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Posts Tagged ‘Narciso Báez’

caballero01Por Jorge Oller Oller

“El Caballero de París” fue un caminante noble y conocido por todos los habaneros. Durante medio siglo, con dignidad de pobre y andar aristocrático, paseó por la ciudad acompañado de fantasías, leyendas y anécdotas que lo convirtieron en nuestro Quijote capitalino. No llevaba armadura, ni lanza para enderezar entuertos, sino un viejo traje negro en armonía con una raída capa que ondeaba al caminar y un bulto con sus cosas, entre ellas algunas tarjetas y lápices revestidos con hilos de diferentes colores que él mismo dibujaba o decoraba para darlos, con elegancia y solemnidad, a los que de alguna manera le favorecían. A falta de sus artesanías, devolvía las delicadezas con una flor que recogía de los jardines de algún parque.  

Yo conocí también al “Caballero de París”. Fue en una mañana de noviembre de 1951 cuando realizaba un reportaje gráfico de la iglesia del Espíritu Santo, la más antigua de La Habana, situada en la esquina de las calles Acosta y Cuba. El cura del templo, el Padre Edmundo Díaz, me recibió en la sacristía y  fue explicándome con amabilidad la historia de la iglesia, los detalles de su construcción y en los momentos que me mostraba la nave principal entró por el portón el “Caballero de París” quien durante su peregrinar acostumbraba descansar en uno de los últimos bancos.  El sacerdote lo saludó como de costumbre, me presentó, le di la mano y le pedí permiso para retratarlo. Cuál no seria mi sorpresa cuando me dijo: -Sólo me retratan los Caballeros de mi Corte. El padre intercedió: -Es un joven de noble corazón que está empezando en el periodismo y te hará unas bonitas fotos. Nos miró sonriente, pidió que me inclinara y con la rama de una flor marchita que saco de la bolsa dio unos golpecitos en mis hombros diciendo: -Honrado jovencito,  os nombro fotógrafo imperial, ¡Retratadme! Después de aquella sencilla y privilegiada formalidad en el gran salón del templo, le hice varias fotos de las cuales envié copias a la iglesia para el cura y para él. Unos días más tarde recibí una llamada del Padre Edmundo diciendo que El Caballero agradecía las fotos y me había dejado una flor fresca de recuerdo.

Cuatro meses después, el 10 de marzo de 1952,  ocurrió el golpe militar de Fulgencio Batista.  A la una de la madrugada del martes 11 de marzo, el derrocado presidente Carlos Prío se asiló sin gloria en la Embajada de México, situada en una señorial casona que había en la avenida de Línea y calle A,  en el Vedado. Allí estuvimos unos treinta periodistas y reporteros gráficos durante tres días, sentados en la acera o dando vueltas, tratando de entrevistar y retratar a Prío. Durante esa larga y aburrida espera se comentaban los amargos acontecimientos de aquellas horas, pero también se hacían cuentos e historias. Yo, que entonces era el más  joven de los fotorreporteros, escuchaba absorto  los relatos de  mis compañeros alardeando de las formidables fotografías que captaron en tal o cual suceso y de los “palos periodísticos”  que se daban unos a otros. Hice buenas migas con Narciso Báez, hábil fotógrafo de Prensa Libre y ganador de varios premios. Como no tenia otra cosa de que vanagloriarme, se me ocurrió decirle que yo era nada menos que el “fotógrafo imperial del Caballero de París”. El se echó a reír porque también a él, lo había investido con aquella rara categoría real y me hizo varias anécdotas de la vida  del popular caminante y de las numerosas fotografías que le había hecho, algunas de ellas publicadas en la primera plana del diario por el gran interés periodístico y humano que reflejaban. (más…)

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Por Jorge Oller Oller

Aquel martes 28 de diciembre de 1954, La Habana amaneció tranquila a pesar del imperante clima rebelde contra la tiranía de Fulgencio Batista. Sin embargo, en la confluencia de las avenidas de Rancho Boyeros y Vía Blanca, precisamente en los terrenos donde construían la Ciudad Deportiva, llegaban hombres, mujeres y niños de todas partes de la ciudad. Poco después estaba obstruido el tráfico, los  chóferes y pasajeros abandonaban los vehículos en que viajaban y se unían a los curiosos que a distancia, miraban un extraño objeto que parecía ser un disco volador, que eran muy “vistos” en el cielo, pero ninguno había descendido aún a tierra. Este parecía ser el primero.

El artefacto, era como un plato aparentemente metálico, parecía tener unos doce metros de diámetro y cuatro de altura. Alrededor de su circunferencia se destacaban seis pequeñas escotillas donde resplandecían unas lucecitas intermitentes. Coronaba el aparato una cabina transparente del cual emergía un periscopio que oteaba el horizonte.

La radio difundió la noticia. Llegaron los reporteros, fotógrafos y camarógrafos de los distintos medios de comunicación. En aquella planicie se congregaron casi veinte mil curiosos y, entre ellos, decenas de vendedores que aprovecharon la oportunidad  para ganar algún dinero ofreciendo refrescos, pan con timba, maní y otras chuchearías  que satisfacían las glotonerías de los espectadores más comelones y sedientos.

El Ministro de Gobernación de Batista, Ramón Hermida, ordenó a la policía actuar y se unieron también algunos miembros del ejército y la marina. A las diez de la mañana más de setenta uniformados armados de ametralladoras y fusiles rodearon el artefacto. Los bomberos apoyaban la acción con su famosa bomba “Cuba” y un carro  escalera.

Narciso Báez, del diario Prensa Libre, fue uno de los primeros reporteros gráficos en llegar y palpo la tensión que allí reinaba. Muchas personas asiduas a los libros y películas de ciencia ficción estaban sugestionadas porque algunos argumentos se basaban precisamente en platillos voladores tripulados por sanguinarios y crueles “marcianos” que invadían la Tierra : Casualmente ese mes, se había estrenado con gran éxito la película “El día que paralizaron la Tierra”   y, aunque fuera fantasía, todo el que la vio estaba aterrado.

Y más aterrados quedaron cuando los más osados se acercaron al platillo y éste comenzó a emitir extraños sonidos muy estridentes, agudos y horribles. La avanzadilla retrocedió rápidamente y los ruidos cesaron.  Algún guasón  de imaginación fácil dijo “haber visto”, por un instante, a un grotesco rostro de piel verde asomarse por la cúpula acristalada. Eso corrió de boca en boca y causó pánico, gritos y plegarias al cielo suplicando el amparo divino. Y esa histeria  preocupaba al fotógrafo Báez porque pensaba que pudiera darse el caso de que alguno de los agentes del orden,  previendo algún peligro, pudiera aplicar la frase de  “disparar primero y preguntar después”, o se escapara un tiro, lo que provocaría, en ambos casos, una reacción en cadena del resto de los militares y acribillarían aquel “platillo”, si éste no tuviera, como en las películas,  defensas desconocidas que pudieran provocar una masacre. Por suerte nada de eso ocurrió. (más…)

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