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Posts Tagged ‘surrealismo’

Cantos

Plegue al cielo que el lector, enardecido y momentáneamente feroz como lo que lee, halle, sin desorientarse, su abrupto y salvaje sendero por entre las desoladas ciénagas de estas páginas sombrías y llenas de veneno; pues, a menos que ponga en su lectura una lógica rigurosa y una tensión de espíritu igual, como mínimo, a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro embeberán su alma como azúcar en agua. No es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; sólo algunos saborearán sin peligro ese fruto amargo. Por lo tanto, alma tímida, antes de adentrarte más por semejantes landas inexploradas, dirige hacia atrás tus pasos y no hacia delante. Escucha bien lo que te digo: dirige hacia atrás tus pasos y no hacia adelante, como la mirada de un hijo se aparta, respetuosamente, de la contemplación augusta de la faz materna; o, mejor, como el ángulo perdiéndose en el horizonte de las friolentas grullas tan meditabundas que, durante el invierno, vuela poderosamente a través del silencio, con todas las velas tendidas, hacia un punto preciso del horizonte de donde, súbitamente, brota un viento extraño y fuerte, precursor de la tormenta. La grulla más vieja, que forma por sí sola la vanguardia, al verlo, mueve su cabeza como una persona razonable y, en consecuencia, también su pico que hace restallar, y no está contenta (tampoco yo lo estaría en su lugar), mientras su viejo pescuezo, desprovisto de plumas y contemporáneo de tres generaciones de grullas, se agita en irritadas ondulaciones, presagio de la tempestad que se acerca cada vez más. Tras haber mirado, con sangre fría, varias veces a todas partes con ojos que atesoran experiencia, prudentemente, en primer lugar (pues a ella corresponde el privilegio de mostrar las plumas de su cola a las demás grullas de inferior inteligencia), con su grito vigilante de melancólico centinela, para rechazar al enemigo común, vira con flexibilidad el vértice de la figura geométrica (tal vez sea un triángulo, pero no se ve el tercer lado que forman en el espacio esas curiosas aves de paso), bien a babor, bien a estribor, como un hábil capitán; y, maniobrando con alas que no parecen mayores que las de un gorrión, puesto que no es tonta, toma así otro camino filosófico y más seguro. (más…)

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Recién hace una semana falleció uno de los más significativos pintores populares cubanos.— Continuador natural, desde su autodidactismo, de las enseñanzas feijoseanas.— Perdurabilidad artística.

Por Luis Machado Ordetx
Fotos: Ramón Barreras Valdés y Francisnet Díaz Rondón

«Trabajo, como una oscura raíz, para que arriba haya una flor.»
Libreta de Pasajero, Samuel Feijóo

Premio

Cuando recibió el Premio Ser Fiel (a la izquierda), otorgado por el Centro Provincial del Libro y la Literatura, institución que lo reconoció como continuador de la obra poética y cultural de Samuel Feijóo.

Irradió lo cubano con un inconfundible espanto a todo miedo escénico; tal vez porque se percibía en su timidez como sabedor del universo guajiro, poblado hasta con limitaciones físicas.
En última instancia, creyó convertirse en dueño de una plenitud respiradora del oxígeno campestre, del gorjeo de las aves, de todas las tonalidades de la floresta; del cotorreo de los coterráneos y de la lira de actos salpicados por un lento hablar, casi imperceptible en medio de un típico portalón de Guaracabulla, en diálogo silente con un anónimo taburete.
A Pedro Alberto Osés Díaz [Guaracabulla, 1954-Ídem, 2009], no lo borran tan urgente de la memoria; y aunque se apagó de un tirón el pasado sábado, el recuerdo lo ofrece como un sencillo gladiador del tiempo frente a los avatares de la existencia, de la incomprensión y hasta de la envidia, por ser quien era en esas altitudes conquistadas a fuerza de constancia en el andar.
Feijóo, allá en 1975, lo «descubrió» hacia la plenitud artística y la universalidad, entre las polvorientas calles de la céntrica localidad cubana —sitio en el cual confluye una mítica ceiba que marca idéntica distancia entre el este y el oeste de la Isla—, y le regaló a aquel muchacho los primeros pinceles, temperas, óleos, cartulinas y consejos sabios, muy sabios, para que pintara sin que importara a los demás, «despojado de influencias perniciosas de otros», decía.

Una década

Una década atrás, próximo a residir en su casa-taller, instalación de exposición y promoción artística en Guaracabulla.

SIGNOS SOBRE LA MARCHA

Así, se convirtió en el benjamín del movimiento plástico de Las Villas, del denominado Grupo Signos, hurgador, según el criterio feijoseano, de «la naturaleza cubana, sus mitos y sus regocijos; del goce creador criollo y su abundancia ornamental, formativa, esencial»; como aquel que expresa la belleza en atributo a lo auténtico, a lo humilde o de alejamiento hacia lo fingido o poco auténtico.

Fue el único de ese movimiento que, desde el instante de abrir los ojos hasta apagarlos, permaneció incólume —pero jamás tullido— en el natal Guaracabulla; de ahí el murmullo perpetuo por lo fantástico desde sus primeras piezas y la plenitud de la perfección estilística conseguida dentro de las conceptualizaciones de la pintura popular; sea el encontronazo con el art brut, el surrealismo o el primitivismo espontáneo.
En esas «guardarrayas», el pintor villaclareño subyugó la espiritualidad, ensanchó su lirismo campesino, hizo versos, animó guateques,  halló los cauces de la flora y la fauna —por extensión rural, cubana— y penetró en el universo de la fertilidad, los misterios de los alados, el colorido despampanante de las florestas, los diabólicos seres que anidan en estancias asombrosas y cotidianas y el recreo de la muerte, y también la pleitesía inagotable por la vida.
Son algunos de los misterios del soberano pintor popular de Guaracabulla; un creador que con su arte ofreció un sentido misionero por contribuir en los impulsos espirituales de mejoramiento humano; dicha que recogió en técnicas y materiales que van desde el empleo del óleo, el acrílico, la tempera o la tinta, hasta la cartulina, el lienzo, la tela o sencillas hojas de papel virgen; a veces obsequios, como las que entregaron Feijóo, Aida Ida Morales u otros artistas, y algunas adquiridas después con el humilde peculio familiar o sacadas de cuantías monetarias conseguidas por su insobornable intelecto.

Felicidad

Felicidad (1997), pieza en la cual escribió: «El se siente muy feliz / aunque ustedes no lo crean / y digan que cosa fea / El esta asiendo aquí / El se siente tan feliz / en este bello paisaje / amirando el paraje / disfruta este lugar / y el no lo ba a cambiar / por otro aunque sea mejor/ pues en este encuentra / El sabor de una puerca genial» (sic).

¡NO IGNORES!

Una parte de la antropología rural, principalmente de Placetas, subyace en la magia espontánea que legó a la posteridad; divino aquel que conserve algunos cuadros obsequiados por el artista. Tengo parte de sus regalos, y pertenecen a momentos en que lo entrevisté para Vanguardia, publicación que no distinguió espacios ni páginas para reconocer al versátil y talentoso hombre. Por fortuna, protejo tres con beneplácito: Oruga silvestre (tempera/cartulina), Felicidad No 41 (acrílico/tela) y Pariendo No 650 (acrílico/tela), rarezas en el colorido de las flores y los animales; del «placentero» acto fisiológico del hombre o del desgarramiento fértil y misterioso que brota con la fertilidad femenina.

Contó muchas veces, en aquellos diálogos interminables que sostuvimos décadas atrás, cómo al iniciarse en los consejos y adoctrinamientos de Feijóo se regocijó de la pintura con crayolas, del negro deslumbrar con el carbón vegetal que procesaban los campesinos de la zona, y en simples cartulinas u hojas de papel escolar ubicó en el espacio los más inconfundibles animales de la fauna silvestre; todo lo guardaba con absoluto celo; incluso, los amplios reconocimientos recibidos en exposiciones y certámenes nacionales o extranjeros que atestiguaban la policromía polisémica surgida a partir de la espontaneidad nativa de los humanos.

Su discapacidad física al caminar, también evidente en el hablar pausado a causa de dificultades respiratorias, no melló la originalidad; justipreció la carencia de símbolos de frivolidad en el trato familiar y en la recreación del ambiente campesino, por eso rastreó en los mitos, las supersticiones y la fantasía de los velorios —actos maniqueos de sufrimiento e intercambio amistoso—, y recreó con peculiaridad los comadreos inusuales, captados en la mirada a las esencias del rostro de perfil.

Estudio

Estudios fantasmagóricos, casi delirantes en surrealismo; detalle de la concepción particular sobre la fertilidad.

INUSUALES VIRTUDES

Osés Díaz perteneció a una legión sin precedentes, émulo en el trato y en el arte de Alberto Anido Pacheco y del nada irreverente Noel Guzmán Bofill Rojas; todos, representantes de la pintura popular cubana contemporánea. Cada uno, lógico, con su peculiar aforo en afirmar el color, los tópicos, el estilo y las particularidades de una estética espontánea.

En sus cuadros subyace una característica peculiar en parte de la obra artística posterior a los años de la década de los 80: la descripción escrita, en décima muy propia, del sentido pictórico de todo lo que plasmó; no importa que la caligrafía y ortografía fueran pésimas, ya que lo trascendente y valedero se emparienta con el firmamento telúrico del alma popular.

Con la pérdida irreparable de Pedro Osés Díaz, la plástica se sumerge en luto, principalmente aquella referida a la vertiente popular, y también la promoción cultural en Guaracabulla —territorio de su notoriedad— siente un lastre con la despedida del escritor, del animador de guateques y canturías; del músico ingenuo, y del artista versátil de siempre; ese a quien muchos sin equivocaciones de ningún tipo denominaron Pintor del Pueblo, así en gracia divina.
En la Exposición Art Inventif a Cuba, de Lausana, Suiza, —colección de 38 piezas que Feijóo llevó en 1986 a esa ciudad europea—, Osés Díaz encontró una inmensa realización artística, y desde entonces el entusiasmo por pintar no se apagó; como Jacques Moratain, hizo un «Totum bene vivere» (Vivirlo todo bien) en defensa de derroteros que convergieron en torno a la ruralidad percibida por el sentido de palabras y líneas.

OSÉS, EL MISIONERO

Múltiples fueron los galardones que consiguió, desde la más absoluta naturalidad del que nada pide y exige, mientras se aferra a la tierra, el aire y a la gente desprovista de cotilleos; por eso jamás abandonó el terruño, y aunque Europa e Hispanoamérica lo conocieron sin que asomara el rostro del artista, en cada catálogo o juicio de otros, surgió la pleitesía del guajiro villaclareño escondido en esa ceiba centenaria —centro de calenturas y mitologías campestres o urbanas—, territorio en el cual comulgó con sencillez disparatada de asombroso misionero.

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Francisco Azuela

BOLIVIA: Tengo en mis manos la reciente publicación del poeta mexicano Francisco Azuela, nieto del famoso novelista revolucionario Mariano Azuela. Antes de referirnos a esta publicación, que contempla tres libros en uno, me gustaría hablar un poco sobre el poeta Francisco Azuela, ya sea que he tenido la oportunidad de leer dos publicaciones anteriores [“El Maldicionero” publicado en México el año 1977 y “Son las Cien de la Tarde”, igualmente publicado en su país natal el año 1996].

Azuela es un poeta que trae con si todo el surrealismo a cuestas, su forma de narrar es propia de ese movimiento literario lo cual enriquece mucho más la lectura de sus textos, como muchos sabrán el surrealismo fue uno de los movimientos que más duró y que lo encabezó el poeta André Bretón, entre otros, Bretón manifestó en una oportunidad: “El acto surrealista más simple consiste en bajar a la calle con el revólver en la mano y disparar al azar todo el tiempo que se pueda a la muchedumbre”. Cuando leí “El Maldicionero” pensé en Bretón y en su movimiento y sentí que la mayor fuerza poética de Azuela provenían de los manifiestos surrealistas dados a conocer en 1942 en la Universidad de Yale.

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André Breton nació en Tincchebray, Francia, en 1896, en un hogar modesto. Presionado por la familia comenzó a estudiar medicina, y durante la Primera Guerra Mundial trabajó en hospitales psiquiátricos.
André Breton
Su entrada al mundo del arte se relaciona con el dadaísmo. Fundó la revista Literatura con Louis Aragon y Philippe Soupault.

Escribió el Manifiesto del surrealismo en 1924 y se le unieron Aragon, Paul Éluard, Benjamín Péret, Soupault, René Crevel, Michel Leiris, Roberto Desnos.

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