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Posts Tagged ‘periodista’

Gráfica de Marcelo Saratella.

Noviembre
14

 

En la mañana de hoy de 1889, Nellie Bly emprendió su viaje.

Julio Verne no creía que esta mujercita linda pudiera dar la vuelta al mundo, ella sola, en menos de ochenta días.

Pero Nellie abrazó el planeta en setenta y dos días, mientras iba publicando, crónica tras crónica, lo que veía y vivía. (más…)

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Por Horacio Ricardo Silva

Toda fecha es una convención; y como tal es válida para reafirmar, año tras año, el compromiso de ejercer el oficio periodístico en beneficio de los desheredados de la tierra, de los parias de la sociedad, de los despojados al derecho de tener voz.

El 7 de junio de 1810, Día del Periodista, es la fecha en la cual Mariano Moreno fundó la Gazeta de Buenos Ayres, Argentina, periódico destinado a consolidar la naciente Revolución de Mayo, aún en peligro de ser ahogada en la cuna por la reacción de los godos y del papa Pío VII.

Primer número de Gazeta de Buenos Ayres

Este noble propósito se ve desvirtuado cada año por los periodistas de profesión liberal, aquellos que ponen su capacidad intelectual al servicio de ricos y poderosos; y a quienes un olvidado payador criollo —Martín Castro— dedicó estas coplas:

Poetas, periodistas, esclavos de la pluma,
que viven sometidos a la negra migaja,
y que mojan la pluma en la bota del amo
y escriben con la sangre del rebelde y del paria.

En lo personal, el autor de estas líneas preferiría saludar a sus colegas en otra fecha, muy lejana de la que celebran los “esclavos de la pluma” como Mariano Grondona; un día que recordara a Rodolfo Jorge Walsh, pionero del género de no-ficción, aquel que enseñara con su propia sangre los alcances de ejercer este “violento oficio de escribir”, como herramienta para la liberación social.

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Hoy, 22 de marzo, René Batista Moreno hubiera cumplido 70 años. Tuve la suerte de conocer a este poeta, periodista, investigador del folclor, tan jaranero y jovial, que la Parca se llevó antes de tiempo, le faltaba tanto por contar, investigar, vivir. Por eso publico este homenaje de mi colega y joven periodista Yoelbis L. Moreno Fernández, coterráneo suyo.

CRÓNICA DE CAMPO MÁS QUE DE CIUDAD

JR recuerda la entrevista realizada al destacado periodista camajuanense, ya fallecido, René Batista Moreno, quien fue merecedor del premio de poesía Julián del Casal de la UNEAC, en 1971

Yoelvis L. Moreno Fernández
digital@juventudrebelde.cu

CAMAJUANÍ, Villa Clara.— Todavía conservo entre mis rudimentarios archivos personales aquella entrevista que en diciembre de 2004, cuando apenas concluía el semestre inicial del primer año de Periodismo, realizara con las premuras propias de un ejercicio académico al periodista, poeta e investigador folclórico camajuanense, ya fallecido, René Batista Moreno.

René Batista Moreno.
René Batista Moreno.
Foto: Cortesía del periódico Vanguardia


Con cuántas incertidumbres e inquietudes iría a aquel encuentro en el que por primera vez asumía el difícil rol de las preguntas frente a un intelectual maduro con más de 30 obras publicadas, quien de no ser por el capricho de una aguda enfermedad que lo llevó en pocos días a la muerte, hoy estaría arribando a sus 70 años.

Hombre instruido desde la constancia del autodidactismo, dado a la conversación más simple y encumbrada, de carácter serio y gentil al mismo tiempo. Vigilante popular que en su andar escrutador de tradiciones, entre tertulias, cafés y otros desvelos literarios, jamás reparó en aconsejar y advertir, en atraer al buen camino a los más jóvenes.

Merecedor de las Distinciones por la Cultura Nacional y Félix Elmuza. Entre sus primeros lauros recibidos estuvo el premio de poesía Julián del Casal de la UNEAC, en 1971, y el premio Memoria de 2009, otorgado por el Centro Cultural Pablo, por el proyecto investigativo que tristemente no pudo ver publicado.

Se trata del bestiario La fiesta del tocororo, presentado en Santa Clara en la reciente edición de la Feria Internacional del Libro, un texto en el que se mueven de conjunto la fabulación y la realidad al mostrar más de cien monstruos raros, entre güijes, madres de agua, aparecidos, jinetes sin cabezas y muchos otros seres nacidos de la fantasía humana.

A la autoría de Batista Moreno pertenecen también las obras Componiendo un paisaje, Camilo en el Frente Norte, Los bueyes del tiempo ocre, Ese palo tiene jutía, El sensible zarapico, dedicada a su entrañable amigo Samuel Feijóo; y la compilación de la décima humorística en Cuba, Yo he visto un cangrejo arando, entre muchas otras.

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Mariana Enriqueta Pérez Pérez invita a su tertulia “La décima es un árbol”. Esta vez el invitado es el poeta y periodista José Antonio Fulgueiras. Será en el Museo de Artes Decorativas de Santa Clara.

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Por Edel Lima Sarmiento

Enrique Serpa

Como ocurre con otros escritores cubanos del pasado, de Enrique Serpa —uno de esos hombres nacidos con el siglo XX— se escucha hablar muy poco entre nosotros. Tristemente, a veces se le recuerda más por el detalle de que uno de sus cuentos, La aguja, parece haber inspirado a Hemingway para escribir la célebre novela El viejo y el mar, que por el valor y los atractivos reales de su obra.
Pero el padre de hijos como Aletas de tiburón, cuya presencia es ineludible por su calidad literaria en numerosas antologías de cuentos, y Contrabando, considerada un clásico de la novelística cubana, fue también un admirable periodista. Es ese su oficio olvidado, el que opacado por el de narrador y preterido por las celadas del tiempo, sigue siendo terreno por explorar para investigadores, literatos y periodistas.
No tuvo Serpa un camino expedito a la cultura. Huérfano de padre, a los 12 años abandonó definitivamente los estudios —aun cuando sus maestros querían costeárselos— para trabajar y ayudar a su familia. Fue aprendiz de zapatero y de tipógrafo, mensajero de una tintorería, pesador de caña en un central y luego empleado en sus oficinas. ¡A la suerte de pobre se impuso la voluntad del estudiante autodidacta, la curiosidad del lector incurable!
Rubén Martínez Villena, el amigo de la infancia (habían estudiado juntos en la Escuela Pública número 37 del Cerro), cambió el rumbo de su vida. Siendo el secretario, lo llevó en 1920 como su asistente al bufete de don Fernando Ortiz y lo introdujo al mundo intelectual cubano. No tardaría Serpa en unirse a la pléyade de jóvenes sensibles y cultos que se congregaban en el café Martí y en la redacción de El Fígaro, para compartir inquietudes literarias, políticas y sociales; el germen de lo que poco después sería el Grupo Minorista.
Ante la insistencia del poeta español Manuel Lozano Casado, que había observado en él la agudeza del buen periodista, en 1922 Serpa se inició en El Mundo como redactor y más tarde desempeñó las jefaturas de Corresponsales y de Información. Curiosamente, por ir a cubrir su turno de trabajo en ese diario, no estuvo entre los participantes de la Protesta de los Trece, porque aquel domingo 18 de marzo de 1923 se había despedido de sus compañeros antes de que surgiera la idea de denunciar la venta fraudulenta del Convento de Santa Clara.
A partir de 1927 ocupó, además, la dirección literaria de la revista cultural Chic, hasta su cierre al año siguiente. Tras abandonar El Mundo, pasó en 1930 a El País, que en ese momento ya era uno de los rotativos más influyentes de la prensa nacional, y en este permanecería hasta 1952, cuando con la posibilidad de dedicarse por completo a la literatura, sin las presiones económicas y las del diarismo, aceptó el cargo de agregado de prensa de la Embajada cubana en Francia. De París regresó a Cuba con el triunfo de la Revolución y murió en La Habana en 1968.
Faltaría decir, en el intento de completar su vía crucis periodístico, que colaboró con diversas publicaciones: antes de 1959, Cuba Contemporánea, Castalia, Luz, El Fígaro, Social, Carteles y Bohemia; y después, El Mundo, Mar y Pesca, Unión y otra vez Bohemia.
En sus 22 años en el diario El País, alcanzó el reconocimiento y la consagración como periodista. Aunque diestro por igual en la información, el editorial, la entrevista o el reportaje, escritor al fin se encontró en la crónica, género en el que volcó con maestría las experiencias de viajes por toda Cuba y por otros países de América y Europa.
Prueba de ello son las secuencias de crónicas (o reportajes) que, provenientes de El País, Serpa convirtió en libros: Días de Trinidad (1939), Norteamérica en guerra (1944), Presencia de España (1947) y Jornadas Villareñas (1963).

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maria-de-los-angeles.JPG

En un lugar de tu nombre
bien sabe Dios que lo espero:
Tu nombre es como una puerta
entre la Tierra y el cielo.

María de mi dolor,
de los Ángeles, del tiempo,
María de los minutos
en los que soy casi eterno,
en un lugar de tu nombre
se acabaron los secretos.

Sé que de apenas nombrarte
puedo ahuyentar a los cuervos.
Pero ¿qué hacer con tu nombre?
María, voy a esconderlo
para que nadie más pueda
bautizar al universo.

Para que nadie pronuncie
sílabas donde cabemos
las ovejas descarriadas,
los mercaderes del templo,
los que una vez te besamos
entre recuerdo y recuerdo.
En un lugar de tu nombre
dormitan todos los versos.

Si un día te me derramas
-te me borras beso a beso-,
María de mi dolor,
de los Ángeles, del tiempo,
déjame solo tu nombre
para salvar a mis muertos,
para volver a mirar
la luz por fuera y por dentro,
para ir matando con dulces
puñaladas al silencio.

Yamil Díaz Gómez es un poeta, editor, profesor, periodista villaclareño.

Ver sobre Yamil:

Yamil, Mambrú, los dioses y los oficios

 

Letanía menor para tu mano

 

Permio Ser Fiel 2010 para Yamil Díaz Gómez


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He terminado de leer A orillas del río Piedra me senté y lloré, de Paulo Coelho , ese magnífico novelista, compositor de canciones populares, periodista y dramaturgo brasileño. De hace un tiempo acá me gusta publicar en mi blog fragmentos que me hayan impresionado de los libros que leo y disfruto. Esta vez solamente pondré uno, que aparece en el capítulo llamado jueves, 9 de diciembre de 1993, y al que lo mismo pudiera llamar “¡Rompe el vaso!” que “Aquel minuto de beso”. ¡Sencillamente conmovedor! Mi propuesta: lean esta novela.

A orillas del río Piedra me senté y lloré

Calló de repente.
—No quiero hablar de eso —dijo—. Quiero hablar de otro tipo de amor.
Sus manos tocaron mi rostro.
El vino hacia las cosas más fáciles para él. Y para mí.
—¿Por qué te has callado de repente? ¿Por qué no quieres hablar de Dios, de la Virgen, del mundo espiritual?
—Quiero hablar de otro tipo de amor —insistió—. Aquel que comparten un hombre y una mujer, y en el que también se manifiestan los milagros.
Le cogí las manos. Él podía conocer los misterios de la Diosa, pero de amor sabía tanto como yo. Por mucho que hubiese viajado.
Y tendría que pagar el precio: la iniciativa. Porque la mujer paga el precio más alto: la entrega.
Estuvimos cogidos de las manos durante largo rato. Leía en sus ojos los miedos ancestrales que el verdadero amor coloca como pruebas a ser vencidas. Leí el recuerdo del rechazo de la noche anterior, el largo tiempo que pasamos separados, los años en el monasterio en busca de un mundo donde esas cosas no ocurrían.
“Leía en sus ojos los millares de veces que había imaginado aquel momento, los escenarios que había construido a nuestro alrededor, el corte de pelo que yo debía de llevar y el color de mi ropa. Yo quería decir “sí”, que sería bienvenido, que mi corazón había ganado la batalla. Quería decirle cuánto lo amaba, cuánto lo deseaba en aquel momento.
Pero continué en silencio. Asistí, como en un sueño, a su lucha interior. Vi que tenía ante él mi “no”, el miedo de perderme, las palabras duras que había oído en momentos semejantes, porque todos pasamos por eso, y acumulamos cicatrices.
Sus ojos empezaron a brillar. Sabía que estaba venciendo todas aquellas barreras.
Entonces solté una de sus manos, cogí un vaso y lo puse en el borde de la mesa.
—Se va a caer —dijo él.
—Exacto. Quiero que tú lo tires.
—¿Romper un vaso?
Sí, romper un vaso. Un gesto aparentemente simple, pero que implicaba miedos que nunca llegaremos a entender del todo. ¿Qué hay de malo en romper un vaso barato, si todos hemos hecho eso sin querer alguna vez en la vida?
—¿Romper un vaso? —repitió—. ¿Por qué?
—Podría dar algunas razones —respondí—. Pero la verdad es que es sencillamente por romperlo.
—¿Por ti?
—Claro que no.
Él miraba el vaso en el borde de la mesa, preocupado de que fuese a caerse.
“Es un rito de pasaje, como tú mismo dices —tuve ganas de decirle—. Es lo prohibido. Los vasos no se rompen adrede. Cuando estamos en los restaurantes o en nuestras casas, procuramos que los vasos no queden en el borde de la mesa. Nuestro universo exige que tengamos cuidado para que los vasos no caigan al suelo”.
Sin embargo, seguí pensando, cuando los rompemos sin querer, vemos que no era tan grave. El camarero dice “no tiene importancia”, y nunca en mi vida he visto que en la cuenta de un restaurante hayan incluido el precio de un vaso roto. Romper vasos forma parte de la vida y no nos hacemos daño a nosotros ni al restaurante ni al prójimo.
Moví la mesa. El vaso se bamboleó, pero no cayó.
—¡Cuidado! —dijo él, instintivamente.
—Rompe el vaso —insistí.
Rompe el vaso, pensaba para mí, porque es un gesto simbólico. Trata de entender que yo rompí dentro de mí cosas mucho más importantes que un vaso, y estoy feliz de haberlo hecho. Mira tu propia lucha interior, y rompe ese vaso.
Porque nuestros padres nos enseñaron a tener cuidado con los vasos, y con los cuerpos. Nos enseñaron que las pasiones de la infancia son imposibles, que no debemos alejar a hombres del sacerdocio, que las personas no hacen milagros, y que nadie sale de viaje sin saber adónde va.
Rompe el vaso, por favor, y libéranos de todos esos conceptos malditos, de esa manía de tener que explicarlo todo y hacer sólo aquello que los demás aprueban.
—Rompe el vaso —pedí una vez más.
Él clavó su mirada en la mía. Después, despacio, deslizó la mano de la mesa hasta tocar el vaso. Con un rápido movimiento, lo empujó al suelo.

El ruido del vidrio roto llamó la atención de todos. En vez de disfrazar el gesto con alguna petición de disculpas, él me miraba sonriendo, y yo le devolvía la sonrisa.
—No tiene importancia —gritó el chico que atendía las mesas.
Pero él no lo oyó. Se había levantado, me había cogido por los cabellos y me besaba.”

Yo también lo cogí por los cabellos, lo abracé con toda mi fuerza, le mordí los labios, sentí que su lengua se movía dentro de mi boca. Era un beso que había esperado mucho, que había nacido junto a los ríos de nuestra infancia, cuando todavía no comprendíamos el significado del amor. Un beso que quedó suspendido en el aire cuando crecimos, que viajó por el mundo a través del recuerdo de una medalla, que quedó escondido detrás de pilas de libros de estudio para un empleo público. Un beso que se había perdido tantas veces y que ahora había sido encontrado. En aquel minuto de beso estaban años de búsquedas, de desilusiones, de sueños imposibles.
Lo besé con fuerza. Las pocas personas que había en aquel bar debieron de mirarnos y pensar que aquello no era más que un beso. No sabían que en ese minuto de beso estaba el resumen de mi vida, su vida, de la vida de cualquier persona que espera, sueña y busca su camino bajo el sol.
En aquel minuto de beso estaban todos los momentos de alegría que había vivido.
 

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