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Posts Tagged ‘Rodolfo Walsh’

Gráfica de Marcelo Saratella.

Gráfica de Marcelo Saratella.

Abril 24

En el año 2004, el gobierno de Guatemala quebrantó por una vez la tradición de impunidad del poder, y oficialmente reconoció que Myrna Mack había sido asesinada por orden de la presidencia del país.

Myrna había cometido una búsqueda prohibida. A pesar de las amenazas, se había metido en las selvas y las montañas donde deambulaban, exiliados en su propio país, los indígenas que habían sobrevivido a las matanzas militares. Y había recogido sus voces. (más…)

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Por Horacio Ricardo Silva

Toda fecha es una convención; y como tal es válida para reafirmar, año tras año, el compromiso de ejercer el oficio periodístico en beneficio de los desheredados de la tierra, de los parias de la sociedad, de los despojados al derecho de tener voz.

El 7 de junio de 1810, Día del Periodista, es la fecha en la cual Mariano Moreno fundó la Gazeta de Buenos Ayres, Argentina, periódico destinado a consolidar la naciente Revolución de Mayo, aún en peligro de ser ahogada en la cuna por la reacción de los godos y del papa Pío VII.

Primer número de Gazeta de Buenos Ayres

Este noble propósito se ve desvirtuado cada año por los periodistas de profesión liberal, aquellos que ponen su capacidad intelectual al servicio de ricos y poderosos; y a quienes un olvidado payador criollo —Martín Castro— dedicó estas coplas:

Poetas, periodistas, esclavos de la pluma,
que viven sometidos a la negra migaja,
y que mojan la pluma en la bota del amo
y escriben con la sangre del rebelde y del paria.

En lo personal, el autor de estas líneas preferiría saludar a sus colegas en otra fecha, muy lejana de la que celebran los “esclavos de la pluma” como Mariano Grondona; un día que recordara a Rodolfo Jorge Walsh, pionero del género de no-ficción, aquel que enseñara con su propia sangre los alcances de ejercer este “violento oficio de escribir”, como herramienta para la liberación social.

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fidel-portada-218.jpgHoy tuve el gusto de saludar a Jimmy Carter, quien fue Presidente de Estados Unidos entre 1977 y 1981 y el único, a mi juicio, con suficiente serenidad y valor para abordar el tema de las relaciones de su país con Cuba.

Carter hizo lo que pudo para reducir las tensiones internacionales y promover la creación de las oficinas de intereses de Cuba y Estados Unidos. Su administración fue la única que dio algunos pasos para atenuar el criminal bloqueo impuesto a nuestro pueblo.

Las circunstancias no eran ciertamente propicias en nuestro complejo mundo. La existencia de un país verdaderamente libre y soberano en nuestro hemisferio no se conciliaba con las ideas de la extrema derecha fascista de Estados Unidos, que se las arregló para hacer fracasar los propósitos del Presidente Carter, que lo hicieron acreedor del Premio Nobel de la Paz. Nadie se lo obsequió gratuitamente.

La Revolución apreció siempre su gesto valiente. En el año 2002 lo recibió calurosamente. Ahora le reiteró su respeto y aprecio.

¿Podrá realmente la oligarquía que gobierna esa superpotencia renunciar a su afán insaciable de imponer su voluntad al resto del mundo? ¿Podrá hacer honor a ese propósito un sistema que genera con creciente frecuencia presidentes como Nixon, Reagan y W. Bush, cada vez con mayor poder destructivo y menos respeto por la soberanía de los pueblos?

La complejidad del mundo actual, no deja mucho margen a recuerdos que son relativamente recientes. La despedida de Carter, hoy miércoles, coincidió con noticias preocupantes del accidente nuclear desatado por el sismo y el tsunami de Japón, que continúan llegando y no pueden ni deben ser ignoradas, no solo por su importancia, sino también por la repercusión práctica y casi inmediata que se deriva de ellas para la economía mundial.

Hoy la agencia noticiosa AP informa desde Japón que:

“La crisis en la planta nuclear japonesa dañada por el tsunami se agravó el miércoles, luego que el agua de mar cercana mostró los niveles de radiación más elevados hasta el momento.”

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Por Mauro Federico

Tiene veinte años y acaba de salir de la cárcel luego de pasar cinco años preso por robo. Comenzó a escribir durante la purga, inspirado por textos de Rodolfo Walsh.

Las palomas. César tuvo una sensación contradictoria al salir de prisión. Ahora quiere reintegrarse socialmente. 

Las palomas. César tuvo una sensación contradictoria
al salir de prisión. Ahora quiere reintegrarse socialmente.

Se hace llamar Camilo en homenaje al comandante Cienfuegos, uno de los líderes de la Revolución cubana. Y se apellida Blajaquis por el militante peronista asesinado en la pizzería La Real, descripto magistralmente por Rodolfo Walsh en ¿Quién mató a Rosendo? Pero su verdadero nombre es César González, tiene 20 años y acaba de salir en libertad luego de purgar una condena de cinco años por un delito cometido cuando todavía formaba parte de las banditas de la villa Carlos Gardel. Allí nació y allí volvió a vivir desde la semana pasada cuando, gracias a un fallo de Casación Penal, recuperó su libertad por “buena conducta”. César “se rescató” de la mano de la literatura política a la que abrazó durante su reclusión. Hoy es poeta y escritor y pide una oportunidad para reintegrarse a esta sociedad que prefiere acentuar la criminalización de los menores antes que confiar en sus posibilidades de recuperación.
“Es muy difícil para un pibe rescatarse porque existe un molde establecido para que no se rescate basado en la exclusión social, no es casualidad que el 90% de los pibes que están adentro sean pobres”, dice.
Cayó preso en 2005, con 16 años recién cumplidos. Pasó por todos los institutos de menores porteños: San Martín, Roca, Belgrano y Agote. En el último decidió cambiar, empezó a leer y revitalizó la biblioteca, a la que rebautizaron Rodolfo Walsh.
“Lo primero que leí fue Operación Masacre, que me permitió descubrir que en la literatura había compromiso y denuncia, que no era todo como el humo del cigarrillo”, recuerda.
“Cuando cumplí 19, me mandaron a los penales de Ezeiza y Marcos Paz, donde terminé de perfeccionar todas mis ansias de una vida mejor, pero no porque el sistema penal esté diseñado para eso, sino porque el horror me hizo desear profundamente la libertad”, agrega.
“Yo vi belleza en cada paliza y en cada requisa planeé mi futuro”, narra en uno de los poemas que escribió durante su reclusión.
César recuperó su libertad hace una semana. “Tuve muchas sensaciones cruzadas –reconoce–, estaba contento de estar en casa, pero la primera vez que salí a caminar por el barrio me enteré de que a un pibito la yuta le había pegado cinco tiros y eso me dolió mucho y me agarró una gran tristeza, siento que estos años preso despertaron en mí una sensibilidad que antes no tenía”.

–¿Cómo ves a la Carlos Gardel después de cinco años?
–Desde que me fui, el barrio está muy cambiado, hay más violencia, hay más droga. Los pibes andan flacos, desnutridos por la droga, me parece absurdo que en los lugares más vulnerables es donde menos espacios de contención haya. Estamos pagando cincuenta años de olvido y marginación por parte del Estado.

A pesar de que la Municipalidad de Morón lo convocó para asumir una tarea social en la Gardel a cambio de un ingreso mensual de 700 pesos, su situación económica es difícil. Y la tentación de volver a las andanzas, permanente. “No tener un mango en el bolsillo despierta al diablo que tengo adentro y me dice ‘andá a robar’, pero ahora tengo una ética que me permite discernir lo que está bien de lo que está mal”, confiesa.
César reivindica el rol de la política como herramienta transformadora. “En el barrio te hacen creer que si no tenés las Nike o una pistola en la cintura no sos nada, pero a los pibes les tenemos que demostrar que la vida no se termina a los 25 con un plomo de la yuta y la política es la única forma de mostrárselo”, asegura.
El 29 de marzo comenzó a estudiar Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. “Tengo muchas expectativas con este desafío, voy por la gloria del título, con toda mi historia de vida sería algo muy importante”.
Pero su verdadero sueño es trabajar en una redacción. “Escribir me salvó la vida porque me permitió liberar mi mente y mi corazón de la opresión de las rejas, ahora me gustaría que se transformara en un oficio del cual poder vivir dignamente”, finaliza.

Un poema desde la libertad

¿Es real esto que veo?
toda la madrugada esperé despertarme,
me pellizqué, me di un baño con agua fría y nada…
sigo acá.
¿Cómo se atreve el encierro a abandonarme así?
Libertad penal, pero hermosa libertad.
Libertad a medias pero resplandeciente libertad.
Estoy desacomodado, realmente me cuesta creer que la celda quedó atrás.
Lo más extraño de estas vírgenes sensaciones es que es la primera vez
que escribo en compañía de los árboles, abrazado a los rayos del sol
y con un recital de pájaros de fondo.
La ciudad me regala una mirada agria, casi sanguinaria,
pareciera que los edificios me vigilan.
Pero para quien se había olvidado su sabor
el aroma del asfalto produce
una sobredosis de alegría en mis arterias.
disculpen… necesito enjuagar mis ojos
El día llegó,
vuelvo a ser esclavo de la velocidad del mundo.

Camilo Blajaquis
(un hombre libre)

Tomado de Crítica de la Argentina

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En enero de 2009 publiqué un trabajo sobre la Casa de Rodolfo Walsh: San Vicente: Casa de Rodolfo Walsh es patrimonio histórico. En aquella ocasión el historiador Horacio Silva me dejó un comentario al respecto que derivó en amistad. Ahora Horacio me envió el enlace a este trabajo que con gusto presento a mis lectores:

EL REFUGIO DE UN TAL NORBERTO FREYRE

Rodolfo Walsh

La casa que Rodolfo Walsh compró con el nombre bajo el que escribió Operación Masacre.

Sólo vivió tres meses en San Vicente. Allí redactó la célebre Carta Abierta a la Junta Militar. El Ejército acribilló esa morada una madrugada de marzo de 1977, lo que no impidió que luego la ocupara la familia de un policía. Los impuestos aún llegan a nombre de Freyre. El Concejo Deliberante local quiere declarar la casa “patrimonio cultural, histórico y arquitectónico”.

Por Patricia Serrano

La casa está en un barrio olvidado de San Vicente. En el barrio El Fortín la plaza más cercana está a más de 10 cuadras y para llegar al Hospital hay que atravesar todo el pueblo. El único servicio básico que todos comparten es la luz. Cuando Norberto Freyre vivió en esa casa ni siquiera había luz.

Por tres meses, Freyre fue otro vecino del barrio. Compró la casa con el mismo documento que había utilizado para escribir “Operación Masacre”, cuando por primera vez sintió la urgencia de una identidad falsa. Más de 15 años después ese documento permitió a Rodolfo Walsh ser Norberto Freyre otra vez, en San Vicente.

Ahora la última casa de Walsh está ocupada hace más de 20 años y la Municipalidad busca convertirla en un espacio de Memoria.

Que el último refugio de Walsh esté ocupado por una familia con muchos niños no resulta paradójico. Que esa casa esté ligada a un policía bonaerense quizá si. Y que esa familia no quiera enterarse de la historia de fuego cruzado y el secuestro de sus últimas palabras escritas, también. La caída de la casa Freyre todavía no fue contada.

En papeles de la Agencia de Recaudación de la Provincia de Buenos Aires (ARBA) aún es Norberto Freyre su único dueño y deudor.

La ocupante. María Salas lava ropa en el patio de su casa. Detrás, los altísimos eucaliptos no se mueven. Es verano y en la casi media hectárea de los cuatro terrenos sólo unos pocos metros están ocupados por la casa de ladrillos rojos, de techo bajo.
Si fuera invierno y lloviera, María tendría que caminar más de diez cuadras de calles embarradas hasta llegar al asfalto, justo enfrente de la vieja estación de tren de San Vicente. Hace treinta años también había que caminar esas calles embarradas. El barrio no cambió mucho desde entonces. Pero hay más casas, pequeñas prefabricadas y ranchos de chapa de cartón. Nuevas familias pobladas de niños que ocupan terrenos baldíos.

María escucha el grito de un chico de unos 16 años, morocho, flaco.

–Mamá, golpean.

Se seca las manos grandes y brillosas de lavandina y jabón blanco. Camina hasta el portón de su casa tapiada de ligustrinas. No dice nada.

María cierra el candado, levanta la vista, se refriega las manos brillosas, tira hacia atrás su pelo negro y corto. Y repite un discurso dicho muchas veces.

–Yo no sé nada de ese hombre y no me interesa. Si quieren pueden tomar fotos desde la calle, pero acá no entra nadie más.

María se acostumbró a que de vez en cuando llegue gente interesada por la historia de un hombre que vivió tres meses allí en un tiempo remoto. Hubo una época en que los dejaba pasar y tomar fotos en el patio, donde hace más de treinta años había un aljibe seco y una pequeña huerta.

En verdad nunca fueron muchos los interesados en la casita de San Vicente. Pero María se asustó. Que quieren sacarme de acá. Que quieren hacer un centro cultural. Expropiar los terrenos. Declararlo monumento histórico.

–Hasta me ofrecieron plata. Algunos me la quisieron comprar. Pero no cambio esta tranquilidad por nada.

Ni ella ni los vecinos del barrio El Fortín supieron hasta bien entrados los 90 quién había vivido poco menos de tres meses en esa casa. Sólo sabían que una noche de marzo del 77 llegó el Ejército y la destruyó. Dicen que eran extremistas.

La casita de San Vicente era el lugar en que Walsh se replegaba del mundo cercado de la gran ciudad, en su camino hacia al sur, con escala en el primer pueblo con agua. El refugio en que dedicó sus últimas noches sin luz ni agua a la redacción de la Carta Abierta a la Junta Militar.

Para María es más simple. Un hombre que vivió tres meses en una casa en la que ella vive hace más de veinte años. Fin de la discusión. La casa es de ella y fue de su madre y será de sus hijos. A pesar de los impuestos y de los títulos.

–Estaba destruida. La arreglamos. Es nuestra casa.

María sentencia. Fija la vista más allá del portón y del campo de enfrente. Asegura que tiene que irse a trabajar. No se despide. Camina hasta la pileta del patio con eucaliptos y vuelve a mojar sus manos brillosas con espuma blanca.

Norberto Freyre. Llueve en San Vicente. Norberto Freyre camina sobre el plástico que envuelve sus zapatos marrones. Los entierra en el barro apenas cruza el portón de su casa y se pregunta si es posible que en estas dos cuadras sin veredas pueda llegar a ensuciarse también el pantalón. Ahora saluda a Carlos, el vecino de la esquina, que también va a tomar el tren de las 12 en la estación. Unos cien metros más y se suma Moreno.

Mientras caminan Moreno empieza a quejarse del estado de los trenes y el miedo de su mujer que lo espera en casa hasta tan tarde.

–Hace unos días pararon el colectivo en Capital. Nos hicieron bajar a todos y se llevaron a dos pibes y una chica. Seguimos viajando, como si nada.

Moreno espera alguna respuesta, quizá algo que no le haga sentir miedo. Pero Freyre lo mira y sólo dice:
–Va a dejar de llover.

Moreno es peronista. Toda su familia es peronista y ahora piensa que nunca más va a hablar con este profesor de inglés sobre esas cosas, debe estar del otro lado, ser uno de ellos.

Norberto Freyre no era nada eso. En el barrio salía hacer las compras con su compañera, Lilia, y un carrito para las bolsas. Los vecinos lo saludaban. Había propuesto que unos terrenos baldíos se utilizaran para construir una plaza y hasta se sumó a una protesta frente a la Municipalidad para reclamar por la falta de luz.

Ahora ya están en la estación. El tren acaba de llegar. En la estación hay dos carteles: “trenes para afuera” y “trenes para adentro”. Adentro significa Capital Federal. Afuera cualquier pueblo del interior. Norberto apaga su cigarrillo en una de las escupideras llenas de un líquido marrón espeso y siente el olor del fluido Manchester, arrojado cada mañana en el piso de madera de la vieja estación.

Durante tres meses, Freyre viajó desde San Vicente a Capital casi todos los días. Cuando estaba en el pueblo se encargaba de la casa, preparar la tierra para la huerta, pensar en las dos hileras de álamos plateados, caminar hasta la laguna. La casa fue comprada con dinero prestado por su primera mujer. Necesitaba algo barato pero que estuviese conectado con la Capital y cerca del agua. El viejo Matute, dueño de una inmobiliaria del pueblo, se la vendió a un precio módico.

Por las noches Freyre podía ver las estrellas reventarse contra sus ojos y señalar las constelaciones. La noche en San Vicente era más oscura que la del Tigre, quizá tan negra como las de su infancia en Choele-Choel, con la única luz de la lámpara a kerosén.

Habían llegado en enero y soportado las lluvias, el barro en los zapatos, los mosquitos. A veces Freyre se asombraba por las palmeras salteadas. Se podían ver cada par de cuadras. En su casa también había una.

Aldo Rodríguez vive a dos cuadras de esa casa, desde toda la vida. Tiene 80 años y un traje guardado en una bolsa de tintorería.

–Lo veía pasar por acá, era un buen vecino. Usaba el mismo traje que yo. Lo habrá comprado en la misma tienda.

El saco que guarda desde que supo que Freyre era Walsh es el saco de las fotos más conocidas, marrón opaco, de solapas duras. Aldo recuerda las palmeras taladas en todo el pueblo, por orden de un intendente que quiso combatir de esa forma una invasión de ratas. Y a Evita galopando en una yegua por la calle de tierra que ahora se llama Rodolfo Walsh.

Freyre sube al tren, ve desfilar los árboles del campo y en veinte minutos las casas cada vez más seguidas; en una hora estará en Capital, volverá entrada la noche y Lilia lo estará esperando, cenarán juntos, mirarán el cielo. Y después seguirá con la trascripción a máquina de la Carta Abierta a la Junta Militar. Faltarán pocos días para que sea asesinado y la casa de San Vicente quede destruida, sin la huerta y sin los álamos.

El policía. Rubén es alto y morrudo. Vive a unas 20 cuadras de la casa de Norberto Freyre o María Salas, su hermana, y recuerda en el patio de su casa sin rejas que “todo esto” fue culpa de su madre, ya bien muerta hace unos años.

–Viste como son las viejas cuando se les mete algo en la cabeza.

Las viejas cuando se obsesionan con una idea son, en este caso y según Rubén, mujeres que quieren ocupar una casa abandonada y acribillada por el Ejército. Y él es el hijo policía que la acompaña y ayuda a levantar las paredes caídas. Rubén fue policía durante 32 años. En el 78 o unos años más, no recuerda bien, este policía decidió hacer caso a su madre y organizar la mudanza de parte de la familia a la casa de Freyre. Así todos iban a estar más cómodos.

A Rubén, como a María, tampoco le gusta hablar de esa casa. Dice que hace seis años que ni siquiera visita a su hermana, que no sabe cómo está la casa ahora, que no tiene nada que ver ni él ni su familia. Pero sigue preocupado.

–Tengo miedo. Viste cómo son los de Derechos Humanos, con esto de que soy policía retirado pueden hacer cualquier cosa, inventar.

Cuando Rubén tiene que explicar qué podrían inventar esos de los Derechos Humanos, arquea las cejas duras y mira el cielo gris invierno de la tarde en San Vicente. Detrás de su ancha espalda está su casa de ladrillos sin revoque ni barniz.

Otra vez el cielo. Y después de frente.

–No quiero declarar, no tengo nada que ver con esa casa.

Pero tiene. Su madre vivió ahí hasta el día de su muerte. Ahora vive su hermana. Sus brazos levantaron paredes y cortaron malezas.

Rubén camina hacia su casa. Se da vuelta.

–No confío en este gobierno. Hubo dos bandos y ahora están buscando venganza.

La hija. Patricia Walsh no recuerda cuándo fue la última vez que estuvo en San Vicente. Más de veinte años, seguro. Volvió hace unos meses, sorprendida porque el tren dejó de llegar, aunque todo lo demás siga casi igual.

Mientras el auto se acerca, Patricia recuerda la primera vez que llegó a esa casa. Era el 26 de marzo de 1977. Walsh iba a conocer a su primer nieto varón, Mariano, el segundo hijo de Patricia. Para ese entonces, ya había muerto la hija mayor, Victoria, también montonera, en un enfrentamiento con el Ejército.

Esa vez Patricia iba en la parte trasera del Ami 8 verde loro, con su hija de tres años y el bebé. Adelante, su marido y Lilia Ferreyra. Walsh debía esperarlos con el fuego encendido para el asado.

–Tengo el recuerdo de la casa como una foto borrada. Papeles en el patio, todo desordenado.

Del Ami 8 se bajó Lilia y regresó corriendo y gritando “la casa está toda tiroteada”.

Patricia pensó que iba a morirse, que iban a matarlos a todos y puso a sus dos hijos sobre el piso del auto, que empezó su carrera hacia delante, a campo traviesa, hasta que encontraron una calle de tierra que desembocaba en una ruta. Recién ahora se entera que se trataba de la ruta 6, que pasa por detrás de San Vicente.

Volvió unas semanas después. Los vecinos le contaron la historia de la caída de la casa, como volvieron a contarla ahora y como deberán hacerlo en el juicio este año, con la reapertura de la megacausa ESMA.

Unos diez minutos antes de que ellos llegaran, se había ido el Ejército. El operativo comenzó a la madrugada con la detención de Matute, el dueño de la inmobiliaria que vendió la casa a Walsh.

La casa nunca hubiese sido hallada si Matute no hubiese distinguido a Freyre en medio del gentío en Constitución, en la tarde del 25 de marzo del 77. Hacía unos días que tenía el boleto de compraventa y esperaba cruzarse a Freyre para dárselo. Ese día, Freyre lo guardó en su maletín.

La historia que sigue fue contada muchas veces: Walsh cae en una emboscada, se defiende con su revólver Tala .22 y es asesinado. El grupo de tareas de la ESMA encuentra el boleto de compraventa y esa madrugada acribilla la casa de San Vicente. Walsh estaba muerto, Lilia no estaba. Destruyen todo y roban su obra inédita.

Antes se confunden de casa. Sale una mujer en camisón con una nena en brazos llorando. La casa de Freyre es la que sigue, no esa. Las familias del barrio no duermen esa noche. Los nenes lloran.

Muchos años después aseguran que había camionetas del Ejército en diez cuadras a la redonda. Dicen haber visto tanques de guerra, escuchado la explosión de granadas. Nada parece exagerado en un barrio donde aún hoy el mayor ruido es el del viento en las hojas de los álamos, un ruido como de lluvia fina.

Durante más de seis horas la casa de Freyre es acribillada. Cerca del mediodía se van los militares y Moreno entra a la casa. Lo primero que ve es una pared caída y en el baño las marcas del lavatorio arrancado. Cenizas en el patio del fondo, nada distinguible, salvo el cartón de una caja de cigarrillos 43/70.

Mamá, golpean. Patricia es atendida por el chico de unos 16 años, morocho, flaco.

María Salas camina hasta al portón. Dice que está dispuesta a acordar un resarcimiento económico por la casa, que no se quiere ir, que la tranquilidad, que no la molesten más.

Entonces Patricia explica. El jueves de esa semana vencía el plazo para la presentación de pruebas en la causa Walsh, reabierta junto a la megacausa de la ESMA. El juicio va a comenzar este año y, por primera vez, la Justicia va a reconstruir la historia de la casa destruida en San Vicente, donde se perdieron los escritos inéditos de Rodolfo Walsh y todas sus pertenencias.

María Salas es uno de los testigos que los abogados de Patricia Walsh quieren tener en el juicio, junto a Rubén Salas y varios vecinos del barrio, que en la madrugada del 26 de marzo escucharon o vieron cómo fue destruido el último refugio del escritor.

Por eso Patricia volvió a San Vicente. Para advertir a María que va a ser citada como testigo, aunque no quiera.

La casa Museo

La casa Freyre será alguna vez espacio de memoria, museo de recuerdos de barrio con biblioteca y el traje igual al de Walsh que guarda un vecino.

Esa alguna vez comenzó el 17 de diciembre, cuando el Concejo Deliberante local aprobó el proyecto de la Dirección de Cultura para declarar la casa de Norberto Freyre “Patrimonio Cultural, Histórico y Arquitectónico del distrito de San Vicente”.

El Instituto Cultural bonaerense está al tanto del proyecto; también Patricia Walsh, que decidió no incluir a esa casa en el juicio de sucesión por los bienes de su padre.

Ya lograda en el distrito, la declaración histórica tendrá que realizarse a nivel provincial. Y todo este papelerío deberá encontrar una solución a la familia Salas.

El Municipio quiere encontrar una salida elegante. Quizá entregar otra casa a los Salas con un subsidio provincial. Patricia Walsh cree que es posible que se queden en uno de los tres terrenos donde no hay ninguna construcción. Todos coinciden en que Freyre / Walsh no hubiera pedido un desalojo.

La deuda

La deuda de Norberto Freyre crece cada mes: 28 pesos por tasas municipales, unos 31 pesos por ARBA. Con la prescripción de parte de la deuda, del 77 hasta hoy, Freyre debe unos cinco mil pesos fáciles de saldar con un plan de pagos.

Pero Freyre es Walsh, un desaparecido que nunca podrá pagar nada.

Tampoco lo podrá hacer la familia Salas. En marzo del año pasado la Municipalidad de San Vicente bloqueó las partidas de los cuatros terrenos. La misma inhibición se pidió a ARBA.

Tres de esos terrenos están a nombre de Norberto Freyre en el Registro de la Propiedad de la Provincia de Buenos Aires. Sólo en uno no llegó a realizarse el cambio de nombre, por cuestiones de muerte y dictadura.

Crítica de la Argentina
 

Más sobre Rodolfo Walsh en VerbiClara:

Rodolfo Walsh o como no ser el hombre cualquiera

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¡FELICIDADES EN SU DÍA, PERIODISTAS!

HOMENAJE AL PIE DE LA VERDAD

Por Charly Morales Valido

Monumento en memoria de Julius Fuèík, en el Bürgerpark Pankow de Berlín.

Monumento en memoria de Julius Fucik,
en el Bürgerpark Pankow de Berlín.
 

El 8 de septiembre de 1943, los nazis ejecutaron al periodista checo Julius Fucik, quien nos legó su acusador “Reportaje al Pie de la Horca”, testimonio de las torturas que sufrió en… Espere… Acaban de asesinar a un periodista en Tamaulipas… Que horror…
Como decía, el corresponsal de los periódicos checos Rudé Právo y Tvorba cayó preso en Berlín y condenado por un tribunal nazi que… ¿eh?… Vaya, encontraron los cadáveres de dos reporteras colombianas en una cueva… Mjúm, los paramilitares… Ejem…
Seguimos. Desde su celda en la cárcel de Pankrác, descalzo y tumefacto, Fucik escribió con su sangre los documentos que su esposa Agustina rescató y publicó tras la derrota fascista en… ¿cómo? ¿Qué la “mara”* baleó a un documentalista franco-español?
Este 8 de septiembre, mientras muchos le compran un girasol a la Caridad del Cobre, los periodistas cubanos recordamos a los mártires de nuestra profesión: bello, pero casi kamikaze oficio, en un mundo donde nada es más peligroso que la verdad…
Hoy pensamos en nuestros héroes, desde aquel Pablo de la Torriente que murió en las nieves de Majadahonda narrando la Guerra Civil, hasta Raymundo López, el viejo Rey, por suerte vivo pero jugándosela para reportar desde la golpeada Honduras.
Recordamos al camarógrafo español José Couso, asesinado por tropas estadounidenses en Irak; a Rodolfo Walsh,
acribillado durante la dictadura argentina, a Cabezas…
Honramos a los 94 periodistas asesinados en México de 1983 hasta la fecha; a todos los colegas desaparecidos, secuestrados, chantajeados, coartados, humillados, amenazados, vejados, desempleados…
La Comisión Investigadora de Atentados a Periodistas (CIAP) batalla por hacer justicia y, sobre todo, para mantener vivo un legado. Según cifras oficiales, unos 104 periodistas murieron el pasado año en el ejercicio de su profesión. Y el 2009 va siendo negro…
Ellos murieron por no callar la verdad. Por eso no podemos recordarlos en silencio. Ni tan siquiera un minuto…

Día Internacional del Periodista

Fue el 8 de Septiembre de 1943 cuando fue ejecutado en Berlín, Alemania el periodista Checo de origen Judío Julius Fucik. El fue redactor de Rudé Právo y de Tvorba de Checoslovatia y fue apresado y condenado por un tribunal nazi en Berlín.
Durante su cautiverio en campos de concentración, específicamente en la cárcel de Pankrác, escribió clandestinamente con su sangre el libro “Reportaje al pie de la Horca”. Este fue recogido y recopilado por su esposa Agustina tras la derrota de la Alemania Hitleriana en 1945.
En este reportaje que reúne las técnicas de éste género periodístico, describe y relata las espeluznantes torturas que él recibió y recibieron miles de ciudadanos que estaban en contra de las atrocidades de Hitler en Europa.
Julius Fucik denuncia en este reportaje todos los crímenes de Lesa humanidad y torturas dentro de los campos de concentración donde la Gestapo ejecutaba por órdenes del gran Fuhrer. El heroísmo, la valentía de este gran periodista es de manifiesto que a pesar de las torturas inimaginables para la mente humana nunca delató, ni dio una sola pista de los luchadores de la época.
Este periodista checo era tan fuerte en convicciones, principios que las organizaciones internacionales de periodistas declararon el Día de su ejecución, el 8 de Septiembre, como el “Día Internacional del Periodista”.

Fuente: CubAhora

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