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Posts Tagged ‘pez’

Por David Cortés Cabán

y me dejaste nadar hasta donde se oye
no sé si el canto de los peces…

Uno de los epígrafes que preceden los poemas de Apunte a lápiz (2007), [1] “Vuelvo a tus ojos y en ellos te dejo / este apunte de lápiz que no dice nada”, del poeta mexicano Carlos Pellicer, establece una afinidad con el titulo y el contenido del poemario que comentamos: la idea de que la escritura es un ejercicio que parece dejar en la mirada algo más profundo de lo que en la vida acontece. Pero la escritura sentida aquí como un ejercicio de apuntes, no es del todo real. René Rodríguez Soriano no ignora que la poesía aunque requiere cierto grado de inspiración, también es producto de un trabajo que exige disponibilidad y esfuerzo de parte del escritor. Por eso, Apunte a lápiz no es un simple contenido de intuiciones líricas, sino un poemario que llama la atención por la fina y lúcida forma en que el poeta nos revela su mundo. Los recuerdos, las experiencias y los secretos que llenan de ilusión la niñez, proyectan en estas composiciones una emotiva memoria del pasado. Y es que la temática fundamental de este libro es la memoria. Una memoria que sin aferrarse al pasado elige y nombra lo que, de una u otra forma, trazó el camino de estos versos. Sobre el sentido de cotidianidad, y los motivos que trata esta poesía, ya nos ha indicado el crítico Roberto José Adames que “…el diario vivir es una cantera de inconmensurable riqueza, donde (el poeta) [2] logra, al observar su entorno y su propia particular historicidad, extraer las riquezas que antes de habitar su memoria poblaron su sensibilidad…” [3]  De ahí que el pasado se convierta en la retrospectiva de un paisaje poblado de imágenes y experiencias que marcarán la sensibilidad y la vida del poeta. Un pasado lleno de ingenuidad y de una fantasía luminosa que nunca se sustrae del asombro. Es en este sentido que la imaginación inventa lo inimaginable a la hora de la creación. Desde la experiencia de la adultez el poeta torna su mirada hacia el círculo más luminoso de su historia: su niñez y los seres que la habitan. Por eso ha señalado acertadamente el crítico Miguel Ángel Fornerín que “…la poesía de René Rodríguez Soriano funda esa nostalgia del tiempo y del espacio. De las acciones humanas desde adentro, desde lo individual que convoca a todos.” [4] Éste es el espacio donde la poesía se desprende como una silenciosa lluvia caída del cielo. Del ámbito familiar parte el poeta, y la casa se le transforma en una metáfora del mundo: “Era del tamaño del mundo la sala de la casa, / y como el océano, poblado por sus peces, / sus algas y sus rocas, / era el patio, / que terminaba donde pastaba el ganado / y algún potrillo perseguía las mariposas…” nos dice, al evocar el hogar (“La vieja casa”, p.11.). Es desde este entorno, y contra la tiranía del tiempo, que el hablante proyecta una visión entrañable de la vida, y de esos pequeños actos que otorgan a la cotidianidad un profundo sentido humano. Y es, también, a partir de este poema que la imagen del pez adquiere una particular distinción. Si dejamos de lado las descripciones de vecinos y amigos que asoman en varios de estos textos, veremos la imagen del pez como un símbolo importante entre los elementos de esta poesía. En el poema “Retrato de papá”, aparece el pez en el marco de confianza que proyecta la figura del padre en la mirada del hijo:

Sonríes y me reflejo en tu sonrisa
y de uno solo de sus rayos sale música,
la música que me remite al día
que juntos fuimos al río
y me dejaste nadar hasta donde se oye
no sé si el canto de los peces
o de los ahogados, y era hermoso
nadar de nuevo hasta tus brazos
y calentarse al sol de tu sonrisa.

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Los viajes de la sarga
Ven junto a las rejas a mirar
como rompe la armonía el remiso hombrecillo,
hundiendo sus manos en el éter.
Tal vez sea el fundador de una velada estirpe;
trae a cuestas la suerte inquilina
de perseguidos ballesteros,
augurios de la noria,
como vigilia constante de la madre
y el delicado bochorno de guardar todas las nereidas.

Casamenteras comentan
de la estancia ríspida de alguna amante…
llevaba para ellas el disfraz inquisidor, azul celeste.

Ayer lo vieron oficiando a un ejército
de nevados pecesillos.
Demasiado impudor para quien maldice
el desvelo del pez sobre el terral.

Bárbara Yera León, poetisa villaclareña. De Los viajes de la sarga

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