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Posts Tagged ‘Paulo Coelho’

Cerrando círculos

El año 2012 termina, se cerca 2013. Le deseo mucha salud, felicidad y éxito para el nuevo año. Estos consejos de Paulo Coelho es lo mejor que he encontrado para patentizar mis deseos para todos:

 

CERRANDO CÍRCULOS

 

Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos, como quieras llamarlo. Lo importante es poder cerrarlos, y dejar ir momentos de la vida que se van clausurando.

¿Terminó tu trabajo? ¿Se acabó tu relación?, ¿Ya no vives más en esa casa? ¿Debes irte de viaje? ¿La relación se acabó? Puedes pasarte mucho tiempo de tu presente “revolcándote” en los por qué, en devolver el cassette y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho. El desgaste va a ser infinito, porque en la vida, tú, yo, tu amigo, tus hijos, tus hermanos, todos y todas estamos encaminados hacia ir cerrando capítulos, ir dando vuelta a la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la vida y seguir adelante. (más…)

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He terminado de leer A orillas del río Piedra me senté y lloré, de Paulo Coelho , ese magnífico novelista, compositor de canciones populares, periodista y dramaturgo brasileño. De hace un tiempo acá me gusta publicar en mi blog fragmentos que me hayan impresionado de los libros que leo y disfruto. Esta vez solamente pondré uno, que aparece en el capítulo llamado jueves, 9 de diciembre de 1993, y al que lo mismo pudiera llamar “¡Rompe el vaso!” que “Aquel minuto de beso”. ¡Sencillamente conmovedor! Mi propuesta: lean esta novela.

A orillas del río Piedra me senté y lloré

Calló de repente.
—No quiero hablar de eso —dijo—. Quiero hablar de otro tipo de amor.
Sus manos tocaron mi rostro.
El vino hacia las cosas más fáciles para él. Y para mí.
—¿Por qué te has callado de repente? ¿Por qué no quieres hablar de Dios, de la Virgen, del mundo espiritual?
—Quiero hablar de otro tipo de amor —insistió—. Aquel que comparten un hombre y una mujer, y en el que también se manifiestan los milagros.
Le cogí las manos. Él podía conocer los misterios de la Diosa, pero de amor sabía tanto como yo. Por mucho que hubiese viajado.
Y tendría que pagar el precio: la iniciativa. Porque la mujer paga el precio más alto: la entrega.
Estuvimos cogidos de las manos durante largo rato. Leía en sus ojos los miedos ancestrales que el verdadero amor coloca como pruebas a ser vencidas. Leí el recuerdo del rechazo de la noche anterior, el largo tiempo que pasamos separados, los años en el monasterio en busca de un mundo donde esas cosas no ocurrían.
“Leía en sus ojos los millares de veces que había imaginado aquel momento, los escenarios que había construido a nuestro alrededor, el corte de pelo que yo debía de llevar y el color de mi ropa. Yo quería decir “sí”, que sería bienvenido, que mi corazón había ganado la batalla. Quería decirle cuánto lo amaba, cuánto lo deseaba en aquel momento.
Pero continué en silencio. Asistí, como en un sueño, a su lucha interior. Vi que tenía ante él mi “no”, el miedo de perderme, las palabras duras que había oído en momentos semejantes, porque todos pasamos por eso, y acumulamos cicatrices.
Sus ojos empezaron a brillar. Sabía que estaba venciendo todas aquellas barreras.
Entonces solté una de sus manos, cogí un vaso y lo puse en el borde de la mesa.
—Se va a caer —dijo él.
—Exacto. Quiero que tú lo tires.
—¿Romper un vaso?
Sí, romper un vaso. Un gesto aparentemente simple, pero que implicaba miedos que nunca llegaremos a entender del todo. ¿Qué hay de malo en romper un vaso barato, si todos hemos hecho eso sin querer alguna vez en la vida?
—¿Romper un vaso? —repitió—. ¿Por qué?
—Podría dar algunas razones —respondí—. Pero la verdad es que es sencillamente por romperlo.
—¿Por ti?
—Claro que no.
Él miraba el vaso en el borde de la mesa, preocupado de que fuese a caerse.
“Es un rito de pasaje, como tú mismo dices —tuve ganas de decirle—. Es lo prohibido. Los vasos no se rompen adrede. Cuando estamos en los restaurantes o en nuestras casas, procuramos que los vasos no queden en el borde de la mesa. Nuestro universo exige que tengamos cuidado para que los vasos no caigan al suelo”.
Sin embargo, seguí pensando, cuando los rompemos sin querer, vemos que no era tan grave. El camarero dice “no tiene importancia”, y nunca en mi vida he visto que en la cuenta de un restaurante hayan incluido el precio de un vaso roto. Romper vasos forma parte de la vida y no nos hacemos daño a nosotros ni al restaurante ni al prójimo.
Moví la mesa. El vaso se bamboleó, pero no cayó.
—¡Cuidado! —dijo él, instintivamente.
—Rompe el vaso —insistí.
Rompe el vaso, pensaba para mí, porque es un gesto simbólico. Trata de entender que yo rompí dentro de mí cosas mucho más importantes que un vaso, y estoy feliz de haberlo hecho. Mira tu propia lucha interior, y rompe ese vaso.
Porque nuestros padres nos enseñaron a tener cuidado con los vasos, y con los cuerpos. Nos enseñaron que las pasiones de la infancia son imposibles, que no debemos alejar a hombres del sacerdocio, que las personas no hacen milagros, y que nadie sale de viaje sin saber adónde va.
Rompe el vaso, por favor, y libéranos de todos esos conceptos malditos, de esa manía de tener que explicarlo todo y hacer sólo aquello que los demás aprueban.
—Rompe el vaso —pedí una vez más.
Él clavó su mirada en la mía. Después, despacio, deslizó la mano de la mesa hasta tocar el vaso. Con un rápido movimiento, lo empujó al suelo.

El ruido del vidrio roto llamó la atención de todos. En vez de disfrazar el gesto con alguna petición de disculpas, él me miraba sonriendo, y yo le devolvía la sonrisa.
—No tiene importancia —gritó el chico que atendía las mesas.
Pero él no lo oyó. Se había levantado, me había cogido por los cabellos y me besaba.”

Yo también lo cogí por los cabellos, lo abracé con toda mi fuerza, le mordí los labios, sentí que su lengua se movía dentro de mi boca. Era un beso que había esperado mucho, que había nacido junto a los ríos de nuestra infancia, cuando todavía no comprendíamos el significado del amor. Un beso que quedó suspendido en el aire cuando crecimos, que viajó por el mundo a través del recuerdo de una medalla, que quedó escondido detrás de pilas de libros de estudio para un empleo público. Un beso que se había perdido tantas veces y que ahora había sido encontrado. En aquel minuto de beso estaban años de búsquedas, de desilusiones, de sueños imposibles.
Lo besé con fuerza. Las pocas personas que había en aquel bar debieron de mirarnos y pensar que aquello no era más que un beso. No sabían que en ese minuto de beso estaba el resumen de mi vida, su vida, de la vida de cualquier persona que espera, sueña y busca su camino bajo el sol.
En aquel minuto de beso estaban todos los momentos de alegría que había vivido.
 

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Estos fragmentos y frases del libro El alquimista, de Paulo Coelho, los encontré tan interesantes, que cuando lo leí los copié. Los pongo a disposición de mis lectores, y si no lo han leído, se lo recomiendo, es una joya. 

El alquimista

Es justamente la posibilidad de realizar un sueño lo que torna la vida interesante.

Cuando quieres alguna cosa todo el Universo conspira para que realices tu deseo.

La hora más oscura es la que viene antes del nacimiento del sol.

Morir de sed cuando las palmeras ya aparecen en el horizonte.

Pocas veces el dinero sirve para retrasar la muerte.

-¿Cuál es la mayor mentira del mundo?- indagó, sorprendido, el muchacho.
-Es ésta: en un determinado momento de nuestra existencia, perdemos el control de nuestras vidas, y éstas pasan a ser gobernadas por el destino. Ésta es la mayor mentira del mundo.

Acuérdate de saber siempre lo que quieres.

No puedes confiar en un hombre si no conoces su casa.

Toda bendición no aceptada se convierte en maldición.

Nunca desistas de tus sueños.

Tengo sólo el presente, y eso es lo único que me interesa. Si puedes permanecer siempre en el presente serás un hombre feliz.

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