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Posts Tagged ‘plagio’

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Apropiarse de obras de creación intelectual ajena, dándolas como propias; cuando no se dan como propias, el delito en que se incurre es el de hurto.

Plagio —igual que plaga y llaga— se vincula en su origen etimológico al vocablo latino plaga y fue incorporada al Diccionario de la Real Academia en 1869 como una voz de creación culta, tomada directamente del latín plagium, que significaba ‘robo de esclavos’ y también ‘plagio literario’, como en nuestros días.  (más…)

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Luego de que Ernesto Peña, premio Alejo Carpentier en narrativa 2010 por su novela Una Biblia perdida (aún sin publicar), hiciera pública su respuesta a Juan Antonio Hernández —quien lo acusaba de plagio—, a la que llamó Eliminemos un malentendido (a quienes prefieren el diálogo). El señor embajador Hernández me ha enviado otra respuesta —que parece al final—, y por supuesto, Ernesto también le contesta:

Seguimos siguiendo (a quienes prefieren la bibliografía)

No voy a dejarme dominar por la ira, como tal vez desean algunos. Voy a responder, paso a paso (como me sugieren amigos de buena fe), la carta del señor embajador Juan Antonio Hernández.
Excusando los innecesarios insultos que me lanza, pasaré a analizar los contenidos que este señor asegura que yo le robé.
1.  Ante todo diré que la descripción del desaparecido Libro de Pinturas de José Antonio Aponte aparece como apéndice del clásico La conspiración de Aponte, del maestro José Luciano Franco. Y más. Una trascripción actualizada de dicho libro se encuentra en Anales de Desclasificación / Vol. 1: La derrota del área cultural n° 2 / 2006. Trascripción y edición de Jorge Pavez O. La Habana, marzo 2004 / Valparaíso, agosto 2005.
Pavez anota al pie lo siguiente:
«Expediente sobre declarar. José Antonio Aponte el sentido de las pinturas que se hayan en el L. Que se le aprehendió en su casa. Conspiración de José Antonio Aponte, 24 de marzo de 1812», en Archivo Nacional de Cuba. Fondo Asuntos Políticos. Legajo 12. Número 17. Esta trascripción ha sido realizada basándose en la versión publicada por José Luciano Franco (La conspiración de Aponte, La Habana: Consejo Nacional de Cultura, Col. Publicaciones del Archivo Nacional, n° LVIII, 1963, pp. 60–101), revisada y corregida con arreglo al manuscrito original. Además, esta versión incorpora declaraciones que forman parte del mismo Legajo 12, n°17, y que no fueron publicadas por J. L. Franco en op.cit., ni en su reedición aumentada de 1977: Las conspiraciones de 1810 y 1812, La Habana: Ciencias Sociales. Nuestra trascripción se hizo con criterios paleográficos, salvo en el caso de las múltiples abreviaciones, que han sido desplegadas para una mayor agilidad en la lectura. [Trascripción y edición de Jorge Pavez O. La Habana, marzo 2004 / Valparaíso, agosto 2005]”.
De modo que le pregunto al señor Hernández. ¿Es usted el único que pudo darse cuenta que el Libro descrito y explicado por el propio Aponte durante los interrogatorios empezaba en el Génesis y en lugar de continuar con la historia del pueblo hebreo continuaba con la del pueblo etíope y escenas del Batallón de Morenos Leales de La Habana? ¿Le robé yo lo que aparece en un documento de archivo? Yo no niego que consulté su tesis, pero reitero aun con temor a ser enfático y aburrido: ¿Le robé yo lo que aparece en un documento del archivo nacional de Cuba? ¿No es evidente que Aponte quiso hacer una suerte de Kebra Nagast afrocubano?
2. Nada del movimiento rastafari aparece en mi novela, como es obvio porque se trata de un fenómeno posterior a la época que describo. Tampoco el barón de Vastey fue desarrollado como personaje. Solo introduzco al espía Argos, supuesto agente del barón que contacta con Aponte. Y esto es lo único “original” que reconozco haber desarrollado a partir de las sugerencias de su texto, señor Hernández.
En cuanto a las leyendas de los reyes etíopes que usted menciona, todas aparecen en el Kebra Nagast o Libro de la Gloria de los Reyes de Etiopía, un texto de 1225 d.c. Cómo el Arca de la Alianza llegó a Etiopía está relatado en dicho libro en los capítulos 19-94. ¿Acaso ha saqueado usted, o plagiado descaradamente al Kebra Nagast, o simplemente realizó una de las tantas consultas bibliográficas que los historiadores y escritores de novelas históricas hacemos para mejor desarrollo de nuestra labor?
3. Referente a las Vírgenes negras que aparecen en santuarios de los tres continentes, usted y Pavez me dieron la pista, pero la mayor información la obtuve (tal vez igual que usted) del texto El enigma de las vírgenes negras  de Jacques Huynen. Plaza & Janes SA Editores, Barcelona, 1977.
Lamento una vez más, señor Hernández, su virulento ataque. Lamento haber tenido que leer en más de una ocasión su inconsistente regaño.
Estimado embajador, le reitero mis respetos y le deseo muchos éxitos en su vida personal y profesional. Sin dudas soy deudor (que no plagiario) de su obra y lo reconozco públicamente. En cuanto se publique por la editorial Letras Cubanas, le envío la novela.
Con gratitud,
Ernesto.

Respuesta de Juan Antonio Hernández a la carta de Ernesto Peña

Señor Peña,

Obviamente usted ha leído con descuido mi denuncia. Lo he señalado por cometer plagio en sus declaraciones. Ahora, en su respuesta, usted me dice que hay pasajes
enteros de la novela inspirados en mi trabajo. La cosa, entonces, es más grave de lo que previamente imaginaba.
Me parece, usted dirá, que la forma de solucionar todo esto es que reconozca las
fuentes historiográficas con una nota que acompañe la publicación de su novela. En
dicha nota pudiera colocarse algo como: “Diversos pasajes de esta novela se basan en lo escrito por Juan Antonio Hernández sobre el libro de pinturas de José Antonio
Aponte”. Me parece, además, que una aclaratoria sobre esa fuente debería aparecer, lo más pronto posible, en La Jiribilla y en los otros medios en los que dio sus declaraciones.

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El señor Juan Antonio Hernández, embajador de Venezuela ante el Estado de Qatar, me ha enviado un mensaje, que aparece al final, donde acusa de plagio al escritor villaclareño Ernesto Peña, uno de los más destacados jóvenes literatos de la provincia de Villa Clara y que obtuvo recientemente el Premio Alejo Carpentier 2010, en novela, otorgado por la Fundación que lleva el nombre del ilustre intelectual cubano y la Editorial Letras Cubanas, con su obra “Una biblia perdida”. Vea además la entrevista que le hicieron José Ernesto Nováez Guerrero y Jenny Pérez, estudiantes de Periodismo: Ernesto Peña: “Me importa el público que me lee”.

La respuesta de Ernesto no se ha hecho esperar y la publico con mucho gusto:

Ernesto Peña. Foto: Carolina Vilches MonzónUn amigo me enseñó que es lúcido conceder segundas oportunidades a los desconocidos. Pero como el señor Juan Antonio Hernández no es un desconocido para mí, aprovecharé esta lamentable ocasión para enviarle un abrazo de amigo, y de paso, halarle las orejas. Digo que no es desconocido porque, aunque no le he tratado personalmente, su excelente obra Hacia una historia de lo imposible: la revolución haitiana y el “libro de pinturas” de José Antonio Aponte, inspiró algunos diálogos de mi novela y alumbró varias cuestiones relativas a la creación de personajes (como el memorioso Argos, ficticio espía del barón de Vastey).
Para usted, señor Hernández, mi gratitud y cariño. Gratitud que debo también a los historiadores cubanos, los doctores María del Carmen Barcia, Gloria García, Félix Julio Alfonso y al poeta e investigador Yamil Díaz; a los ibéricos, Sigfrido Vázquez Cienfuegos, Juan Bosco Amores Carredano, Felipe Abad León, etc. cuyos artículos e investigaciones también resultaron muy útiles en la configuración del ambiente de mi novela y la psicología social de la época en que se mueven mis personajes.
Después del tributo merecido, señor Hernández, quisiera pasar a la parte fea de su carta. Ante todo, es importante recordarle que soy escritor de ficción (o pretendo serlo) y no investigador e historiador del arte, como usted. Usted me acusa de plagio, olvidando que yo me apoyé en su investigación pero HICE una novela, no emití juicios de índole científica. Trabajé con escenas particulares (creadas por mi imaginación) donde inventé situaciones dramáticas, no llegué a conclusiones o resultados de examen. La ficción literaria —y esto lo sabe usted muy bien— tienen un fin diverso de la investigación histórica. Porque si usted me acusa de plagio por usar elementos de su investigación, entonces debemos acusar de plagiarios a todos los escritores de novelas históricas que realizan consultas de diversas fuentes para hacer verosímil la época que recrean.
Usted habla de “la apropiación indebida que hace de mi trabajo intelectual el señor Peña”, sin haber leído mi novela y basándose exclusivamente en entrevistas que concedí. Reitero: ¿He publicado yo una tesis doctoral y robado sus ideas, o hice una novela donde predomina la ficción y en la que aparecen sus ideas de manera indirecta? Y una vez más, ¿es razonable comparar una novela y un libro de historia? 
Quienes me conocen saben que nunca he quitado crédito a quien lo merece. Dígame en qué parte de las entrevistas concedidas a La Jiribilla y a Vanguardia afirmo que todo lo que expongo fue el fruto de una tesis mía o algo semejante. Que fui yo el descubridor de esos contenidos que usted desarrolló y defendió con éxito? Por temor a equivocarme, releo en La Jiribilla y me cito: “la mayor parte de la información que compilé…”. Compilé, señor Hernández. Es decir, las fuentes (su tesis doctoral, entre otras) existían previamente. ¿Acaso no consultó usted también a Palmié y a José Luciano Franco, al igual que yo? ¿No se apoyó en el excelente trabajo de trascripción hecho por Jorge Pavez? ¿Quién parte de la nada hoy día?
En otra parte digo:
“En la novela, juego con la posibilidad de que el influjo más significativo sobre Aponte partiera del barón De Vastey, erudito pensador de la corte de Henri Christophe”.
Lo anterior, lo sugirió usted en su libro y yo lo ficcioné inventando un enlace entre Aponte y el barón: el espía Argos. 
Tal vez mi error, lo que ha creado el malentendido, es no haber mencionado su nombre. ¿Se trata de eso, señor José Antonio Hernández? ¿No dije que lo “curioso” de mi novela histórica, en cuanto a ideología, se lo debía a su obra? ¿Por esa omisión en una entrevista merezco sus insultos? ¿Por esa causa pretende usted aplastarme con su evidente erudición? Porque si yo debo contestarle (como si fuera un escolar) una pregunta de carácter histórico, a usted que es especialista en el tema, entonces yo tendría derecho a preguntarle: ¿Qué sabe usted de la infancia y la adolescencia de Aponte, que yo INVENTÉ en mi novela? ¿Qué sabe del carácter del pulpero Chacón y de las reflexiones del marqués de Someruelos? ¿Cuánto conoce usted la psicología del interrogador José María Nerey, uno de los protagonistas de mi obra? 
Yo como escritor aprendo rápido (y quizás debido a ello se me escapen pormenores históricos) porque mi propósito no es el conocimiento científico sino la creación de situaciones dramáticas.
En cambio, usted me acusa de plagiario, saqueador y descarado. Es penoso que un embajador y un intelectual de su calidad se exprese públicamente en tales términos sin haber solicitado explicaciones, o al menos un pequeño encuentro privado con el blanco de sus agravios.
Esto que lamentablemente hago público (porque usted no me concedió otra alternativa), pudiera habérselo comunicado mediante un mensaje privado. Pero usted quiso de antemano que la bola de nieve echara a rodar. Espero que en beneficio de ambos. Pero en caso inverso, sepa que yo no le guardo rencor. Todo lo contrario, anhelo que mis palabras disuelvan este malentendido y si algún día tengo el placer de encontrarle personalmente, no me niegue usted un estrechón de manos.
Con afecto, Ernesto. 
PD: Le digo de antemano que no continuaré esta plática sin sentido. 
Santa Clara, marzo de 2010.

Mensaje de Juan Antonio Hernández:

ACUSO DE PLAGIO AL SEÑOR ERNESTO PEÑA, GANADOR DEL PREMIO “ALEJO CARPENTIER” POR LA NOVELA “UNA BIBLIA PERDIDA”.
Me he apartado, brevemente, de mis obligaciones como embajador de Venezuela ante el Estado de Qatar, para escribir esta carta. La indignación de diversos amigos, conocedores de mi trabajo académico sobre la figura histórica de José Antonio Aponte, hizo que llamaran mi atención sobre ciertas declaraciones formuladas por el señor Ernesto Peña a propósito de una novela suya, “Biblia perdida”, la cual obtuvo, recientemente, el Premio “Alejo Carpentier”. Respondo, por tanto, con esta nota, a esa inquietud de amigos muy queridos, manifestada a través de correos electrónicos y llamadas telefónicas. Casi todos ellos pertenecen al ámbito académico y de la cultura en general.
En lo que sigue voy a sustanciar, con diversos ejemplos, la apropiación indebida que hace de mi trabajo intelectual el señor Peña. No lo hago con el propósito de exponerlo a la vergüenza pública o de exigirle compensación alguna por derechos de autor. Lo hago por amor a la verdad, un tipo de amor que alguien dedicado a escribir novelas históricas debería comprender.
Mi trabajo sobre la revolución haitiana y el “libro de pinturas” de José Antonio Aponte se encuentra disponible, desde el 2005, en internet. Dicha publicación electrónica es parte de las políticas de la Universidad de Pittsburgh en torno a la divulgación de las tesis doctorales producidas en esa casa de estudios. Dicha versión puede consultarse en:
http://etd.library.pitt.edu/ETD/available/etd-04172006-152726/unrestricted/VersionFinal1.pdf
Dos miembros de mi jurado de tesis, John Beverley y Gerald Martin, ampliamente conocidos en Cuba y América Latina, fueron testigos del arduo trabajo que culminó en ese texto con el que obtuve mi Ph.D en el 2005. Tengo conmigo, incluso, diversos correos electrónicos que atestiguan que, al menos, desde el 2000, he estado trabajando en torno a la llamada “conspiración de Aponte”. Por si no bastase lo anterior mi ex colega y amiga, Susan Buck Morss, seguramente recuerda las conversaciones que tuvimos sobre el “libro de pinturas” cuando fui profesor en la Universidad de Cornell, entre el 2005 y el 2007. Desde el 2006 parte de mi tesis doctoral forma parte del prólogo de una reedición de “Las conspiraciones de 1810 y 1812” de José Luciano Franco, la cual está por aparecer en la prestigiosa Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Por último, en el 2008, el Premio Casa de las Américas me honró con una mención especial, en la categoría de ensayo histórico social, con “Hacia una historia de lo imposible: la revolución haitiana y el libro de pinturas de José Antonio Aponte”.
Dicho lo anterior pasemos a las declaraciones, verdaderamente insólitas, del señor Peña.

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Por Ángela Oramas Camero

Enrique CirulesNo es para menos la denuncia e indignación del escritor cubano Enrique Cirules por el plagio “burdo y profuso” de sus obras: El imperio de La Habana y La vida secreta de Meyer Lansky realizado por el estadounidense que firma como T. J. English el texto Havana Nocturne.
Los dos títulos mencionados sobre la mafia y grupos gansteriles en Cuba antes de 1959, del ensayista, narrador y novelista Cirules, en la actualidad forman parte de un solo tomo. En entrevista concedida al colega Luis Hernández Serrano del diario Juventud Rebelde (12 de febrero de 2010), el escritor cubano denunció:
El imperio de La Habana«En Havana Nocturne, English menciona mis libros y mi nombre en 72 ocasiones, tratando de justificar el plagio o el intenso canibaleo. Y como si fuera poco dice que esa información se debe a entrevistas suyas. Miente, tergiversa, estafa, manipula un período de singular importancia en la historia de la nación cubana». Tras estas palabras de Cirules es penoso conocer como su obra plagiada se ha vendido como bestseller en los Estados Unidos.
Según el autor, el señor English ha plagiado cientos de páginas donde incluye los estrechos vínculos del dictador Fulgencio Batista con la mafia, pero deja fuera la complicidad de Estados Unidos. Fue publicado por la Editorial Harper en New York, London, Toronto y Sydney, con 397 páginas.
En Cuba toda la obra de Enrique Cirules, incluidos los libros: Conversación con el último norteamericano, Los perseguidos, Hemingway en la cayería de Romano, entre otros, resulta casi imposible encontrarlos en cualquiera de las numerosas librerías cubanas, pues si usted pregunta por cualquiera de estos títulos la respuesta es –por lo general– ya están agotados, no quedan en los almacenes para la venta.
No obstante, en la recién celebrada Feria del Libro hallamos algunos libros suyos. Sin embargo, el domingo 21 de febrero (día de la clausura del evento), sólo logramos adquirir un ejemplar –la quinta edición– de La vida Secreta de Meyer Lansky y ninguno de El imperio de La Habana, tampoco el tomo que recoge las dos obras. Nos informaron que poco después de haber sido puestos a la venta las citadas obras de Cirules “volaron” de los estanquillos.
La vida secreta de Meyer LanskyEl titulado Meyer Lansky describe La Habana de la década de 1950, tipificada por casinos, cabarets, salas de juegos en los hoteles de lujo, zonas burdeleras y los sitios visitados por mafiosos, e individuos corruptos. Los negocios de los mafiosos en Cuba provocaron el estallido de la sangrienta guerra, entre el clan Habana-Las Vegas y las familias sicilianas residentes en New York. Cirules dedica espacios a los espeluznantes sucesos alrededor de la construcción en la capital cubana del más grande imperio delincuencial, fuera de Estados Unidos, a cargo de Meyer Lansky.
El autor, luego de acometer una profunda investigación por archivos, prensa de la época y otros documentos, entrevistó a Armando Jaime Casielles, quien fuera chofer y guardaespaldas entre 1957-1958 de Meyer Lansky. Casielles muere de cáncer el 12 de febrero de 2007, al respecto afirma Cirules que English jamás pudo entrevistarlo en enero de este año, ya que durante tal mes y el anterior, diciembre, Casielles permaneció en cama gravemente enfermo, respirando mediante un balón de oxígeno. No podía hablar, se estaba muriendo.

CubaLiteraria

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