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Posts Tagged ‘Pacto del Zanjón’

Uno de nuestros ilustres patriotas santaclareños es Ramón Leocadio Bonachea, protagonista de la Protesta del Jarao o de Hornos de Cal, contra el Pacto del Zanjón. Mi colega Narciso Fernández Ramírez es el autor de este trabajo en honor de tan ilustre patriota de Santa Clara:

BONACHEA: PATRIOTA INSIGNE

Hace 125 años fue fusilado en el Morro de Santiago de Cuba el general Ramón Leocadio Bonachea. Hijo ilustre de Santa Clara, resultó el último cubano en deponer las armas en la Guerra de los Diez Años y protagonizó la Protesta de Hornos de Cal de Jarao en oposición al Pacto del Zanjón.
La Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana en la provincia lo declaró Patriota Insigne de Villa Clara.

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Monumento a Ramón Leocadio Bonachea,
en Independencia y Virtudes, Santa Clara.
(Foto del autor)

EL HOMBRE DE HORNOS DE CAL

Nació Ramón Leocadio Bonachea el 9 de diciembre de 1845 en el seno de una distinguida familia santaclareña.
Con apenas 19 años marchó a la manigua a sumarse a la revolución iniciada por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868.
Incorporado a las tropas de Camagüey, sirvió a las órdenes directas de Ignacio Agramonte. Miembro de la escolta de El Mayor participó en el famoso rescate de Sanguily y resultó ligeramente herido en la batalla de Las Guásimas, la más grande de la Guerra de los Diez Años.
Pronto alcanzó altos grados en el Ejército Libertador, y sobresalió por su aguda inteligencia y pensamiento revolucionario.
El 1ro. de julio de 1877 le escribió una carta a su primo, el también patriota santaclareño Eduardo Machado Gómez, en la que analizaba la difícil situación que atravesaba la Revolución en aquellos momentos:
«Estamos viendo al Ejército desbandarse hombre por hombre, viciarse completamente la disciplina; aprovechándose de los errores cometidos en la Administración […] A nosotros toca los que nos consideramos patriotas y estimamos en algo el nombre que tenemos y los sacrificios que hemos hecho  en más de ocho años de constante lucha contra la dominación española poner coto en lo que podamos a tales absurdos, a tales desórdenes […]»(1)
El 10 de febrero de 1878 se firmó el Pacto del Zanjón, y un mes más tarde, el 15 de marzo, el general Antonio Maceo protagonizó la inmortal Protesta de Baraguá.
Entre los pocos que continuaron la lucha y se mantuvieron en los campos de Cuba Libre se incluyó el teniente coronel Ramón Leocadio Bonachea.
Durante 14 meses después del pacto zanjonero, demostró Bonachea su firme decisión de vencer o morir por la independencia de la Patria.
Su audacia fue puesta a prueba en la toma de Morón, en su paso triunfal por Ciego de Ávila y en la marcha de un mes y 23 días que hiciera desde la Trocha hasta Remedios, en la cual hostigó los fuertes españoles y reorganizó las fuerzas bajo su mando.
El 10 de noviembre de 1878, el general Calixto García, en su condición de presidente del Club Revolucionario de Nueva York, lo ascendió a general de brigada por los méritos en los servicios prestados a la independencia.
Perseguido y acosado por miles de soldados españoles y consejado por amigos a que depusiera las armas, Ramón Leocadio Bonachea protagonizó, el 15 de abril de 1879, su famosa Protesta de Hornos de Cal, una localidad inmediata al poblado de Jarao, en Sancti Spíritus.
Del acta levantada para la memorable ocasión, son estas ideas expuestas por el general villaclareño a sus tropas:
«[…] cuando a principios del año próximo pasado tuvo conocimiento de las estipulaciones hechas en el Zanjón, no las aceptó por considerarlas perjudiciales para el país […] En tal concepto e inspirado sólo por su amor a la patria, continuó luchando por la libertad e independencia de ella, arrostrando todos los peligros y dificultades consiguientes […]»
Y para no dejar duda de su patriotismo inmaculado, lejó para la posteridad su irrevocable decisión de continuar la lucha:
«[…] su resolución de dejar las armas y retirarse obedece solamente al deseo de no interrumpir la reconstrucción del país sin beneficio alguno para la causa de su independencia, bajo la inteligencia de que no ha capitulado con el gobierno español, ni con sus autoridades […], ni se ha acogido al convenio celebrado en el Zanjón, ni con éste se halla conforme bajo ningún concepto.»(2)

CUBANO ANTES QUE TODO

En el forzado exilio no cejó Bonachea en su afán de regresar a Cuba. Ascendido a general de división el 7 de julio de 1879, se involucró junto a Calixto García y otros jefes militares en los planes de la Guerra Chiquita.
Mantuvo estrecha correspondencia con Gómez y Maceo e inició intercambio epistolar con el joven José Martí, cuya actuación comenzaba a ser reconocida dentro de la emigración cubana en los Estados Unidos.
La labor conspirativa y proselitista del santaclareño resultó intensa. Cada uno de sus pasos fue seguido por los espías españoles, que no le perdían pie ni pisada.
De un informe confidencial a las autoridades españolas son estas líneas que recogen lo acontecido en un mitin revolucionario celebrado en Nueva York el 22 de julio de 1883, y que, además, refrendan los ideales independentistas del patriota hijo de Santa Clara:
«Bonachea se levantó y acalorado dijo: Vengo en busca de recursos para haceros independientes. He trabajo sin cesar durante muchos años en Jamaica, en Haití y en Cayo Hueso […] y si hoy me negáis vuestro concurso os cubriráis el rostro avergonzados. Iré a Cuba a pesar de todos los obstáculos que se pongan.»(3)
Desde Honduras, Bonachea intenta venir legal a Cuba por razones familiares, tal como hiciera años después, en 1890, Antonio Maceo a su natal Santiago, y le escribió una carta de solicitud al gobernador político de Cuba.
Allí, el hombre de Hornos de Cal le significó a la importante autoridad colonial: «[…] fui de los que tomé parte en el movimiento revolucionario de Céspedes, protesté y protesto contra el Pacto del Zanjón, me sostuve en los campos hasta el 17 de abril de 1879 defendiendo con las armas la causa que creí y creo justa cual es la Independencia de mi patria […] He aquí lo que he sido, lo que soy y lo que seré, cubano antes que todo y enemigo del Gobierno que nos avasalla y oprime […]»(4)
El permiso, por supuesto, le fue denegado.

A CUBA, PERO A DESTIEMPO

La impaciencia corroía el espíritu de Bonachea. No pudo esperar mucho más, y en 1884 regresó a Jamaica y desde allí preparó su expedición a Cuba.
En noviembre dio por terminados los preparativos, y el 29 del propio mes salió con 14 cubanos más en el barco Roncador hacia la anhelada Patria. La expedición tenía como objetivo desembarcar por el centro de la Isla, por Palo Alto, entre Júcaro y el río Jatibonico, en el extremo occidental de Camagüey.
Lamentablemente, cada uno de sus pasos los conocía el Cónsul español en Jamaica, quien de inmediato informó de su salida.
El 2 de diciembre de 1884 llegó Bonachea a Bélic, Playa Las Coloradas, el lugar exacto por donde Fidel desembarcaría 72 años más tarde, incluso, un mismo día, para mayor casualidad.
Al siguiente día regresó a alta mar, pero fue apresado por el buque español La Caridad, que lo trasladó a Manzanillo y luego a Santiago de Cuba.
Sometido a Consejo de Guerra, el general de división santaclareño recibió, junto a otros cuatro de sus compañeros, la sanción de pena de muerte por fusilamiento.
Horas antes de morir, el 6 de marzo de 1885, José Ramón Leocadio Bonachea Hernández escribió su última carta, publicada 15 días después en el periódico independentista El Yara, de Cayo Hueso.
A sus amigos y hermanos del exilio les pidió se ocuparan de su esposa e hijos: «Yo muero tranquilo, con respecto al pan que necesitan mi señora y mis cuatro niños. Amigos caros, no olviden mi última recomendación, no olviden a esos pedazos de mi corazón, que quedan a cargo de ustedes.»
Y para su sufrida Cuba son estas palabras suyas: «[…] muero […] con la resignación y el valor que debe morir todo hombre digno y mucho más por lo que es.»(5)

REFERENCIAS

(1) En Ramón Leocadio Bonachea y la independencia de Cuba, de Raúl Rodríguez La O, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2007, p. 12.
(2) Obra citada, pp. 20 y 21.
(3) Obra citada, p. 49.
(4) Ibídem, pp. 33 y 34.
(5) Ibídem, pp. 75 y 76.

Del Blog de Carlos Alberto Casanova tomé algunas fotos y estas citas que nos explican el origen de la escultura:

El monumento al patriota villaclareño es obra del escultor Córdova, a iniciativa del doctor Alfredo Barrero, venerable maestro de la Logia Progreso, que tuvo a su cargo el patronato de la obra.

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El busto del guerrero, esculpido en bronce, mira al oriente y reposa sobre un pedestal compuesto por cinco cantos de piedra de talla, en el cual fue colocada la placa alusiva al patriota, también realizada en bronce.

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A la izquierda del pedestal, y a su misma altura, el artista encargado de la obra esculpió una figura femenina que mira hacia el busto. La figura femenina, cuya mano derecha sostiene el escudo de la ciudad, y la izquierda ofrece flores u hojas alusivas a la paz o a la entereza, puede interpretarse como su patria chica que fue Santa Clara.

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Diciembre tiene dos fechas importantes en la historia de Cuba, la muerte en combate de Antonio Maceo Grajales, el día 7 de 1896, y el nacimiento de Ramón Leocadio Bonachea Hernández, el 9 de 1845, en mi ciudad de Santa Clara, es decir, hace 164 años. Ambos próceres nacieron en 1845. Pocos conocen que al mando del santaclareño, una expedición de 14 patriotas cubanos desembarcó por Las Coloradas un 2 de diciembre, como el yate Granma, pero mucho antes, en 1884 y en la goleta El Roncador, con iguales propósitos, luchar contra el opresor.
Por eso he escogido este trabajo de Granma para evocar estas dos grandes figuras de nuestra patria: 

Generales Maceo y Bonachea: ejemplos de lealtad e intransigencia revolucionaria

Por Raúl Rodríguez La O 

 Los generales Antonio Maceo y Ramón Leocadio Bonachea

Los generales cubanos Antonio Maceo Grajales y Ramón Leocadio Bonachea Hernández constituyen un ejemplo de amor, lealtad, principios, ética, disciplina e intransigencia revolucionaria a favor de la independencia de Cuba.
El primero nació el 14 de junio de 1845 en Santiago de Cuba y cayó combatiendo en La Habana durante la tercera y última guerra contra España, el 7 de diciembre de 1896. El segundo nació en Santa Clara, el 9 de diciembre del mismo año de 1845, y tras ser hecho prisionero en diciembre de 1884 fue fusilado por los colonialistas españoles en el Morro de Santiago, el 7 de marzo de 1885.
Ambos se opusieron rotundamente al Pacto del Zanjón que puso fin a la primera guerra de independencia de 1868 a 1878 al negarse a deponer las armas, continuar combatiendo y manifestar sus posiciones y actitudes por medio de la Protesta de Baraguá, en la zona oriental de la Isla, protagonizada por Maceo, el 15 de marzo de 1878, y la Protesta de Hornos de Cal, Jarao, Sancti Spíritus, por Bonachea, el 15 de abril de 1879.
Durante los preparativos de la Guerra Chiquita (desarrollada desde agosto de 1879 hasta septiembre de 1880) tanto Maceo como Bonachea se comprometieron con el general Calixto García, quien era el jefe supremo de esa segunda contienda independentista, para venir al frente de dos expediciones armadas, pero lamentablemente no pudieron cumplir sus deseos por razones ajenas a su voluntad.
Estos dos destacados patriotas cubanos estuvieron en la primera guerra de independencia desde los momentos iniciales. Bonachea era de familia acomodada y blanco. Maceo de origen humilde, aunque no pobre, de raza negra. Los dos de pensamiento y muy valientes y leales, hasta la muerte, a la causa cubana.
Para Antonio Maceo los principios y la honra eran como el oxígeno para la vida. Por eso cuando lamentablemente y a pesar de sus preocupaciones y las del general Bonachea, se produjo la firma del Pacto del Zanjón en Camagüey, el 10 de febrero de 1878, ambos lo rechazaron por considerarlo indigno y contrario a los principios revolucionarios y patrióticos por los que habían combatido para alcanzar la independencia y abolir la esclavitud.
En la zona oriental de la Isla, Maceo convocó a la mayoría de los principales oficiales y soldados de la revolución y juntos decidieron rechazar ese ignominioso pacto y continuar la lucha. Hecho protagonizado en una reunión celebrada el 15 de marzo, del mismo año, entre el bravo general y sus compañeros con el general español Arsenio Martínez Campos, en Mangos de Baraguá, en Santiago de Cuba, conocido desde entonces como la “Protesta de Baraguá” y considerada posteriormente por José Martí como “lo más glorioso de nuestra historia”.
Y, por su parte, el general Bonachea, quien también se negó a aceptar el Pacto del Zanjón, decidió seguir combatiendo junto a los hombres que lo acompañaban con fuerzas de caballería en la zona de la trocha militar, cerca de Morón. También se reunió con el general Arsenio Martínez Campos y le manifestó su disposición de continuar la lucha por la independencia definitiva de Cuba. Se convirtió, de hecho, en el último combatiente y oficial de importancia de la guerra de 1868 que siguió combatiendo tras los acuerdos del Zanjón y la salida al extranjero de Maceo en misión de la revolución, razón por lo cual Calixto García Iñiguez lo ascendió a general con el objetivo de estimularlo y que continuara alzado en los campos de Cuba en momentos en que él al frente del Comité Revolucionario Cubano, de Nueva York, preparaba la Guerra Chiquita.
Muy heroica fue la actitud de Bonachea, ya que estuvo combatiendo en Cuba hasta el 15 de abril de 1879 cuando presionado y aconsejado por los propios cubanos depuso las armas mediante la Protesta de Hornos de Cal, en Jarao, Sanctí Spíritus, protagonizada en esa fecha por él y sus hombres.

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Siempre he admirado el coraje y el honor del Generalísimo Máximo Gómez, el gran hombre con amplia experiencia militar, en especial la táctica de las cargas al machete, y que en 1865 arribó a Cuba con el único deseo de pelear contra la dominación española. Muy interesante el trabajo que propone Ciro Bianchi sobre uno de los más insignes jefes militares de las gestas independentistas de Cuba y símbolo del internacionalismo:

Así era el Generalísimo

Ciro Bianchi Ross
digital@juventudrebelde.cu

Máximo Gómez  

Cesa la guerra con el Pacto del Zanjón. El mayor general Máximo Gómez no quiere permanecer en Cuba. Pretende trasladarse a Jamaica y con ese fin se dirige al general Arsenio Martínez Campos, a quien apodan El Pacificador por haber puesto fin a una contienda que duraba ya diez años. Quiere Gómez que, en virtud de los acuerdos, el gobierno colonial le ofrezca las facilidades para salir de la Isla.
—No piense usted en eso. Hombres como usted son los que me hacen falta para llevar adelante mi obra de reconstrucción del país. Así que pídame lo que quiera; menos la mitra de un obispo, que es cosa del Papa, todo se lo concedo —dice Martínez Campos.
Gómez parece no escucharlo. Reitera:
—Lo único que deseo, General, es el barco, en cumplimiento de lo acordado.
Insiste el jefe español:
—Mire, Gómez, todavía me queda medio millón de pesos. Ese dinero puede ser suyo.
Gómez se indigna.
—Recuerde, General, que si usted tiene entorchados, yo también los tengo, y que está usted obligado a respetarme. Estos andrajos con que me ve cubierto valen más que cuanto España puede ofrecerme. Yo no he venido aquí sino a pedir el cumplimiento de lo pactado en el Zanjón: un barco para salir de Cuba. No puedo admitirle a usted dinero. Si lo hiciera, usted mismo me despreciaría.

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