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Posts Tagged ‘narrador’

Mi amiga y poetisa Mariana Enriqueta Pérez Pérez me ha enviado esta invitación para su tertulia “La décima es un árbol”, en el Museo de Artes Decorativas de Santa Clara. Esta vez dedicada a Chanito Isidrón:

recuento-de-chanito.JPG

Enlace a tema relacionado con Chanito Isidrón:

Chanito Isidrón, decimista y narrador

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El 19 de mayo de 1895 cayó en combate nuestro José Martí, lamentable pérdida para todos los cubanos. Por eso, en este aniversario 115 de su desaparición física, escogí este poema de Norge Espinosa Mendoza:

Norge Espinosa 

Debieran pesar menos tus párpados, y el limo
de tanto verbo cívico ampararte en mejor modo.
Es larga la llovizna, y el paisaje que la mide
hierve ante tu nombre, que sabíamos Amado.

Estás
y no te vemos más que en el espasmo
que lo humedece todo, en su Constitución
que tantos generales firmaron muy de prisa,
urdiendo otra batalla, otro país,
Papel Moneda

Cárdenas. Bayamo. Ciudades que no viste
se empapan de tu nombre como de extremaunción
y ni los niños pueden, borrando la llovizna
marcar un tiempo apenas en que no estemos
habitándote.
Un parque, un mausoleo, repetidos como bustos
que doblan tu visión: eso devora la llovizna,
y los mapas siniestros que con ninguna brújula
desmentirán al mar, la soledad que nos rodea.
Llovizna, talismán, aparición, huida, encanto.
El mármol de un portal ya casi hundido te pregunta
por los antiguos fríos que te ofreció otra capital
que recorrías cegato, bizambo, desorejado
en pos de islas inciertas, casi humano temporal.

No se esfuma el olor tremendo de tu anécdota.
No cesa la llovizna
sino el mezquino tiempo que duró tu aparición.
Te vas antes de que abran sus mesas y sus manos
los húmedos civiles que supieron invocarte.
Te vas como se esfuma la silente Navidad,
y la fe cenizada con la cual sobrevivimos.
El día también canta, a su manera, los milagros.
Hoy, cuando quiero cerrarme en la llovizna
como un libro.

Norge Espinosa Mendoza, poeta, ensayista, crítico, narrador y dramaturgo villaclareño (Santa Clara, 1971)

Vea el poema Cepa de un cuerpo, de Norge Espinosa

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Tuve la satisfacción de leer este trabajo en Juventud Rebelde. Pedro Llanes es un escritor villaclareño y sobre todo un poeta extraordinario.

Pedro Llanes: entre la literatura y el paisaje
Por Alberto Sicilia

Pedro Llanes. LAZ 

Pedro Llanes. LAZ

Terminal de Placetas, seis de la mañana, veo por encima del hombro la figura silenciosa de Pedro Llanes  (Diario del ángel, Sibilancia, Icono y ubicuidad, Sonetos de la estrella rota, Balada con sinsonte, El fundidor de espadas y Del Norte y del Sur). Los pasajeros se aglomeran, intentan abordar el camión y apenas los puedo controlar con algunos pases mágicos, le hago un ademán para que me espere en la parte delantera, tengo para los próximos 30 kilómetros la seguridad de una conversación signada por el esplendor de la imagen, y por la búsqueda permanente de la cita sorpresiva. Comienzo el viaje, doy los primeros cambios y asciendo los elevados de la ciudad del centro, el pueblo que vio nacer en 1962 al poeta, ensayista y narrador, se queda atrás.

—Maese Pedro, ¿qué sedimentos persisten en tu obra de esas callejuelas desembocando en el verdor de los sembradíos?
—En una entrevista reciente respondí acerca de la provincia, acerca de la topicidad. Virgilio, Séneca, eran uno mantuano; otro de Hispania; Dante, florentino; Homero, de siete ciudades. Poe nació en Boston, Faulkner en el sur, Hemingway en Idaho, T. S. Elliot en Saint Louis. La Avellaneda había nacido en Puerto Príncipe. Milanés y Plácido no pasaban de ser unos provincianos. Ballagas, profesor de la Escuela Normal de Santa Clara, nació en Camaguey. Ahora el asunto hay que reformularlo porque las tecnologías y la hiperfluidez de las comunicaciones han cambiado todo. En lo concerniente a mercado —para quienes se interesen por el mercado— el topos no tiene importancia, sino el libro, el producto sujeto a estandarización. La casa editorial no pregunta de dónde vienes, pregunta adónde vas. Si Cormac Mc Carthy o Roberto Bolaño escribieron The orchard beeper o Los detectives salvajes en Hawai o el D.F no importa. Cien años de soledad escrito en México fue a parar a manos de Carlos Barral, este lo denegó; sin embargo, es uno de los textos más importantes de la poética del boom. Recuerdo con mucho cariño a Placetas, allí están enterrados mi padre y mi abuela. Ella me enseñó a leer a los cinco años. Viví en ese pueblo hasta finales de los noventa.

—Las correspondencias atemperan al hombre nacido para la imagen, entre el pensador y el comunicador. ¿Cómo equilibras las cargas entre los diferentes géneros?
—La poesía me interesa en la medida en que sus mecanismos sean más inestables, más sensorializados. Ella intenta la unidad a través de la pluralidad, pero su medio es el de las cosas físicas, al contrario del aserto de Poe de que «la materia en sí carece de importancia». El relato varía por constitución su finalidad (acontecimientos, personajes, trayectoria), utiliza los elementos dinámicos tensionando de alguna manera los estáticos (más presentes en la poesía). El resultado comunicativo, digamos, es más eficiente. Me gustan las diferentes posibilidades.
Desconfío de lo monológico. —Se ha murmurado en los corrillos sobre tu hermética hermenéutica, la acercan a otros nombres de aquí y de acullá, en cambio todos acuerdan la  excelencia en la suma y el goce en penumbras de nuevos resplandores, ¿qué vio Pedro, qué oye, qué transcribe de la espesa tiniebla?
—Diario del ángel y Sibilancia se fundaban en la creación de simbolizaciones y niveles de aprehensión. Proponían por así decirlo una zona artística estanco, superior incluso a la propia realidad a la que habían declarado insuficiente. En cierta forma eran presupuestos que heredábamos del origenismo donde lo aséptico y el cuidado del texto estaban por encima de todas las cosas. El arte también es tecné: se abstrae de la realidad para ser. Ello incluye referentes, adiestramiento en la interpretación de textos. En «Res finita»,Sibilancia (Doremmy, el mandarín Tsung, Katina) no pasan de simples sustituciones. La quiebra matrimonial se reviste de abruptos, enmascaramientos, tal y como los describió Roger Caillois. Los referentes, entre otros, serían Los Pretiles (el Escambray), Luiggi, Rodolfo (hermanos de Katina). Las tubas, los insípidos instrumentos del cabaret donde fuimos ella y yo una noche de invierno de 1990. Poemas nocturnos para L. (Premio Fundación de la ciudad de Santa Clara) dialoga con la tradición, con la realidad. En él creo haber roto el modelo de los origenistas y mi propia norma de los ochenta. El tiempo hace su obra. Los inicios de milenio han desautorizado los hermetismos porque propugnan lo esotérico en tipos de sociedades que se autoproclaman abiertamente comunicacionales. Lo hermético se me antoja oblicuo, velado y en cierta medida defensivo. No entiendo tu pregunta sobre las tinieblas, pero Jacob Boehme justificándolas afirmaba que «no hay que pensar que la vida de las tinieblas esté sumida en la desdicha, perdida en una suerte de perpetua aflicción». Para mí uno las encuentra, están ahí, son posibilidades, formas.

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Pedro MirHay un país
un país en el mundo
colocado
en el mismo trayecto del sol,
Oriundo de la noche.
Colocado
en un inverosímil archipiélago
de azúcar y de alcohol.
Sencillamente
liviano,
como un ala de murciélago
apoyado en la brisa.
Sencillamente
claro,
como el rastro del beso en las solteras
antiguas
o el día en los tejados.
Sencillamente
Frutal. Fluvial. Y material. Y sin embargo
sencillamente tórrido y pateado
como una adolescente en las caderas.
Sencillamente triste y oprimido.
Sinceramente agreste y despoblado.

En verdad.
Con dos millones
suma de la vida
y entre tanto
cuatro cordilleras cardinales
y una inmensa bahía y otra inmensa bahía,
tres penínsulas con islas adyacentes
y un asombro de ríos verticales
y tierra bajo los árboles y tierra
bajo los ríos y en la falta del monte
y al pie de la colina y detrás del horizonte
y tierra desde el cantío de los gallos
y tierra bajo el galope de los caballos
y tierra sobre el día, bajo el mapa, alrededor
y debajo de todas las huellas y en medio el amor.
Entonces
es lo que he declarado.
Hay
 un país en el mundo
sencillamente agreste y despoblado.

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Edgar Allan PoeEdgar Allan Poe, poeta, narrador, pionero de la ciencia ficción, y padre del cuento fantástico y la novela policiaca, nació el 19 de enero de 1809 en Boston, por lo que se conmemora el bicentenario de su nacimiento. NTC continúa colaborando con mi blog: gracias, Gabriel, y me ha enviado estos dos poemas que le dedicaron Jorge Luis Borges y Stéphan Mallarmé.

Edgar Allan Poe, de Jorge Luis Borges

Pompas del mármol, negra anatomía
que ultrajan los gusanos sepulcrales,
del triunfo de la muerte los glaciales
símbolos congregó. No los temía.

Temía la otra sombra, la amorosa,
las comunes venturas de la gente;
no lo cegó el metal resplandeciente
ni el mármol sepulcral sino la rosa.

Como del otro lado del espejo
se entregó solitario a su complejo
destino de inventor de pesadillas.

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Norge Espinosa MendozaQue toda plenitud sea ese torso, y que los pájaros
nacidos de su piel tu compañía:
un día del verano será finalmente eterno
si yace junto a ti aquel a quien amábamos.
Piel, eternidad, plenitud, irisdicencia;
cifras de ese cuerpo que solo tú describirás
oscuro y entrevisto, en el mar, cuando la tarde
y el tedio y el amor abren una misma copa.

Copa levantada en el hervor. Las despedidas
serán el rito amargo demorado de cada página.
Que tanta soledad pueda de pronto quebrantarse;
te salvará ese cuerpo. Cuando te roce, vivirás.
Pétalo en el aire. Abrazo apenas sostenido.
Si la belleza es cosa cierta, sé que terminará cegándonos.

De Las estrategias del páramo

Norge Espinosa Mendoza, poeta, ensayista, crítico, narrador y dramaturgo villaclareño (Santa Clara, 1971)

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Santa Clara

Santa Clara

Los mercados son gráciles muchachos,

guardan en sus pechos

delgados pañuelos, polvos y brillos por una ciudad

que agotada no responde a devaneos.

Por las mañanas muestran sus prendas,

en sus cabezas hay frescura

de cabellos peinados con aceite salobre

y algo del río en las miradas.
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Un escozor antiguo hace crecer los hombros

torneados por el “buen dios” que los conduce.

llega el momento en que el día corre,

el sol, hasta la lluvia con su inevitable círculo.

Ya de noche los muchachos estrujan sus párpados,

pestañas hechas para ver en cielo de sombras.

Encima la ciudad,

nido de cristal que han amado

en un sonido de lámpara y de pubis abierto.

Las figuras creadas por otras manos

—antes suyas—

sustituyen las caras

de todo cuanto ríe o parece reír.

Los muchachos, libres al fin,

como ha dicho el himno,

dejan caer de sus pañuelos las doradas esencias

que el “buen dios” ha colocado en ellos,

para esplendor o misterio de la ciudad

que se desvanece en el pincel.

Eduardo González Bonachea, poeta, narrador, investigador y doctor villaclareño (Camajuaní). Del libro Faro más allá de la isla, 2006.

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