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Por Danilo Vega Cabrera

Foto: Pim Schalkwijk (Tomada de su perfil de Facebook)

La prensa yucateca se hizo eco por estos días del deceso de José Luis Rodríguez de Armas, el Chino, a causa de complicaciones renales. Nacido en Santa Clara en 1951, se estableció en Mérida hace 30 años, con un sostenido trabajo en el mundo del arte, las exposiciones y la docencia, durante los cuales nunca dejó de mirar el arte cubano.

Quedaría ilustrada sumariamente su labor en Santa Clara —donde fue muy conocido antes de serlo en el contexto mexicano— si tan solo nos remitiéramos a una información de la periodista Mercedes Rodríguez García, publicada en Vanguardia, en 1987, en la que invitaba al público a subir a una «montaña», erróneamente ubicada a 300 km de distancia, en la capital.

Como si se tratase de una nueva procesión a La Meca, esa montaña no estaba más allá del complejo cultural Abel Santamaría, sitio en el que se enclavaba el Museo Provincial con su Círculo Cultural Alejo Carpentier, en que José Luis laboró como especialista a lo largo de los pasados años 80, y donde aparecía una posibilidad de aliviar esa dolencia provinciana del desfasaje.

Cuando Leyda Quesada, entonces directora de dicha institución, le cedió una sala a aquel joven estrenado un poco antes como especialista en Literatura, encontró José Luis un sitio del cual disponer a sus anchas. Lo multiplicó en sus resonancias, lo transformó en otro espacio que destituía el viejo cliché del museo como almacén del pasado, en lo que fuera una estrategia curatorial de vanguardia y muy contemporánea desde el punto de vista de la museología.

Con toda la libertad para promocionar lo que se le antojase, en principio la elección de qué promocionar fue fundamental por parte de José Luis, pero también el aval de la necesidad. Y es cuando nos encontramos con que en las salas transitorias del Museo Provincial —esto es, recuérdese, en una provincia— estaban exponiendo en los años 80 las figuras de primera línea del arte contemporáneo cubano, en número y calidades envidiables por cualquier gran capital cultural.

Figuras entonces muy jóvenes, con el riesgo inherente a la osadía intelectual, protagonizaron los concurridos Salones de la Plástica Joven de Cuba de 1987 y 1988 ideados por José Luis; resúmenes, como ningún otro o pocos otros espacios en La Habana, de todo lo que valía y brillaba.

Junto a esos graduados del sistema de enseñanza artística, el inquieto curador continuaba rescatando con ojo severo lo mejor de la herencia territorial: aquellos dibujantes y pintores populares de Las Villas. Y alternó en estas lides los Salones de la Creación Plástica Infantil «Batalla de Santa Clara» y los sonados Telarte, muy recordados por sus fastuosos montajes en que José Luis probó su excelente tino como museógrafo.

Quizás era ya suficiente que congregara a la intelectualidad en el Museo Provincial para hablar de Carpentier, de literatura o de la documenta de Kassel. O era ya bastante más que consiguiese movilizar al público santaclareño hasta la colina del «Abel Santamaría» por tantas noches de curiosidad y furor.

Quizás era ya demasiado para una provincia, que mucho esperaba sus enjundiosos comentarios de domingo o sus polémicas en Vanguardia, y más tarde en Huella, y la única que, por pura tenacidad de José Luis Rodríguez de Armas, en primerísimo lugar, logró erigirse en un foco de relevancia para el arte cubano fuera de la capital del país. Ya solamente eso, ayer y hoy, alcanza para recordar a nuestro Chino como otro de los imprescindibles.

Tomado de la edición impresa de Vanguardia, Santa clara, 1 de mayo de 2021

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La casa está en sueño
en fuego
Todo se mueve
Se rompen las servilletas (más…)

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Obra de Salvador CorratgéMaestro en el lenguaje de la abstracción, Salvador Corratgé exhibe un trazo virtuoso, su indiscutible vitalidad, y la utilización ingeniosa del espacio en La telaraña de mis sueños, una muestra que se exhibe en la galería La Acacia, en el centro de La Habana.
Un aspecto muy importante de este conjunto es el reto que el pintor lanza a sus coetáneos y a los de más de una generación subsiguiente; pues las obras que allí pueden contemplarse, todas de gran formato, fueron realizadas en 2008 por un creador con más de 50 años de vida artística.
Salvador Corratgé FerreraEn esta exposición de sorprendente coherencia, Corratgé explora las posibilidades infinitas de ese lenguaje abstracto en el cual se ha expresado todos estos años, en una continuidad que jamás admitió la reiteración.
Él fue uno de los artistas que contribuyó a la gran repercusión del Salón de Arte Abstracto, efectuado en 1957, con obras de creadores cubanos seguidores de esta corriente. Ese evento constituía una respuesta del arte nacional al Salón de Pintura alentado por la tiranía batistiana, con obras de conservadores criterios estéticos y políticos.

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