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Posts Tagged ‘León Tolstoi’

La jungla. Wifredo Lam

“Solo la Poesía podrá vencer a la Muerte”
Alguna vez… creo…
anduve por la Plaza Roja de Moscú…
estuve frente a la tumba de Lenin…
rodeando su cuerpo herido
vi las cúpulas del Kremlin.

León Tolstoi se paseaba por el Cáucaso…
Lev le decían…
pregonaba la fraternidad humana… en vano parece…
las guerras son el pan de cada día..

Vladimir Mayakovski terminó suicidándose
de tanta pasión revolucionaria… pero el futuro era nuestro…
afuera la Plaza Roja estaba toda vestida de primavera en flor…
el eco de la Revolución de Octubre se escuchaba de nuevo…

En la Plaza Roja divisé a mi bien amada… era un espejismo… fata morgana… un recuerdo solamente… Natalie
ahora ya me voy yo
debo partir…
el mundo sigue girando en su modo trágico…
el poder del dinero todo lo decide…
ahora es hora de partir… perderse tras los pasos de Dostoievski…
todo en él es lucha… y delirio…

¿“La Poesía será un camino hacia la verdad”?
¿“Solo la Poesía podrá vencer a la Muerte”?

Atenas, Grecia, en plena cuarentena, diciembre 2020

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En el marco de la XIX Feria Internacional del Libro, creí necesario entregarles este artículo tan interesante sobre la vida de Carpentier en cuanto a la literatura rusa. Además, cuántos desconocerán que su madre era rusa. No olvidemos tampoco que la Feria este año tiene como país invitado de honor a Rusia. Fue publicado en Granma por Rafael Rodríguez Beltrán:

ALEJO CARPENTIER: LA LITERATURA RUSA QUE LLEVABA DENTRO

En 1929, en una carta enviada desde París a Toutouche, como llamaba cariñosamente a su madre, Lina Valmont, cuyo verdadero nombre era Ekaterina Vladímirovna Blagoobrázova, Carpentier escribe: “Acaba de pasar la gran pascua rusa. He asistido a la bendición de los panes en la iglesia ortodoxa de la calle Darú, a las doce de la noche. Ahora almuerzo casi todos los días en un restaurante ruso nuevo de Montparnasse, donde se comen admirables borshs, pirojoks, kashas y kissels. En todas las vidrieras hay huevos de pascua rusa y muñecas y cucharas y copas en forma de pájaro”.
En otra carta, luego de asistir a una puesta en escena de las Tres hermanas, de Chéjov por actores del Teatro de Cámara de Moscú, comenta: “¡Qué rusa es la obra! ¡Cuánto me acordé de ti! ¡Cuando veo ese tipo de teatro eslavo, me parece que te comprendo mucho mejor!”

Nikolái Gógol entre los favoritos del autor cubano.

Nikolái Gógol entre los favoritos del autor cubano.


Esta correspondencia, que en breve estará a disposición del lector cubano, pone de manifiesto, entre muchas otras cosas, como lo demuestran los precedentes fragmentos, la pervivencia de añejas tradiciones culturales rusas en la intimidad familiar, y constituye una evidencia más del profundo conocimiento de la historia, la literatura, el arte plástico y la música del país de origen de su madre, conocimiento que resulta omnipresente en la producción crítica y periodística del novelista, pero que no deja de apreciarse también en sus obras de ficción si bien, en ocasiones, de manera acaso un tanto menos evidente.
En Carpentier, el nexo con la literatura rusa se establece tanto de forma visible como de forma latente. La primera se refleja sobre todo en su labor como periodista, crítico y ensayista, en la cual las alusiones directas, los ejemplos, las citas a innumerables autores rusos apoyan el discurso de manera solo superada por las que se hacen a las literaturas latinoamericana y francesa, centros de atención privilegiados por Carpentier. La segunda, se aprecia en su comprensión y adecuación de cierto espíritu y de determinadas maneras de hacer y hasta de actuar de algunos de los escritores más significativos y universales de la literatura rusa, tales como Iván Turguéniev, Fedor Dostoievski y, sobre todo, Nicolái Gógol y León Tolstoi, sin que, por supuesto, en ningún caso nuestro novelista incurra, ni lejanamente, en el más mínimo mimetismo.

Múltiples fueron los vínculos de Carpentier con la cultura rusa.
Múltiples fueron los vínculos de Carpentier con la cultura rusa.

En su forma visible, las alusiones directas a la literatura rusa se harán presentes desde fechas tempranas de forma paulatina en la medida que su conocimiento se amplía al respecto. Muy al tanto de lo que se produce en la Rusia revolucionaria, bien pronto lo vemos abordar con mucho acierto la crítica de la novela de Vsévolod Ivánov El tren bindado Nº 14-69; en esta crónica se alude a otros escritores tales como, por una parte, Alexánder Kuprin e Iván Bunin que no han logrado asimilar el proceso de profundas transformaciones que se está operando en su país y, por otra, Serguéi Esenin y, sobre todo, Vladímir Mayakovski, “que persiguen una literatura directa, franca y seria”.
Algún tiempo después, alerta con respecto a la literatura decididamente reaccionaria que se gesta en Europa occidental en contra del proceso revolucionario ruso y de la que también se mantiene al tanto: “¡Triste literatura de despechados, visionarios, obsesos y adoradores del látigo! Literatura que causaría nuestra risa, si no nos revelara un estado de espíritu peligrosísimo, si no nos mostrara lo que sería Rusia, si algún día los refugiados que andan por el mundo regresaran a sus tierras y crearan un poder fomentado por su intransigencia y su odio”.


León Tolstoi, autor de La guerra y la paz.
León Tolstoi, autor de La guerra y la paz.

Más adelante, la presencia de los autores rusos en crónicas, ensayos y conferencias resulta sorprendente. Es especialmente valiosa su penetración de la obra del autor de Crimen y castigo en el que, a contrapelo de toda una buena parte de la crítica, ve un “anhelo de ascensión hacia algo distinto, algo mejor, hacia un aire más respirable”. El mayor elogio con relación a León Tolstoi, lo leemos en un artículo donde declara de forma lapidaria: “No es que falten buenas novelas en el siglo XIX; pero a muy pocas cuadra el título de ‘gran novela’, cuando se ha mencionado La guerra y la paz”.
Para el centenario de Gógol, Carpentier propone, con una notable penetración, la relación que puede establecerse entre el desarrollo de la literatura rusa en el siglo XIX y la literatura latinoamericana: “Allá como acá había toda una tradición que no estaba fijada y necesitaba de hombres que nombraran las cosas para que las cosas fueran —y, por ende se universalizaran. Allá, como acá, hubo que esperar muy largo tiempo para que la creación literaria eligiera caminos propios —y no siempre propios— y se fuera estructurando de manera continuada y coherente. De ahí que El cosaco de Gógol viene a ocupar un lugar paralelo, dentro de la literatura rusa, al que ocupan, en las nuestras, novelas como La vorágine o Don Segundo Sombra. Literatura adánica, de visión primera, con función de nombrar y definir”.
En su forma latente, la comprensión de la lección que brindaron los grandes autores rusos del siglo XIX —fenómeno que se aprecia en prácticamente toda la literatura europea de la primera mitad del siglo XX, con sus consabidas repercusiones en América— está presente también en el autor de Los pasos perdidos.
El polimorfismo —si conservamos el término acuñado por el escritor francés Paul Claudel— esto es, las súbitas e inesperadas transformaciones de los personajes centrales de Dostoievski, que heredará André Gide, y que es muy estudiado y apreciado por Carpentier también en muchas de sus crónicas, es una constante en algunas de las criaturas carpenterianas: pensemos en el músico-narrador de Los pasos perdidos o en Vera, la protagonista de La consagración de la primavera. Parafraseando las palabras de Claudel al referirse al novelista ruso, se puede afirmar que lo imprevisible, lo desconocido de la naturaleza humana, es también uno de los aspectos que confiere el mayor interés al desarrollo de muchos de los personajes de Alejo. Por otra parte, es conocida la relación que el lector puede establecer entre La guerra y la paz, cuya lectura Carpentier siempre recomendaba a los jóvenes escritores cubanos y El siglo de las luces. Novelas totalmente diferentes en innumerables aspectos, pero inspiradas ambas por un aliento épico que las hermana, como hermanas, o al menos parientes no muy lejanas son la rusa Natacha Rostova en medio del huracán provocado por la invasión de Napoleón a Rusia y Sofía, que se impone “hacer algo” en medio del furor universal del devastador levantamiento contra la dominación napoleónica en la capital española.
Por último, una curiosa anécdota, intrascendente solo en apariencia, refleja otro tipo de convergencia entre uno de los autores rusos antes señalados y nuestro novelista.
Recién llegado a Francia, Carpentier escribe a su madre, la querida Toutouche, una carta en la que narra el éxito inmediato que ha alcanzado en los medios intelectuales parisinos; podemos imaginar entonces a Lina, llena de un legítimo orgullo materno, mostrándole la carta al amigo Emilio Roig de Leuchsenring, director literario de la revista Social, quien de inmediato sin modificar mucho lo que ha leído en esa carta, redacta unas notas en las que se lee textualmente: “Desde los primeros días de su llegada, puede afirmarse que nuestro Carpentier conquistó París”, luego de lo cual pasa a enumerar a no menos de una docena de personalidades que han hecho de Alejo uno de los suyos. Al recibir el número de la revista, Alejo se enfurece y le escribe una severa carta a su madre, acusándola de haberlo puesto en ridículo a causa de su indiscreción.
Al parecer en ese momento la conquista era solo un sueño que, como sabemos, no está de más decirlo, fue luego superado con creces. Muchos años después, el propio Carpentier, comentando la reciente traducción de varias obras de Gógol, que no vacila en calificar de ” …uno de los clásicos más auténticos de las letras rusas… “, comenta refiriéndose a dicho autor: “Un día escribe a su madre que la Emperatriz en persona le ha rogado que acepte una cátedra de Historia… ¡Mero embuste! Lo que ocurre es que Gógol está soñando… “. Curiosa coincidencia.

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