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Antonio (Tony) Iznaga. El Jilguerito

Pocos lo conocen por su nombre: Antonio (Tony) Iznaga. El pueblo prefiere llamarlo el Jilguerito, desde que por los años 80 en un Programa de radio la locutora lo presentó con ese diminutivo. Su padre, el Jilguero de Cienfuegos, vivió orgulloso de trasmitir un gran legado cultural al hijo, quien ha ganado el respeto y el aplauso del público cubano. La idiosincrasia campesina tiene en él a uno de sus más genuinos representantes.

Ahora acaba de salir del escenario, se arregla el sombrero y su rostro respira un aire feliz, como salido de las entrañas de los guajiros que bailaron sus canciones. El caney en medio del monte, las guitarras que siguen la fiesta y el alboroto de las tonadas, constituyen motivo halagador para «asediarlo». Al instante, establecimos una conversación cuyo centro fue la identidad del ser cubano.

—¿Qué momento vive la música popular campesina en nuestro país? 
—La calidad de la música popular campesina en Cuba no ha bajado, pero creo que debe difundirse más. Existen muy buenos poetas jóvenes, y a través de las cátedras de repentismo tenemos a muchísimos niños incorporados. Sería bueno analizar la posibilidad de que los estudiantes también cultiven los distintos géneros, que aprendan lo que es una guajira, un son montuno, una criolla u otras tonadas en la que se interpreta la décima. 

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Cocina mesa cubana

HISTORIA DE LA COCINA EN LA SIEMPRE FIEL ISLA DE CUBA

Contrariamente a lo que muchas personas han creído siempre, el aborigen cubano se alimentaba muy bien y su dieta era muy sana. Se componía fundamentalmente de maíz, yuca, patata, batata y frutas de la isla, entre las cuales tenían una marcada preferencia por la guayaba, a tal extremo que para ellos, en sus creencias religiosas primitivas, lo que pudiera considerarse su paraíso era un lugar donde el hombre, al morir, se reunía con sus dioses y pasaba el tiempo en un ocio benéfico, tendido en una hamaca y comiendo guayabas bien dulces y fragantes. No faltaba en esta dieta la proteína animal, pues sobre todo los taínos, no eran meros recolectores y pescadores, sino agricultores expertos que también cazaban majaes, jutías, iguanas, aves, almiquí, ostión, cangrejos, tortuga, jicotea, caguama, camarones, almejas, y peces como el manjuarí, jaiba, jurel, biajaca y otros propios de nuestros ríos, y degustaban con mucho placer la sabrosísima, nutritiva y delicada carne del manatí, aquel mamífero acuático que confundió a los primeros españoles que lo vieron flotar en los ríos amamantando a sus crías y lo tomaron por una sirena, la antigua mujer-pez de las leyendas marineras.

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