras de calles embarradas hasta llegar al asfalto, justo enfrente de la vieja estación de tren de San Vicente. Hace treinta años también había que caminar esas calles embarradas. El barrio no cambió mucho desde entonces. Pero hay más casas, pequeñas prefabricadas y ranchos de chapa de cartón. Nuevas familias pobladas de niños que ocupan terrenos baldíos.

María escucha el grito de un chico de unos 16 años, morocho, flaco.

–Mamá, golpean.

Se seca las manos grandes y brillosas de lavandina y jabón blanco. Camina hasta el portón de su casa tapiada de ligustrinas. No dice nada.

María cierra el candado, levanta la vista, se refriega las manos brillosas, tira hacia atrás su pelo negro y corto. Y repite un discurso dicho muchas veces.

–Yo no sé nada de ese hombre y no me interesa. Si quieren pueden tomar fotos desde la calle, pero acá no entra nadie más.

María se acostumbró a que de vez en cuando llegue gente interesada por la historia de un hombre que vivió tres meses allí en un tiempo remoto. Hubo una época en que los dejaba pasar y tomar fotos en el patio, donde hace más de treinta años había un aljibe seco y una pequeña huerta.

En verdad nunca fueron muchos los interesados en la casita de San Vicente. Pero María se asustó. Que quieren sacarme de acá. Que quieren hacer un centro cultural. Expropiar los terrenos. Declararlo monumento histórico.

–Hasta me ofrecieron plata. Algunos me la quisieron comprar. Pero no cambio esta tranquilidad por nada.

Ni ella ni los vecinos del barrio El Fortín supieron hasta bien entrados los 90 quién había vivido poco menos de tres meses en esa casa. Sólo sabían que una noche de marzo del 77 llegó el Ejército y la destruyó. Dicen que eran extremistas.

La casita de San Vicente era el lugar en que Walsh se replegaba del mundo cercado de la gran ciudad, en su camino hacia al sur, con escala en el primer pueblo con agua. El refugio en que dedicó sus últimas noches sin luz ni agua a la redacción de la Carta Abierta a la Junta Militar.

Para María es más simple. Un hombre que vivió tres meses en una casa en la que ella vive hace más de veinte años. Fin de la discusión. La casa es de ella y fue de su madre y será de sus hijos. A pesar de los impuestos y de los títulos.

–Estaba destruida. La arreglamos. Es nuestra casa.

María sentencia. Fija la vista más allá del portón y del campo de enfrente. Asegura que tiene que irse a trabajar. No se despide. Camina hasta la pileta del patio con eucaliptos y vuelve a mojar sus manos brillosas con espuma blanca.

Norberto Freyre. Llueve en San Vicente. Norberto Freyre camina sobre el plástico que envuelve sus zapatos marrones. Los entierra en el barro apenas cruza el portón de su casa y se pregunta si es posible que en estas dos cuadras sin veredas pueda llegar a ensuciarse también el pantalón. Ahora saluda a Carlos, el vecino de la esquina, que también va a tomar el tren de las 12 en la estación. Unos cien metros más y se suma Moreno.

Mientras caminan Moreno empieza a quejarse del estado de los trenes y el miedo de su mujer que lo espera en casa hasta tan tarde.

–Hace unos días pararon el colectivo en Capital. Nos hicieron bajar a todos y se llevaron a dos pibes y una chica. Seguimos viajando, como si nada.

Moreno espera alguna respuesta, quizá algo que no le haga sentir miedo. Pero Freyre lo mira y sólo dice:
–Va a dejar de llover.

Moreno es peronista. Toda su familia es peronista y ahora piensa que nunca más va a hablar con este profesor de inglés sobre esas cosas, debe estar del otro lado, ser uno de ellos.

Norberto Freyre no era nada eso. En el barrio salía hacer las compras con su compañera, Lilia, y un carrito para las bolsas. Los vecinos lo saludaban. Había propuesto que unos terrenos baldíos se utilizaran para construir una plaza y hasta se sumó a una protesta frente a la Municipalidad para reclamar por la falta de luz.

Ahora ya están en la estación. El tren acaba de llegar. En la estación hay dos carteles: “trenes para afuera” y “trenes para adentro”. Adentro significa Capital Federal. Afuera cualquier pueblo del interior. Norberto apaga su cigarrillo en una de las escupideras llenas de un líquido marrón espeso y siente el olor del fluido Manchester, arrojado cada mañana en el piso de madera de la vieja estación.

Durante tres meses, Freyre viajó desde San Vicente a Capital casi todos los días. Cuando estaba en el pueblo se encargaba de la casa, preparar la tierra para la huerta, pensar en las dos hileras de álamos plateados, caminar hasta la laguna. La casa fue comprada con dinero prestado por su primera mujer. Necesitaba algo barato pero que estuviese conectado con la Capital y cerca del agua. El viejo Matute, dueño de una inmobiliaria del pueblo, se la vendió a un precio módico.

Por las noches Freyre podía ver las estrellas reventarse contra sus ojos y señalar las constelaciones. La noche en San Vicente era más oscura que la del Tigre, quizá tan negra como las de su infancia en Choele-Choel, con la única luz de la lámpara a kerosén.

Habían llegado en enero y soportado las lluvias, el barro en los zapatos, los mosquitos. A veces Freyre se asombraba por las palmeras salteadas. Se podían ver cada par de cuadras. En su casa también había una.

Aldo Rodríguez vive a dos cuadras de esa casa, desde toda la vida. Tiene 80 años y un traje guardado en una bolsa de tintorería.

–Lo veía pasar por acá, era un buen vecino. Usaba el mismo traje que yo. Lo habrá comprado en la misma tienda.

El saco que guarda desde que supo que Freyre era Walsh es el saco de las fotos más conocidas, marrón opaco, de solapas duras. Aldo recuerda las palmeras taladas en todo el pueblo, por orden de un intendente que quiso combatir de esa forma una invasión de ratas. Y a Evita galopando en una yegua por la calle de tierra que ahora se llama Rodolfo Walsh.

Freyre sube al tren, ve desfilar los árboles del campo y en veinte minutos las casas cada vez más seguidas; en una hora estará en Capital, volverá entrada la noche y Lilia lo estará esperando, cenarán juntos, mirarán el cielo. Y después seguirá con la trascripción a máquina de la Carta Abierta a la Junta Militar. Faltarán pocos días para que sea asesinado y la casa de San Vicente quede destruida, sin la huerta y sin los álamos.

El policía. Rubén es alto y morrudo. Vive a unas 20 cuadras de la casa de Norberto Freyre o María Salas, su hermana, y recuerda en el patio de su casa sin rejas que “todo esto” fue culpa de su madre, ya bien muerta hace unos años.

–Viste como son las viejas cuando se les mete algo en la cabeza.

Las viejas cuando se obsesionan con una idea son, en este caso y según Rubén, mujeres que quieren ocupar una casa abandonada y acribillada por el Ejército. Y él es el hijo policía que la acompaña y ayuda a levantar las paredes caídas. Rubén fue policía durante 32 años. En el 78 o unos años más, no recuerda bien, este policía decidió hacer caso a su madre y organizar la mudanza de parte de la familia a la casa de Freyre. Así todos iban a estar más cómodos.

A Rubén, como a María, tampoco le gusta hablar de esa casa. Dice que hace seis años que ni siquiera visita a su hermana, que no sabe cómo está la casa ahora, que no tiene nada que ver ni él ni su familia. Pero sigue preocupado.

–Tengo miedo. Viste cómo son los de Derechos Humanos, con esto de que soy policía retirado pueden hacer cualquier cosa, inventar.

Cuando Rubén tiene que explicar qué podrían inventar esos de los Derechos Humanos, arquea las cejas duras y mira el cielo gris invierno de la tarde en San Vicente. Detrás de su ancha espalda está su casa de ladrillos sin revoque ni barniz.

Otra vez el cielo. Y después de frente.

–No quiero declarar, no tengo nada que ver con esa casa.

Pero tiene. Su madre vivió ahí hasta el día de su muerte. Ahora vive su hermana. Sus brazos levantaron paredes y cortaron malezas.

Rubén camina hacia su casa. Se da vuelta.

–No confío en este gobierno. Hubo dos bandos y ahora están buscando venganza.

La hija. Patricia Walsh no recuerda cuándo fue la última vez que estuvo en San Vicente. Más de veinte años, seguro. Volvió hace unos meses, sorprendida porque el tren dejó de llegar, aunque todo lo demás siga casi igual.

Mientras el auto se acerca, Patricia recuerda la primera vez que llegó a esa casa. Era el 26 de marzo de 1977. Walsh iba a conocer a su primer nieto varón, Mariano, el segundo hijo de Patricia. Para ese entonces, ya había muerto la hija mayor, Victoria, también montonera, en un enfrentamiento con el Ejército.

Esa vez Patricia iba en la parte trasera del Ami 8 verde loro, con su hija de tres años y el bebé. Adelante, su marido y Lilia Ferreyra. Walsh debía esperarlos con el fuego encendido para el asado.

–Tengo el recuerdo de la casa como una foto borrada. Papeles en el patio, todo desordenado.

Del Ami 8 se bajó Lilia y regresó corriendo y gritando “la casa está toda tiroteada”.

Patricia pensó que iba a morirse, que iban a matarlos a todos y puso a sus dos hijos sobre el piso del auto, que empezó su carrera hacia delante, a campo traviesa, hasta que encontraron una calle de tierra que desembocaba en una ruta. Recién ahora se entera que se trataba de la ruta 6, que pasa por detrás de San Vicente.

Volvió unas semanas después. Los vecinos le contaron la historia de la caída de la casa, como volvieron a contarla ahora y como deberán hacerlo en el juicio este año, con la reapertura de la megacausa ESMA.

Unos diez minutos antes de que ellos llegaran, se había ido el Ejército. El operativo comenzó a la madrugada con la detención de Matute, el dueño de la inmobiliaria que vendió la casa a Walsh.

La casa nunca hubiese sido hallada si Matute no hubiese distinguido a Freyre en medio del gentío en Constitución, en la tarde del 25 de marzo del 77. Hacía unos días que tenía el boleto de compraventa y esperaba cruzarse a Freyre para dárselo. Ese día, Freyre lo guardó en su maletín.

La historia que sigue fue contada muchas veces: Walsh cae en una emboscada, se defiende con su revólver Tala .22 y es asesinado. El grupo de tareas de la ESMA encuentra el boleto de compraventa y esa madrugada acribilla la casa de San Vicente. Walsh estaba muerto, Lilia no estaba. Destruyen todo y roban su obra inédita.

Antes se confunden de casa. Sale una mujer en camisón con una nena en brazos llorando. La casa de Freyre es la que sigue, no esa. Las familias del barrio no duermen esa noche. Los nenes lloran.

Muchos años después aseguran que había camionetas del Ejército en diez cuadras a la redonda. Dicen haber visto tanques de guerra, escuchado la explosión de granadas. Nada parece exagerado en un barrio donde aún hoy el mayor ruido es el del viento en las hojas de los álamos, un ruido como de lluvia fina.

Durante más de seis horas la casa de Freyre es acribillada. Cerca del mediodía se van los militares y Moreno entra a la casa. Lo primero que ve es una pared caída y en el baño las marcas del lavatorio arrancado. Cenizas en el patio del fondo, nada distinguible, salvo el cartón de una caja de cigarrillos 43/70.

Mamá, golpean. Patricia es atendida por el chico de unos 16 años, morocho, flaco.

María Salas camina hasta al portón. Dice que está dispuesta a acordar un resarcimiento económico por la casa, que no se quiere ir, que la tranquilidad, que no la molesten más.

Entonces Patricia explica. El jueves de esa semana vencía el plazo para la presentación de pruebas en la causa Walsh, reabierta junto a la megacausa de la ESMA. El juicio va a comenzar este año y, por primera vez, la Justicia va a reconstruir la historia de la casa destruida en San Vicente, donde se perdieron los escritos inéditos de Rodolfo Walsh y todas sus pertenencias.

María Salas es uno de los testigos que los abogados de Patricia Walsh quieren tener en el juicio, junto a Rubén Salas y varios vecinos del barrio, que en la madrugada del 26 de marzo escucharon o vieron cómo fue destruido el último refugio del escritor.

Por eso Patricia volvió a San Vicente. Para advertir a María que va a ser citada como testigo, aunque no quiera.

La casa Museo

La casa Freyre será alguna vez espacio de memoria, museo de recuerdos de barrio con biblioteca y el traje igual al de Walsh que guarda un vecino.

Esa alguna vez comenzó el 17 de diciembre, cuando el Concejo Deliberante local aprobó el proyecto de la Dirección de Cultura para declarar la casa de Norberto Freyre “Patrimonio Cultural, Histórico y Arquitectónico del distrito de San Vicente”.

El Instituto Cultural bonaerense está al tanto del proyecto; también Patricia Walsh, que decidió no incluir a esa casa en el juicio de sucesión por los bienes de su padre.

Ya lograda en el distrito, la declaración histórica tendrá que realizarse a nivel provincial. Y todo este papelerío deberá encontrar una solución a la familia Salas.

El Municipio quiere encontrar una salida elegante. Quizá entregar otra casa a los Salas con un subsidio provincial. Patricia Walsh cree que es posible que se queden en uno de los tres terrenos donde no hay ninguna construcción. Todos coinciden en que Freyre / Walsh no hubiera pedido un desalojo.

La deuda

La deuda de Norberto Freyre crece cada mes: 28 pesos por tasas municipales, unos 31 pesos por ARBA. Con la prescripción de parte de la deuda, del 77 hasta hoy, Freyre debe unos cinco mil pesos fáciles de saldar con un plan de pagos.

Pero Freyre es Walsh, un desaparecido que nunca podrá pagar nada.

Tampoco lo podrá hacer la familia Salas. En marzo del año pasado la Municipalidad de San Vicente bloqueó las partidas de los cuatros terrenos. La misma inhibición se pidió a ARBA.

Tres de esos terrenos están a nombre de Norberto Freyre en el Registro de la Propiedad de la Provincia de Buenos Aires. Sólo en uno no llegó a realizarse el cambio de nombre, por cuestiones de muerte y dictadura.

Crítica de la Argentina
 

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