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Los cubanos jamás olvidaremos que un día como mañana ocurrió un ignominioso asesinato: fusilaron a  ocho estudiantes de Medicina, víctimas de las ansias de venganza de los voluntarios españoles destacados en La Habana. Todos estamos hoy de luto. José Martí pronunció un discurso inolvidable que ha quedado en la historia con el nombre de Los Pinos Nuevos. Fue el Liceo Cubano de Tampa, Estados Unidos —en la velada-homenaje de la Convención Cubana a dichos estudiantes—, ante compatriotas; la mayoría, obreros emigrados.

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Panteón de los ocho estudiantes de Medicina. Foto tomada de La Polilla Cubana.

LOS PINOS NUEVOS

Cubanos: Todo convida esta noche al silencio respetuoso más que a las palabras: las tumbas tienen por lenguaje las flores de resurrección que nacen sobre las sepulturas: ni lágrimas pasajeras ni himnos de oficio son tributo propio a los que con la luz de su muerte señalaron a la piedad humana soñolienta el imperio de la abominación y la codicia. Esas orlas son de respeto, no de muerte; esas banderas están a media asta, no los corazones. Pido luto a mi pensamiento para las frases breves que se esperan esta noche del viajero que viene a estas palabras de improviso, después de un día atareado de creación: y el pensamiento se me niega al luto. No siento hoy como ayer romper coléricas al pie de esta tribuna, coléricas y dolorosas, las olas de la mar que trae de nuestra tierra la agonía y la ira, ni es llanto lo que oigo, ni manos suplicantes las que veo, ni cabezas caídas las que escuchan,-¡sino cabezas altas! y afuera de esas puertas repletas, viene la ola de un pueblo que marcha. ¡Así el sol, después de la sombra de la noche, levanta por el horizonte puro su copa de oro!

Otros lamenten la muerte necesaria: yo creo en ella como la almohada, y la levadura, y el triunfo de la vida. La mañana después de la tormenta, por la cuenca del árbol desraigado echa la tierra fuente de frescura, y es más alegre el verde de los árboles, y el aire está como lleno de banderas, y el cielo es un dosel de gloria azul, y se inundan los pechos de los hombres de una titánica alegría. Allá, por sobre los depósitos de la muerte, aletea, como redimiéndose, y se pierde por lo alto de los aires, la luz que surge invicta de la podredumbre. La amapola más roja y más leve crece sobre las tumbas desatendidas. El árbol que da mejor fruta es el que tiene debajo un muerto.

Otros lamenten la muerte hermosa y útil, por donde la patria saneada rescató su complicidad involuntaria con el crimen, por donde se cría aquel fuego purísimo e invisible en que se acendran para la virtud y se templan para el porvenir las almas fieles. Del semillero de las tumbas levántase impalpable, como los vahos del amanecer, la virtud inmortal, orea la tierra tímida, azota los rostros viles, empapa el aire, entra triunfante en los corazones de los vivos: la muerte da jefes, la muerte da lecciones y ejemplos, la muerte nos lleva el dedo por sobre el libro de la vida: ¡así, de esos enlaces continuos invisibles, se va tejiendo el alma de la patria!

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Carolina Rodríguez SuárezUna misiva de puño y letra del Apóstol muestra su apego a la patriota villaclareña.

Una joya de la literatura hispanoamericana es el epistolario martiano, cuajado de cartas hermosas de índole diversa, que van desde las encendidas de amor hasta las serenas y conmovedoras dedicadas a la Patria y a su adorada Cuba.
Dentro de este vasto epistolario se encuentra la correspondencia que estableciera el Apóstol con una ilustre villaclareña: Carolina Rodríguez Suárez, la Patriota, quien nació en Santa Clara el 25 de noviembre de 1826 y falleció, en la propia ciudad, el 2 de junio de 1899, apenas cuatro meses después de haber regresado del forzado exilio.
Varias fueron las cartas de Martí a cubana tan abnegada y valiente, con méritos conspirativos acumulados desde la guerra de 1868, que vivía y trabajaba en Tampa sin merma de su espíritu revolucionario y con el brillo aún de libertad en sus gastadas pupilas, a pesar de su ancianidad.

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José MartíEste discurso lo pronunció José Martí en el Liceo Cubano de Tampa el 26 de noviembre de 1891. En él expresó: “Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”:

Cubanos: Para Cuba que sufre, la primera palabra. De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella. Y ahora, después de evocado su amadísimo nombre, derramaré la ternura de mi alma sobre estas manos generosas que ¡no a deshora por cierto! acuden a dármele fuerzas para la agonía de la edificación; ahora, puestos los ojos más arriba de nuestras cabezas y el corazón entero sacado de mí mismo, no daré gracias egoístas a los que creen ver en mí las virtudes que de mí y de cada cubano desean; ni al cordial Carbonell, ni al bravo Rivero, daré gracias por la hospitalidad magnífica de sus palabras, y el fuego de su cariño generoso; sino que todas las gracias de mi alma les daré, y en ellos a cuantos tienen aquí las manos puestas a la faena de fundar; por este pueblo de amor que han levantado cara a cara del dueño codicioso que nos acecha y nos divide; por este pueblo de virtud, en donde se prueba la fuerza libre de nuestra patria trabajadora; por este pueblo culto, con la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan, y truenos de Mirabeau junto a artes de Roland, que es respuesta de sobra a los desdeñosos de este mundo; por este templo orlado de héroes, y alzado sobre corazones. Yo abrazo a todos los que saben amar. Yo traigo la estrella, y traigo la paloma, en mi corazón.

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